IN HOC SIGNO VINCES – José Biedma López
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IN HOC SIGNO VINCES
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IN HOC SIGNO VINCES
[…] τοὺς γὰρ ἀνθρώπους φησὶν Ἀλκμαίων διὰ τοῦτο ἀπόλλυσθαι, ὅτι οὐ δύνανται τὴν ἀρχὴν τῷ τέλει προσάψαι, κομψῶς εἰρηκώς, εἴ τις ὡς τύπῳ φράζοντος αὐτοῦ ἀποδέχοιτο καὶ μὴ διακριβοῦν ἐθέλοι τὸ λεχθέν. εἰ δὴ κύκλος ἐστί, τοῦ δὲ κύκλου μήτε ἀρχὴ μήτε
πέρας, οὐδ’ ἂν πρότεροι εἶεν τῷ ἐγγυτέρω τῆς ἀρχῆς εἶναι, οὔθ’ ἡμεῖς ἐκείνων οὔτ’ ἐκεῖνοι ἡμῶν.
Αριστοτέλης, Προβλήματα, XVII, 3, 916a33.
[…] Pues Alcmeón afirma que por eso los hombres perecen, porque no pueden unir el principio con el final, una forma ingeniosa de decirlo, si se acepta que él se expresa sirviéndose de una imagen y no se quiere analizar en detalle la frase. Si efectivamente es un círculo, como el círculo no tiene ni principio ni fin, no serían anteriores por estar más cerca del principio, ni nosotros seríamos anteriores a aquellos ni aquellos a nosotros.
Aristóteles, Problemas, XVII, 3, 916a33. [1]
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I. Sobre los perseguidores
El crisma o crismón es un monograma del nombre griego de Cristo formado por la superposición de las dos primeras letras de Jristós (Χριστός, Ungido): ji (Χ) y rho (Ρ). Es un emblema de victoria, protección y divinidad, común en el arte paleocristiano y románico, muy frecuente en retablos y altares de iglesias y catedrales, a menudo acompañado por las letras alfa y omega: principio y fin. El crismón aparece atestiguado en monedas de la época de Constantino, desde el año 315 en la ceca de Pavía.
Lactancio, en su obra De mortibus persecutorum (Sobre la muerte de los perseguidores), dedicada a Constantino y compuesta entre el 305 y el 313, se refiere a la famosa batalla en que se enfrentaron las tropas de Constantino a las de Majencio en las proximidades de Verona. Escribe que al principio se imponían los soldados de Majencio, pero…
“Constantino, con ánimo renovado y dispuesto a todo, movió sus tropas hasta las proximidades de Roma y acampó junto al puente Milvio (…) Fue advertido en sueños para que grabase en los escudos el signo celeste de Dios [el crismón] y entablase de este modo la batalla. Pone en práctica lo que se le había ordenado y, haciendo girar a letra X con su extremidad superior curvada en círculo, graba el nombre de Cristo en sus escudos. El ejército, protegido con este emblema, toma las armas…”
Lactancio escribió De ira contra estoicos y epicúreos porque estas filosofías paganas negaban la bondad y justicia divinas. Su idea central es que la Providencia rige el devenir del mundo y las acciones de los hombres, idea filosófica que acabará siendo religiosa y se secularizará en un abanico de conceptos naturalistas o políticos: progreso, evolución, dialéctica del espíritu, lucha de clases…, o en esta o aquella “intención de la naturaleza” o “ley de la historia”, oculta o manifiesta.
De Lactancio se conserva también una obra poética sobre el ave Fénix, que cada mil años viene desde el Oriente a Fenicia y muere encima de una palmera (phoînix). El cadáver del ave se quema espontáneamente y de sus cenizas nace un gusano que, convertido primero en capullo y después en mariposa, lleva los huevos del pájaro maravilloso al templo del sol en Heliópolis (Egipto), donde el ave resucita para retornar nuevamente a Oriente.
En el exordio de su obra De la muerte de los perseguidores cuenta cómo las atroces y fatales muertes que sufrieron los césares perseguidores de cristianos prueban que Dios es uno y que su justicia es vengadora. Lactancio se esforzó por buscar puentes entre el pensamiento pagano y la doctrina cristiana, entre la Iglesia naciente y el Estado romano, entre el poder religioso y el político. Antes de Lactancio predominaba la intransigencia, no la conciliación que se establecerá tras la célebre batalla de Puente Milvio. El hecho decisivo es que romanidad y cristianismo se funden en la obra de Lucio Celio Firmiano Lactancio (c. 240-320 d.C.).
Sabemos que se encontraba en Nicomedia cuando comenzó la gran persecución del 303, a donde le había llamado el emperador Diocleciano para que enseñara retórica. Nicomedia, en la actual Turquía, era por entonces capital oriental del Imperio. Lactancio había nacido en el norte de África, sus padres no eran cristianos y el hijo se convirtió ya adulto. Había recibido una educación elitista, alumno del famoso retórico Arnobio de Sicca. Fue tutor de Crispo, hijo de Constantino el Grande, y muy admirado en el Renacimiento por su dominio del latín. Pico de la Mirandola le llamó Cicero christianus.
De mortibus persecutorum pertenece al género apologético (defensa de la religión), que se desarrolló primero en griego como ensayo de los primeros cristianos cultos por ofrecer razones a favor de su fe contra los ataques que su doctrina de salvación recibía de intelectuales paganos: de Celso o de Luciano en el siglo II, de Porfirio en el III y de Juliano “el Apóstata” en el IV. Desde Oriente, la apologética saltó a África donde con más rapidez se extendió el cristianismo. Pensemos en el númida Agustín de Tagaste, obispo de Hipona, pero también: Tertuliano, Minucio Félix, San Cipriano, Arnobio, etc.
En esta tradición se inserta Lactancio, filósofo convertido en historiador en De mortibus…, donde se empeña en demostrar que todos los emperadores que persiguieron el cristianismo fueron malvados y que por ello –¡castigo de Dios!– padecieron una muerte miserable: Nerón, Domiciano, Decio, Valerio, Aureliano. Pasa por alto a emperadores “malos” que no persiguieron el cristianismo: Cómodo, Caracala, Heliogábalo, etc. Se trata de un panfleto original y bien escrito, que expresa la euforia del triunfo de la fe mediante la alegoría de la venganza providencial y cumplida. Los cristianos pasaban con Constantino de condenados a favoritos, de parias a triunfadores. Lactancio no podía ver en la actitud del emperador sino un milagro del Cielo.
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Los emperadores que persiguieron a los cristianos son pintados por Lactancio como viciosos contumaces y bestias humanas: crueles, arbitrarios, lujuriosos a más no poder, insensatos y enemigos del género humano y –para más inri– despreciadores de los valores intelectuales y republicanos (senatoriales), fueron todo vicio y ninguna virtud. Por supuesto, Lactancio exagera, seguro, verbigracia, respecto a Diocleciano, que fue un diestro reformador. También exagera las virtudes de los emperadores que favorecieron a los cristianos, de Licinio y, sobre todo, de Constantino, en los que no descubre ni un solo defecto. No tiene más remedio que silenciar a emperadores “buenos” que, como Trajano, Marco Aurelio o Septimio Severo, decretaron no obstante persecuciones contra los cristianos.
Lactancio es un perfecto exponente en De mortibus de como la Iglesia prestaba ya su apoyo moral y religioso a las políticas imperiales de Constantino y Licinio. Está en el origen del dogmatismo político bajo justificación religiosa, lo que permite comprender las razones de fondo que llevaron a Constantino a oficializar el cristianismo como religión de Estado.
La Historia eclesiástica de Eusebio y el De mortibus de Lactancio son contemporáneas. El primero, más joven, pondrá las bases de la nueva historiografía cristiana, mientras que Lactancio sirve de puente entre la vieja y la nueva. Esa mezcla de elementos antiguos y novedosos singulariza y da interés a su obra. El cristianismo inventará dos nuevos géneros historiográficos, según Momigliano: la historia eclesiástica y las hagiografías o vidas de santos.
Lactancio se preocupa todavía de cuestiones políticas y sociales por su condición de rétor y por el espíritu senatorial con el que se acerca a la historiografía. Los cristianos introducen la divina providencia como motor de la historia, noción que procedía del sentido del tiempo lineal, no circular, propiamente judaico. Para Eusebio, Roma casi ya no importa, lo que cuenta es la Iglesia, lo que Agustín llamará la Ciudad de Dios. En la obra de Lactancio, como en una película moderna (no posmoderna), los malos mueren de mala manera y los buenos triunfan, su historia tiene la condición de un drama moral. Los avances del cristianismo humanizan las costumbres de los pueblos bárbaros “por la acción de la justicia”, dice.
La ideología teocrática de su obra propagandística ha tenido una especial influencia política en España, por lo que no es casual el origen hispano –visigótico– del único manuscrito en que se conservó De mortibus, de finales del siglo XI. La ecclesia es todavía para Lactancio el conjunto de los cristianos, una asamblea o comunidad de fe y de imitación de Cristo, pero es también el primer autor que usa ya el término para referir a un edificio de culto. Pronto, la Iglesia, con mayúsculas, adoptará el lenguaje administrativo romano y se convertirá en una poderosa institución cuya liturgia asumirá en gran medida la pontificial del imperio.
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II. Simbólica del crismón
Durante la Edad Media, el Crismón estuvo fuertemente asociado a las esperanzas del Milenio, una idea símbolo originada por un sentimiento de finalidad histórica y de providencia divina. Se representaba grabado en sarcófagos y en toda clase de monumentos cristianos, guarnecido casi siempre con el alfa (A) y el omega (Ω), que se leen cuatro veces en el Apocalipsis: “soy el alfa y el omega, el principio y el fin”. Dicho signo es también el del lábaro imperial que se le apareció a Constantino en el cielo con las palabras ‘in hoc signo vinces’, antes de la batalla en que derrotó a Majencio.
El crismón puede aparecer rodeado de una corona de hojas inmarcesibles que representan el triunfo del atleta cristiano del que hablan las Epístolas de Pablo y el Apocalipsis joánico, documento escatológico por excelencia. El alfa y el omega refieren a la visión de Patmos, la resurrección anunciada por Juan el Vidente, asociada al Advenimiento del Verbo de Dios. La resurrección es la del séptimo milenario, el fin soteriológico en que se proyectaría la conciencia cristiana de los primeros siglos… Así como Dios creó el universo en seis días y descansó el séptimo, los humanos realizarán su obra histórica en seis mil años y conocerán el reposo en su indefinido séptimo milenio, en la Nueva Jerusalem en que triunfará en paz la conciencia espiritual.
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Juan Larrea afirma que el alfa y el omega del Apocalipsis significaron pronto para los cristianos “paloma” o Espíritu, porque la suma de esas dos letras usadas como numerales daban la misma cifra -801-, A (alfa) vale 1 y Ω vale 800, número que alcanzaba la suma de los caracteres que componían la palabra ‘peristerá’, es decir, paloma. La noticia trasmitida por Ireneo procedía del gnóstico Marcos, pero a pesar de su origen heterodoxo, fue recogida y divulgada por Tertuliano, Hipólito y Dídimo Alejandrino, maestro de san Jerónimo. Es muy probable que se adornara el crismón con estas dos letras como referencia a la persona espiritual de Cristo manifiesta en el Apocalipsis. El crismón era algo así como “la señal de Jonás” de los Evangelios, nombre este, “Jonás”, que en hebreo significa también paloma.
Según Juan Larrea y su interpretación poética e imaginativa de la historia, de su razón de ser como vida del Espíritu, y de acuerdo a su hermenéutica de la cultura como ser vivo, con la que pretende superar la antítesis sueño / realidad o imaginación / razón, la forma del Crismón condensa ideas gráficas muy antiguas, los cuatro diámetros interseccionados de su esqueleto son los mismos que servían a los sumerios como ideograma para representar en su escritura el concepto cielo y después la palabra ilu, Dios. Es signo frecuente en los papiros mágicos helenísticos, alguna vez acompañado con la mención astro, estrella. En la mente mesopotámica esa figura irradiante se identifica con el sol y con Ishtar, el planeta Venus. También el símbolo bíblico que se repite desde la torre de Babel hasta el Apocalipsis halla en el crismón visible acomodo: Bab-ilu, puerta de Dios, la de entrada y salida del sepulcro, sellado por el crismón; en lo sideral, saliente y poniente. El ramillete de ocho radios es el Cielo o Reino sin principio ni fin. Por lo tanto, el crismón expresa gráficamente gérmenes remotos de los que también procede el “conglomerado heredado” del cristianismo.
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La forma circular en que se basa el crismón, transformada en nimbo luminoso, solar, rodea y adorna la cabeza de Jesús y de sus santos como conciliación de lo temporal y lo eterno, del existir y el Ser. En “Cristo” se armonizan las dos naturalezas: Cielo y tierra, contempladas con el ojo cualitativo, sub specie aeternitatis, la pupila en cuyo centro se produce simbólicamente la visión de Dios. Plotino, en cuya doctrina se ha encontrado una clara filiación védica, dijo que nunca el ojo hubiera logrado ver el sol si no fuera porque, en cierto modo, él mismo es sol.
En suma, en el crismón se cifra con proyección a la “resurrección” futura la idea del séptimo milenio o reposo del Espíritu como conciencia eterna. Representa ambiguamente, como todo símbolo, el fin del mundo histórico, llamado mundo del Hijo y el advenimiento de la conciencia espiritual del Ser. El problema esencial del Espíritu (en esa Tercera Edad profetizada por Joaquín de las Flores, por Swedenborg, por Novalis y abonada por Eugenio Trías, después de la del Padre y la del Hijo, época correspondiente a la Tercera Persona) es reconocerse en los desastres, avatares y logros de la historia humana, su fenomenal metamorfosis. En su doctrina quiliasta, san Agustín había señalado el Séptimo Día como aquel en que se volverá “a la inmortalidad y bienaventuranza de que cayó el hombre” (Sermo CCLIX), es La Ciudad de Dios, quod non habet vesperas, que, como el imperio de Carlos V no conoce puestas de sol.
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La inquietud milenarista tuvo su revival humanista en las utopías renacentistas, la de santo Tomás Moro conduce en línea recta, según Larrea, al mejor socialismo del siglo XIX. Más textualmente milenarista es la Nueva Atlántida de Francis Bacon con su “Casa de Salomón”, y la Ciudad del Sol de Tomaso Campanella renueva el mundo tras el Anticristo, ávida del arte celestial de volar en la “luz sin ocaso”. Todos estos proyectos miran irónicamente o de reojo a la Politeía y a las Leyes de Platón, pero en ellas brujulea la Jerusalem celestial, la Ciudad pacífica de Salomón presidida por Sofía, que prosopopeya de la sagrada sabiduría salvadora. El Apocalipsis, que toma el nombre moderno de “revolución”, sirve de preámbulo o previa condición a la Utopía (no se puede hacer tortilla sin cascar huevos) y, ¡ojo con esa señora!, pues Utopía es dama de noble frente pero de manos ensangrentadas, pues los solidarios del Apocalipsis y del prometido Paraíso que sobrevendrá para los justos, pueden servirse de la imagen de la revolución y de la utopiá, positiva o negativamente, para abrillantar esperanzas o para fulminar al adversario inicuo que no cree en sus fórmulas regeneradoras.
El monograma de Cristo infiere la forma de la cabeza coronada y espiritualizada del Mesías, cabeza de la Iglesia ideal (no la que suplanta el reinado de Cristo) y de la futura y resurrecta humanidad ungida; plasma caligráficamente la intuición judeo-cristiana acerca del valor trascendental del tiempo histórico (su virtualidad creadora), que en nuestra cultura se vive como proceso transformativo de la humanidad hacia el universal nuevo Adán, sujeto digno y con derechos, responsable, miembro de la “iglesia” (asamblea) purificada; apunta al paso posible que verifica la conversión de la conciencia en Espíritu; entonces el mundo –Verbo divino– con su historia llegarían a poder comprenderse como Escritura sagrada.
En el crismón, en fin, se compendia la doctrina quiliasta, el sentido escatológico de la cultura cristiana. El séptimo sello que clausura la tumba –y la bóveda celeste– facilitando el paso a la encarnación del Espíritu en cuerpo de Humanidad. Sin embargo, sin querer marchitar el brote verde de esta esperanza, mucho parece restar para una creación histórica gobernada por Sofía. Sólo en los sueños y en los mitos, como en la magia, se da por realizada una situación al representarla en imagen. En todo caso, tal vez el crismón, ya marginado, casi clandestino, florezca sigilosamente en el cumplimiento de esta sexta edad, tan violenta y aturdida.
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José Biedma López
11 de marzo 2026, Santo Reino, tercer miércoles de Cuaresma.
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Nota al texto
[1] Problemas, p. 248 en Aristóteles. Problemas. Introducción, traducción y notas de Ester Sánchez Millán. Editorial Gredos [Biblioteca Clásica Gredos, 320] [Según las normas de la B.C.G., la traducción de este volumen ha sido revisada por Paloma Ortiz García], Madrid, 2004. ISBN: 84-249-2708-7.
Bibliografía consultada:
1. Cirlot, Juan Eduardo, El ojo en la mitología. Su simbolismo, Wunderkammer, 2019, Terrades (Girona), 2019.
2. Lactancio, Sobre la muerte de los perseguidores (De mortibus persecutorum), traducción y notas de Ramón Teja, Biblioteca Clásica Gredos, nº 52, Madrid 1982
3. Larrea, Juan, La Espada de la paloma, Cuadernos Americanos, 47, México MCMLVI.

