Situaciones e insinuaciones – II [2. Nicomedes y el pozo de las verdades] – José Biedma López
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Situaciones e insinuaciones – II [2. Nicomedes y el pozo de las verdades]
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Situaciones e insinuaciones – II
2. Nicomedes y el pozo de las verdades
Berna y Lope conocieron por Apolinar al complejo Nicomedes, electricista, masón y cazador de almas. Había despreciado beca de investigación universitaria porque apenas le daba para comer y se ganaba la vida ejecutando chapuzas –eso decía él—, pero en realidad lo teníamos por excelente reparador de antenas, remediador de cajas de luz, restaurador de lámparas…. En los veranos se iba al monte a ejercer de pastor eventual, contratado por un ganadero francés: julio y agosto. A principios de septiembre entretenía chavales pergeñando grandes pompas de jabón en la playa, cerca de Torre Olearia.
Nicomedes dividía a los seres humanos en Fariseos, Filisteos y Demoníacos. Llamaba Fariseos a quienes van por la vida quejándose: “¡Oh, las costumbres!”. Muchos fariseos fantasean y eso los pierde, porque la fantasía es egoísta y evasiva, al contrario que la imaginación, piadosa y cordial, con pie en tierra como el gigante Anteo. Hay fariseos que utopizan resentidos con lo real, otros quimerizan molestos con la situación, y los hay simples contrariados para los que cualquier tiempo pasado fue mejor, amargados besucones de Doña Melancolía, asiduos de abatimiento, pesimismo y decepción.
Por su parte, los Filisteos se lamentan sin cesar: “¡Oh, los instintos!”. Estos son misántropos, porque atribuyen a los demás su inveterada tendencia a buscar en todo el provecho propio, como el ladrón que cree a todos de su condición. La mayoría de los filisteos padecen atrabilis intermitente o crónica. Son puritanos que recelan de la vitalidad de los demás porque ellos no se comen ni una rosca, intolerantes justicieros que disfrutan leyendo novelas para calentar su vida helada al socaire de otras muertes.
En tercer lugar, tenemos a los Demoníacos, que se creen superiores al resto de los mortales y lloran: “¡Oh, la sabiduría!”, pero no porque la crean perdida, sino porque se creen en posesión de la verdad y, gracias a Dios, nadie les hace ni puñetero caso. Entre estos los hay que piensan contar con un asiento de primera fila en los eternos festivales del Cielo, pero la mayoría son descreídos, gente nihilista y desesperada, gracias a su genio o demonio que los compele a protestones y los fomenta lloricas. Filisteos y Demoníacos tienden a generar conchas como las avispas portasierra generan en su entorno vegetal agallas, así se protegen y asilan de sus congéneres a los que temen o desprecian respectivamente.
Al oír su clasificación de la grey humana, Berna, siempre incisiva, le preguntó:
‒ Y tú, Nico, ¿en cuál de estos arquetipos profesas?
A lo que Nicomedes, muy sereno, replicó:
‒ Al cuarto tipo, el que no nació ni nacerá.
Esta respuesta nos dejó confundidos, perplejos y con la boca abierta, pero Nicomedes encontró muchos adeptos a los que acercó a su credo, configurando especie de secta religiosa nueva que asumía esta máxima:
“Sabemos que jamás vendrá El Cuarto Humán, y en ello ponemos nuestra esperanza. El Cuarto Humán es Alma. Busquémosla”.
Con cierta sorna al principio, les llamamos “Los del Club de Buscones de almas”. Nicomedes recaudó prosélitos en tertulias y conciertos de cámara que organizaban amigos y alumnos de Oldeta Olea en su famosa torre, cerca del mar. Allí conoció también al garboso juez Antón Pirulero, para perdición de Apolinar, que tuvo que compartir a su amante Nicomedes con el magistrado. Fue entonces cuando Apolinar planteó una pregunta en la Torre Olearia que dio también mucho juego en las reuniones de la Quinta del Mochuelo: Si es posible ser bueno sin esperar nada, es decir, si es posible ser honrado sólo porque hay quien pasa hambre o recto porque hay quien sufre y llora. Es lo mismo que preguntar si es posible vida religiosa sin hacerse ilusiones o si es posible comportarse como santo sin esperar la compañía de Dios.
— Los seres humanos necesitan fantasías, el consuelo de la metafísica.
— Debería tal vez bastarnos con la imaginación, esa capacidad de ponernos en lugar de otro y de imaginar cómo puede ser el pensamiento y el sentir del próximo. Sin fantasías que nos frustren.
— Pero la dificultad es superior, porque la diversidad de sentires, pareceres y caracteres es infinita, o casi.
— Además –replicó Berna— el conductismo psicológico y el nihilismo materialista han empobrecido nuestro vocabulario de tal manera y han reducido tanto el acerbo de palabras con que nos referimos a nuestra vida interior, que el resultado es la atrofia del alma, su obscurecimiento o su completa disipación, lo que también puede comprenderse como empobrecimiento o escamoteo de la intimidad. Por eso la gente anda de aquí para allá como loca, viajando como pollos sin cabeza, bullendo de estimulo en estímulo exterior; festivales, conciertos multitudinarios, deportes de riesgo… Para tales huidas no hay caminos, sólo rastros.
— ¿Persiguen almas que han perdido, Lope?
— Tal vez, Berna.
El electricista Nicomedes no promocionó publicitariamente sus ideas, así que su secta de rastreadores de almas no alcanzó a darle de comer ni pudo contar con patrocinadores capitalistas. Fiel a su bisexualidad, abandonó a Apolinar y al gallardo magistrado Pirulero y se juntó con Concheta Espadas, que era tuerta de ojo vago, abogada y contraria a la depilación de axilas y partes íntimas. Fabricaron por lo natural dos hijas, pero no se desposaron en altares del Altísimo ni aguantaron reunión íntima y dilecta durante mucho tiempo, porque Nicomedes tenía la mente más llena de pájaros y de méntulas que de almas. ¡Por algo sería que las buscaba con tanto ahínco! Le dio por recomendar medicinas alternativas, no fundadas en tradición hipocrática, sino en budismo tántrico, y como no hacía más que pensar en chakras y se resistía a vacunar a sus hijas, Concheta lo abandonó. También contribuyó al plante la fea costumbre de Nicomedes de comerse uñas, mear de pie y eructar en público.
— ¿Puede tener eso tanta importancia como para fastidiar una relación doméstica, Berna?
— Puede, Lope, como el grano que deshace pirámide de granos o la última gota de agua que desborda vaso. El caos nos hostiga.
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Con el paso vertiginoso del tiempo, Nicomedes descreyó de santones indios y de gurús sinenses; volvió a nuestras tradiciones deviniendo estoico y entretenido profesionalmente en electricidades, ondas y magnetismos. Cuando no andaba cableado, arreglando antenas y cajas de luz, memorizaba recetas de Epícteto y mohínas sentencias de Marco Aurelio (simpatizaba menos con Séneca; decía que el sabio cordobés había intercambiado demasiados fluidos con borricas de vagina dorada y no le perdonaba sus rebuscadas tragedias). Ya escéptico e imperturbable de ánimo, ensayó apañarse y reconciliarse con madre e hijas, pero tarde, porque la letrada tuerta se había arrejuntado con un tirititero de retablo, prófugo del Corralito argentino. Por celos, Nicomedes puso en circulación el bulo de que “su Concheta” alimentaba y consolaba a “ganapán argentino” vejestorio. No era cierto, el marionetista se ganaba bien la vida cargando con su retablo por aldeas, pueblos y ciudades, en camioneta de segunda mano. Concheta y las niñas le ayudaban muy a gusto a tales tareas durante las vacaciones de verano y ponían voces a las funciones del retablo, con este guión:
EL POZO DE LAS VERDADES
Personajes:
- CRISPÓN: Pícaro aldeano, cabezón, perillán perezoso y testarudo.
- FILÓSOFO: Sabio de anteojos enormes que busca la Verdad Absoluta.
- DUENDE DEL POZO: Un ser burlón de voz chirriante.
Acto Único
(La escena abre con un pozo de cartón en el centro del retablo. Asoma Crispón cantando mal y arrastrando pies).
CRISPÓN: (Mira al fondo del pozo) ¡Buenos días, tristeza! ¡Buenos días, hambre! Dicen las gentes que si gritas tu mayor deseo en este pozo, el eco te devuelve verdades como templos, verdades que nutren. ¡A ver! ¡Quiero una barra de pan y un chorizo con dos huevos fritos!
(Se oye un eco grave y misterioso desde el fondo).
VOZ DEL POZO: ¡Ponte a trabajar…, nolondro…, pelafustán…, bigardo…, vago!
CRISPÓN: ¡Ostras, qué pozo tan grosero! ¡Jolines, qué hoyo tan maleducado!
(Entra el Filósofo a paso lento. Lee un libro enorme que casi le tapa los ojos. Tropieza con Crispón).
FILÓSOFO: ¡Cuidado, buen hombre! No interrumpáis mis cavilaciones. Llevo años buscando la Cosa-en-sí, la Identidad de lo Real, el Arcano de los fenómenos, lo Trascendente en lo inmanente, el Río en el llanto.
CRISPÓN: Pues mire, don Ilustrado, ahí mismo tiene un pozo que lo sabe todo. Pregúntele, pregúntele…
FILÓSOFO: ¿Un oráculo popular? Interesante, algo sabrá… (Se asoma al pozo, ajustándose las gafas). ¡Oh, Pozo de enjundiosa hondura! Dime: ¿Qué hay más allá de las apariencias? ¿Qué es aquello que es idéntico a sí mismo y que no puede confundirse con nada más?
(Del pozo emerge de golpe el Duende, con un gorro colorado y un palo en la mano).
DUENDE: (Chirriante) ¡Una buena paliza, mi querido doctor! ¡Porque dos cosas idénticas no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo!
FILÓSOFO: ¡Eso es una burda interpretación de la física y un plagio de Leibniz!
DUENDE: ¡Pues toma física, toma metafísica, toma teodicea y toma leibnicio!
(El Duende le da un estacazo flojo al Filósofo. El Filósofo corre en círculos por el retablo).
FILÓSOFO: ¡Ay! ¡Socorro! ¡La realidad duele! ¿No podremos escapar de la inmanencia? ¡La Realidad duele! ¿Presos somos de la Inmanencia? ¡Qué cochina gravedad! (Sale de escena corriendo).
CRISPÓN: (Muerto de risa) ¡Ay, señor Duende, qué buen repaso le ha dado a la metafísica! Pero dígame… ¿y mi chorizo y mis huevos?
DUENDE: (Mirando fijamente a Crispón y levantando el palo) ¿Quieres saber la verdad sobre el chorizo, Crispón? ¿De verdad aprecias los huevos?
CRISPÓN: (Mirando el palo, retrocediendo) ¿Sabe qué? Que pensándolo bien… la ignorancia es un gran invento. Prefiero vivir tonto, antes que especular angustiado. ¡Ojos que no ven…! ¡Hasta la vista!
(Crispón sale corriendo por el lado contrario. El Duende se vuelve hacia el público, saluda con varias reverencias y se esconde de un salto dentro del pozo).
TELÓN
El tirititero argentino ponía la voz de Filósofo, Concheta la voz de Crispón y una de las niñas, por turnos, la del Duende pocero. Los cuatro lo pasaban fetén. No les pagaban mucho en los pueblos, pero por lo menos, la Concejalía de cultura les daba casi siempre de dormir y de comer.
Continuará…
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José Biedma López
La Esperilla (Santo Reino), Julio 2026

