Caravaggio y lo inefable – VI: «Resurrezione di Lazzaro» – Francisco Molina González

Caravaggio y lo inefable – VI: «Resurrezione di Lazzaro» – Francisco Molina González

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Caravaggio y lo inefable – VI: Resurrezione di Lazzaro

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Michelangelo Merisi detto il CaravaggioResurrezione di Lazzaro [1609 – Museo Regionale di Messina – Messina – Sicilia – Italia]

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Caravaggio y lo inefable – VI: Resurrezione di Lazzaro

Como ya hemos visto, la estancia oscura, de buena parte de las grandes pinturas de Caravaggio, está
omnipresente como un espacio sin fondo, una puerta a ninguna parte. En esta obra tiene un intenso
color terroso y olor que inunda el cuadro, como si la tierra regurgitara sus raíces. Uno tiene la
impresión de respirar una atmósfera cargada de un sustrato indescriptible de lo inefable de la
existencia.

Como decíamos la composición es la grafología de la imagen, Merisi, como viene siendo habitual,
separa a los distintos grupos humanos por la forma y por el color. Este contraste se manifiesta en
esta obra sobre la resurrección de un difunto, pálido del rigor mortis. por la pugna entre la luz
azulada deslumbrante y las tinieblas densas rojizas. En el espacio azul se encuentran los actores
principales, los que socorren a Lázaro, sus hermanas y el cuerpo de los sepultureros y en la otra,
más caliente y oscura, se encuentra Jesús, las cabezas de dichos sepultureros y los que miran
asombrados la escena.

Sobre la estructura general, se pone de relieve el cruce de elementos en forma de aspa tan habitual
en la obra de Caravaggio, por una parte, la desmaterializada luz que acompaña a Jesús y que
recuerda a la Vocación, y por otra, la diagonal mortecina de Lázaro. La zona más luminosa parece
ceñirse a un cuadrado difuso, como es habitual, y la mano alzada del difunto se sitúa en el centro de
las diagonales máximas de todo el cuadro y, por lo tanto, equidistante a los lados, lo que lleva a
suponer que organizó la composición a partir de este punto. Y como en otras pinturas, dicha mano,
al ser lo más importante, está encajada entre dos oblicuas que se abren a su paso como si fueran parte
de la tierra. En breve, la pintura representa un momento trascendente: la mano asciende como un
ave y provoca que el sudario raído caiga como gotas en la tierra.

En la época en que Caravaggio realizó esta obra estaba siendo perseguido por sus enemigos de
Roma y Malta, y por la tensión psicológica se acentúa su manera de trabajar de forma apresurada y,
por lo tanto, suele copiarse a sí mismo. Por esta razón, como se puede ver en esta pintura, aparecen
tres brazos iluminados casi con la misma intensidad y dirección; por el diseño de la misma cabeza,
desproporcionadas ambas, de los dos sepulturero y por el brazo recortado, por un mal escorzo, de
uno de ellos hasta convertirlo casi en un muñón. Si hasta el momento había sido el gran artífice de
los efectos de la perspectiva del cuerpo humano, aquí parece que este asunto se convierte en un detalle irrelevante, como también se puede apreciar en el mal encaje del pie del personaje que sujeta
a Lázaro. La angustia de sentirse acosado se refleja en su autorretrato, en la cabeza del personaje al
fondo de la escena, que mira hacía la luz y ajeno a la realidad del momento.

En breve, Caravaggio no participa de las convenciones religiosas de su época, se suele remitir a su
propia iconografía con modelos de referencia como los siguientes: la densa atmósfera irrespirable
con la puerta hacia el siempre desconocido inefable, el tamaño del espacio circundante como
dimensión del individuo, el haz de luz y los elementos naturales como metáfora del demiurgo, la
simplificación de los colores en ocasiones a sólo los complementarios, el encaje, urna, del
elemento más importante reforzado en ocasiones por su situación geométrica. El momento
trascendente que representa la pintura que puede ser único o encadenado, el valor expresivo y
geométrico de las manos… Toda esta serie de elementos merecen estudios más detallados.

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Francisco Molina González

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