Redoma de peces – Sobre «El caballero encantado», una novela insólita de Benito Pérez Galdós – José Biedma López

Redoma de peces – Sobre «El caballero encantado», una novela insólita de Benito Pérez Galdós – José Biedma López

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Redoma de peces – Sobre El caballero encantado, una novela insólita de Benito Pérez Galdós

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José Biedma López – Plateada

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Redoma de peces – Sobre El caballero encantado, una novela insólita de Benito Pérez Galdós

Curioso, que un formidable relator de realidades históricas como don Benito Pérez Galdós (1843-1920), Grande de la Lengua española, concluya en diciembre de 1909 una historia de encantamientos y hechizos. Me refiero a El caballero encantado, novela en que Galdós se adentra en el terreno de lo fantástico y alegórico, con ecos cervantinos como bellotas que se trocan en monedas, en los que no falta humor bonachón y sátira bufa, aunque constructiva.

Se nota que la novela se publicó por entregas, sus capítulos son algo irregulares y a veces parece que el autor prolonga innecesariamente el relato y que alimenta sabrosas digresiones para cumplir con los plazos periodísticos. En algunos capítulos juega con la forma teatral, dando a los personajes el calibre de dramáticos o cómicos. La obra desconcertó a los críticos, que hablaron incluso de “senilidad prematura” del autor, quien la terminó con sesenta y siete cumplidos, pero no así al público, a la que sentó tan bien que fue éxito de ventas y mereció varias impresiones. Hoy la crítica la ha revalorizado como precursora del “realismo mágico”.

La novela narra la biografía de Don Carlos de Tarsis y Suárez de Almondar, marqués de Mudarra y conde de Zorita de los Canes, “¡ahí eh ná!”, un joven aristócrata y terrateniente que, como señorito listo pero irresponsable, mujeriego y jaranero, explota miserablemente a los campesinos de sus tierras para costearse vicios y lujos en las capitales: Madrid, París, Viena, Bucarest… Dilapidada su fortuna, pero a punto de entrar en quiebra total es hechizado por un personaje alegórico, «La Madre», representación idealizada o divinizada de una España decadente: “nuestro ser castizo, el genio de la tierra, las glorias pasadas y las desdichas presentes, la lengua que hablamos…”. Este ser fabuloso en continua metamorfosis transforma al marqués en un humilde jornalero llamado Gil. La metamorfosis lo obliga a sufrir en carne propia (como se sabe, única sustancia en que escarmentamos) la dura realidad de la pobreza y la explotación que él mismo infligía. Así, Carlos-Gil peregrina por tierras de Castilla la Vieja, desempeñando los oficios más humildes: jayán y yuntero agrícola, obrero de cantera, etc. A través de esta experiencia y del surgimiento de un gran amor por la maestra Cintia (símbolo de la sufrida España trabajadora), el protagonista experimenta una profunda transformación moral y espiritual, redimiéndose y comprendiendo la verdadera situación del país. Su objetivo, una vez «desencantado», será luchar por la regeneración de España.

Tras distintos avatares, peripecias y expiaciones, el último ejercicio que La Madre impone al señorito penitente es su inclusión en una “redoma de peces”, donde a los pecadores se les asigna la última paradita y se les destina un barniz en forma de “cura de silencio”, soberano remedio que ataja el flujo de palabras ociosas. Allí, los reducidos sólo pueden comunicarse mediante gestos, muecas, ojeadas y garatusas. Entonces reconoce nuestro escarmentado protagonista a un antiguo compinche de farra y malevaje que le explica la situación con mojigangas y le anuncia que ambos serán liberados pronto del extraño cautiverio en esa especie de monasterio medieval rodeado de jardín amurallado donde las flores de cristal son inodoras.

El caballero encantado estalla:

‒ ¡Mañana…, salgo mañana de esta redoma!… No podré contener las ganas de alzar el grito, de cantar un himno a la libertad!…”.

‒ ¡Silencio…, por los clavos de Cristo, silencio! Sigue mi ejemplo, querido Tarsis, ya ves que soy muy callado.

‒ Ya lo veo.

‒ Condición precisa impuesta por La Madre: saldrás conmigo si poniendo un punto en tu boca demuestras haber ganado borla de doctor en la Facultad del buen callar… A esta triste morada vienen los que por hablar demasiado ahogaron en océanos de palabras la voluntad y el pensamiento de la vida hispánica. Casi todos los que ves aquí son oradores… Hablaron mucho y no hicieron nada. Maestros son algunos de la palabra altísona, fascinadores públicos, que con la magia de su arte y la diversidad de sus retóricas convirtieron la torre de la elocuencia en torre de Babel… Y el más notado de nuestros compañeros, ese que llamas El Conde de Orgaz, tres veces fue dado de alta, y otras tantas volvió acá, por reincidencia en el vicio que lo devora. No es propiamente orador, sino hablador. Su elocuencia consiste en despotricar con gracia y facundia, refiriendo vida y milagros de cuantas damas y caballeros hay en la Corte, y aderezando su maledicencia con chistes sangrientos y reticencias traperas. Entiendo yo que ése no se curará jamás. Por su vejez en cierto modo gloriosa en el ciclo picaresco de nuestra raza, es el único a quien se concede aquí el uso de los naipes. Se pasa los días sinódicos, que son meses, haciendo solitarios…

‒ No quisiera verme en tan duros castigos ‒dijo Tarsis‒; y para que me saquen pronto de aquí y no vuelvan a traerme, pondré en mi boca cuantos puntos y puntadas sean menester… Da pena ver a estos que fueron habladores convertidos en pececillos, sin otra señal de vida que el ondear perenne en las curvas del cristal, sin otro lenguaje que el abrir y cerrar las bocas, como un signo confesional de la religión del bostezo…

Bajo el volumen del televisor a cero, a la hora de Las inmundicias (quiero decir de Las Noticias), y veo la misma pecera hundida en las profundidades del padre Tajo que concibió Galdós. Pero ahora, en silencio, los fascinadores públicos no me asombran, más bien me parecen ridículos. ¡Pobre Madre dolorida! Vendida a oportunistas mendaces, a codiciosos de pasta, a ávidos de poder, enajenada a pícaros de lupanar y a soberbios caciques…

Un escritor no puede sino exaltar la palabra, antes que el silencio, y en efecto la Lengua que remusga (remussicare) en nuestros labios, trompeta es de nuestra energía. Sin embargo, cuando las palabras no están fecundadas por la voluntad, no son más que ocioso ruido. El lenguaje es muy hermoso –nos dice La Madre‒, mas uno no debe dormirse sobre el deleite del grato sonido. Cuando la palabra no tiene dentro la obra, es hembra desdichada, horra y sin fruto.

El caballero Tarsis lo sabe, porque antes de ser hechizado fue nombrado diputado en cortes con advocación o estigma de “cunero”, como tantos ahora. Su experiencia política lo lanza al cinismo nihilista, al “chorro del pesimismo repugnante” que se autocomplace, compadece y disculpa todos los vicios…, y así afirma paradójico que sus colegas políticos están inflados por haber sido elevados a diputados o a exministros, que sólo por el dichoso ex nos miran a los demás por encima del hombro… “Aristocracia es la política, y todo lo que toma formas aristocráticas no lleva en sí más que figuración y vanas apariencias. Nobles y políticos son lo mismo, es decir, nada.” O más bien “Casta” –como decimos hoy‒, casta antigua, renovada o esnob. Tarsis muestra también antes de su encantamiento su vocación de misántropo, pues “los hombres le estomagan; anhelaba trato y conocimiento con los demonios”.

Endemoniado será inmediatamente, castigo de Madre, pero la magia de la novela es “blanquinegra”. En las visiones del marqués, “galancete afeminado” ya justamente rebajado a duro y musculoso peón para su enmienda, desfilan más bien duendes, dríadas fornidas, viejas regañonas y seres gelatinosos, mejor que diablos sensu stricto. “Entre la magia y la erudición –afirma La Madre‒ existe un entrañable parentesco. Ambas artes toman su savia de la antigüedad remota”. Por eso no faltan en la novela un erudito de esos que se comen las pestañas escudriñando legajos ni referencia a antiguas gestas peninsulares o al legendario humanista con fama de nigromante: don Enrique de Aragón, más conocido como Marqués de Villena, al que llamaron “brujo” y “hechicero” porque “tales denominaciones aplicadas por el vulgo son el reconocimiento que las almas inocentes hacen de las verdades no comprendidas”.

Tampoco falta, como tutor del caballero encantado, un maestro pancesco y vicioso del refranero. El sanchopanza de la novela es don Alquiborontiforio, maestro rural, que se quita el pan de la boca para remediar el hambre de sus alumnos, que ha vivido luengos días en estrecheces y al fin de su vida, sabio mendicante, sentencia estoicamente: “¿Qué es la vida? Una muerte que come. ¿Qué es la muerte? Una vida que ayuna. Vivamos muriendo”. Su metafísica elemental afirma que la Justicia es hermana mayor de la Libertad.

En el capítulo XVIII comparece un poeta ciego al que La Madre celebra… “Engaño es la poesía; mas con tal engaño se alimentan de substancia pura los entendimientos”. Muy platónicamente, esta divinidad telúrica añade que la verdad no es ni poética ni cantable, porque la vida hispana que se describe en estas “escenas de pobretería” de la España rural de principios del XX es puro quejido:

“Los males continuaban inmóviles en su eternal dureza, como las rocas que no se ablandan al paso de las aguas sino cuando estas corren acariciando por siglos y siglos”.

No obstante, La Madre, redentora y mártir, proclama su esperanza regeneracionista, tras la dieta de silencio que le impone al caballero. Mientras tanto, confiesa que cuando sale de apreturas se da maña en velarlas y desvanecerlas con el benéfico olvido. Si así no fuese, viviríamos en un puro dolor…, o en la amargura del rencor y del resentimiento –añadimos nosotros‒. Este Genio femenino de la Hispanidad, La Madre de El caballero encantado de Galdós, tiene la suerte de no perder sus bríos en las mayores adversidades. Y, al fin, triunfa el optimismo aunque este pueda parecer ridículo a algunos filósofos regañones.

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José Biedma López – Redoma

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José Biedma López

La Esperilla, 30 de julio de 2025, día de San Juan Crisólogo y de Santa Julita.

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