El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – I – Arturo García Ramos

El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – I – Arturo García Ramos

El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – I

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Rafael Cansinos Assens [Sevilla, 24 de noviembre de 1882 – Madrid, 6 de julio de 1964]

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El poeta sin mar – Acerca de Rafael Cansinos Assens – I

«¿No será la poesía un lujo demasiado grande, al que no tendremos derecho los hombres?»

Rafael Cansinos Assens, La huelga de los poetas

La mañana -que no recuerdo candente– del viernes 7 de junio de 1985 un amigo me dijo y casi me ordenó: “Hay que ir a ver a Borges esta tarde. Presenta un libro en Madrid”. Ambos admirábamos a aquel que tantos escritores había sido, pero que nunca se había hecho visible para nosotros en la España aún en transición que compartíamos. Mi amigo como un iniciado en su álgebra verbal, yo apenas como un diletante que casi lo desconocía todo. Más tarde, él dedicaría un emblemático simposio o congreso -como entonces se decía de aquellas pomposas reuniones, pompa en su sentido más jabonoso-, pero aquel día lo esperé 30 minutos en la puerta del Centro Cultural de la Villa y, como no venía, decidí pasar solo a escuchar al poeta argentino. No supe hasta ese momento, que la flecha del pensamiento del escritor una vez disparada era inalcanzable para su balbuciente articulación de tortuga, que aborrecía los espejos porque multiplicaban la irrealidad, que había muchos Borges y su condena era tener que expresarse de forma sucesiva y no simultánea. Sólo más tarde aprendí que cuando comenzó a ganarse la vida dando conferencias se pimplaba una copa de coñac antes de salir a escena para superar la timidez que le imponía aquella dificultad en el habla que le daba el aire clásico de un Demóstenes. Tampoco sabía nada del tema de su discurso. Fue aquella la primera ocasión en que oí hablar de un escritor que no formaba parte de las historias literarias, Rafael Cansinos Assens. Entonces yo estudiaba el cuento fantástico, era más partidario del sentimiento-de-no-estar-del-todo que de las aporías racionales de aquel talmúdico rabino bonaerense y, aunque lo veneraba, mi primer puesto era siempre para Julio Cortázar. Su compatriota mayor a mis ojos era una continuidad de artificios intelectuales, era un fama y no un cronopio. Podría decirse que antes de entrar a la sala yo era más bien anti-Borges y al salir lo hice como converso. A partir de entonces él portaría el cetro de la fantasía. Supongo, porque ya me ha trabajado algo el olvido, que me hechizó con su actuación de ventrílocuo de la lucidez, de hechicero cuyas jaculatorias en varios idiomas tenían el don de rendir la realidad y amonedarla al gusto de sus palabras. Salí de allí conjurado a defender su obra hasta el día de hoy… para siempre.

El asunto que convocaban sus palabras era lo de menos y permaneció (ahora pienso así) en letargo. Nunca me he fiado del todo de un escritor que elogia a otro. Además, las lisonjas del narrador argentino al escritor español me parecieron ditirámbicas, como también me parecían hiperbólicos los elogios que dedicaba a Macedonio o Lugones. Con el tiempo, la reflexión y las lecturas y relecturas fueron convenciéndome de que Borges estaba en lo cierto y no trataba de buscarse precedentes e influencias que no opacaran su genialidad. Y atribuí mi simple desconfianza de bisoño iconoclasta a una injustificada soberbia juvenil. Algunas de aquellas frases laudatorias aún retumban en mi memoria (que con el paso del tiempo inventa o falsea): que Cansinos podía saludar a la Luna (o las estrellas) en veinte idiomas (o catorce), que fue el creador de la metáfora moderna (o de la metáfora nueva), que su memoria era legendaria, que era uno de los pocos genios que había conocido en su vida (el otro era Macedonio y, tal vez, Lugones seguía a éstos dos). A pesar de ello, no ocupaba un puesto preferente en el orden de las lecturas que me había impuesto, y puede que incluso pensara en no leerlo nunca. Eso creía yo al menos, pues resultó que cuando leía a Balzac, Dostoyevski, Andreiev, Goethe, El Corán o Las Mil y una noches (Ramón Gómez de la “Sarna” difundía en Pombo el infundio de que tenía un negro que le hacía las traducciones) estaba leyendo a Cansinos. Temí que siempre que leía algo fuera de la misma pluma, del ubicuo Cansinos-Asséns. Poco a poco ese “genio discreto” fue abriéndose paso en mi tertulia interior y me fui encontrando con él cuando menos me lo esperaba porque era un traductor legendario. ¿Hay algún traductor que haya superado la ingente obra de Cansinos? (A esa lista, que ya supondría el gasto de varias vidas de cualquier persona, el discípulo argentino añade la traducción del griego de Juliano el Apóstata). Y sin embargo, él no eligió ser traductor, fue más bien la traducción la que lo eligió a él: “¡El traductor te mata, pobre escritor!”, se lamentaba (Un divino fracaso, NL2).

Pero esta que podríamos denominar deriva de su vida como escritor está evocada en páginas memorables en La novela de un literato y es una de las aventuras más intensas que pueda experimentar un ser humano, sólo comparable a las legendarias de Ulises y los héroes clásicos. Todo el escenario de la época contribuía a ello: los escritores bohemios son una suerte de parias a la espera del Espartaco que los acaudille en rebelión contra la usura y latrocinio de impresores y editores; vagan por un mundo que les rechaza o enajena, proliferan como una soberbia migración de un pueblo bíblico de desterrados y sobreviven en condiciones de increíble abyección gracias a una fe ciega en la escritura, girando como fervorosos musulmanes alrededor de la kaaba de la poesía. El destierro no es figurado, si la obra atentaba de algún modo contra las reglas sociales, el escritor debía salir del país por lo que se conocía como “delito de imprenta”, como recuerda el divino fracasado Rafael que le sucedió al prototipo del escritor bohemio, Alejandro Sawa. Que los duelos literarios podían ir más allá de las palabras lo demostraba el extravagante Valle-Inclán de “figura de ermitaño o de héroe, con sus largas barbas fluviales… y su brazo mutilado”. El viaje del joven escritor por la ciudad se aproxima al de un bufo infierno dantesco, o un mar de vino sin rumbo por el que Cansinos-Asséns, joven protagonista de su vida, va encontrando sus guías o mentores: Villaespesa, encarna la poesía, Nekens un viejo carcunda republicano (“o de la cáscara amarga”), el filósofo extremeño, el escéptico Molano, “Señor de Phocas” y Sophy la sibila dueña del burdel en el que acaban los cabotajes nocturnos de los intelectuales, que odia a los hombres no obstante, y cuyo inglés alcanza a servir de faro al joven Rafael en su primera traducción remunerada cuyo encargo le ha llegado, no sin dificultades, después de una osada entrevista que Rafael mantiene con el prepotente José Lázaro Galdiano, quien lo pone a prueba con un libro de Ralph Emerson, Journey to England. Ese libro, que traduce con la colaboración del archivero liliputiense Lorenzo González Agejas (traduttore traditore), supone la iniciación definitiva del joven poeta en la traducción, el comienzo de su entrega a la escritura, su vocación, siquiera de un modo vicario y, paradójicamente, el principio también de su alejamiento de la creación literaria, de su esclavitud consentida, de su rendición a una vida de meritorio perpetuo cuya única compensación era alcanzar a ver impreso su nombre. La evocación que Cansinos hace de ese momento primero y único de la publicación de un texto creado por él tiene la intensidad de una hazaña: “cogerlo entre las manos trémulas, aún sangrando tinta de imprenta, más grata para el escritor que todos los perfumes y esencias, y buscar en él lo nuestro, con la inquietud de la errata o de la palabra omitida, y ver nuestra firma, nuestro nombre y apellido en letra de molde consagrado por la imprenta, eternizado”. Comenzó así a roer lo que llamaba “el pan de la traducción”.

Sin embargo, por encima y por debajo de la apariencia de heroísmo clásico subvertido, el vellocino más valioso de la prosa ( “el verso infinito”) de Cansinos fue el humor, del que descubre todas la tonalidades y todas las intensidades: el sarcasmo, la ironía, la parodia, el ditirambo, la caricatura. El humor negro, el humor triste, le humor poético. ¡Qué gula verbal la suya! Si habla del “alcoholismo erudito” de Menéndez Pelayo, su humorismo, no menos ebrio, es maravillosamente transgresor.

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Diario de posguerra

Da una tristeza infinita leer sus apuntes de posguerra (Diario de posguerra en Madrid, 1943). Diletante, garboso, señorito, refinado bohemio. Borges lo evoca como “un hombre alto de lentos modales corteses”. Cansinos tiene el aire de ser, con el permiso de Paulino Masip, un Hamlet García gracias a su flâneur desocupado y triste, participando en el mundo lo menos posible, superficialmente, casi mirándolo como el escenario de un teatro (“atisbar así, por la entreabierta cortina, sobre el teatro en penumbra, el luminoso desgarro del escenario”, escribe el 13 de febrero de ese año). Encarnación del spleen madrileño, intelectual desahuciado, confiesa que trata de entretener el día hasta que le llega la hora de la tertulia por la noche. Es un bohemio obligado que huye del alcohol y la miseria. Su historia es la de un vencido, un humillado, y prefiere vagar bajo la lluvia de marzo a ir al cine y tener que soportar la catequesis del régimen franquista. La tertulia es el mayor desorden (confesado) que este pulcro maestro del verso se permite en su forma de vida. Una tertulia en ruinas. El brillo de las conversaciones entre intelectuales ha sucumbido durante la guerra y al hormigueo de escritores trasnochados le sustituye una gavilla de personajes que nos hieren, despojos de humanidad o de inhumanidad: quien pierde en una apuesta el virgo de su novia y, naturalmente, salda su deuda, “por honor”, quien resulta preso en una redada contra invertidos, quien ve frustrados sus deseos de casarse por su fama de pupilera, o porque un gracioso la encierra en el balcón y le habla desde la calle con cariños para espantarle los pretendientes. Ante cualquier exhibición de la ideología triunfante muestra su pose de aceptación resignada, su disentimiento es interior. Durante su deambular, se sienta en un banco y ve pasar sus recuerdos, “los cadáveres de mis amigos”. Súmese a esa devaluación de vida que el espacio antes ocupado por la poesía en las tertulias lo ocupa ahora el teatro, un teatro menor, aburrido, si no de un valor ínfimo. Los cambios afectan también a la ciudad ruinosa, se cambian los nombres de las calles para acomodarlos a la ideología de la dictadura, se depura hasta las estatuas y los monumentos. Curioso que con más de sesenta años, despunte ahora en las notas de vida de Cansinos su faceta erótica, íntimamente oculta en sus anteriores cuadernos: las furias eróticas que le provoca la ausencia de Josefina (su actitud remilgada y su coquetería, como si su novio tuviera veinte años), los delirios de la carne que le despiertan algunas mujeres. La evocación de este Cansinos otoñal, languideciente, surge en su primer libro: “¡Oh tristeza de los hombres maduros, que tienen el pecho negro como los faunos, y en cuyos duros rostros apenas hay una estrecha zona de dulzura sobre los ojos para los besos!” (El candelabro de los siete brazos). Su discípulo bonaerense comienza el prólogo de esos relatos judaizantes con el recuerdo de una idea de Óscar Wilde: “un hombre, en cada instante de su vida, es todo lo que fue y todo lo que será, todo su pasado y su porvenir”. El escritor en cuerpo y alma de la pérfida posguerra estaba ya anticipado en su primera obra. Escribió su epitafio antes de haber compuesto el orden de sus días y sus noches.

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Como dice el editor (Rafael M. Cansinos) de este diario de posguerra, el Casinos que nos encontramos en 1943 es otro bien distinto de aquel de La novela de un literato. La guerra acabó con la literatura y silenció a este poeta arrinconándole al ámbito familiar. A falta de tertulias de interés, las del Cocodrilo, El Gato Negro y el Frisel son caricaturas arnichescas de aquellas en que hervía el ingenio intelectual del Madrid de las décadas que precedieron a la guerra. Resulta patético descubrir a este intelectual incansable, refugiado en traducciones que mutilan caprichosamente los censores de la dictadura; que es novio, un novio cursi de más de sesenta años, y vive al amparo y bajo la autoridad de su hermana celosa. Su pasión por escribir, a partir del comienzo de la etapa franquista, la sacia al parecer en diarios que escribe en diversos idiomas y que permanecen aún sin publicar en su mayor parte. No será aquí donde encontremos lo más perdurable de su creación. Aunque será una parte fundamental para hacerse una idea completa de su figura, cuyo perfil poseemos hoy sólo en sombra, tan amputado como sus escritos. Un escritor reducido a cenizas por la imposibilidad de publicar, por su condición de judío. Bajo sospecha perpetua para el régimen de la dictadura por su libertad de pensamiento, y condenado al gulag del silencio.

Cuánto misterio asediaba a Cansinos. Se percibe en la vida sosa y puritana que llevó, en su bobería sentimental que afecta no sólo a su vida, también a la emotividad de aquellas narraciones melosas que escribió para colecciones de encargo, como la Biblioteca Misterio (La que tornó de la muerte). Yo, arbitrariamente, decidí leerlo de atrás adelante, y transformar en comedia lo que era una tragedia de suplicios, frustraciones y, al fin, presencia de la muerte. Pienso ahora en las escenas finales de su diario de posguerra, en la muerte de su hermana evocada con rasgos que recuerdan el final de Max Estrella y la insensatez de Basilio Soulinake pretendiendo que no está muerto y queriéndole hacer a su amigo difunto la prueba del espejo. Cansinos-Asséns no nos ahorra horrores tampoco. Leídas al revés sus memorias, me dejan un regusto de felicidad, por la evocación vigorosa de aquel aprendiz de poeta, que terminaría dando con su vocación en la escritura en prosa, que idealizaba definiéndola como “el verso infinito”. Pero era también el temblor de aventura de sus primeros contactos con las redacciones de los periódicos atiborradas de ruido, humo y currinches, las violentas discusiones, épicas, en defensa del estilo nuevo, el modernismo, la ciudad de Madrid, que él recorría como si estuviera hojeando un libro laberíntico e interminable. Él lo llama “las angustias del novel”, mucho más intensas y honestas que aquellas otras del premio homófono.

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Arturo García Ramos

Categories: Crítica Literaria

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