Devorados por la luna – Florilegio usamericano de Rafael Pérez Estrada [A propósito de «Devoured by the Moon – Selected Poems», de Rafael Pérez Estrada, en edición bilingüe y traducciones al inglés del Steven J. Stewart] – José Biedma López
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Devorados por la luna – Florilegio usamericano de Rafael Pérez Estrada [A propósito de Devoured by the Moon – Selected Poems, de Rafael Pérez Estrada, en edición bilingüe y traducciones al inglés del Steven J. Stewart] – José Biedma López
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Devorados por la luna – Florilegio usamericano de Rafael Pérez Estrada [A propósito de Devoured by the Moon – Selected Poems, de Rafael Pérez Estrada, en edición bilingüe y traducciones al inglés del Steven J. Stewart]
Aunque relativamente poco conocido fuera del círculo de sus admiradores, produjo una de las literaturas más originales y peculiares (distinctive) de la España contemporánea. Esto afirma la introducción de Mark C. Aldrich a la antología de poemas selectos del malagueño Rafael Pérez Estrada (1933-2000), bautizada Devoured by the Moon en edición bilingüe y traducciones al inglés del profesor Steven J. Stewart.
En sus andanzas por Sevilla, allá por los años noventa del siglo pasado, Steven J. Steward se encontró con El ladrón de atardeceres (1998)y el librillo de Pérez Estrada le gustó tanto que “I fell in love” ‒confiesa‒, así que ‒seducido por la escritura del malagueño‒ devoró aquel botín en sesión de sola tarde. Tras la muerte del poeta, el profesor usamericano (Idaho, Reno, Nevada) pudo contactar con Rafael Ballesteros, amigo personal de Pérez Estrada, quien le facilitó los permisos pertinentes para la publicación del selecto florilegio que comentamos.
Steven aprecia sobre todo la habilidad con que el andaluz crea imágenes que resuenan con el poder y robustez de nuestros mejores mitos. Por este motivo ha asumido el desafío de trasladar su trabajo respetando la lucidez del original español. Adopta en los aforismos un estilo conciso. Parafraseando a Pérez Estrada, admite que hay palabras que, bien tratadas, acaban adquiriendo el brillo único de ciertos cristales, como centellas y chispas que danzan abandonadas en la arena de una playa remota. También “tienen las metáforas –cuando son auténticas‒ la belleza de ciertas plantas carnívoras, y pueden, de inmediato, cautivar a quienes las reciben” (Pérez Estrada), metáforas que merecen llevarse prendidas en el llavero como amuletos de la suerte o figuras de sentido.
Steward comprende que se haya llamado a Pérez Estrada “poeta de la imaginación”. Si bien es verdad que todos los poetas cantan imaginantes o inventan delirando, el autor de La vida en un puño (1971) escribe en la estela de Borges, creando realidades fantásticas a partir del mito ancestral, la fábula arbitrada y el venerable entorno mediterráneo. El entusiasmado y competente traductor se pregunta cómo clasificar los trabajos del autor de Lo oficios del ojo (1989): ¿Poemas en prosa?, ¿fábulas?, ¿microrrelatos?… En cualquier caso ‒los titule usted como le plazca‒, cuentos (tales) o tatuajes (tattoos), le aseguro que los hallará extremadamente entretenidos, animados con un sentido de lo maravilloso y una nostalgia por lo imposible. Cuando Steven traduce a Pérez Estrada recuerda por qué y cómo se enamoró por primera vez de su literatura y confía con su antología que al lector le pase lo mismo, incluso en dos idiomas.
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Fuentes y estilo de Pérez Estrada
Rafael Pérez Estrada fue creador inclasificable, su universo literario es caleidoscopio de ingenio e ironía en profunda reflexión sobre la condición humana, siempre tamizado por el filtro de lo insólito y lo onírico. Su obra desafía cualquier etiqueta y es regalo inusitado para quienes buscan en Literatura estímulos mentales y alas para el espíritu, motores elevadores, listos para hallar lo trascendente en lo inesperado e imprevisto.
Pérez Estrada bebió directamente de la imaginería onírica, de la ruptura lógica, del humor absurdo y de la libertad creativa, propuestas del Surrealismo. La yuxtaposición de elementos dispares, los juegos de palabras y la exploración del subconsciente son constantes en su obra. Cabe encontrar ecos de autores como el Lorca de Poeta en Nueva York, del superrealismo de Vicente Aleixandre o, a nivel internacional, del ilusionismo paradojal y el realismo extrañador de la pintura de Magritte. También la tradición española, el conceptismo sobre todo, influyeron en Pérez Estrada, buen conocedor de la literatura clásica; y la mística oriental, la del zen principalmente… Todas estas fuentes diversas y hasta contradictorias están presentes en su obra, verbi gracia en el gusto por la contemplación de lo efímero, la aceptación del absurdo y la búsqueda de una verdad más allá, o más acá, de la razón. Muchos de sus textos tienen una calidad visual, asociada a su interés y práctica del dibujo.
Su obra está compuesta por concisos relatos en prosa poética, poemas breves y aforismos que recuerdan las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Algunos microrrelatos parecen proponerse como enigmas que invitan a la reflexión, lúdicos, humorísticos, irónicos, con un toque de crueldad que recuerda a ciertas vanguardias, a Artaud, al postismo, al teatro pánico… La imaginación de Pérez Estrada se desborda en asociaciones inverosímiles, dando vida a objetos inanimados o invirtiendo el sentido lógico de los procesos, abriéndose a un mundo fantástico donde todo es posible. Paradojas, elipsis y calambures son frecuentes en estas piezas breves.
Se ha señalado el carácter metafísico y filosófico que subyace tras sus juegos de ingenio, como una interrogación sobre el sentido o sinsentido de la condición humana. Pérez Estrada confía en la inteligencia del lector, que debe estar dispuesto a poner algo de su parte, aplicando atención concentrada, pues los detalles están muy cuidados y pensados. Gusta releerlos para encontrar nuevos sentidos o rellenar huecos. No obstante, no pensemos que el poeta ostenta lenguaje rebuscado, más bien huye de la pedantería y usa un lenguaje claro y preciso que, sin embargo, esconde múltiples capas de significado, asociaciones inéditas, frescas, segundas o terceras intenciones.
En resumen, Rafael Pérez Estrada es un autor que desafía las etiquetas, un «iluminado» del verbo creador que construyó un universo poético único, señoreado por la Imaginación, habitado por la paradoja y en el que reina una sabiduría tan juguetona y original como profunda.
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Ángeles caníbales y cabezas parlantes
Por la antología que comento revolotean ángeles de todas clases: ciegos, crueles, desdichados, fracasados, violados, caníbales, desplumados, ápteros, exhibidos, prohibidos, castos, apuñalados, tímidos, heridos, atribulados, náufragos, gesticulantes, silenciosos…, los hay con heridas que manan leche y más tremebundos que los de Rilke.
Por sus páginas pasea un joven samurai que regaló la sombra a su Señor y, ya sin esa ancla que es la sombra del cuerpo para el guerrero, voló libre al infinito, dejando en este mundo nada más que la cadencia de un haiku amoroso. Como a mi amiga y escritora Josefina Martos, también a Pérez Estrada le fascinan los espejos y cuenta que los hay tan tímidos que se rompen ante el esplendor de un desnudo perfecto.
El mundo de sus sueños luce repleto de locuras inventadas; ¡ojo!, porque “el sueño, y no la huella digital, es el método más eficaz para identificar a una persona”. No sé por qué, nos complacemos con la paradoja de que “el santo sufre de pesadillas eróticas y el asesino goza de sueños beatíficos”. Será por la compensación que favorece armonía. Y nos preguntamos por qué piensa el bate boquerón que fue Caín el inventor del tatuaje. Hablando de tatuajes, se recoge la historia de Madame Tai, quien, para engendrar un hijo perfecto, se tatuó un ángel en el vientre. Asombra también el caso del shogun de Nara, que, antes de marchar a la guerra, hizo grabar en el ebúrneo pubis de su esposa la sombra de un dragón temible, con el fin de que preservara la castidad de su señora. Mas -según hablan lenguas verdes envidiosas- la señora Nara fue complacida por la imaginación de un samurái que descubrió la indefensión de su espalda.
Sobre uno de sus relatos hemos recordado el caso del pobre Gabino, quien cayó en tal desenfreno (o desespero) nihilista que no podía soñar sino con un desierto nocturno que no aguardaba amaneceres, sino, todo lo más, auroras crepusculares. Y nos ha producido pasmo el caso de aquel niño que salió corriendo hacia la loma con la intención inequívoca de coger la luna, pues la creyó globo de plata, ¡próxima y muy cercana la veía!… Pero en seguida su madre le gritó y él detuvo su carrera a desgana.
– ¿Dónde vas?
– ¡A coger la luna!
– No juegues con las cosas del cielo, ¡o te mearás en la cama!
Son comunes estos cambios violentos de clima o de tono, de lo sublime a lo ridículo, como en el Quijote.
A uno de sus personajes se le escapan las manos sin que se sienta verosímilmente mutilado ni triste…
“Su fantasía pudo más; por ello pensó en cómo se las apañarían en el aire, si serían o no felices, y si alguna vez –ya sólo aves‒ hallarían parejas”.
No obstante, al hacer el gesto de llevárselas al bolsillo, sintió “el dolor de ausencia”. Manos voladoras para seres que se han vetado contactos.
Consuela tener noticia de “la puta florecida” a la que nacieron violetas, lo cual fue motivo de escándalo entre sus compañeras, que temían fuese una enfermedad contagiosa y que la clientela, compuesta casi toda ella de figuras de poder, de funcionarios de Hacienda, clérigos descreídos (o angustiados en sus creencias) y de algún ministro, las abandonase al destino precario y peligroso de venus en paro. La amedrentada suministradora de mercantiles orgasmos no sabía qué hacer mientras las violetas le nacían caprichosas, especialmente arracimadas por los rincones del cuerpo, incluso el joven apuesto que la elegía en las visitas a la casa la abandonó. Adujo que no temía contagiarse de nada, pero que al aterrizar sobre su cuerpo tenía la sensación de sobrevolar selva poblada y no sólo de violetas, sino también de caimanes y viudas negras…
“Y ella, que lo amaba, y se había encaprichado con aquel muchacho hasta el extremo de guardarle la parte de león de su postre, lloraba lágrimas pequeñas que olían a violetas que adornaban, hasta ensombrecerlo, su cuerpo de muchachita fácil”.
Otra chavala menos accesible que la florecida trabajadora del sexo, cuida su locura con el mimo que requiere planta exótica y guarda nube en un armario. ¿Te lo puedes creer? Pues sí: “Allí, en la obscuridad del armario, apretujada entre las perchas de madera y la ropa inservible, estaba quietecita la nube”. Lo cual ofrecía ventajas indudables para la moza bipolar con cierta asimetría en el rostro, pues si quería, la abrazaba y hacía llover… Por desgracia, y por falta de cuidados, la nube acabó apolillada y la muchacha convertida en una roca verde en el pico de una playa solitaria. A las rocas no les va tan mal la asimetría como a las personas.
Más extrañeza y aún estupor nos causó saber de aquel tipo al que nació un ojo parpadeante en el haz de una mano ‒no precisa Pérez Estrada sin en palma diestra o en siniestra‒. Se avergonzaba del hecho y no le importaba nada que recordase santidad de estigmas que habían llagado manos y pies de cristianos refulgentes y radiantes. Era tal su embarazo que iba a todas partes con el puño cerrado para que no se viera el extraño fulgor claro del ojo, muy diferente de los otros dos, que eran castaños. En soledad nocturna abría despacio la mano, dejando que el ojo parpadease deslumbrado por luz artificial e interior, como la que emana de ciertas trompetas o embudos florales del género Ipomoea. Aquel varón le enseñaba al ojo nato sus álbumes de sellos, sus colecciones de monedas y sus tarjetas con desnudos de época. El ojo, sorprendido, se agitaba tímido y brillaba como lucero artificial.
Cuenta también el poeta que se enamoró de una cabeza parlante en sus años de bohemia y circo, la cual, en sus días de extrema feminidad lloraba vendaval de lágrimas. No recuerda o no quiere recordar si sus predilecciones de adolescente se dirigían a la cabeza o al tronco separado, pero se teme lo peor, lo que sí sabe es que de ambas partes guarda recuerdos felices, de la parlanchina y lacrimosa, y de la callada profunda. Ámbas fueron explotadas por el circo “y es justo reconocerlo”.
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Humor negro y Minotauro existencial
Como muchas vanguardias que desde principios del XX explotaron estéticamente la crueldad (surrealismo, dadaísmo, expresionismo), Pérez Estrada se vale de lo excesivo atroz, no necesariamente con una intención sádica, sino como una forma de confrontar convenciones sociales, sondear profundidades mentales, denunciar violencias inútiles o bárbaras o, tal vez, como provocación, pues conoce que en el fondo de nuestra psique aúlla el lobo y protesta el reptil. Tales pueden ser motivos de sus “Aforismos patéticos”:
- “La sombra del ahorcado es parte del reló de sol”
- “Mejor ser un buen inválido que un mal deportista”
- “Espera el antropófago a las puertas del quirófano”
- “La insaciable humildad de los pobres”…
Quizá podríamos decir que, más que un síntoma de saña o de sevicia estética, estemos ante un caso, muy andaluz, de humor negro:
- “La falta de imaginación es la causa de que se entierren a los muertos en forma horizontal”
- “El único anónimo decente es el alcohólico”
- “El sudor de la víctima es la salsa del caníbal”…
Humor negro con resabios metafísicos:
- “En la novela policíaca perfecta, el asesino es Dios”
- “Con el ángel caído empieza la gravedad”
En mitad del idilio más tierno, tras besarse apasionadamente en el banco solitario de la Glorieta de los cisnes, ella le pide un diente y él, ansioso amador y dispuesto a todo, muy solícito y deseoso por complacerla, después de grandes y dolorosos esfuerzos, logra desprenderse de un incisivo que ofrece con simpar gentileza, exótica ofrenda bella o narciso tardío. Pasó el tiempo y vimos al joven con un diente de oro y a ella que adornaba el índice de su mano con la gracia de un anillo, en el que un diente remedaba triste sonrisa.
Es aún más brutal el contraste salvaje entre la elegancia de nuestra compañera, Lady Ollivier, con la que compartimos mesa, mantel y discretísima conversación, en el Club de Marinos Ilustres de Chelsea, y el suceso que la dama protagoniza cuando percibe horrorizada el extraño tatuaje del bistec que le han servido. Al mirarlo, comprendemos y vemos “cómo en aquella carne no muy hecha brillaba en obscuridades de tinta y frito un precioso tatuaje de esos que exhiben los animosos muchachos de la Navy”. En mitad de un banquete tan elegante, salvo por uno de sus platos, nosotros preferimos también ‒como el poeta‒ no hacer comentario alguno, aquel se enfrasca en el inesperado olor a cuerpo, mar y puerto que sale de tan singular plato y continúa su charla con Lady Ollivier como si nada excepcional ocurriese.
Existencial y trágico nos parece el Minotauro de Pérez Estrada:
“Un soñador de todo aquello que tuviera una clara entrada y una inequívoca salida. Lo demás, especialmente lo laberíntico, le aburría. Sentado en el centro de aquella construcción, coceaba impaciente con su negra pezuña”…
Sabe el poeta que del Laberinto diseñado por Dédalo sólo se puede salir volando suicida, cual Ícaro hacia el horizonte fatal de Fantasía…
“Sentado en la butaca de enea [nada más imprecioso que una butaca de enea], echaba de menos cosas imprecisas. Estaba seguro de la existencia de algo que no llegaba a definir pero que, sin embargo, añoraba ardientemente”.
Parece Asterión un ser sin projet, náufrago en el proceso de bestializarse e incapaz de crear valores nuevos y es porque “su alma era tan hermosa, tan delicada, que dos ángeles luchaban ferozmente para devorarla”. Alma lunática y consumida por el espejo del albo satélite muerto.
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Coda benevolente
Hemos de felicitar a Steven J. Steward por su esfuerzo traductor y de divulgación in English de los escogidos engendros, bellas ensoñaciones y exquisitas quimeras del autor de La sabiduría del cuervo (1999) y de El pez volador (2000, obra póstuma), animándole a dar continuidad a su interés por la translación de la mejor literatura española, moderna y contemporánea, al otro lado del Atlántico.
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José Biedma López

