«Apuntes profanos», de Cristóbal Borrero Delis – Una reseña de Sebastián Gámez Millán

«Apuntes profanos», de Cristóbal Borrero Delis – Una reseña de Sebastián Gámez Millán

Apuntes profanos, de Cristóbal Borrero Delis [Reseña]

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Apuntes profanos, de Cristóbal Borrero Delis

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
—como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos;
envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
—envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Acaso alguien se pregunte por qué he decidido comenzar con “No volveré a ser joven”, de Jaime Gil de Biedma. Además de ser tal vez el más memorable poema de este autor, la dimensión teatral de cuanto nos rodea, el teatro como metáfora de la vida humana, desempeña un papel esencial. Y en este sentido podemos establecer por lo menos un doble paralelismo con Apuntes profanos, de Cristóbal Borrero Delis. Primero, la escritura como forma de levantar la bandera en la isla de Robinson (Kafka), la escritura como forma de rebelarse ante la muerte y el consiguiente olvido. ¿Escribiríamos o crearíamos si no fuéramos conscientes de nuestra mortalidad?

Segundo, las cuatro imágenes del libro, a saber, San Juan Nepomuceno confiesa a la reina Bohemia (1740), de Giuseppe María Crespi; La confesión (1980), de Cristina García Rodero, en diálogo irónico y satírico con Nave lateral de iglesia románica palentina (2018), donde aparecen Cristóbal Borrero Delis con Mau Aparicio López, junto con el retrato del autor con sombrero de bombín y gafas oscuras, de Manuel Moreno Martín, no son fortuitas ni hijas del azar. Se refieren, por un lado, al título y al contenido del libro y, por otro, a la dimensión teatral con la que el autor comprende la existencia, por vocación, ya no sólo como aficionado, concepción, me atrevería a defender, que atraviesa este libro de un extremo a otro, pues con ese artificio y juego, junto con la firma en el Prefacio de Brendo Doulas, al que se le atribuye no sé si la autoría, pero sí desde luego la compilación y el orden numérico de estos “Párrafos erráticos y malquerientes de un goliardo”, levanta una escena dramática con la que se enmascara al mismo tiempo que se desnuda de una manera que sospecho que no podría hacerlo sin el paraguas de la ficción.

El arte es la verdad de las mentiras, declaró Picasso en la estela del pensamiento de Nietzsche. Paradójicamente la ficción nos permite desnudarnos y descubrirnos como acaso no podríamos sin sus pactos y recursos. Este libro es una muestra ejemplar de ello. Cambia de pronombres a lo largo de los fragmentos, y emplea la segunda persona del singular con la que se interpela a sí mismo con mayor distancia y fuerza, y a la vez al hipotético lector, como aquel moralista, Juan Goytisolo, en Señas de identidad, que se inspiraba asimismo en La realidad y el deseo, de Luis Cernuda.

Por tanto, aunque envuelto en las cortinas de la ficción, este libro contiene mucho de confesión. Según María Zambrano, “lo que diferencia a los géneros literarios unos de otros, es la necesidad de la vida que les ha dado origen. No se escribe ciertamente por necesidades literarias, sino por necesidad que la vida tiene de expresarse. Y en el origen común y más hondo de los géneros literarios está la necesidad que la vida tiene de expresarse o la que el hombre tiene de dibujar seres diferentes de sí o la de apresar seres huidizos (…) la confesión no es sino un método de que la vida se libre de sus paradojas y llegue a coincidir consigo misma”.

Precisamente uno de los frutos de filosofar adecuadamente es vivir en consonancia consigo mismo. En este sentido tengo para mí que estos fragmentos de los que se compone Apuntes profanos son ejercicios espirituales por medio de los cuales el autor analiza el mundo en el que vive y, sobre todo, cómo vive, con el fin de acceder a otro modo de contemplar, de percibir, de recibir, de comprender, de acoger, de estar en el mundo. Es, por consiguiente, una forma de dejar testimonio crítico del tiempo histórico, de cuestionarse y transformarse a sí mismo. Ni que decir se tiene que no es necesario ser un buen cristiano para cultivar la confesión. Sócrates dejó dicho de una vez y para siempre que “una vida sin examen no merece la pena ser vivida”; a lo que podemos añadir que tampoco cabe considerarla humana.

Vivir humanamente implica examinarse, ponerse en tela de juicio. El autor, o el alter ego que se desprende de estas páginas, es severo consigo mismo y a veces llega a flagelarse y mortificarse, siempre en busca de una moral de perfección que se le resiste, como a cualquier persona honesta. Compuesto de 238 fragmentos, rasgo propio de la modernidad, de la conciencia de lo inacabado e incompleto, se diría que la única continuidad en el devenir incesante del tiempo es la de la memoria y la voz que reflexiona y medita. Como carece de una trama lineal y consecutiva, se puede abrir y cerrar por cualquier parte y volver a sumergirse por donde plazca. 

A propósito de ello María Zambrano escribió que en la confesión se manifiesta “el carácter fragmentario de toda vida, el que todo hombre se sienta como trozo incompleto, esbozo nada más; trozo de sí mismo, fragmento. Y al salir, busca abrir sus límites, trasponerlos y encontrar más allá de ellos, su unidad acabada. Espera como el que se queja, ser escuchado; espera que al expresar su tiempo se cierre su figura; adquirir, por fin, la integridad que falta, su total figura”. De acuerdo con la metáfora que emplea Montaigne en los Ensayos, “pintarse a sí mismo”; o, si se prefiere la metáfora de otro ilustre renacentista, Pico della Mirandola, “esculpirse a sí mismo”.

Respecto al estilo literario adoptado, es poético y algo barroco, con numerosos recursos estilísticos y retóricos, incluso con aliteraciones, con recurrente ironía, con un palpable gusto por huir de los tópicos y los lugares comunes, con un rico vocabulario que se distancia de la actualidad, con abundantes neologismos no exentos de humor, como “plenimundo” (pág. 91) al designar su “sacrosanta biblioteca”; “tectonificada” (pág. 103), “emocionario” (pág. 194), “parapoetas, “poetuiteros” (pág. 239)… Si bien a veces incurre en lo que el filósofo Aurelio Arteta denomina archisílabos, esa tendencia a alargar innecesariamente las palabras: “renunciación” (página 32), “marcación (página 35)… cayendo en cacofonías.

En cuanto a los temas, aparece desde Dios al amor, pasando por los hijos, los amigos, como Rafael Ballesteros, Albert Camus, la literatura, la religión, hasta un decálogo de buena conducta social, en fin, de todo lo divino y humano. En el fragmento CCIII se plantea si será o no nihilista. No albergo la menor duda. Según Nietzsche, como hijos de estos desorientados tiempos, todos lo somos en mayor o menor medida, pues la vida carece de fundamento último. Recuerden aquel inconsolable grito: “¡Dios ha muerto!” Que equivale a que la vida carece de fin y, por tanto, de sentido. De manera que el autor, o el alter ego de estas páginas, no acierto a distinguir sus máscaras, lo vemos naufragando entre el nihilismo y el escepticismo.

Por cierto, entre tanta cosas, estos Apuntes profanos contienen bellas y certeras reflexiones sobre la duda como regeneradora del conocimiento. A la manera de muestra válgame esta de la página 247: “entre las reglas del juego de la vida la primera de las más importantes es esa: no ensimismarse en el resplandor interior para no dejar de estar enhebrado al desconocimiento y continuar zurcido a la duda, motivado por la incertidumbre. La duda es un motor incombustible que no nos agota en la búsqueda de alegatos a la cuestión de qué hay más allá”. Dignas de Sócrates o de Descartes, no me extraña esta pasión por la duda en un lector que lamenta la muerte del físico y divulgador científico Jorge Wagensberg, aquel que afirmó esta reveladora paradoja: “Sólo tengo fe en la duda”.

Un poco más adelante vuelve sobre asuntos relacionados con ello: “¡Bendita contradicción! Nunca más volveré a cuestionarme si seré un nihilista, porque me reiteraría en la respuesta, aunque sí mantendré la duda de si no será la negación de toda creencia una creencia en sí misma (…)”. Me atrevería a afirmar que, en efecto, es otra creencia, porque como argumentó William James, no existe la nulidad mental. Todavía antes, Balzac, en Une ténebreuse affaire, durante un diálogo con el filósofo, matemático y científico con el que se abre paso la modernidad, escribió: “La duda absoluta que pide Descartes es tan imposible de obtener en el cerebro del hombre como el vacío en la naturaleza, y la operación intelectual por la cual podría conseguirse sería, como el efecto de la máquina neumática, una situación excepcional y monstruosa. Sea en la materia que sea, siempre se cree en algo”.  Claro que no todas las creencias, como todos los pensamientos, valen igual: algunos nos permiten vivir más rica y plenamente, y otros más pobre y desdichadamente.   

Volviendo por último a María Zambrano, “no es la sinceridad lo que va a justificar la confesión, sino el acto, la acción de ofrecerse íntegramente a la mirada divina, a la mirada que todo lo ve, mirada que ciertamente siempre puede vernos, pero que andamos eludiendo, pues lo importante en la confesión no es que seamos vistos sino que nos ofrecemos a la vista, que nos sentimos mirados, recogidos por esta mirada, unificados por ella (…) Todo el que hace una confesión es en espera de recobrar algún paraíso perdido”. ¿Nos confesará Cristóbal Borrero cuál es ese paraíso? ¿Se trata de “un religioso sin religión” (Cioran), de un ateo o agnóstico que, sin embargo, es profundamente espiritual? ¿Acaso ese paraíso es seguir viviendo, persistiendo en su ser desde la voz y la imaginación de los lectores?

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Sebastián Gámez Millán

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Nota

Cristóbal Borrero Delis. Apuntes profanos. El Toro Celeste, Málaga, 2022. ISBN: 978-84-123313-5-6.  

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