Princesa Sabrosa & Anacoreta Políglota [Lengua de Puerta Divina] – José Biedma López

Princesa Sabrosa & Anacoreta Políglota [Lengua de Puerta Divina] – José Biedma López

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Princesa Sabrosa & Anacoreta Políglota [Lengua de Puerta Divina]

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José Biedma López – Puerta de Dios

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Princesa Sabrosa & Anacoreta Políglota [Lengua de Puerta Divina]

En el Parque Paleártico, su Alteza la Princesa Sabrosa del Reino del Panda, acompañada por su fiel Camarera y su pulcra Lavandera, había decidido buscar la viva presencia del Santo Anacoreta, el cual vivía en las asperezas de unos montes altísimos. Estas tres amigas no se habían podido imaginar lo dura y agreste que resultaría la vereda de cabras que llevaba a la ermita del Santón, al que se consideraba sabio políglota. Aunque aires frescos y un sol de primavera templaban la atmósfera en aquel bioma de chaparral con matorrales densos y arbustos esclerófilos de hojas duras y pequeñas, las tres beldades lo estaban pasando fatal, o sea de pena.

Se contaba que aquel docto eremita dominaba antiguas jerigonzas esotéricas y ciertas técnicas alquímicas, que era inmortal y que atesoraba conocimientos olvidados por todólogos, comunicadores, académicos y universitarios. Nadie recordaba ya cuándo hubo abandonado la capital del Reino del Panda, apartándose de familiares y despreciando pertenencias, con el propósito de apartar su extensión del mundanal ruido, enclaustrar la atención del alma y reservar su espíritu para la contemplación de lo incondicionado en lo recóndito de aquella sierra a la que sólo subían pastores con sus rebaños en verano y algún intrépido cazador en el dorado y melancólico otoño. Tramperos y cabrerizos daban de lado al ligero y amojamado anciano, temerosos de sus malos humores y de sus superpoderes, pues se decía que con una de sus maldiciones podía arruinarte la vida.

La Princesa Sabrosa con sus confidentes habían acudido a aquellas soledades y ahora las tres amigas sufrían sus rigores, ansiosas por obtener la traducción de aquel pergamino¡Con el pergamino! Nueve días anduvieron buscando al sabio por aquellos vericuetos entre breñas y malezas. Habían partido bien pertrechadas con equipos de alta montaña, pero ya estaban arañadas por abrojos y fatigadas por esfuerzos desacostumbrados. Se abrigaban por las noches entre peñascos. Allí fijaban al suelo su tienda de campaña con forma de iglú y dentro dormían abrazadas para conservar el calor de sus lindos y juveniles cuerpos.

Habían oído que el Sabio eremita tenía malas pulgas, que era pagano y maldecía a quien osase perturbar su retiro, ya que, a pesar de su presunta santidad, profesaba una religión sombría que le facultaba para imprecar, conjurar y hechizar, recurriendo a potestades tenebrosas y fuerzas protervas.

Tengan presente la atenta lectora o nuestro lector consumado que su Alteza tenía la esperanza de que aquel misántropo huraño conociese la lengua de un críptico manuscrito. Su contenido era crucial y decisivo porque en él se expresaba la infalible receta contra el mal que consumía a su novio, su dilecto Pasha Popov, un fenomenal mancebo ruso de ojos cerúleos y carnes prietas y piel ebúrnea, que desgraciadamente había sido encantado por la maga Tragantía, cuyo nombre oficial era Candy Calavera. Esa bruja había fascinado a Pasha mediante su aojamiento mágico por una falta venial, por una torpeza insulsa: la de haber olvidado su nombre, Candy, después de la tercera vez que le había sido presentada la maga en la corte y –en su esfuerzo desesperado por recordarlo– haber llamado a la Tragantía con el nombre de su peor enemiga: Calderonia Patachula…

Ningún académico había podido desentrañar aquellos signos, aquellas grafías y símbolos misteriosos en que Calderonia Patachula había expresado la fórmula y el procedimiento para remediar y curar los males con que su enemiga acérrima la maga Tragantía (Candy Calavera) había hechizado y afligido a Pasha (Pavel Popov), aspirante a príncipe consorte. El infeliz muchacho había contraído una laxitud tan insuperable y una flojera tan lastimosa que de nada le servía a su Alteza la Princesa Sabrosa exponerse a la vista de Pasha con su lencería más picante e incitadora. Ni con los afrodisíacos más sofisticados era posible estimular la libido del joven eslavo, hecha un guiñapo. Si antes rebosaba alegría, ahora deambulaba como zombi, hundido en un agujero negro e intimísimo… Pavel sólo volvería a ser el que fue si conseguían desentrañar el contenido de aquella prescripción de Patachula, escrita con tinta china y pluma de pavo real en piel incurtida de ternera no nata.

Al noveno día, cuando ya las tres muchachas buscaban por la bocaza de una caverna un lugar seguro donde reposar y pasar la noche, allí mismo, ¡mire usted qué sorpresa!… Sucedió que, orando en el fondo de la misma gruta, vislumbraron por fin al esquivo santón. Una lámpara iluminaba pálidamente su perfil severo en aquel recóndito escondrijo.

Temieron trémulas las tres selectas doncellas ser maldecidas y casi se arrepintieron en aquel instante de haber buscado a un anciano tan insólito, tal era el aspecto alucinante y la figura dramática de aquel monje estrafalario. No obstante vestir harapos, no daba pena alguna, sino susto. La barba más blanca que la leche le llegaba a la cintura, lo que se veía de su pellejo estaba más arrugado que la piel de una uva pasa, menos la calva donde el «cuoio capelluto» relucía como bola de billar, como nimbo beatífico; su cuerpo esquelético flotaba en el piso de aquella remota gruta.

No obstante, el sabio las miró esbozando media sonrisa y con sus ojos tan hundidos como penetrantes, encendidos como ascuas, de hito en hito, observó con delectación a las tres guapas, como comprobando la identidad de cada una, hasta que, al fin, clamó con voz grave y enteriza:

– ¡Tichtowi et se bewakascha!

Las tres galanas peregrinas se estremecieron.

– ¡Hola, hola, aquí me tenéis, en mi gayola!

Las chicas respiraron, inspiraron y expiraron con ritmo, buscando tranquilizarse y “despensar” (dispensarse de pensar).

– Hace medio siglo que os espero…, os aguardo para poder descansar. ¡No os digo más! Me duele ya vivir y, peor, me aburre el inocente trajín de la vida, su hormigueo prosaico, pero no podía dejar este mundo hasta cumplir con vosotras el deber que me impuso el Rector Magnífico de los Genios, cuya prospectiva, tan intensa y heroica como su memoria, anticipa sucesos, númenes y eones, porque reposa incólume en la eternidad… Habéis de saber que ahora sólo quedo yo, el último que entiende, lee y habla la Lengua Adámica, la que todavía se hablaba en Mesopotamia después del Gran Diluvio, antes de la confusión decretada por el Magno Hacedor. Cada palabra de este idioma forma parte de un conjuro enérgico o de un sortilegio eficiente. Las frases adámicas fuerzan a los demonios, potestades intermedias, a servir a quien las pronuncia, porque atan y desatan lazos y leyes que gobiernan el mundo de los vivos y de las cosas inertes. Los ángeles dominan sus verbosidades, pero nadie escucha ya a los mensajeros uranios, sus etéreas presencias pasan por completo desapercibidas cuando insertan murmullos en el céfiro de la tarde, cuchicheos en el mistral suave o rezongos en el relente de la madrugada. La Cábala no es más que un eco desvaído de esta lengua fecunda. Lo que queda de ella, desfigurada de un modo u otro, son dialectos suyos, desvirtuados, descoloridos y empobrecidos, pero aún son los mejores que usan mortales.

– Entonces…, ¿puede usted traducirnos el pergamino de Calderonia Patachula?

El mago no respondió. Se veía que llevaba años sin público, lustros sin poder lucir con auditorio lo mucho que sabía… Por eso se entregaba a una corrida facunda, a una elocuencia desenfrenada con intelectual voluptuosidad.

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José Biedma López – Ganglio del destino

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– Cada nombre de esta lengua, la más genuina –siguió disertando–, contiene en sus sonidos y en sus letras la esencia de sus referentes, el ser en sí de las cosas nombradas y por eso cada cosa acata y obedece al oírse llamar por su nombre verdadero y sustancial, ¡el nombre exacto de las cosas que buscaba sin éxito el poeta! La voz originaria con que se construyen mundos, el sonido magmático de las aguas primordiales, la melodía de las sirenas que Ulises oyó atado al mástil de su nave. Tanto imperio y autoridad confería esta lengua a los hombres que la hubieron usado, que creyeron poder conquistar el Cielo y no sólo rascarlo según labor de necia soberbia… Este fue el idioma que hablaron Eva y la Serpiente, la jerigonza en la que conversaban y discutían Adán y Eva, Eva Curiosa, la filósofa que se aventuró a penetrar en el inconmensurable orden del bien y del mal… Y, primero, después de Nada, esta lengua fue –nada más y nada menos– el Logos con el que el Demiurgo dio forma a las cosas y que Juan, en su Evangelio de la Luz, identifica con Dios mismo (erróneamente, claro).

– Entonces… –balbuceó la Princesa Sabrosa.

– … Entonces, o sea, al principio, el Gran Programador amaestró a Adán, su mono, para que pudiese dar nombres originales a plantas, aves, mamíferos, a todos los bichos y seres del Paraíso Terrenal. Después del Diluvio, cuando el Señor del Mundo provocó la Gran Perturbación lingüística con el fin de castigar la tirana altanería babélica, sólo Jared, su hermano y su familia, quedaron exentos de aquella deriva… De esta sangre Jaredita y de la de Nembrot, que es la misma del profeta Enoc, procedía la tatarabuela de la tatarabuela, etcétera, de mi tatarabuela… La palabra adámica ha ido pasando de madres a hijos para ser usada en secreto durante trescientas treinta y tres generaciones. Y su escritura sigue ejerciendo un poder extraordinario sobre quien la oye recitar en voz alta… ¡Y no lo dudéis, estimables señoritas!, aquellos humanos hubiesen tomado el Cielo si el Supremo Hacedor no hubiese castigado su insolencia. Tal era el imperio y señorío de esta lengua que había fundado la realidad, dado que con una palabra de la misma el Demiurgo creó la Luz, origen de todas las cosas de este universo, antes de que existieran Tiempo y Espacio. Tal Palabra había sido acción engendradora porque su música interpretaba a la perfección la melodía del Bien, su ritmo consistía en Lo perfecto y sus sonidos consonaban en cromatismo bellísimo, el cantar de las esferas que los pitagóricos escucharon arrobados hace tres mil años…

– Entonces… –ensayó decir su Alteza…

– ¡Pero, ay! –cortó el solitario polímata–, después del Diluvio la humanidad hablaba todavía una sola lengua en la llanura de Sinar y, fortalecida por tal unión de pensamiento y obra, los mortales desafiaron al Hacedor con el proyecto de una torre que era en realidad una puerta, ¡sí, una puerta!, no sólo un zigurat: “Babel”, la llamaron en acadio, “Puerta de Dios”…; el Demiurgo los confundió, ¡tuvo que hacerlo!, desunió para siempre la arrogancia de aquellas gentes con la intención de seguir controlándolos; el resultado fueron setenta dialectos que degeneraron en miles de lenguas diferentes, difícilmente traducibles o remisibles entre sí…

– Entonces, ¿puede usted, venerable sabio…? –La princesa no pudo decir más, porque el sabio impuso de nuevo su cháchara…

Todah, todah… Hace un siglo sólo quedábamos tres conocedores, ¡tres vigilantes!, el Hada Díscola, una curandera llamada Haltamisa, y yo, vuestro servidor. Pero el Hada, despechada por un gerifalte del Parque, gachón mendaz que intentó prostituirla, abandonó esta galaxia y la maga, harta de historias banales, se dejó morir diciendo que quinientos años no son más qué un instante como el salto de un pez o el abrirse de una flor… Así que sólo este que aquí veis guarda en su memoria los arcanos del idioma sagrado, por especial privilegio de su sangre y gracias a las enseñanzas de las tatarabuelas de sus tatarabuelas, etcétera, igual que ciertos diablos descendientes de Nembrot.

– ¿Esa lengua es el hebreo antiguo? –preguntó la leal Camarera, que era chica muy leída e ilustrada.

– No, aunque el hebreo antiguo, el acadio, el púnico y el arameo guardaron algunas expresiones divinas, palabras que incluyeron los sacerdotes en sus liturgias, en sus recitaciones, letanías y encantamientos… Con un conjuro de aquel lenguaje, el Rector Magnífico de los Genios ha conservado mi vida con el único fin de que pueda descifraros, señora, la carta de Calderonia Patachula, enemiga de la maga Tragantía. Calderonia está en la actualidad al servicio del Mandarín de China, ¿no es cierto?

– Sí. ¡Aquí tienes la carta, oh venerable sabio! –se apresuró en decir la Princesa ofreciéndosela a la mano sin más dilación.

El anciano escuálido agarró con cuidado el misterioso y críptico manuscrito repleto de extraños grafismos, garabatos y símbolos, se caló unas gafas de presbicia que sacó no sabemos de dónde y acercó el pergamino a la lámpara. Durante más de una hora estuvo leyendo en alta voz aquella lengua repleta de chasquidos, suspiros, gemidos y raras inspiraciones y expiraciones…

¡A cada frase que terminaba, el Universo se conmovía! La luna temblaba en el cielo como si fuera una imagen tiritando en el espejo de un océano negro. Las doncellas cerraban los ojos por temor a los espectros que pululaban por la gruta; se tapaban a dos manos los oídos para no escuchar grotescas psicofonías que parecían surgir de las entrañas de la roca, estremecidas ante la idea de que algún ser descomunal e imponderable cruzaba ardiendo sus mentes para bajarles luego por el pecho hacia las ingles…

Al acabar la lectura, el genio añadió en español con voz reposada:

– ¡Oh, Princesa Sabrosa!, no es justo ni conviene que conozcas el abominable contenido de este pergamino, ni que te desvele sus endemoniados enigmas. Por otro lado, tales misterios resultan inexplicables, injustificables e inefables en los perversos lenguajes de vuestros días, pues todos ellos desprecian la eternidad. Quizá el linaje humano, si antes no se destruye, alcance a conocer en el futuro, con su limitada inteligencia o con otra que se fabrique, algunos accidentes de este mundo, pero siempre ignorará la sustancia prístina que se nos dio a conocer con esta lengua inventada por el Hacedor y empleada por Adán antes de su caída en el tiempo, no obstante tratarse de una lengua de la que algunos primitivos se valieron para sus lucubraciones, lengua perfectísima e intransmisible ya por nuestros pecados.

– ¡Hay que joderse! –exclamó con franqueza y frescura la pulcra Lavandera–, si después de lo que hemos bregado por estos calvarios te niegas a traducirnos la maraña de esta carta que perturba a mi señora y puede salvar a su novio eslavo de las estériles taciturnias y francas impotencias que padece…

Bastó que la Princesa mirase a su Lavandera a los ojos para que esta cesase en su bienintencionada exaltación y guardase inmediato silencio. Entonces el ermitaño les dijo que qué poco telegenial sería su condición de docto genio si no pudiese imponerse a distancia. Así pues, cuando volvieran a la corte, Pasha Popov estaría curado, sí, seguro, recuperado del todo del aojamiento malvado de Tragantía…, mas con una condición, pues no hay salvación sin sufrimiento (el anacoreta sabio pronunció con gran énfasis estas últimas palabras).

“¿Cuál?, ¿qué condición?” –preguntó ansiosa la Princesa Sabrosa…

Si quería que el desencantamiento fuese permanente, la novia, es decir, Su Alteza la Princesa Sabrosa, debería guardar castidad durante un mes, admirando a su prometido sólo de un modo espiritual y santísimo, sin turbarse ni empañarse con el menor estímulo de liviandad lasciva o impudicia incontinente. Freno a los impulsos lúbricos durante treinta días. “¡Noli me tangere!” Nada de tocarse durante el mes de junio. Ni un beso ni una caricia ni un ráscame la espalda que yo te la rasco a ti, etcétera…

Apenas acabó el Sabio anciano de dar estas explicaciones e imponer dicha condición, se tumbó en el suelo, cruzó sus manos, hizo una mueca rara, estiró la pierna y entregó su alma a Dios, con lo que su cuerpo o restos mortales quedaron más secos de lo que ya estaban, muerto, aunque pocas hambres de gusano paliarían aquellas carnes tan escasas. La leal Camarera cerró piadosamente los párpados de aquello.

Vueltas nuestras tres gracias a la ciudad y al confort de la corte, la Princesa Sabrosa comprobó que efectivamente Pavel Popov atendía ya a sus palabras y reaccionaba a sus encantos nada más verla vestida, pues ella, sin tocarlo, elevaba su ánimo y su cosa. Sin embargo, a los pocos días, Su Alteza se mostró incapaz de sublimar los irrefrenables deseos de besar y abrazar a su querido Pasha… Y sucedió lo que tenía que suceder: incapaz de soportar el tedio, su Alteza se entregó a la gana. Fue una noche gozosa, gustosa y dulcísima, una madrugada ternísima y un alba exhausta y aún deliciosa, pero el Santo Anacoreta había sido preciso en su advertencia y no había mentido en su cortapisa. Por eso, “tras el pecado vino la penitencia” (según se decía antiguamente) y Pavel regresó a sus antipáticos pasotismos y contumaces taciturnias… Al poco fue ingresado en un contenedor social e inclusivo, residencial para lelos diversos escasamente funcionales.

La Princesa Sabrosa cultivó la amistad de su leal Lavandera, profundizando en intimidades espirituales y tribadismos sensuales. Pasaron dos veranos y su Alteza escribió al Hada Despechada, quien, muy receptiva y amable, le buscó plaza áulica en el Parque Neártico, concretamente en el Reino del Mapache donde, ya un poco entrada en grasas, su Alteza tomó el nombre de Princesa Suculenta.

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José Biedma López – Ceño

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José Biedma López

Cerros de Úbeda (Santo Reino), Junio de 2025

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