Antiantisemitismo e islamofobiafobia – José Antonio de la Rubia Guijarro
Overview
Antiantisemitismo e islamofobiafobia
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Antiantisemitismo e islamofobiafobia
El conflicto entre Israel y Palestina estalla cíclicamente. Sigue sin resolverse porque toda solución debería pasar por el reconocimiento del otro. Pero, como ocurre con la mayoría de problemas sociales, el conflicto no se soluciona porque hay grupos que obtienen algún tipo de beneficio del hecho de que todo siga igual. Christopher Hitchens, que conocía de primera mano una buena cantidad de guerras y enfrentamientos, lo expresa así de gráficamente (y mencionando precisamente a Gaza):
«Al final llegué a distinguir un rasgo de la situación que me ha ayudado a entender una terquedad similar en el Líbano, Gaza, Chipre y otros lugares. Los líderes locales generados por los «problemas» en esos sitios no quieren que haya una solución. Una solución significaría que no los tratarían con deferencia los mediadores de la ONU o de Estados Unidos, que no los invitarían a elegantes congresos internacionales de alto nivel, que la prensa dejaría de tratarles reverencialmente y que no podrían ganarse un sobresueldo con chanchullos de contrabando y protección. El poder de esa clase parasitaria fue lo que prolongó la lucha en Irlanda del Norte durante años y años después de que a todo el mundo le resultara evidente que nadie (excepto los del chanchullo) podía «ganar». Y cuando terminó, demasiados de los tipos del chanchullo también se convirtieron en los beneficiarios del “proceso de paz”» [1].
Sin embargo, la bien activa o bien larvada guerra de Oriente Medio tiene una característica especial que afecta no a los protagonistas del problema sino a la opinión pública, especialmente a la opinión pública de los países desarrollados democráticos (es decir, estados donde la política está determinada por los vaivenes emocionales de los grupos dominantes). O sea, nosotros, individuos que no sufrimos ni estamos directamente afectados por situaciones de las que normalmente no tenemos ni idea y se localizan en tierras (o «territorios») muy lejanas. Esa característica especial es la irreprimible y casi patológica necesidad de tener que tomar partido. Como buenos progresistas, estamos programados de serie para luchar por una causa. Ya sólo hace falta que el Diablo nos ofrezca una.
En efecto ¿con quién vamos? Está claro que estamos a favor de los buenos y en contra de los malos pero ahora hace falta saber quiénes son. En principio la configuración de los bandos morales puede parecer sencilla: los buenos son las víctimas que sufren y los malos los victimarios que las hacen sufrir. De esto se deduce que los buenos son los débiles y los malos los fuertes, una especie de dogma producto de unos dos mil años de resentida cultura cristiana, como vio muy bien Nietzsche. Así suponemos, errónea e inconscientemente, que los buenos seguirían siendo buenos si dejaran de ser débiles víctimas. O que el mero hecho de ser fuerte te convierte en malo. Tomar partido exige un proceso previo de simplificación ya que este es justamente un caso en que ambos, los fuertes y los débiles, tienen su parte de victimarios y su parte de víctimas. Tomar partido por un bando determinado te transfunde la savia victimista del bando en cuestión pero automáticamente te convierte en cómplice de su parte victimaria. Y todo ello de una forma gratuita porque, en realidad, no es necesario realizar ninguna exhibición de autocomplacencia moral.
No tiene ningún sentido proyectar el conflicto sobre la opinión pública occidental porque los dos bandos, hundidos en su propia miseria, tienen relaciones diferentes con las corrientes de opinión más o menos deseosas de autojustificaciones. Los débiles de este conflicto, la población palestina (que no sus dirigentes, ni Hamas, Irán, o los estados árabes) necesitan a la opinión pública para compensar una fuerza que no tienen. Pero, salvo algún batallón de tontos útiles y algún presidente de gobierno occidental aún más tonto pero inútil, el clima de opinión que nutre a los grupos terroristas palestinos se sitúa en el mundo musulmán. Como todo acto terrorista, los crímenes de Hamas son mensajes de propaganda y un acto de presencia o, como he llamado en otro sitio, un photocall [2]. Es imposible atribuir a los sangrientos ataques del 7 de octubre otro fin que no sea el de recordarnos que Hamas sigue ahí. Presente. El primer error que estamos cometiendo es situar esos asesinatos, violaciones y secuestros en el contexto de coordenadas del conflicto árabe-israelí y sus mil veces repetidos discursos fanáticos que normalmente empiezan por la Biblia o incluso antes. Recientemente ha habido un acercamiento entre Arabia Saudí e Israel [3]. La impresión que provocan hoy en día los jeques del petróleo es que están más interesados por el fútbol y el turismo que por destruir al erróneamente denominado «estado judío». En cuanto a Egipto, Siria o Irak son países que están, literalmente, hechos polvo y sin ganas de destruir otro territorio que no sea el suyo propio. Y ya no hay guerra fría. El-Sisi no es Nasser. El único enemigo real que le queda a Israel, poderoso, tóxico y con muchas ganas de ser potencia nuclear, es Irán, principal mantenedor de Hamas y Hezbolá, como todo el mundo sabe.
El público de Hamas es el mundo radical musulmán y lo que puedan rascar de los antedichos tontos útiles occidentales. A ellos estaba dirigida la sangrienta y sádica performance. Es sorprendente lo poco que se ha reflexionado sobre el ataque del 7 de octubre como acto de propaganda, la utilización de los teléfonos móviles y las redes sociales o la distribución de imágenes calcadas de videojuegos shoot ‘em up como Call of Duty (una estrategia que aplica incluso el ejército israelí en las imágenes que ha distribuido).Es probable que a los adultos no les digan mucho esas imágenes, pero al adolescente musulmán que purga su asquerosa existencia en los Saint Denis de Europa esos AK 47 en perspectiva subjetiva le estallan en el cerebro como una traca. Si añadimos a eso las imágenes de los niños palestinos destrozados tenemos el combinado mediático perfecto.
En cuanto a Israel lo que parece es que ha dejado a la opinión pública occidental (la única que cuenta) por imposible. Israel sólo confía en su fuerza (ni siquiera en la de Estados Unidos) porque sabe perfectamente que la primera guerra que pierda será la última. Egipto o Siria son estados que han sobrevivido a sus derrotas pero eso no ocurrirá en absoluto con Israel. Y, teniendo en cuenta la absoluta falta de escrúpulos de la política israelí y su posesión de armas nucleares, podemos estar seguros de que junto con Israel se irá al infierno una buena porción del planeta.
En tanto individuos que, en vez de análisis e información acerca de problemas muy complejos, nos dejamos poseer por los sentidos de identidad y pertenencia a un grupo, la toma de partido la realizamos partiendo de supuestos bastante superficiales. Grosso modo, si queremos ser de izquierdas hemos de apoyar a los débiles palestinos y para adscribirse a las derechas hay que apoyar a Israel, después de todo un país tan europeo, occidental y democrático como los nuestros. Sí, Israel es Occidente así esté en la Pampa argentina o en Madagascar. Pero en lo que respecta a los flujos de opinión se ha producido una especie de inversión con respecto a las tendencias del pasado. La derecha cristiana apoya al «estado judío» a pesar de que históricamente el antisemitismo es un genuino producto cristiano. Y la izquierda ataca a un país que, al menos en sus inicios, era una utopía socialista. Sin olvidar que no ha habido valedores de la causa palestina más tenaces que la izquierda israelí (Ilan Pappé, Shlomo Ben Ami, Amos Oz, David Grossman, Jacobo Timerman…) o, seguramente, los jóvenes que fueron masacrados en el festival techno. Llamar «antisemitas» a los progres es una degradación del lenguaje tan banal como las acusaciones de «machismo», «racismo» o «fascismo» tan en boga en estos tiempos posmodernos. Tendría sentido si actualmente las palabras significaran algo. Pero es muy difícil que haya antisemitas auténticos en un país como España, que expulsó a los judíos, tiene muy poca población judía y lo desconoce todo sobre el judaísmo. La izquierda no es antisemita sino algo todavía más retrasado: antioccidental o, si me apuran, simplemente antinorteamericana.
Las posiciones del debate sobre el conflicto no han cambiado mucho en décadas pero ahora hay un elemento nuevo que antes no existía. La novedad es que la opinión pública discute en el contexto de las «guerras culturales» y en plena eclosión del posmodernismo y el fenómeno woke. Como se ha dicho tantas veces, la izquierda ha sustituido la lucha de clases por la lucha de identidades. Los guerreros de la justicia social han asumido todos los postulados filosóficos de la French Theory y han entronizado el victimismo como fuente de argumentación y legitimidad. A veces la cosa es graciosa. Como la izquierda woke tiene ocupados los campus universitarios norteamericanos se ha sumado en masa a la causa palestina y, naturalmente, ha sido acusada de antisemitismo, es decir, racismo. Que se te acuse con tus mismas armas dialécticas de ser aquello que tú más detestas es lo que le ocurrió a las tres rectoras universitarias norteamericanas que fueron acusadas de antisemitismo por los antiantisemitas [4]. La metodología de la sospecha deconstruccionista devora a sus hijos, como Saturno. Tiene su gracia, sí.
El de Oriente Medio es un conflicto que podría tener una solución el día que inventemos la máquina de tiempo. Quizá, viajando al pasado y disfrutando de una segunda oportunidad histórica podríamos evitar los crímenes y errores que dieron origen al problema. Lo que ocurre es que la historia es también un terreno de disputas. Al igual que ocurre con la Guerra Civil española, el relato histórico también es conflictivo, es decir, aún discutimos sobre qué fue exactamente lo que pasó. Pero es posible que la máquina del tiempo no arregle nada porque ya en su día todos los actores de este drama sabían perfectamente qué era lo que estaban haciendo, especialmente cuando utilizaban la violencia. Basta con leer los escritos judíos de Hannah Arendt para comprender que la partición de Palestina y la creación de un «estado judío» fue una mala respuesta al fenómeno del antisemitismo y el Holocausto. La ciudadanía de un estado no se define étnicamente y la creación de fronteras es una invitación a la limpieza étnica. Israel, de hecho, no es un «estado judío», tiene sus minorías no judías: 1.300.000 árabes-israelíes o, por ejemplo, los drusos. Pero el sionismo no habría sido pernicioso ni colonizador si se hubiera dejado sobrevivir en paz al estado de Israel. Bastaba con hacerse cargo de las circunstancias. Hay testimonios de supervivientes del Holocausto que dicen que el peor momento de Auschwitz fue la liberación del campo y la vuelta a casa. Para los judíos ya no había casas a las que volver: estaban ocupadas por los polacos y no se devolvieron.
Como dijimos antes, la buena gente progresista está instalada en el principio de que la víctima, como el cliente, siempre tiene razón. El corolario de esta tesis es la victimización, a saber, que si queremos darle la razón a alguien tenemos que transformarlo en víctima cueste lo que cueste. A la buena gente progresista este principio la ha llevado al callejón sin salida que supone tomar partido por grupos o individuos que, si no fueran víctimas, serían probablemente los mayores enemigos de las ideologías de izquierdas, como es el caso del Islam. En efecto, si establecemos como dogma la absoluta maldad de Occidente todo lo no-occidental recibe graciosamente nuestro valioso apoyo. Podemos ser «cristianófobos» pero no «islamófobos». La máquina del tiempo podría teletransportarnos hasta las mismísimas cruzadas porque ya sabemos que el bando bueno es el del sabio Averroes y no el del facha Torquemada. Añadamos a esto que la Iglesia Católica está desaparecida como actor social, herida por esos casos de pederastia de los que nos ha informado puntualmente el diario El País. Los curas podrían haber sido buenas tropas auxiliares en el frente antirrelativista. Pero parece que ya no están para más cruzadas.
No otra cosa que esta mala conciencia impostada es lo que lleva a la izquierda a apoyar a Hamas. Esto es real como la vida misma. De hecho, Hamas ha convertido a España en una de sus referencias [5]. Una graciosa consecuencia de la islamofobiafobia. Naturalmente, ningún islamofobofobo occidental soportaría vivir ni cinco minutos en un territorio gobernado por Hamas por muy deseado «estado palestino» que fuera. Lo cual debería hacernos pensar que antes que estados o territorios estamos hablando de personas que tienen derecho a vivir en paz. Judíos incluidos. Pero tampoco nadie soportaría vivir en los guettos extremistas que están configurándose en Europa al margen de los valores ilustrados, que han definido a Occidente mucho más que la religión. Ghetti que no son considerados un problema por nuestra hipócrita tolerancia multicultural pero que ya están generando epifenómenos políticos como el aumento de la delincuencia y el auge de corrientes extremistas que no son otra cosa que el reflejo invertido de una izquierda muy despierta pero absolutamente desquiciada.
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José Antonio de la Rubia Guijarro
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Notas
[1] Christopher Hitchens, Hitch-22, Memorias, Ed. Debate, Barcelona 2011, trad. Daniel Rodríguez Gascón, pág. 178.
[2] José Antonio de la Rubia Guijarro, Photocall, imagen, presencia y opinión. Última Línea, Málaga 2021.
[3] «Acuerdo de paz histórico entre Israel y Arabia Saudí», https://es.euronews.com/2023/09/22/acuerdo-de-paz-historico-entre-israel-y-arabia-saudi.
[4] «Antisemitismo en las aulas de EE.UU.: el último grito «progre»», https://www.larazon.es/cultura/antisemitismo-aulas-eeuu-ultimo-grito-progre_2023121065753fb20ec7c80001ceb1ae.html.
[5] «Hamás pide ayuda a España para dar a conocer «los crímenes» de Israel en Gaza. En rueda de prensa en El Líbano hacen un llamamiento a España y Bélgica» (https://www.telemadrid.es/noticias/internacional/Hamas-pide-ayuda-a-Espana-para-dar-a-conocer-los-crimenes-de-Israel-en-Gaza-0-2621137863–20231204085046.html).

