El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – III – Arturo García Ramos

El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – III – Arturo García Ramos

El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – III

***

***

El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – III

El crítico

Para vencer los estragos del tiempo de la labor intelectual de Cansinos habría que comenzar por fijarse en su obra crítica. En las incontables publicaciones de memorias y recuerdos que escribió siempre aparece como el receptor de las palabras que le dirigen los demás. Él apenas participa de vez en cuando con alguna frase, sobre todo reflexiona a partir de lo que le dicen. A menudo lo increpan y él omite su respuesta, si es que la hubo. Todo Cansinos está en esos silencios y en su irónica mirada sobre cuantos lo rodean. Es unánime la admiración de todos los que lo tratan. Y lo tratan con insistencia de “maestro”. Lo que mejor conocen de él es su obra crítica, a menudo de forma interesada, pues aspiraban a que les dedicase una página aunque esta fuera negativa (“déme un palo”, le dice alguna vez algún poeta, con la boca pequeña). Pero es cierto que dejando aparte el mercadeo, la manipulación, el soborno a través del halago (me “inciensan”, dice él), todos lo respetaban como crítico. Un desempeño del que en 1943 no quedaba nada. Su amigo Ruiz Contreras le dice: “Usted ha sido un idealista…; no ha sabido administrarse… Usted pudo ganar mucho dinero…, trabajar con comodidad y medios… Habría sido un Sainte-Beuve… No han sabido apreciarle.”

Además de memorialista de la literatura, Cansinos fue ensayista y un crítico muy celebrado. Fue, para decirlo con una metáfora de las suyas, catador de paladar delicado en las vendimias líricas. Es decir, trató de explicarse el secreto misterio de la obra artística. Cuando trata de responderse “cómo nace la crítica” declara que se trata de una consecuencia de la creación, porque el artista, siempre inseguro de su rumbo, tiene la necesidad de explicarse, de comprender a los demás para valorar así su propia obra. Juzga la tarea del crítico como una labor de enorme responsabilidad y considera su tortura al sopesar cada palabra, como si fuese tarea de creación. Es el crítico, nos dice, “la palabra posible que se adivina entre los labios de las máscaras”. Por tanto, la consciencia del arte. Y no siempre se le trata con comprensión, pues se espera de él que se un “incensario”, esperan el panegírico, el halago: “En los convivios de los inmortales, el crítico, humilde artesano, sólo es admitido para que elogie los líricos vinos…”

Cansinos juzga el texto por sus valores pictóricos – la luz, el color, la línea, el matiz- y musicales -aunque en menor medida-; desconfía del sentimentalismo “porque es una condición inferior que le enlaza a la plebe”. Los quilates más puros de la poesía los encuentra en el parnasianismo, formas quietas de canon clásico: “El supremo anhelo de la prosa y el verso es convertirse en mármol”. En nuestra lengua, sólo el Darío de Prosas profanas colma sus exigencias.

*

*

Ningún libro tan sugestivo entre los suyos como El divino fracaso. ¿Cuál fue su concepción de la obra de arte? Su fe en la obra artística como un intento de “modelar la belleza” es incorruptible. ¿Cómo o dónde creía encontrar el mérito de la misma? Entre los caminos que se le proponen: copiar la vida, embellecerla o tratar de captar su simbología, ninguno parece convencerle. Está, tal vez en la novedad, en el logro de algo nuevo y distinto. En su estilo, él mismo delata su gusto por la vaguedad frente a la nitidez de lo concreto, así como cierto barroquismo, una prosa “cargada de ungüentos”, en la que hay posos modernistas, d’annuncianos, decadentes. El arte de Cansinos elogia lo difícil, esconde la trama y oculta sus propósitos últimos.

Está lejos de la comercialización del arte y de la popularidad del escritor, opone al “arte remunerado”, el “arte sin precio”. Cansinos tiene palabras de enorme veneración hacia el escritor incipiente que llena páginas en blanco día tras día sin esperar otra recompensa que no sea su propio desahogo. Canta inagotablemente a los jóvenes, los más puros de cuantos pululan por las páginas de La novela, tienen en El divino fracaso un himno de salutación. Y esa fe en la juventud implica el citado canto a lo nuevo al tiempo que la declaración de caducidad de cualquier estética. Se ve a sí mismo como un capitán (“Oh capitán”) del fracaso al mando de un navío asaltado por miríadas de jóvenes que vienen a hundirlo: “¡Oh amigos! Los jóvenes vienen sin que hayamos tenido tiempo para cumplir nuestra jornada… y sin que a belleza a que aspirábamos haya recibido nuestro ósculo definitivo” Los jóvenes vienen… a raptar las musas de los mayores, se lamenta sin lamentarse. Ese ensayo lírico, desemejante y único despliega los desvelos de la creación, las fatigas sin recompensa por alcanzar la obra artística pura: “El arte debe ser un arte de vida. Nuestro estilo debe ser tan práctico como las tijeras de nuestros sastres. Y nuestras líricas lágrimas deben ser tan preciosas como los cálculos gástricos de las ostras”. Ninguna de sus obras responde mejor a su definición de la prosa, de la que decía que era “el verso infinito”. Alerta también sobre la pérdida de la pureza por la corrupción de la popularidad, de la envidia, de la rivalidad, de la difamación. En La novela había ya escrito sobre esos mismos asuntos dibujando con detalle las anécdotas. Ahora su queja es poética, general: “Aquel que cantaba las flores, ¿era capaz de herirnos con haces de ortigas? ¡Oh compañeros del diván amistosos! Nosotros, que nos llenamos de éxtasis, imponiendo las manos sobre este mármol puro, ¿habríamos de ser también los hombres de la violencia y hacedores de bellos poemas, habíamos de escribir también las sátiras en el estilo de los que que tiznan las paredes?” Cansinos tenía la firme convicción de la belleza sólo podía manar de la bondad, su declaración estética pretende también ser una defensa de la ética: “quizá el arte cívico sea el único digno y bueno”.

En su aspiración a crear un arte más comunicativo, el poeta da paso al novelista, cuya obra se abre a la vida y las multitudes, y aún más en la cesión que de su palabra hace el poeta a los personajes en el teatro. La novela y el teatro son la tentación del poeta solitario y puro, que titubea ante los encantos de la fama: “¿Debemos consumirnos siempre en un canto solitario y austero, sin acercarnos a las mesas del convite…?”

Hay algo de milagro en el arte, que es tan misterioso como incomprensible y, al cabo, puede dar lugar a que cualquiera (“yo mismo”, dice Cansinos) pueda escribir una obra maestra. He ahí el temblor fundamental de su fe poética. He aquí por qué está dispuesto a dar todo. Las últimas palabras de la primera parte de El divino fracaso lo testimonian:

¡sería tan bello crear una sola cosa bella y extasiarse para siempre en su contemplación! Seríamos así los autores de un único poema, que para nosotros tendría un valor incomparable. Lo habríamos pulido y retocado; y hecho de él una capilla de todas nuestras emociones; una obra maestra
para nuestra vida que es una obra maestra. Habríamos engarzado en él las palabras más preciosas y raras, las más evocadoras y justas. Habríamos hecho de él una letanía que repetiríamos para nosotros a todas horas para saludar el alba y para despedir al ocaso. Y no nos importaría que nos quebrasen las manos ni nos cegasen con tizones rojos. Habríamos hecho ya nuestra obra definitiva; y cada día, la renovaríamos y cuidaríamos como una cabellera. Y sería bello tener así esta obra única; y arrullados por esta única música, cada día más fina y llena de sentido, irnos en la madrugada de nuestra vida, cantando, como esos que costean en la noche, las orillas del mar…

*

*

*

*

Ética y estética del erotismo, de la pena de muerte, de la guerra

Cansinos asoció indisolublemente estas palabras para tratar de explicarse el deseo sexual y su insoluble dicotomía. Fueron también, las dos últimas, el muérdago parasitario de la pena de muerte y de la guerra, actos en los que su irreductible humanismo no podía encontrar el menor atisbo de ética. Con el cinismo británico de su maestro De Quincey, atribuye a la bárbara pena capital la categoría de un arte trágico, que superaría la prueba aristotélica al cumplir todas las condiciones que lo encumbran como verdadera tragedia, muy superior al asesinato, mero ejercicio de “arte por el arte”, pues se representa para satisfacción única y secreta del asesino, mientras que en el patíbulo se presencia una performance colectiva en la que la multitud no sólo es la destinataria de la obra, sino que además participa como coro dramático indispensable. Muy superior también a la propia tragedia clásica, pues dio el paso definitivo que a ésta le faltaba y pasó de ser arte fingido a arte verdadero, un “magnífico espectáculo de arte vivo”. Valora la evolución del espectáculo desde las rudimentarias lapidaciones o los estrangulamientos hacia una primera creación escénica completa y simbólica en el poema dramático de la sangre de la crucifixión. Pero el refinamiento y la perfección de ese arte horrible se alcanza en tiempos modernos: la instalación del patíbulo crea la expectación dramática; luego viene la parsimoniosa y simbólica puesta en escena que generará la catarsis colectiva. Todo concebido bajo un estricto simbolismo: el reo es un nuevo Edipo ciego o un Prometeo encadenado, la multitud quejumbrosa obra de coro dramático que lamenta su suerte. Las reglas artísticas imponen en el reo una conducta de héroe digno que desprecia la muerte y hasta es capaz de dirigir unas palabras a la plebe congregada; el verdugo asume su ignominioso papel de dar muerte a un hombre. No falta el espectáculo que con orgullo pueda exhibir el talento nacional, una creación propia, verdadero carácter del pueblo español, el auto de fe. “Los actos de fe fueron la manifestación más alta del arte trágico español”.

Además de la sublimación de la pena capital en arte, consideró que en el acto de matar había un indudable componente erótico. Como Sade y Sader-Masoch, veía un lazo indisoluble entre dolor y erotismo.

*

*

*

*

Poeta sin mar

Las infinitas lecturas de este poeta fueron siempre urdimbre para sus temas literarios, en que aglutinaba con facilidad asombrosa cuanto había sido sembrado por la literatura de todos los continentes y de todas las épocas. Para él las obras encontraban sus verdaderos méritos en el cotejo con las demás. El diálogo en la narrativa, el arabismo, la obra de largo aliento, el cristianismo, la bohemia, fueron algunos de esos temas. El episodio bíblico de Salomé, el erotismo de las religiones y de la guerra son algunos de mis predilectos. ¡Qué gran desbrozador de trochas en la selva de las letras y el arte! Sin embargo, no hay tema tan emblemático para desentrañarlo como el del mar que Cansino nunca llegó a ver. El escritor gallego Antonio Rey Soto lo invita en vísperas de la Guerra Civil a conocer el mar gallego, pero como los “cautivos” del cuento de Leon Bloy, ese será un deseo incumplido, y Cansinos quedará para siempre como otro “viajero inmóvil” -como Lezama-, y “poeta sin mar”.

La ausencia del mar, que él identificó con la poesía, fue una de las carencias de Cansinos. El poeta no llegó a verlo nunca. Abandonó su Itálica por el espejismo de una Ítaca interior y quedó varado en el flâneur de una ciudad que era una deformación en miniatura de París. “¿No es triste, por ejemplo, para un poeta no haber visto el mar?”, nos dice en El divino fracaso. Prueba tal vez de que sintió profundamente su ausencia escribió “El influjo del mar en la lírica”. El mar es la música de la naturaleza que ha transmitido su ritmo a la poesía. Lo ve en Homero -los cantos de las sirenas no pueden compararse a los rudos cantos de los pastores-, en Virgilio y hasta en el Evangelio. Aparece como canto de júbilo o como elegía. Su presencia en los mitos, en la épica, en las Sagas nórdicas:

“Pero modernamente es cuando el mar ha hecho su irrupción definitiva en la lírica, cambiando, no sólo su fondo, sino la técnica de sus medios rítmicos. Todavía D’Annunzio en sus Odas navales recoge el sentido triunfal del rito de Bucentauro y canta el inviolado mar de Tennyson–inviolated sea–con el firme estro imperial de un romano que ve en las olas el antiguo camino de las victorias púnicas; canta el mar con sentido más bien histórico que lírico. Pero en Walt Whitman, el autor de Hojas de hierba (1854), el mar hace su entrada hervorosa en la lírica, conmoviéndola con el ímpetu vehemente de su alma efusiva, generosa e indeterminada, e infundiéndole la sacudida y rota armonía de sus olas. Walt Whitman, el cantor trasatlántico, el poeta universal que desde su Norteamérica envía mensajes a todos los hombres y lanza apóstrofes a las islas, como Isaías en el Antiguo Testamento y como Pablo en el Nuevo; en Walt Whitman, el apóstol de la aceptación indistinta, de las conformidades jocundas, que para sus amplias efusiones rompe el estrecho lazo de las rimas antiguas e inicia los desgarramientos del verso libre, cantan la universal y voluble voluntad del mar, su enorme música sin letra. En Walt Whitman, el cantor de la «perspectiva ilimitada, del gran azul ilimitado, del horizonte lejano y fosco» y de los apóstrofes–« My captain, my captain!»–está ya el anhelo de la alta mar de Nietzsche–así como está también la idea nietzscheana del retorno–(… ) De él llegan acaso hasta nuestra literatura última esas hervorosas corrientes marinas, esos anhelos de pleamar tan frecuentes en Gómez de la Serna, esas desatadas rimas libres de Unamuno y ahora en J.R. Jiménez. La última evolución de este poeta se debe a la contemplación del Atlántico. La armonía rota del mar rompió en el Diario de un poeta recién casado, libro de retorno, las armonías conmovidas, pero siempre acordadas y justas, del autor de Arias tristes. Al mismo tiempo el mar diole gavillas de pensamientos profundos, que sustituyen ahora a las antiguas coordinaciones sentimentales. Juan Ramón debió de sentir el anhelo que A. Vasseur, el inquietante poeta americano, enuncia en sus Cantos del otro yo (…)

Vengo a expresar en ti mi angustia loca Canto llano del mar.» [1]

*

*

*

Rafael Cansinos Assens

*

***

Arturo García Ramos

_______________________

Nota

[1] Rafael Cansinos-Asséns. Los temas literarios y su interpretación.

Categories: Crítica Literaria

About Author