Pesadilla de autoconciencia & Gestión de insignificancia – En torno a los cuentos de David Foster Wallace – José Biedma López

Pesadilla de autoconciencia & Gestión de insignificancia – En torno a los cuentos de David Foster Wallace – José Biedma López

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Pesadilla de autoconciencia & Gestión de insignificancia – En torno a los cuentos de David Foster Wallace

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Pesadilla de autoconciencia & Gestión de insignificancia – En torno a los cuentos de David Foster Wallace

David Foster Wallace es maestro literario del “caso tangencial”, un tipo de digresión que refiere a detalles que intensifican la sensación de verosimilitud del relato con complementos periféricos que apenas rozan su núcleo. Por ejemplo, dos obreros que limpian cristales en el exterior de un rascacielos, mientras en su interior los protagonistas discuten presupuestos de marketing (“Señor blandito”). Muchas veces, como muñecas rusas, Foster Wallace mete un caso tangencial dentro de otro: un paréntesis dentro de un corchete.

Disecciona la cultura moderna usamericana usando terminología académica para resaltar los absurdos de la sociedad de producción estandarizada y consumo de masas. Curiosamente, llama “pija” a la palabra «alienación» como si tampoco estuviera seguro de la crítica al uso. Sus personajes están atrapados en la cárcel de sus pensamientos para los que la autoconciencia es una pesadilla. Viven como si actuasen para una audiencia imaginaria tomándose a sí mismos demasiado en serio, como espectáculos vivientes y víctimas del análisis infinito y obsesivo de sus propios pensamientos.

¿Hasta qué punto las rutinas y los rituales sociales a los que nos entregamos diariamente ocultan el horror o tapan la vacuidad de nuestra cotidianidad? Para Wallace, cualquier persona puede tener hacia el mundo dos orientaciones básicas y fundamentales: 1) amor y 2) miedo. Por decirlo lógicamente: los dominios de ambas actitudes son exhaustivos y mutuamente excluyentes, lo cual quiere decir que ambas orientaciones, temor y amor, no puede coexistir a la vez. Y se da el caso de que la masculinidad competitiva y orientada a logros individuales causa tales estragos (también en las féminas masculinizadas) que hace imposible el amor genuino, de ahí la “fraudulencia” o impostura convertida en incapacidad para amar. En efecto, en el mundo desarrollado que es escenario de sus relatos literarios, la sofisticación intelectual se da la mano demasiadas veces con la miseria emocional. Gente que no sabe o no puede amar. La frontera entre la tragedia real y el drama o espectáculo, representado para ser consumido, es cada vez más tenue.

Foster Wallace atrapa al lector en una atmósfera de autoridad y seriedad académica. A la mutilación genital femenina se le llama «clitoridectomía»; o habla del miedo de una madre a los bichos como horror al phylum arthropodae. Se entretiene en describir la indolora toxina de la araña Loxosceles o “reclusa” (que solamente causa necrosis y un grave desprendimiento cutáneo en la zona afectada, pero las reclusas “muestran una agresividad natural de la que las especies de viudas [viudas negras] nunca dan señales a menos que se las moleste activamente”); a la edad avanzada le llama “senescencia física”; los espejismos son “fata morgana”, etc.

El tipo que describe en “El neón de siempre” (Good Old Neon) vale como prototipo de una clase de narcisismo que hoy contemplamos y padecemos muy frecuentemente: tal egocentrismo lo experimenta todo en términos de cómo afecta a la imagen que la gente tiene de una o de uno, la imagen que creemos que tienen de nosotros. En efecto, todo cuanto hace Neil lo hace en función de la imagen que desea crear en los demás. Él se da cuenta y llama a ese fenómeno Fraudulencia, que consiste en que cuanto más tiempo y esfuerzo inviertes en impresionar y resultar atractivo para los demás más fraude te sientes por dentro y, cuanto más fraude te sientes, más te esfuerzas en impresionar o agradar a los demás fingiendo una autoestima que no sientes en absoluto. ¡Un bucle fatal!:

«Es horrible ser percibido como un fraude o creer que la gente piensa que uno es un fraude o un mentiroso. Posiblemente sea una de las peores sensaciones del mundo.”

Eso dice Neil, el protagonista, pero dudo que esto suceda en todos los casos…, quiero decir que hay gente tan falsa que ni siquiera sufre por saberse falsa y que incluso puede llegar a pensar su falsía como mérito personal: “Soy un genio, mira con qué facilidad engaño, manipulo y alieno a los demás”. Es decir, existen fraudes (o “Fraudillos”, como los llama Gorriarán) sin la angustia existencial de Neil, imposturas existenciales en personalidades limítrofes con la psicopatía funcional, cuyo método para conseguir poder es el maquiavelismo estratégico. ¿Es posible ser un fraude si uno no se da cuenta de que es un fraude? ¡Por supuesto! Gentes que no se sienten mal mintiendo porque han desconectado sus identidades de la reflexión moral. El maquiavélico no se pregunta quién soy, sino ¿con qué máscara obtendré reconocimiento y poder hoy? No hay remordimiento ni principios éticos en un ególatra de campeonato.

Se dice que “Good old Neon”, relato central de la colección Extinción (traducción por Javier Calvo, Mondadori 2005, de Oblivion, 2004), es análisis crudo y lúcido de la paradoja de la identidad moderna, porque describe un “narcisismo de segundo orden”, el del impostor o individuo que sólo busca ser admirado y se obsesiona con la estrategia a la que está condenado para serlo, lo que termina por vaciar su yo real. Sin embargo, Neal, el protagonista de Wallace, sufre porque aún conserva un ideal de autenticidad. Cree que debe haber algo real detrás de la máscara y, al no encontrarlo, colapsa.

El fraude posmoderno de identidades mentirosas enlaza con lo que podríamos llamar -–siguiendo a Zygmunt Bauman– la “identidad líquida” de individuos que aceptan que la máscara sea toda su realidad, que han internalizado que la vida es una performance continua y renuncian a atesorar una esencia profunda o a ser fieles a unos principios, porque creen que la superficie es suficiente. Como el Narciso de la mitología clásica, puede que estén contentos con la superficie del monitor o espejo en que su interpretación es reflejada, aunque no sean capaces de retener su emocionante icono, porque fluye como en la corriente móvil de un río. El colmo de un “narcisista líquido”, un extremo que roza con la esquizofrenia del bipolar, es esa emoción compleja que Wallace describe como talante de reflexión silenciosa y que resulta “envidia de sí mismo”, “una forma poco común y culturalmente específica de placer”.

El caso es que el homo economicus ha sido sustituido por el homo psicologicus según el más consumado producto del individualismo contemporáneo, una criatura torturada, ya no por la culpa, sino por la ansiedad (ya se pueden comprar ansiolíticos sin receta), un tipo para el cual cualquier otro individuo es rival y adversario –incluso enemigo– de cara a conseguir favores del Estado maternalista, un personaje ferozmente competitivo, codicioso, cuyos antojos no conocen límites, que exige satisfacción inmediata y vive en un estado permanente de frustración. Vive para un momento y para sí mismo, ni para sus predecesores ni para la posteridad. La crisis de este modo de ser entraña vacío interior, soledad e inautenticidad, provocados por la inseguridad exterior y la pérdida de confianza en el futuro.

Diferente del narcisista angustiado, vulnerable y evitativo que nos pinta Wallace, y diverso del narcisista líquido o psicológico de Bauman y Christopher Lasch, tenemos al “narcisista grandioso” que cree sus propias mentiras. No piensa “soy uno de los grandes o el más grande”, sino “soy tan inteligente que he logrado convencer a los demás”. Su ego clausurado, burbuja de inmunidad, no consiente la entrada de autocríticas. El protagonista de Foster Wallace sí sabe que está fingiendo, por eso es la conciencia lo que le aflige. Puede que la falta de remordimiento del “narcisista grandioso” tenga que ver tanto con una falta de valores morales (déficit de conciencia) cómo con el instinto de supervivencia en un mundo de espectáculo muy competitivo.

Para Wallace, el alma no es resultado de una forja personal, sino efecto de los impactos que recibe de fuera, desde el exterior. Muchos, para sobrevivir, se entregan a la disociación, crean su propia realidad en lugar de soportar la crudeza de lo real que les ha tocado en suerte. Es como soñar despierto, actividad que requiere mucha más concentración que atender en clase o escuchar lo que mandan las autoridades. Neal es persona insegura cuya vida entera se basa en impresionar a la gente y en manipular la imagen que los demás tienen de él a fin de compensar con ello su vacío interior, de nada le ha servido conseguir un “aura de neón de excelencia escolástica y académica, de popularidad y de éxito con las señoritas”. El caso de Neal es un extremo del conflicto general que se da entre la centralidad subjetiva de nuestras vidas y la conciencia de nuestra insignificancia objetiva, conciencia que naturalmente va creciendo y pesando con la edad. Según Wallace es el gran conflicto que da forma a la psique y a la monocultura usamericana: la gestión de la insignificancia, este es su “vínculo sincrético” y su complejo sentimental.

David Foster Wallace está obsesionado con la autorreferencia, con las paradojas lógicas y con los límites del lenguaje; por ejemplo, le encanta un número como este: “Soy el número que no puede ser nombrado con palabras”, número que se nombra a sí mismo como implemento de la paradoja de G. G. Berry (bibliotecario de Oxford). Estos temas los trató profundamente en sus estudios de lógica y matemáticas (Everything and More). Aplica esta paradoja a la psicología, produciendo un bucle como la imagen de infinito de un espejo frente a otro que tanto fascinaba a Borges. Intentando ser auténtico, actúas de modo que tu autenticidad se convierte en una interpretación cómica o dramática, en una pantomima. ¡Es tan difícil –y artificial–mostrarse natural! Aranguren decía que por eso estar desnudo es, para un ser humano, una pura contradicción (presente en el mismo término “des-nudo”), porque la “des-nudez” en nosotros no es menos artificial que el vestido.

Wallace alude a verdades que no se dejan atrapar con palabras, como el silencio; o como el Yo, que es indefinible, pero hoy sufrimos la necesidad patológica de vernos a nosotros mismos como algo excepcional o sobresaliente (a pesar del tiempo, testigo insobornable de nuestra obsolescencia), necesidad propia del narcisismo: “¡porque tú lo vales!”. Menos mal que “¡sólo muere lo que uno piensa que es uno!, no lo que es realmente” (Wallace). Lo real subyace allá lejos, muy lejos, oculto por el ruido mediático y la diaria ceremonia de la confusión…, un ruido falso: “el único ruido verdadero son los insectos”, ¡y cada vez quedan menos!

Para un tipo atormentado por su fraudulencia de impostor, la muerte aparece como una ventana a lo real, porque todos los mundos infinitamente densos y cambiantes de cosas que tiene usted dentro a cada momento de su vida pueden resultar, al morirse, de alguna forma, completamente abiertos y expresables “después de que lo que usted piensa que es usted haya muerto”. Son los universos que uno lleva dentro y que nadie ve, dado que lo que los demás ven de uno es una fracción diminuta de lo que en realidad somos. “Libre albedrío” se llama esa capacidad con que intentamos gestionar la parte que los demás verán de uno mismo, de modo que sea atendida, bien considerada y reconocida como especialísima, incluso en su absoluta insignificancia.

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José Biedma López

Santo Reino, 20 de abril de 2026,
en el día de Santa Inés de Montepulciano,
mística dominica que multiplicaba el pan.

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