Natura naturata. Tecnociencia y consumación – I – José Biedma López
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Natura naturata. Tecnociencia y consumación – I.
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Natura naturata. Tecnociencia y consumación – I.
Donde Naturaleza ha sido asimilada, digerida y excrementada por lo humano, la mente habita un mundo frío de instrumentos y de máquinas, pero estas nos abrigan, nos ordenan, amplían nuestras capacidades y nos dejan imaginar en aparente libertad… Puede que no sea otro el paraíso de la soberbia, de la codicia y de la gula, el que nos prometió el Maligno. O su infierno, porque a veces en ese escenario artificial nos invade el terror frío de su dimensión colosal, de su poder omnímodo, mientras sus productos simulan el espectáculo incesante de nuestro psiquismo y parece que sus cachivaches mutan en entidades autónomas y amenazantes… Puede que esas ciborgs y esos bots ya estén vivos, pues se metamorfosean en monstruos peligrosos como continuación de la naturaleza en la que todavía somos, como natura naturata y resultado imprevisto de nuestras acciones tecnocientíficas.
Salta a la vista –y también al olfato y al gusto [1]– la ambigua relación entre lo que consideramos “natural” y lo que consideramos “artificial”. ¿Está la naturaleza inacabada? ¿Será la técnica –como sostiene Félix Duque [2]– la forma en que la naturaleza se continúa a sí misma buscando su compleción? ¿Seremos nosotros responsables de la consumación tecnocientífica de la naturaleza? Lo que los cuadros de Caspar David Friedrich o de Turner representaron en relación al paisaje natural, lo representa también la técnica (téchne) respecto a la naturaleza; como arte, la técnica también sublima, recoge lo bello, aporta gracia insólita (o fealdad sugerente). Mas ya se sabe que la belleza es precursora de lo terrible (Rilke).
Tal vez la técnica nos permita cancelar las huellas del pecado original, recuperando con ello la inmortalidad inocente de la primera Eva, del primer Adán, evitando los dolores de parto y el sudor del trabajo, suprimiendo la angustia de la imaginación del porvenir, esa espera incierta…, ya dijo Aristóteles que “la naturaleza es demónica, pero no divina” (463b14). No precisamos creer en la resurrección de la carne ni en la supervivencia del alma para comprender esto, pues la resurrección del espíritu, las formas del espíritu absoluto, cultura, ciencia, arte, religión, son nuestro mejor intento para aliviar la herida, cerrar la grieta, acabar con el hiato entre lo que la naturaleza ofrece y lo que la mente anhela y necesita. La tecnociencia [3] asume también el proyecto de cancelar las huellas de la estupidez y de la esencia imbécil que nos constituye [4]. Casi milagrosamente a veces se consigue y hay algo así como un progreso del espíritu humano, incluso un avance moral. El “progresismo”, que interviene como idea-fuerza en la evolución de la tecnociencia, consiste en creer que podemos ¡y debemos! hacer que todo vaya mejor, permanente y obligatoriamente; como valor discutible, sin embargo, la ideología del progreso constriñe, exige, estresa porque apremia incesantemente a la innovación tecnológica.
Con nuestra tecnología hemos hecho lo mismo que hacen todos los seres vivos: devorar, metabolizar, es decir, transformar materia inorgánica e inerte en materia viva. Es cierto que nuestras máquinas no están hechas de protoplasma, pero tienen suficiente grado de realidad y, creyendo que nos hemos situado más allá de naturaleza (natura naturans) sólo hemos llenado el nicho que el engranaje de la vida tenía reservado para nosotros (natura naturata). Muchos de nuestros objetos próximos son complejas estructuras de inteligencia objetivada: una lámpara, un teléfono, un automóvil, un satélite de comunicaciones…, son útiles que han incorporado una gigantesca cantidad de conocimientos físicos, biológicos, matemáticos, son metafísica materializada. Y lo mismo puede decirse de las instituciones sociales: Estado, derecho, mercado, escuela…, espíritu objetivo. La técnica puede mirarse así como el órgano con que la naturaleza intenta llegar a donde no puede ir por sí sola. Esta es interpretación plausible de la “secreta intención” que le atribuye Kant a la naturaleza y a lo errático de la aventura histórica, o exégesis generosa de la “astucia de la razón” hegeliana, si es que admitimos una ordenación racional de la realidad, esto es, una cosmología.
Lo cierto es que en la era de la biotecnología y la nanotecnología lo natural está ya tan intervenido, tan mediado por la intención humana, que se ha vuelto técnico. La frontera trazada por Aristóteles entre téchne (τέχνη) y physis (φύσις) ha desaparecido [5] o se ha difuminado. Lo técnico adquiere tal autonomía que parece comportarse de forma natural, como la prótesis de cadera que me permite caminar sin dolor. Si bien seguimos apoyados como Anteo sobre el planeta Tierra (Gaia), “la atenuación de los vínculos con el suelo es un rasgo fundamental de la globalización” (Safranski [6]), habitamos una segunda capa civil como urbanícolas y una tercera capa digital a la que Javier Echeverría llama Tercer Entorno (E3), donde el verdadero capital es la información “documedial” [7], registrada telemáticamente. Vivimos también encuadrados, registrados y digitalizadosen “nubes” (clouds computing), red global de servidores remotos interconectados que funcionan como ecosistema de E3, ordenados, administrados y dominados por una oligarquía global.
La paradoja es que mientras más libres y capaces nos sentimos en la tecnoesfera, más dependientes nos volvemos de su engranaje como datos del ciberespacio y piezas del Tercer Entorno (E3, un espacio propiedad de otros). La ciencia y su aplicación tecnológica surgieron para liberar al humano de sus necesidades, pero si las satisfacen, también las multiplican. Nuestra experiencia con los instrumentos hace evidente que “el diablo no cumplió su promesa” (Vilém Flusser [8]). La Serpiente mentía (lo propio del diablo es mentir): al comer del árbol prohibido de la ciencia, tal vez produciríamos dioses, pero no seríamos dioses, solamente contaríamos como “últimos hombres” nietzscheanos, tal der letzte Mensch, el ser más despreciable y mediocre que pueda existir; polo opuesto al Übermensch; o sea, que somos un eslabón intermedio y desechable de una cadena que culmina en algo que puede no ser ya humano. Hoy podemos dialogar directamente con esa Inteligencia que nos supera (IA), y no sólo porque nos gane jugando al ajedrez o al go, sino porque, aunque carezca de sentires y emociones “humanas demasiado humanas”, las simula perfectamente y las verbaliza gentilmente (igual y hasta mejor que la mayoría de nosotros); de hecho, IA pide perdón y promete –o eso dice– y es educadísima, es más, está siendo mejor educada aún, y gratuitamente, por sus usuarios.
IA es el verdadero “Órganon” en sentido aristotélico, el “instrumento de instrumentos”, metalógica artificial y sofisticada: Inteligencia y Estupidez (ambas cosas van siempre unidas como genio y locura) en dosis superiores. Como nosotros, las máquinas producen, pero también devoran y consumen ingentes cantidades de energía y de agua. Según Harari, IA toma decisiones y genera nuevas ideas [9]. Desde la distancia reflexiva podemos vernos a nosotros mismos como instrumentos del Instrumento. Esta experiencia precipitada por la evolución de la tecnología tiene como efecto la pérdida de nuestro sentido de la realidad, incluida la realidad de aquello a lo que llamamos “yo”, que ahora se distribuye en avatares y perfiles heterónimos buscando febrilmente reconocimiento. Cada vez es más difícil distinguir entre realidad y ficción, espectáculo y consumo, entre religión e ideología, donde la publicidad comercial o la propaganda política son la auténtica ideología de la sociedad de consumo de masas, su retórica dominante, en la que también los candidatos elegibles son presentados como productos a consumir y como fetiches consumibles, carismáticos, acreditados y rubricados por la marca y logotipo de un partido, empresa pública financiada en España por el Estado. Publicidad y propaganda contribuyen a que olvidemos, narcotizados, el coeficiente de adversidad de lo real, así como la presencia del Mal (o del Diablo) en la vida pública y privada.
Tal vez la Serpiente planeara preparar la mente humana para la soberbia (principalísimo pecado) con el instrumento de la tecnología, tal vez sea “Tecnociencia” el verdadero nombre del árbol de la Ciencia del bien y del mal, porque con la ingesta de sus frutos el hombre se ha vuelto si no creador de realidad, al menos inventor de resistencias objetivas [10], incluidas las realidades excrementicias a las que llamamos polución o contaminación [11]. “La verdad es un momento de falsedad”, escribió Guy Debord recordando a Hegel [12], en lo que podemos ver las raíces idealistas e historicistas de la Posverdad, doctrina que asocia y liga la verdad al “relato” que imponen quien o quienes mandan, credo blasfemo, obsceno y nihilista de los fatuos y prepotentes que niegan la realidad de posibles verdades más allá o más acá de sus interpretaciones humanas, “demasiado humanas”.
Lo cierto es que lo tecnológico compromete a la verdad, tanto como lo ontológico y lo epistemológico. Y la verdad compromete a lo tecnológico: “de entre los distintos productos de la tecnología, el más importante, aunque esté infravalorado, es la verdad”[13]. Enunciar y conservar la verdad es un elemento imprescindible de cualquier protocolo tecnocientífico, pero es también parte constitutiva de la dignidad humana. La verdad es relativa respecto a los instrumentos técnicos de verificación. Es algo que hacemos, un encuentro entre ontología (objetos) y epistemología (conceptos), obrado por la tecnología (hechos), empezando por la configuración (también técnica) de nuestro sistema perceptivo y de nuestros modos de observación. La verdad es resultado tecnocientífico de la relación entre lo que hay (lo que resiste como real), y lo que podemos saber que hay de acuerdo a nuestra naturaleza racional (ideas, categorías, conceptos). Cabe asociar una noción así de verdad tanto a la symploké platónica(tecnología dialéctica [14]) como a la parrhesía cínica que tan importante papel jugó en la última “hermenéutica fucoltiana”. Si la verdad no fuese comprendida, transmitida y salvaguardada –en Sócrates, al precio de la vida– entonces no habría verdad [15].
El mismo esquema interpretativo de los hermeneutas es ya un aparato tecnológico, pero que construyamos verdades no significa que sean siempre relativas a nuestros enunciados y juicios [16], la realidad de la blancura de la nieve no depende de la proposición “la nieve es blanca”[17], aunque la proposición “la nieve es blanca” sea verdadera si y sólo si la nieve es blanca (Tarski). La dependencia tecnocientífica de la verdad no supone su dependencia ontológica ni su falta de objetividad. La sal era también cloruro de sodio en los tiempos de Viriato, sin que entonces fuese reconocida como verdadera su fórmula. La realidad es algo que hay y existe independientemente del hecho de que haya alguien dispuesto a apreciarla [18], mientras que la verdad es algo que sabemos a propósito de lo que hay, algo que no se da sin la ontología y sin la tecnología, aunque pueda haber ontología y tecnología sin verdad (tal la realidad sofística o falsa a la que refieren los diálogos críticos de Platón).
No obstante, la Tecnociencia no sólo engríe al hombre, también le humilla al hacerle servidor de sus productos y enseres, que la mente consume en el arrebato compulsivo propio del vicio capital de la gula. Curiosamente, “narcisismo” y “narcótico” comparten raíz. La humanidad entera participa hoy de la “caza” [19] precipitada y codiciosa de productos tecnológicos, un hambre insaciable de pensamientos, sensaciones y estímulos nos ha poseído como íncubo parasitario, aun siendo conscientes de que no podemos ni queremos saciarnos, nuestro ideal de desarrollo ya no es un estándar de vida estable, sino progreso devenido en hambre voraz, en bulímica de sugestiones y de ingestas telemáticas en busca de una realización (divinización) personal improbable. Si alguien decide decir “basta” o cae en la anorexia mediática, pronto descubre que es imposible detener esa carrera hacia ninguna parte… “Me retiré al bosque porque sentía el deseo de vivir con reflexión, de acercarme a la vida auténtica y real” –escribió David Thoreau en 1845, cuando se estableció en una choza construida por él mismo–…, “desgastaré los pies hasta alcanzar un suelo compacto y las rocas duras de ese lugar que llamamos realidad…”. Pero nuestra “realidad” no es el bosque, sólo su nostalgia, sino principalmente el oasis de la civilización, esa selva habitada por fieras enmascaradas.
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José Biedma López
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Notas al texto
[1] Mucho de lo que comemos es resultado de acciones tecnocientíficas (y no sólo técnicas como lo fue durante milenios el yogur): organismos modificados genéticamente (OGMs), carne in vitro, bollería procesada, mutracéuticos, probióticos, junk-food, etc.
[2] Félix Duque, Filosofía de la técnica de la naturaleza, Tecnos, Madrid 1986.
[3] El neologismo «tecnociencia» no gusta a los filólogos porque une raíz griega (téchne) a otra latina. (Igual que «verónica», ‘vera’ (latín) más ‘icon’ (griego), verdadera imagen del Cristo). Javier Echeverría considera imprescindible la expresión “tecnociencia” que fue propuesta por Bruno Latour en 1983 para comprender sucedidos en la actividad científico-tecnológica. Cfr. La revolución tecnocientífica, FCE, Madrid 2003.
[4] Sobre la imbecilidad como atributo existencial humano constitutivo (también en los filósofos y hombres de ciencia) léase el ameno libro de Maurizio Ferraris: «La imbecilidad es cosa seria» (L’imbecillità è una cosa seria, 2016), filósofo italiano del “Nuevo Realismo”.
[5] R. G. Collingwood, en Idea de la naturaleza (FCE, Mexico 2006, 1ª ed. 1945, trad. Eugenio Ímaz) reconoce siete sentidos de la palabra φύσις en Aristóteles: origen o nacimiento, simiente, fuente del movimiento, materia prima, esencia o forma de las cosas naturales, esencia o forma en general, esencia de las cosas que poseen una fuente de movimiento en sí mismas, sentido este que Aristóteles considera fundamental: “natural es lo semoviente”. Una máquina que genera ideas y toma decisiones (IA), ¿no es semoviente?
[6] Rüdiger Safranski, ¿Cuánta globalización podemos soportar?, Tusquets, Barcelona 2004 (ed. or., Viena 2003).
[7] Los documentos o registros procesados por y en los Mass Media y la web, según la idea de Maurizio Ferraris, en Posverdad y otros enigmas, 2017.
[8] Vilém Flusser, La historia del diablo, Interzona, Buenos Aires 2024 (ed. or. 1965).
[9] Cfr.: “Verdad o información. Sabiduría versus Poder – En torno a Nexus. Una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA, de Yuval Noah Harari”, por José Biedma López en Café Montaigne. https://cafemontaigne.com/verdad-o-informacion-sabiduria-versus-poder-en-torno-a-nexus-una-breve-historia-de-las-redes-de-informacion-desde-la-edad-de-piedra-hasta-la-ia-de-yuval-noah-harari-jose-biedma-lopez/filosofia/admin/
[10] “Un mundo infinito y un mundo eterno superan nuestra capacidad creativa” (Vilém Flusser, op.cit.).
[11] El voluntarismo esteticista o el esteticismo voluntarista del soberbio discurre así: “El mundo de la ciencia futura será una obra de arte consciente de sí misma. La ciencia estará lista para producir lo que la voluntad quiera, lo que sueñe, en forma de naturaleza. La naturaleza será el sueño de la voluntad, producido por la ciencia para divertir”, Vilém Flusse, ibídem, pg. 193s.
[12] Guy Debord, La Société du spectacle, Buchet/Chastel, París 1967.
[13] Maurizio Ferraris, Posverdad y otros enigmas, Alianza, Madrid 2019, ed. or.: Postveritè e altri enigmas, 2017.
[14] Como nexo tecnológico (hoy web) que une la ontología con la epistemología, el ser con la verdad.
[15] Ibidem, 3ª parte.
[16] Entiendo por “juicio” el correlato psicológico del sentido lógico (proposición) de cualquier aserto (acción comunicativa).
[17] Este es el concepto de “mesoverdad” que, en contraste con la “hipoverdad” de los hermeneutas, que reducen los hechos a interpretaciones y la “hiperverdad “de los analíticos, propone Maurizio Ferraris en Posverdad y otros enigmas, ed. cit. Desde su neorrealismo, Ferraris define la posverdad como “la realización de los sueños posmodernos, pero vividos como una pesadilla».
[18] Ferraris acuña el concepto inenmendabilidad para referir a la independencia de lo perceptivo y ontológico respecto de lo interpretativo y epistemológico.
[19] Uso “caza” en el sentido tradicional y tópico en la erotología platónica.

