Sobre los cuerpos celestes de Lucía Etxebarria – José Biedma López
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Sobre los cuerpos celestes de Lucía Etxebarria
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Sobre los cuerpos celestes de Lucía Etxebarria
Uno se entera leyendo a Lucía Etxebarria [sic, sin tilde diacrítica], su novela Beatriz y los cuerpos celestes (1998), a qué se dedicaban muchos de los pijos urbanitas de la generación X, mientras nenas y nenes de provincias sacrificábamos los escasos recursos paternos buscando la promoción social mediante el título universitario que nos acreditara como personas de provecho y aprovechables: Por las noches de los findes (que empezaban en viernes), los que nadaban en la abundancia bailaban “techno” en comunión fraterna, pegándose sudores, fluidos y gérmenes, al ritmo de un solo latido, de una sola música, de un único espíritu, más allá del pesado fardo de la conciencia individual y de sus preocupaciones, que hermanaban a los fieles en su encuentro dionisíaco con el éxtasis, muchas veces con la ayuda del otro “éxtasis” y de otros mejunjes caros y propios del trapicheo en la botica psicodélica. Por entonces, uno era más bien apolíneo, cosa que la salud con el tiempo agradece.
Se llama Generación X al grupo demográfico nacido entre 1965 y 1980. Lucía nació en 1966, así que es, por decirlo así, pionera (o decana) de dicha generación que emerge entre los Baby Boomers (casta a la que pertenece un servidor) y los Millenials. Resilientes, independientes y pragmáticos –así pinta la Inteligencia artificial a los Equis. A estas características, añadiríamos un grado de hedonismo que no se veía en los “Boomers”, porque estos no se criaron en la relativa y advenida abundancia de los hijos del desarrollismo. Los equis no nacieron en un mundo digital, pero pudieron adaptarse, aun frescos y versátiles, al vértigo de las innovaciones tecnológicas.
La novela que comento consolidó a Etxebarria como escritora célebre porque le valió el prestigioso Premio Nadal en 1998. Con justificado criterio, pues su prosa correcta, fluida y rápida. Salta en ella del frío mundo gris acero de Edimburgo al luminoso y ruidoso Madrid con agilidad de trapecista y, su protagonista, vuela de una cama a otra con la levedad de una acróbata aérea, todo ello con un swing tempo-espacial que no marea y que convence. Nuestros actores y actrices deberían tener en cuenta, sobre todo al articular el español en sus interpretaciones cinematográficas, que lo pertinente estéticamente no es la realidad del murmullo o bisbiseo, sino la verosimilitud inteligible. La novela de Lucía es verosímil porque es sincera.
Yo creo que lo que da fuerza a esta narrativa de Etxebarria es precisamente su franqueza, su carácter testimonial, la autoflagelación o confesión de errores e imprevistos, azares y berrinches, a corazón abierto. Aunque trata de amores carnales, lésbicos y de los otros, no cae en la obscenidad ni en la sordidez, tampoco en la cursilería. En sus páginas se siente sobre todo la melancolía y el dolor de la familia desestructurada, dispersa por el desamor de los padres en discordia, que descuidan el cuidado afectuoso de sus cachorras. Los personajes principales de la novela son mujeres. Todas se drogan y narcotizan para compensar soledades y frustraciones.
La autora sostiene en varias ocasiones, a través del pensamiento de Beatriz, su alterego, que en el amor no importan tanto los sexos (ni los géneros), sino las personas. La protagonista, Bea, está locamente enamorada de Mónica, su excompañera de secundaria, y constata que…
“si hubiera sido un hombre, me hubiera gustado también… Porque importa la esencia, la irrepetible combinación de hidrógeno, helio, oxígeno, metano…, que hace a una persona diferente de todas las otras”.
Para Bea “la fisiología no determina nunca la mecánica amorosa…, yo nací persona, y amé, a personas”. Y de eso va sobre todo el libro, del amor y de su frustración, de esos milagros que provocan reacciones elementales e inevitables…,
“de mujeres que son mundos en sí mismas, mundos habitados por millones de seres vivos –células y microbios y bacterias y parásitos microscópicos…‒, mundos similares aunque distantes. Mundos todas nosotras, planetas que orbitamos en torno a una fuente básica de energía: el afecto o su carencia”.
A pesar de ciertas pinceladas de cinismo (“siempre conviene contar con alguien que te adora y que además nada en dinero”), la protagonista reclama más bien conmiseración por su orfandad de hecho. Algunas comparaciones son memorables: “desentonaba como Alfredo Landa en una carpa dance”, “perchas que aletean como palomitas en un armario vacío”. Y varios de sus temas son de hondura, por más que aparezcan tratados con una ligereza que hubiera gustado a Nietzsche: verbigracia, la fascinación por el mal que conquista a Bea, representado por Mónica, una yonqui de buena familia que ya no repara más que en la satisfacción de sus vicios. Ya se percató David Hume, en su Disertación sobre las pasiones, de que la presencia inmediata del mal influye en la imaginación y produce una especie de creencia. Los responsables de las inmundicias llamadas NOTICIAS lo saben bien y por eso prefieren noticiar el mal antes que el bien.
Critica sabiamente la grandilocuencia altanera de los pedantes, la vaciedad de las jerigonzas académicas. Valora la amistad por encima del sexo, la irrecuperabilidad del pasado, el interés de la amabilidad y la dulzura habituales, cotidianas. Lucía se atreve incluso con la cosmología y sus implicaciones antropológicas, de ahí el aprovechamiento de la polisemia de “cuerpos celestes”:
“Una radiación, bautizada por científicos como el Fondo Cósmico de Microondas, constituye el origen de la vida y lleva en sí la huella de la materia oscura y la materia brillante. Inunda el Universo, lo impregna todo, pero no está asociada a ningún objeto en particular. A fin de cuentas todos somos una parte de un todo mucho más grande que nos integra, todos llevamos dentro el caos y el orden, la creación y la destrucción. Todos somos al mismo tiempo víctimas y responsables de nuestra propia vida. Para lo bueno y para lo malo, todas las sendas de lo posible están abiertas a los pasos de lo real. Pero no todos somos tan sabios como para comprenderlo ni tan audaces como para trazarnos un itinerario.”
Admitiendo el importante papel de la casualidad (del azar) en nuestras vidas y en la historia, pues “cada proceso evolutivo se caracteriza por una poderosa aleatoriedad”, Lucía apuesta por la dignidad de la libertad, esto es, por el humanismo:
“Tiendo a creer, quiero creer, que aunque nacemos con unas cartas dadas está en nuestra mano el cómo jugarlas.”
Se recomienda sobre todo flexibilidad, adaptabilidad, ligereza, al menos para no perder enseguida la partida, que al fin la tendremos perdida. Lucía también se atreve a incluir en su novela algunos juicios sobre o contra la crítica literaria (la que aquí con todo derecho ejercemos). Uno de sus personajes secundarios pone en duda el valor de los estudios literarios y con ellos los de toda crítica: “Un texto debería entenderse por sí mismo, o cada lector debería entenderlo a su manera”, sin imponerles a los lectores contextos ni límites, sin cerrar el texto con interpretaciones académicas. A Barry nadie le convencerá jamás de que el Ulysses “esa gilipollez sin pies ni cabeza es una obra maestra”. Bea le responde que nadie intenta convencerlo y que además “gran parte de la crítica feminista opina que Ulysses está sobrevalorado”.
Aunque Beatriz y los cuerpos celestes se convirtió en icono feminista, las activistas feministas que comparecen en la novela lo hacen en calidad de secta: “Todas ellas solemnes y vegetarianas”, practican el yoga y el control mental, y…
“… organizaban con devoción de beatas encuentros semanales en los que discutían sobre problemas mil veces examinados, seminarios que versaban sobre temas como La voz femenina, Más allá del mito de la belleza, Sexo, rol y género o Revolución desde dentro, y a los que no lograban arrastrar a nadie, excepto al exiguo grupito de las ya convencidas. No poseían el más mínimo sentido del humor o de la ironía, y sus discursos, repetitivos hasta la saciedad, solían basarse en tediosas acumulaciones de datos, fechas, estadísticas y consignas. Cada una de ellas, metida a oradora, podía hacer alarde de una memoria prodigiosa que hacía las veces de verdadera inteligencia. Me aburrían terriblemente.”
Lucía es hoy una crítica dura de la ideología cuir, escritora cañera en redes y psicóloga de vocación, reparte zascas a políticas ineficaces y defiende a los autónomos, denunciando con ironía el despilfarro de fondos públicos…
En cualquier caso, Happy End, su novela “de iniciación o formación”, aquella de finales del siglo pasado, generacional, dura y lírica, satírica e introspectiva, sublime y grotesca, que algunos califican de “neorromántica” por su centralidad en las pasiones amorosas y en sus sensaciones, acaba bien, ya que es cierto que uno puede darse con un canto en los dientes si sale relativamente sano de las aventuras juveniles, de sus tormentas emocionales y de las convulsiones a que nos someten las tribulaciones de los amores primeros, los más intensos, pero no por ello los más verdaderos, sobre todo si una posee un temperamento vehemente y apasionado.
A Beatriz y los cuerpos celestes siguió enseguida Nosotras que no somos como las demás (Planeta 1999). Lucía también escribió una biografía de Kurt Cobain y un poemario desgarrado sobre amores y desamores: Estación de infierno (2001).
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José Biedma López, Ph. D.
La Esperilla, Septiembre de 2025
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