Madres – Sebastián Gámez Millán

Madres – Sebastián Gámez Millán

Madres

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Henry Moore – Draped Reclining Mother and Baby [1983 – Fran and Ray Stark Sculpture Garden – Getty Center, Los Angeles, California, U.S.A.]

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No hay ser humano que no provenga de una madre. En este sentido la humanidad desciende de ellas. Se suele decir que, de todas las manifestaciones del amor, el más desinteresado es el amor de la madre. No creo que haya amor ni sentimiento desinteresado: en todo dar hay un recibir, siquiera imaginario. Naturalmente, esto no le resta valor a la entrega más incondicional de un ser humano hacia otro.

Quiero ilustrar esta afirmación con un poema del último Premio Cervantes. Joan Margarit (1938) escribió un estremecedor libro de poemas que brotaron durante los últimos ocho meses de vida de su hija Joana, consciente de que eran los últimos días compartidos en su presencia. Desde una perspectiva literaria no se encuentra entre los más logrados del conjunto. Pero ahora lo recuerdo para ilustrar la incondicionalidad del amor de las madres. Y aunque sé bien que hay tantas madres como mujeres, ahora no me interesa tanto resaltar las diferencias como subrayar lo que mantenemos en común. Elijo la poesía para ir de lo particular a lo general, como si se tratara de un razonamiento inductivo: del yo al nosotros.

Mari

Ella te acompañó durante mucho tiempo
a nadar y a la escuela cada tarde.
Fue tu amiga y también la confidente
de aquella dolorosa adolescencia
de luna de hospital y azules tardes
de lenta juventud. Era tu Mari,
sus últimas visitas, ya tus ojos
pesándote hacia adentro por la muerte
que apagó todo el brillo tras los fríos
cristales empañados del ayer.
Mari, con tu sonrisa y su sonrisa,
el olor a vestuarios de piscinas,
tú nadando, nadando hacia la muerte.
Ahora Mari lo sabe y te despide
mirando a sus dos hijas.
Mari, que, embarazada
se negó a someterse a prueba alguna
porque a ella jamás le preocupó
dar a luz a una niña como tú.

Evidentemente, Mari es la madre de Joana. El poema evoca vivencias compartidas entre madre e hija mientras la vida precipita hacia la muerte a Joana, hasta que llegamos al epifonema, los últimos cuatro versos, donde el poeta, compañero de Mari, le recuerda a Joana lo que la madre hizo por la hija. En circunstancias naturales las madres mueren antes que las hijas. Aquí no sucede así porque Joana nació con el síndrome de Rubinstein-Taybe, una deficiencia física y psíquica que arrastra problemas motores que le obligaba a utilizar muletas y silla de ruedas, y que la condenó a morir antes, con apenas 30 años.

El poeta muestra el amor incondicional de una madre, pues, pudiendo saber de manera aproximada por medio de pruebas médicas a qué podría enfrentarse al decidir continuar con el embarazo, prefirió seguir adelante. Habrá quienes piensen no exentos de razón que fue inocente. ¿Puede haber amor sin inocencia? Lo que uno percibe en este poema es una afirmación incondicional del amor. Una de las máximas expresiones del amor, lo que añoramos con más o menos frecuencia, es que nos quieran tal como somos, con todos nuestros defectos y vicios. Lo que Mari estaba decidiendo desde su discreto silencio, y Joan, su padre, le recuerda a Joana antes de despedirse por última vez es: tu madre siempre quiso que fuera como fuese, existieras, a pesar de todo…

Curiosamente, mientras Joana se iba muriendo, les decía a sus padres: “Soy feliz”. Los padres, que en no pocas ocasiones se sienten culpables por haber engendrado a sus hijos, sobre todo en la infelicidad de unos y otros, no pueden recibir otro consuelo mayor que estas palabras cuando se está muriendo una hija suya con apenas 30 años. En términos religiosos equivalen a ego te absolvo”. Independientemente de que nos sintamos agnósticos, no creyentes o ateos, tal vez seamos religiosos sin religión.
Mas durante el tiempo compartido fue tanto lo que les dejó Joana a sus padres que resulta innecesario recurrir a cualquier cálculo utilitarista: “No hay nada comparable a poder cuidar de una persona a la que se ama, pero es difícil encontrar a alguien como Joana con quien establecer unas relaciones a la vez de una alegría y de una ternura que, al cabo de los años, ya no sepa quién cuida a quién”.

En una de las meditaciones sobre el amor, ya un clásico del siglo XX, El arte de amar, de Erich Fromm, al abordar el amor materno, el autor comenta la metáfora bíblica de la tierra que mana “leche y miel”: “La leche es el símbolo del primer aspecto del amor, el de cuidado y afirmación. La miel simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la felicidad de estar vivo (…) Es posible distinguir entre los niños –y los adultos– los que sólo recibieron “leche” y los que recibieron “leche y miel”.

Gracias al amor y al cuidado que no cesa de cada madre nacemos, crecemos y nos desarrollamos. Goethe decía que “nada da más fuerza que sentirnos amados”. Sin el amor y el cuidado de las madres nuestra humanidad pueda quedar mutilada. Por tanto, siempre, incorregiblemente amorosas y cuidadoras madres, gracias.

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Sebastián Gámez Millán

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