Razones del Mal o Los Argumentos del Maligno – José Biedma López
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Razones del Mal o Los Argumentos del Maligno
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Razones del Mal o Los Argumentos del Maligno
En Sade descubrimos el mal que sólo se quiere a sí mismo y, en definitiva, sólo quiere la nada. La estética de lo terrible se hace eco de su diabólica seducción cuando, con Nietzsche, el nihilismo cobra conciencia de sí como sentido de “la gran política” que se despliega o “explica” (Sloterdijk) en el desastre de la “solución final”, eufemismo usado para el genocidio industrializado y el exterminio tecnocientífico de “los otros” durante el Tercer Reich. “Con Hitler –escribe Safranski– el sombrío delirio del siglo XX se convirtió en seriedad sangrienta”.
Donatien Alphonse François, Marqués de Sade, fue el doble sombrío de Kant. El prusiano propone la moral como un triunfo metafísico de la voluntad racional y la intención perfecta, sobre las inclinaciones naturales y el interés práctico, mientras que Sade hace de la libertad de espíritu una negación absoluta, el fuego devorador del libertinaje más crudo. Kant busca lo absolutamente bueno con rigor pietista, sin condiciones; Sade, lo absolutamente malo, siempre que dé gusto y haga gozar.
En la prisión de la Bastilla, un tubo que usaba para vaciar las aguas negras le sirvió de megáfono para azuzar a la masa en la revuelta violenta. Más tarde presumirá de haberse ganado a la guarnición de la prisión para “la causa del pueblo”. Puede hablarse de Sade como de un revolucionario en moral, pero no en estilo literario, pues el suyo es bastante convencional, al contrario de aquellos que más tarde abordarán sus temas: Nietzsche, Poe o Baudelaire, mucho más interesantes como artistas malditos y literatos mordaces, anunciando sacrificios divinos, escenificando pesadillas de perversos o destilando elixires malignos. El mal es tentación estética para quienes están hartos de delicias cotidianas y, por eso, para quienes buscan lo supraterrenal en lo infraterrestre.
Sade no sufría preso por libertino; el libertinaje era hábito social de parte de la aristocracia descreída de su época. Estaba allí por maltratar, herir, intoxicar y abusar de sirvientas, por sodomía y por haber huido a Italia con su suegra y un criado tras haber sido condenado a muerte. La sentencia fatal fue suspendida en 1778, pero luego se sumaron rumores de orgías criminales en su residencia de La Coste, en Provenza, provincia de la que había sido gobernador. En 1794 vuelve a ser condenado a pena capital, pero escapa. En 1797 aparecen los diez tomos de la Nouvelle Justine. Sade niega su autoría. En 1801 le apresan de nuevo y es ingresado en el manicomio de Charenton en 1803, donde escenifica obras licenciosas con enfermos mentales.
Cuando fue detenido por primera vez en 1777, el Marqués defendió sus escándalos afirmando que hay que conducir a la naturaleza hacia la victoria contra las mentiras de la cultura. Rousseau podría haber suscrito esta defensa de lo natural y esta denuncia de lo que Freud llamará “el malestar de la cultura”: la represión social de los impulsos naturales. En aquellos tiempos triunfaba en Francia el Werther de Goethe que celebra el “sentimiento natural” sobre la vida convencional. El mismo motivo soliviantaba al Marqués, por eso Sade es el colmo del naturalismo que enfrentó a Rousseau y al romanticismo contra la civilización ilustrada. ¿Qué manda Doña Natura? Que uno descrea de las reglas morales de la civilización, que cada uno se escuche a sí mismo recuperando al egosaurio que lleva dentro (llámale therian), que uno se sacuda las alienaciones que le impone la cultura, que desate sus impulsos naturales por crueles y despiadados que estos puedan ser (y está probado históricamente que lo son).
Sin embargo, a diferencia de Rousseau (1712-1778) o de Goethe (1749-1832), para Sade (1740-1814) esta naturaleza no es un armónico orden providencial, sino un Moloc cruel, una mala bestia. Naturaleza es responsable de que el humano infeliz nazca sin su consentimiento “arrojado a este triste universo”. Natura sólo consiente que vivamos sufriendo para que nos pueda devorar de nuevo. Hay que librarse de esperanzas engañosas y de angustias insensatas, hay que enterrar la conciencia moral y los sentimientos de culpa. Hay que sacrificarlo todo al placer, único objetivo plausible. ¡Todo por placer!, incluso la muerte: “¡Oh Juliette! –exclama la condesa Borghese–, el patíbulo mismo sería para mí el trono de las delicias; allí, a pesar de la muerte, entregaría mi espíritu feliz de placer, como sacrifico de mi desenfreno (…) Solamente así consigue el hombre el último grado de la perversión consciente”. No se trata pues de suprimir la conciencia, sino más bien de desmoralizarla absolutamente, invertirla contra la vida y a favor de la muerte. Schopenhauer ensayará una huida más refinada y ascética de la ciega y engañosa voluntad de vivir.
El gozo sexual es para Sade el último refugio, en medio de un universo frío e indiferente y que nos promete muerte segura, porque el deseo le hace a uno inventivo, ¿no es motivo principal de su febril escritura? ¿Qué importa que el otro sea para mí un mero objeto? Todos somos objetos, títeres de la fortuna. Lo placentero no es apegarse a un objeto, sino el intercambio de excitaciones, libre de obligaciones y de afectos… Copulad, divertíos y huid del amor, no hay más que cuerpos, toda idealización o sublimación es ilusoria. Lo único sagrado es la copulación. Este es el nuevo santuario en que se celebra el culto divino al cuerpo… (hoy se ve que el éxito del sadismo ha sido considerable y sus razones circulan y se venden a buen precio).
Kant prohíbe que usemos la humanidad en nosotros o en los demás como mero instrumento para procurarnos placer. Kant universaliza el deber; Sade, por el contrario, universaliza el derecho de uso: todos y todas han de poder usar de todas y todos –humanos y bestias–. Resistir a los estímulos físicos sería obrar contra natura. El otro no es un fin en sí mismo, sino un potencial objeto para el disfrute de mi egosaurio, el Único, ¡César o nada! Sade, como Stirner, es individualista radical. El humano particular es medida protagórica de todas las cosas, pero ese individuo de Sade está perfectamente aislado anímica y espiritualmente de los próximos con que conforma orgías, diseña con ellas y ellos cadenas de cuerpos, pero no comunidades de comunicación. Sade habla incluso de “isolismo”. La única unión posible es la sexual y los tormentos producidos al otro permiten obtener un cosquilleo especial (lo que hoy llamamos “sadismo”). Las orgías reales o fantásticas de Sade culminan en criminales delirios sanguinarios, en un crescendo de furor destructivo.
Safranski llama al sadismo “platonismo invertido”: los monstruosos antimundos de Sade son en efecto cavernas platónicas muy por debajo del nivel de la gruta imaginada por el Ateniense (a imagen, seguramente, de la que Dionisio Primero usó como prisión en Siracusa). Las añoranzas de Sade no están asociadas a la liberadora salida de la caverna y a la luz. El lujurioso Marqués no busca una trascendencia hacia arriba, sino hacia el inframundo de los excesos y atrocidades en sima muy profunda. Se trata de un descenso “a la región de la muerte”, huyendo de los hombres y de sus absurdas leyes, según se explica a Juliette en la novela homónima.
Hay que aceptar que el sadismo es también hijo de la Ilustración. Y como Kant, Sade es también fanático del orden, sólo que su orden es el de la depravación de un ballet mecánico en que no se desaprovecha ninguna abertura física para intercambiar fluidos, roces, azotes y laceraciones estimulantes. Estamos ante la fundamentación ilustrada ¡y racional! del placer del asesinato y del deleite de la crueldad. Nietzsche sacará flor vitalista de esta raíz, espiritualizándola con son de plegaria y enigma de profecía. Es prueba definitiva de cómo puede hacerse de la razón una “puta” –como la llama Lutero– porque la razón se presta a todos los fines, incluso a la eliminación industrializada y tecnocientífica de una etnia molesta convertida en chivo expiatorio. ¡Se dirá que son sofismas o malas razones! A lo que se puede contestar que lo que no son sofismas o conjeturas racionales, son tautologías vacías de significado práctico.
Searle ha demostrado que podemos movernos por razones y que las emociones no pueden ser la única fuente de la acción moral, desmontando en parte la falacia naturalista de Moore, pero uno puede moverse por razones poderosas bien o mal, y hasta sádica o masoquistamente, perjudicando a otros o a sí mismo. Las razones, por otra parte, cuando están cargadas de contenido semántico, son dialécticas, en el sentido que da a “Dialéctica” Aristóteles, es decir, meramente probables. Pondré como ejemplo un argumento sádico a favor de la calumnia. O bien está injustificada, y de ese modo brinda a la víctima ocasión de refutarla con honra; o está fundada, y en ese caso es bueno advertir a los otros contra un mal. Pero el caso es que la calumnia siempre es eficaz contra el enemigo: “Difama, que algo queda” –manda el cínico refrán castellano–. Ya se ve con qué facilidad aplican estas máximas nuestros políticos, sus lacayos mediáticos e incluso nuestros mejores poetas.
El mismísimo Nietzsche, tan alabado por ultras de izquierda y de derecha como ácrata vividor o como arengador de guerreros, ensayará una fundamentación racional y esteticista del crimen. El poeta y profeta bigotudo desprecia al criminal que se arrepiente, canta “la felicidad de cuchillo” y celebra “la salud salvaje del homicida”. En la Gaya ciencia, aforismo cuatro, afirma: “los instintos más fuertes y malvados son los que más han ayudado hasta ahora a la humanidad a progresar”. Tal vez no le falte razón: vicios privados, virtudes públicas, como los impuestos que paga el fumador o el codicioso ojo del amo engordando a la yegua. No obstante, puede y debe desacreditarse su argumentación como sofística. También, como Mefistófeles, Zaratustra es un elocuente sermoneador(ρήτωρ). Puesto que la aniquilación es una de las primeras leyes de la naturaleza, nada de lo que aniquila puede ser delito. La naturaleza no sólo no prohíbe la matanza, sino que induce a los fuertes a encontrar potentes emociones placenteras en el exterminio y la destrucción. La naturaleza crea aniquilando y el que mata sobrevive. ¿Acaso no somos todos hijos de Caín?
Sade también argumenta para escarnecer la razón. Se burla de la Ilustración desde ella celebrando las “buenas razones” del Mal. Lo paradójico o contradictorio es que, si todo está permitido, se pierde el deleite de la transgresión. El Don Juan de Torrente Ballester lo sabía y por eso convierte primero al catolicismo a su presa atea, una racionalista sueca, para poder luego desvirgarla pecaminosamente. Ninguna puerta atraerá nunca más a la joven esposa de Barba Azul que la de la habitación prohibida. No importa que esconda horrores, estos son un desafío al amor propio. La curiosidad electrocuta al gato, animal curioso. Tal vez, como afirma Michel Schneider, el secreto sea la base de la personalidad individual, pero puede ser una cámara de tormentos que rompe todo su encanto si deviene transparencia, entonces sólo se vende como pornografía, tan banal, redundante y consumida por el lujurioso capricho moderno de verlo todo y saberlo todo.
El naturalismo de Sade comparte con el Calicles del Gorgias platónico y con la prédica vitalista de Nietzsche su exaltación de la fuerza y su preferencia por los fuertes y briosos hombres de acción. Nietzsche celebra a César Borgia como criminal de éxito. Los tres están convencidos de que existe un acuerdo de los débiles y resentidos para protegerse de los fuertes mediante convenciones y normas. Ese es el sentido engañoso –Nietzsche dirá que “perverso”– de la virtud o excelencia moral. Calicles anticipa a Sade y Sade preludia a Nietzche por lo más grosero, los dos últimos son de la misma cuerda psicológica, almas atormentadas y débiles con complejo artístico y aspiraciones heroicas. El impulso, maternal, paternal, fraternal, piadoso, en fin, el deseo de proteger al débil o de empatizar con el doliente es para ellos también una muestra de debilidad o una sugestión de la decadencia. Lo bueno natural es que los enérgicos dominen, manden, exploten el trabajo de los enclenques y pusilánimes, abusen de sus cuerpos hasta consumirlos si es menester, sin consideración alguna a una hipotética humanidad compartida (Nietzsche llama a los débiles, feos y resentidos, “los demasiados”, con lo que ofrece razón para su masacre).
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¿Acaso no es cruel la naturaleza que se lleva sin contemplaciones al que no se adapta a su ley? ¿No es “el humán” un ser natural? Por eso las pasiones son siempre justas, resortes naturales para la acción satisfactoria…, ergo no hay motivo alguno para domesticarlas ni para “redimirse de bestia mediante la cultura” (por decirlo con expresión gracianesca). El bien fracasa necesariamente porque no es otra cosa sino la simbólica del débil a la que llamamos “buena conciencia” (o peor aún, la ideología del amo a la que llamamos “civilización”). Las leyes que se dictan bajo su sino ofrecen otros tantos estímulos para conculcarlas. Nada hará más valioso a un teléfono móvil en la clandestinidad de los retretes que su prohibición en las aulas. El deseo de deleite es ingenioso y se enciende con el bien prescrito, que por ser decretado merece ser profanado. A pocos les gusta que les manden. El Cielo –lo dirá muy poéticamente Nietzsche– se ha vaciado, por lo que sólo nos queda el fango terrenal yermo de ideales. El Bien pasa a ser un ente imaginario, mientras que el Mal es muy real, perfectamente tangible y convertido en sensible espectáculo con cada telediario. Cabe imponerse en ese orden real aprendiendo con arte a ser mejores en la maldad, zorros y zorras, mejor incluso que leones. Hay que superar la naturaleza y puede hacerse mediante afrodisíacos y otros estimulantes a la mano. Sade da un paso más en dirección al mal absoluto: hemos de atrevernos finalmente a ofender a Natura, esa devoradora tan inquebrantable como el Moloc de los amonitas, a fin de aprender mejor el arte de gozarla.
La famosa frase que Goya tomó para uno de sus grabados de su amigo Iriarte: “el sueño de la razón produce monstruos”, no significa sólo que las supersticiones aniden aprovechando la vacancia de Razón, sino que Razón misma delira y funda lógicamente el mal absoluto con el que sueña Sade y que consiste, nada más y nada menos, que en revocar la creación entera. Como en la metafísica del eterno retorno de Nietzsche, hay en esta apuesta sádica un fondo religioso. El marqués se alía con la naturaleza, que presume diabólica –o demónica como buen gnóstico–, contra Dios y contra su moral bíblica. Por eso la pasión propia de Sade –bien lo indica Freud en El malestar de la cultura– es tanática, es pasión de muerte que busca desgajarse del ser en general. Con gusto anticipado, eso ofrece la pequeña-muerte, el dulce épanouissement del orgasmo. En el francés actual, “épanouissement” se traduce como «autorrealización» o «plenitud personal» (un concepto casi de autoayuda). Sin embargo, en el siglo XVIII, el Marqués de Sade lo utiliza en sentido estrictamente físico, como apertura o dilatación de los órganos, de los poros, de los vasos sanguíneos, el florecimiento de la piel propio del rubor erótico… Para Sade el épanouissement como “florecimiento” de la pubertad (“épanouir”, abrirse como una flor) sólo es el indicio de que ese cuerpo ya está a punto para ser consumido.
El éxtasis sexual ofrece así una ruptura fantástica y una sublimación inspirada por el libertinaje, esa borrachera de libertad que describe Platón en el libro VIII de Politeía como corrupción democrática. En esto se igualan Sade y Kant… ¡Que nadie se asuste!.., quiero decir que se trata de un triunfo de Voluntad-libre sobre Naturaleza-infame, un éxito que nos proyecta hacia la esperanza delestial (Kant) o hacia el infierno (Sade). Las obras del marqués pueden leerse así como las de un ilustrado al revés: en lugar de la Razón ordenando el mundo, tenemos una razón que funciona mecánica, eficazmente, como instrumento o dispositivo al servicio de impulsos rastreros (los del egosaurio) y no sólo es herramienta y arma para satisfacer una pasión erótica, sino también utensilio y cálculo para la gratificación de los más crueles y mortíferos deseos.
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José Biedma López
Cerros del Santo Reino
25 de febrero (2026),
día de Santa Aldetrudis
y de San Valerio de Astorga

