Vivir duele. Glosas a «El dolor» [Sexta bestia de Emilio López Medina] – José Biedma López
Overview
Vivir duele. Glosas a «El dolor» [Sexta bestia de Emilio López Medina]
***

***
Vivir duele. Glosas a «El dolor» [Sexta bestia de Emilio López Medina]
“En relación con la crueldad e insidias de la Naturaleza,
el hombre tiene el candor de un espíritu puro.
Tan puro que quiere enderezar a la misma Naturaleza.”
E.L.M., El Dolor
Dejó escrito el Divino ateniense en sus Leyes que cada individuo es persona única, aunque posee dos consejeros contrarios e insensatos a los que llamamos Placer y Dolor, tan acreditados y decisivos estos secretarios, que los escribo con mayúsculas honoríficas. Los consejos de Dolor nos asustan (“si será un cáncer…”), pero también nos provocan esperanza (“los cánceres no duelen, con un paracetamol desaparecerá la molestia…”. Placer suele darnos confianza y alegría, aunque también, si bien mucho menos que Dolor, cansa y hasta aburre. ¡Ojo con la confianza que proporciona el goce!, porque puede enfermar y matar al bípedo implume; además, el individuo borracho de deleites puede acabar siendo inferior a sí mismo –señala Platón‒, corrompido por fruiciones superfluas o perversas, tal individuo, derrotado por darse gustazos, adicto a fulanas, a efebos mercenarios o a drogas estimulantes, nos resulta más censurable que aquel miserable al que someten Dolor y Enfermedad.
“Con el placer, tu espíritu sale de ti hacia otros; con el dolor regresa a ti (y encima, se queda)”.
Eso escribe Emilio. Placer dispersa, disemina, desparrama…; por su parte, Dolor ensimisma, enajena, abstrae, aísla…; con el dolor, el espíritu se enajena del cuerpo, se pliega y subordina humillado a sus necesidades naturales o a sus deficiencias físicas. Uno no sabe que es cuerpo hasta que duele, entonces nos enteramos de que tenemos algo que los fisiólogos llaman ileum en el intestino grueso, o duodeno hemorrágico, y nos enteramos de ello por su inflamación y sus úlceras.
Ni la mejor nutrida botica de nuestros días puede librarnos de todos los dolores que da el mismo vivir. Duele vivir incluso al principio, en ese inicio que proclama con alegría para los padres el llanto del recién nacido. Emilio López Medina, conocido aforista y filósofo jiennense (también dramaturgo, novelista, lógico y metafísico del espacio), lidia con el toro negro del Dolor mayúsculo, físico y metafísico, que comparece como “sexta bestia” de su tauromaquia filosófica, una heptalogía que incluye ignorancia, ambición, sexo, soledad, diversión, y a la que ya sólo resta el sobrero (creación) para dar conclusión a su elenco aforístico, después de este que comentamos: El Dolor (Gnomon 2025), que recoge en parte el texto publicado por Octaedro en Barcelona (2011) con el mismo título.
Como El Satiricón de Gracián, este tratadito en fragmentos, pero ordenado y con unidad temática, se divide en tres partes que son tres edades o estaciones del humán: juventud, madurez y vejez, para discurrir reflexivamente sobre lo que le duele en cada una de ellas a ese animal extraño, extravagante y transeúnte que somos, tan inexplicable que empieza por ser un cuerpo con el mecanismo más raro del universo y encima crece bicho que presume tener alma y sobrevive, reproduce y sustenta en equilibrio químico y psíquico precarios, criatura frágil, insignificante… “los tontos para comprender esto, necesitamos ponernos enfermos” ‒explica con modestia nuestro autor, es decir, con excelencia desacostumbrada en la mayoría de los filósofos.
Frente al optimismo que idealiza a la Naturaleza, la filosofía de Emilio ‒más que kantiana en esto‒ la desacredita como madrastra cruel y traicionera. En lugar de una buena madre que nos cuidare hasta el final, Naturaleza nos abandona nada más nacernos: “lo natural es la no felicidad (el dolor, la melancolía y el tedio”) y “nuestra vida no es más que el tiempo en que vamos saliendo ilesos”, asombrosamente a salvo, amenazados de continuo por esa espada de Damocles que son la enfermedad y la muerte. El mundo no sólo es “enemigo del alma” como en el relato cristiano, sino también adverso al cuerpo, pues Natura nos es hostil: microbios, riadas, ortigas, terremotos, tumores…, todo parece conspirar contra nosotros como si Odio fuera más antiguo que Amor (adversus Hesiodo), como si el Absoluto no se aguantase a sí mismo e, incapaz de soportar su soledad y aburrimiento, se liara a dentelladas consigo mismo como Saturno devorando a su prole.
“La muerte de un hombre parecería un suicidio de la propia Naturaleza, como insinúa Nietzsche. ¡Acabar con los únicos seres racionales que tiene…! Pero esto tal vez no carezca de sentido: La Naturaleza nos mata por miedo a que cada vez sus criaturas sepan más sobre ella y la ataquen más y mejor. Así que nos va sustituyendo por los que nacen, que no la conocen y nada pueden hacer para enfrentarse a ella…, sólo ser instruidos y adiestrados con mayor o menor fortuna por la generación anterior, antes de fenecer, en sus luchas por dominarla y en evitar el dolor. Pero es un proceso tan lento…”
Está por demostrar que en un universo de dimensiones inhumanas o tal vez infinito no puedan existir otros seres racionales, pero concebir a la Naturaleza como un diablo oportunista, entretenido en devorarnos, parece demasiado, incluso para un gnóstico (Platón ya nos supuso marionetas y juguetes de dioses)… “El mal sabe aprovechar mejor la ocasión que el bien –en tu cabeza, en tu cuerpo, en tu vecino, en tu calle…”. Cabe darle a este Diablo abusador el nombre de Azar: “Más astuto que la Divina Providencia es el Azar”. Cuando nos fastidia hablamos de fatalidad, la Moira kaké de los helenos. Puede que el azar sea una necesidad disfrazada, en todo caso tiene demasiado poder sobre nosotros, por él vivimos y morimos. A las personas inteligentes les cuesta aceptar lo que la vida tiene de casuística azarosa y no de desarrollo lógico, “y es que, a la hora de la verdad, es el azar el que determina finalmente”, presentándose la verdad de lo que hay de una manera desagradable.
“¡Eso es lo que hay!”, exclamamos resignados contra la contingencia desagradable, queriendo con ello justificar lo injustificable, la absoluta falta de piedad del acontecimiento luctuoso, la ausencia de conmiseración del albur, el hecho innegable de que la gama de los placeres sea limitada, mientras que la de los dolores se patentiza infinita.
Tal vez el dolor involucrado en el mundo de la vida sea “un componente del Caos primigenio traspasado al orden de nuestra realidad”, ¿no es la enfermedad un desorden orgánico? Hay quien llama “entropía” al destino funesto de toda complejidad inteligente. Y, si apuras el análisis, acabarás comprobando que todos estamos enfermos, que todos portamos el desorden y el caos en nuestro interior ex ovo. Si quieres ser feliz, no analices.
Un “Ecologismo duro” te mostrará que la misma Naturaleza ‒que “ama la violencia”‒ almacena las peores tendencias humanas, como hormigas que se hacen la guerra, hongos que convierten en zombis a inocentes escarabajos o comadrejas que degüellan a todas las aves de un corral por el gusto de catar sangre caliente. ¿Acaso no ostentamos “de fábrica” la capacidad para la crueldad y la competencia para el homicidio alevoso? Los urbanitas soslayan con su “animalismo” este aspecto sórdido de la animalidad real, ámbito en el que no hay más derecho que la fuerza bruta o la astucia engañosa de la bestia parda. Llegan hasta el absurdo de exigir que el gallo no pise para procrear a la gallina.
Las religiones han presentido cómo las fuerzas naturales conspiran contra la vida (y contra su supuesta dignidad). Con más ferocidad contra el ser menesteroso que somos, los dioses urden y maquinan para destruirnos, por eso vieron los antiguos en su divinidades el origen del mal. El Dios iracundo del Antiguo testamento es más realista que el Dios-Amor del Nuevo. A Satán no pudo crearlo otro, sino el mismísimo Dios-Padre del que aquel reniega con su Non serviam.
Por poco que se reflexione, se concluirá la indiferencia ética de la naturaleza, su amoralidad, incluso su irracionalidad. La fórmula espinocista ‘Deus sive Natura’ destruye toda idealidad de la razón práctica, si Dios y la Naturaleza son la misma cosa, toda moralidad y toda libertad pasan a ser meras ilusiones y la ética es una convención absurda y para ilusos. Por eso escribe Emilio ‒recordando vagamente a Voltaire‒ que “si la Naturaleza no existiera, habría que inventar a Dios para echarle las culpas”. (Mi amiga Julia, grafóloga, falleció prematuramente por una enfermedad paralizadora y congénita; con sobrado motivo había escrito larga lista de reproches y quejas que, a burlaveras, se proponía elevar al Altísimo, RIP).
De ahí que la alegría (esa “reacción autoinmune”) sea tan rara como misteriosa y la persona feliz casi un hecho contra-natura (esa “beatitud” excepcional que la tradición atribuye al santo). Puede que Placer, consejero áulico de mis esperanzas y temores, sea más sabio que Dolor, gran advertidos, y tal vez el Bien sea más enigmático que el Mal que nos humilla. Platón llegó a decir en su Politeia que el Bien está “más allá de la sustancia”, pues no es más que una posibilidad creadora, un horizonte metafísico, la idealidad de lo perfecto que los sentidos no perciben por ningún lado, pero que el alma anhela. La Forma de lo perfecto es lo que no se ha dado en ningún tiempo de los que llamamos históricos, tan llenos de masacres, de penares y de horrores. Desengáñate –parece decirnos Emilio‒ lo hombres no podemos crear, sólo inventar combinando lo que nos ha sido dado, lo ya creado e imperfecto, y lo mejor no llega sin esfuerzo, lo bueno es lo que “vale la pena”, mientras que lo peor cae y nos aplasta sin que lo busquemos ni esperemos. El mal nos asalta por sorpresa y la melodía del mundo, con ser tan flamenca, está colmada de ayes.
Creo que hay mucho de gnosticismo en esta visión ultrarrealista de la naturaleza y de los infinitos carriles y simas de daños y dolencias que atraviesan su bosque y horadan su campo. Menos mal que también se proponen paliativos, tal el optimismo como actitud:
“Siendo el mundo intrínsecamente malo, la buena suerte es estar viendo las cosas con optimismo; sobre todo, las que le suceden a uno. La mala suerte es estar viéndolas con pesimismo.
No podemos estar continuamente con el temor al peligro que, desde luego, nos acecha por doquier (desde el microbio hasta el trabajo). Tampoco podemos vivir permanentemente con la conciencia de haber evitado hasta ahora tales peligros e incluso la misma muerte. Se impone, pues, una discreta –en todos los sentidos de la palabra‒ ignorancia, complementada con un necesario olvido.”
Nada más natural, pues, que la aflicción y el malestar, aún en la Sociedad del bienestar. No por ello hemos de buscar redención de nuestra miserable condición de seres-para-la-muerte (aunque “el hombre en ningún momento se cree apto para la muerte”) en el sacrificio o en el sufrimiento, haciendo de cada calvario un fin noble. Nada de masoquismo. Drogas paliativas. Si santificar la congoja y sublimar la angustia (religiosa o filosóficamente) resulta ridículo, hemos de reconocer y consuela aceptar el valor del dolor que nos advierte de un peligro físico, y es posible sacar provecho del sufrimiento, al menos del que no nos mata.
Si el pesar no nos hace más fuertes –como presuponía el filósofo bigotudo‒, sí pude al menos volvernos más prudentes y cambiar nuestras prioridades en el sentido de la sensatez. No le faltaban razones al Eremita de Sils-Maria para llamar al dolor “Madre de las cosas”: “Der Schmerz ist die Mutter der Dinge” (La gaya ciencia, aforismo 3). Piensa el dolor como fuerza creativa y necesaria para la formación, el devenir y la emergencia de nuevos valores, asociado a la Contradicción eterna (die ewige Widerspruch), cuyo reflejo es la Apariencia (die Erscheinung). También Voluntad, Ilusión y Azar aparecen como comadres vitalistas, este último asociado en el Zaratustra a Inocencia y Olvido.
En todo caso, sufrir y no sacar enseñanzas del sufrimiento sería como padecer el doble, según Emilio. He aquí la condición del filósofo, sufre como todos los mortales, pero saca enseñanzas de ese sufrimiento, lo reflexiona:
“Pensar que todo podría haber sido peor es el principio optimista, y lo que le da su alegría de vivir. Pensar que todo podría haber sido mejor es el principio del pesimista, y lo que le da el sentido trágico a su vida”.
A fin de cuentos y de cuentas, “estamos obligados a vivir como si nunca nos fuéramos a morir”. Este “como si” se relaciona a la baja con el Principio de esperanza que nos invita a confiar en una reparación del dolor inocente y un castigo para la alegría culpable. “La esperanza no sólo es necesaria para vivir, sino incluso para engendrar otra vida”. Mucho me temo que, además de otras razones en las que no vamos a entrar aquí, sea la falta de esta excelencia divina, la esperanza (o la confianza en Dios), uno de los motivos de la esterilidad pertinaz que padecemos y que nos abocaría a un desierto demográfico, o a la extinción, si no contásemos con la inmigración masiva de gentes que no son ni mejores ni peores, pero sí muy diferentes y en bastantes casos no integrables en los valores de nuestra civilización, cultura civil que supone la separación de la religión y el Estado, libertad representativa del teatro, la ascética del pensamiento científico y el orden plural y tolerante de la democracia.
¿Qué sería ya de nosotros sin la ciencia y sus aplicaciones clínicas? Es trivial decir que para combatir el dolor requiriéremos el cuidado de los demás, sobre todo el de ese tutor sanitario, “sacerdote del cuerpo” al que regalamos el título de “doctor”, aunque académicamente no lo sea. “Los médicos, con su acción, demuestran que no vivimos en el mejor de los mundos posibles: que es mejorable, que es perfectible” (adversus, pace Leibniz). Como toda enfermedad es una tentativa natural de asesinato, la medicina para Emilio es “la máxima expresión de la astucia humana”. “La mejor relación que puedes tener con tu cuerpo, como enemigo que es, está en no notarlo”. Tu cuerpo es para ti un perfecto desconocido, por lo que lo pones en manos de quien lo conoce y lo sabe operar, que es el cirujano…
“Se dice que para saber un poco de sí mismo hay que estudiar filosofía. Con todos mis respetos al Sr. Sócrates… esta idea me parece una meada fuera de tiesto de gentes optimistas e inexpertas, porque la realidad es que quien quiera saber algo de sí lo que debe estudiar es medicina. Después de tener conocimiento del cuerpo, la conclusión más evidente sobre la que cabalgarás es que el estado natural del hombre es la enfermedad, y que hasta ahora te estás escapando de la muerte sólo por los pelos…”
No faltan en esta “Odinología” interesantes comparaciones, analogías sugestivas y metáforas clarificadoras…: “Las noticias sobre mí me las da ahora una máquina”… “La Muerte es una niña caprichosa e inocente, de carácter, decisiones y caminos completamente absurdos e inopinados”. Ante la muerte de un ser querido, el llanto alivia, aligera el dolor, mas “unos lloran con los ojos, otros con el corazón, y otros lloramos con la razón…”.
Asociada a la nostalgia está la verdad terrible de la vida, su irreversibilidad. No es sólo que con cada decisión despliegues un vínculo…
“es toda esa Red Total de la Vida, que cambia y se reconvierte en otra distinta a cada paso que das (sólo que aquí, a diferencia del ordenador, es además irreversible la pulsación, y no se puede apagar). Así el tránsito del individuo por este mundo no es más que la angustia de ir presionando estas teclas que desencadenan redes/interconexiones desconocidas o, en el mejor de los casos, conexiones solo probables…”
Unamuno soñaba con una gloria ultramundana en que fuera posible recuperar los momentos de felicidad ya vividos, instantes alegres que fueron, paradójicamente, aquellos en que no sabíamos lo felices que éramos. Es el mal el que nos avisa dónde se podría haber hallado o debería hallarse el bien, así como la sed nos hace buscar el agua, y de modo análogo es la tristeza la que nos cuenta qué fue alegría y es la enfermedad la que nos revela la salud que disfrutábamos, sin darnos cuenta de que estábamos sanos. La Ítaca a la que queremos regresar, si fue feliz, es la infancia o, al menos, esa excepción que fue juventud y belleza. La civilización actual parece haber contenido el horror en la primera etapa de la vida de los individuos… Pero no se debe olvidar que “el dolor, y hasta el horror, tarde o temprano romperá todos los diques e invadirá como un torrente nuestro cuerpo y nuestro espíritu”. La pedagogía actual parece olvidar esta preparación para el dolor, y hace tabú del sufrimiento y de la muerte.
De la filosofía ‒sobre todo de la helenística, diría yo, pero también de la de Emilio‒ podemos aprender ciertas sabias estrategias para afrontar lo inevitable, doloroso e irreversible del vivir, por ejemplo adoptando una actitud minimalista al considerar que la forma natural del existir es la carencia amante (más que amiga), el dolor y la enfermedad, de modo que todo lo demás que encuentres y consigas es dichoso y grato regalo. El minimalismo es mejor que la actitud maximalista que considera la felicidad, la salud, el placer y la abundancia como forma natural de la existencia, de modo que todo lo que no sea eso y hasta su hartazgo nos parece un contratiempo…
Tomar conciencia de la condición trágica y terrible de la vida conviene pedagógicamente, aceptación de y adaptación a lo que hay, ¡versatilidad!, educar para pequeñas esperanzas, propósitos y proyectos realistas y no –como pretende el rusonianismo utópico‒ para la felicidad (fin inconfesable y pedestre), desconociendo el hecho de que la felicidad es un “estado insostenible”, “por ejemplo, uno no puede estar sintiendo y acordándose permanentemente de que no le duelen las muelas”, pero por desgracia “uno está sintiendo y acordándose permanentemente de que le están doliendo las muelas a corto, medio y largo plazo”… “El dolor puede ser crónico, la felicidad nunca”. Además, es el dolor lo que nos vuelve solidarios, de él aprendemos piedad y compasión, es decir, a ponernos en lugar del otro cuando sufre, “el disfrute de la felicidad es casi siempre individual, egoísta e insolidario”. El mismo Rousseau era consciente de que: “Se disfruta menos de lo que se tiene que de lo que se espera; y no se es feliz más que antes de ser feliz”.
“¿Qué el cuerpo es sabio…? El cuerpo es un traidor de aúpa”… ¿Qué cosa es el (o lo) traicionado? “Después de tanta filosofía y tanta historia de la cultura, resulta que el Destino era el ADN”. ¿Ironía o sarcasmo? La reflexión sobre el dolor parece exigir una concepción dualista de lo que somos, pues tú mismo no eres ese cuerpo, enemigo incontrolable:
“Tarde o temprano habrás de enfrentarte con el cuerpo. Llegado ese momento, comprenderás entonces que tú mismo no eres ese cuerpo, e incluso que [tu cuerpo] es un enemigo incontrolable. Te habrás demostrado que tú eres otra cosa que está añadida a algo ajeno. Habrás regresado de pronto a Platón y, de paso, habrás descubierto el principio fundamental de la religión cristiana, de toda religión”…
“Desde luego que el cuerpo soy yo también en el placer, pero en la enfermedad y el dolor se hace exterior a mí y se convierte en un extraño duplicado de mí que me quiere matar”.
De lo que escribe Emilio sobre la Melancolía en el capítulo de “La Vejez” (vejez, “el dolor más lento”) infiero que hay dos clases de “bilis negra”: una, las bromas, amagos y burlas que nos juega el destino con las bondades que pudieron haber sido y no fueron. El arrepentimiento, ese “viaje atrás en el transporte de la Ética”, sería una especie de melancolía, en su íntima desgracia podría darse como remordimiento, a la vez virtud y tormento. En segundo lugar, la melancolía es el recuerdo de la alegría, el placer, el goce, el bienestar vivido y perdido (irreversible), el eco o sombra de la ocasión aprovechada (kairos), frente al momento desaprovechado que recordamos con melancolía (la del primer tipo), como oportunidad perdida o error manifiesto.
La irreversibilidad de todo error, pero también de todo goce, son su maldición. ¿No se equivocó el Demiurgo? “Rectificar los errores no es problema. El problema es tener ocasión de rectificarlos”. Y es un hecho que la vida de cada uno está marcada por tres o cuatro errores fundamentales… “Cada cual vive con los restos que no van siendo destrozados por sus errores”. Pareciere que “al final sólo merece la pena –siempre merece la pena‒ la vida pasada” y Emilio confiesa qué hizo bien por la Vida: “Por ellas, por mis hijas, en el balance final de mis trabajos y días, amo más que odio”. Aquel que dice que no le importa morir…, ¿será porque no quiere a nadie? Y es que “tenemos dos ojos para poner, uno, en el amor y, otro, en el dolor”…
“A pesar de todo, habrá sido hermoso vivir (…), las religiones deberían alentar a dar gracias a su Dios por ello. Quiero, pues, decirle a la Muerte, a la que yo sí percibo ya desde la atalaya de ese horizonte que está mirando mi hija: ´¿Esto es la vida? Gracias a mis hijas, ¡bien! ¡Que vuelva a empezar!’. Bis repetita placet”.
***
José Biedma López, Ph. D.
La Esperilla, Otoño de 2025

