El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – I – José Biedma López

El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – I – José Biedma López

Overview

El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – I

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Federico de Madrazo y Kuntz – Ramón de Campoamor [1847 – Biblioteca Nacional de España – Madrid – España]

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El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – I

Ni materialismo ni idealismo

Materia y Espíritu

Lo sustancial e infinito es el espíritu; la materia es lo no sustancial y finito. El instinto es sensación inteligenciada; una inteligencia aún sólo sentida. Por debajo del instinto, la materia duerme; por encima de los instintos, el espíritu vela. La ley centrípeta de la materia es el retroceso, la muerte; la ley centrífuga del espíritu es el progreso, la inmortalidad.

En la sucesión de los tiempos todas las creaciones son finitas, deleznables y perecederas. El actual universo y los que le han precedido “más infinitos en número que las arenas del mar” se compone y descompone periódicamente. La intensidad de las creaciones depende de la intensidad en que han sido deseadas por Dios. El Ser personal, “Prometeo del espíritu”, fue encadenado a la materia por Dios, luego los filósofos lo enlazaron a una sustancia divina (espiritual o material), y los sabios y eruditos lo ligaron a la historia y, últimamente, los legisladores, al Estado. Mas el objeto de la creación es “la emancipación gradual y absoluta de todo lo personal”.

Esta posición confirma a Campoamor como un libre-pensador ilustrado.

Amor y muerte

Si la transformación es ley angular de la naturaleza, la muerte no es más que un zic-zac de la vida, pues todo lo finito es accidental, transitorio, mortal y sólo en la esfera superior de la personalidad, de lo espiritual, está lo necesario, lo definitivo, lo inmortal. Campoamor llama “sexualidad produciriz de las etereidades” a lo que los geólogos llaman fuerza cósmica, los físicos “producción natural”, los fisiólogos “generación espontánea”, los teólogos “causas ocultas” y Santo Tomás “virtud del Cielo”. Campoamor ofrece la imagen del pólipo como boceto de la esfera vital del mundo… “la creación está condenada al dichoso fatalismo de desgarrarse las entrañas –sin solución de continuidad‒ para ir vertiendo en el espacio la inteligencia, la virtud y la libertad”.

Materia e inteligencia

Si el humano desapareciese –especula Campoamor‒ otro género “eflorescería”. Evidentemente, la naturaleza no nos ha hecho a todos iguales, por mucho que los “filántropos” se empeñen en ello. Se trata de una herejía contra el mismísimo orden natural que ha establecido una jerarquía y a todos nos ha hecho diferentes. Si bien nos ha igualado a todos en la cualidad de la inteligencia, “todos somos desiguales en la cantidad”. Por su parte, “la escala de la razón tiene mil millones de grados; tantos grados como hombres”.

Modernidad, historia

Bossuet, desarrollando un pensamiento de San Agustín, fue el primero que echó el cimiento de esa retro-visión antiprogresiva y bárbara llamada “ciencia de la historia” (o filosofía de la historia), en la que Bossuet ve una providencia entrometida, Vico una razón estrecha, Herder una retornadora naturaleza y Hegel la Idea, como “una paloma casera que va y vuelve”. Todos ellos son fatalistas, genios guardianes de la barbarie que dicta al progreso: “No pasarás de aquí”. Campoamor es duro crítico de Hegel. Este llama a la Historia “el desenvolvimiento universal del espíritu humano en el tiempo”, simplificación que reduce cómodamente todos los personalismos en uno solo. Cuando Campoamor lee a Hegel, la admiración que le causa acaba por convertirse en un gran dolor de cabeza. Y parece preferir a Condorcet cuando este contempla el progresismo como línea de perfección que apunta a la inmortalidad (sin “final de la historia”).

Catolicismo

Sin embargo, Campoamor no renegará nunca de la moralidad del Cristo y ve en la tradición cristiana una complejidad que se adapta versátil a todas las necesidades del alma humana…

“El catolicismo tiene tantas atmósferas cuantas regiones hay desde el cielo a la tierra: a los espíritus elevados los echa a nadar en las aguas insondables de San Agustin y Santo Tomas, a los espíritus rectos los encanta con la doctrina del Evangelio, a las personalidades exiguas las atrae y asombra con sus bendiciones y sus fiestas. Desde el panteísmo hasta el materialismo, abrazando toda la escala del racionalismo humano, la Iglesia católica, ancha o estrecha, intolerante y magnánima, espiritual y material, mística e idolátrica, tiene manjares para todos los gustos, trajes para todas las edades; y si con sus abstracciones abate el orgullo de los espíritus fuertes, con sus santificaciones eleva hasta el cielo la humildad de los pobres de espíritu.”

Inteligencia y libertad

Nuestra inteligencia es incompleta, y el libro del tiempo es tan espeso, que no nos cabe más que una página de él en la cabeza. El tiempo “gran mitólogo” cambia las realidades en espectros y los espectros en nada. Sus héroes devienen símbolos: el Cid, Guillermo Tell…, como Orfeo o Baco. Inteligencia es el medio de nuestra progresiva personalización.

Los totalitarismos atacan a la familia, que completa al individuo. Pero si bien el Estado completa a la familia no puede ni debe querer suprimirla. Campoamor abomina del fanatismo patriotero. Los patriotas sangrientos son sacerdotes de una divinidad imaginaria, místicos de lo profano, sacrifican entes reales a un fantasma implacable. Este patriotismo consiste en hacer mil seres abyectos para constituir un Nadie glorioso… “Ese gran anónimo llamado Patria es el dios Jagunat [Jagannath, Vishnú], que bajo las ruedas de su carro suele triturar lo más ilustre que descuella en el mundo por su valor, su virtud y su inteligencia”. En definitiva, Campoamor se muestra contrario a todo colectivismo que anule lo individual personal, y el comunismo no es otra cosa sino una oligarquía demagógica constituida en nación, “todo comunismo es una barbarie oficial”. Hay que fundar las sociedades en una verdad pro-individualista, sobre la realidad de la personalidad. No “cada uno para todos”, sino “todos para cada uno”. El colmo del totalitarismo es el gobierno teocrático, la tiranía de la imaginación en la que los pontífices (digamos hoy “ayatolás” o muslimes) ciegan los entendimientos con el velo de la fe.

Sobre el papel del Estado en relación al ideal personalista…

“O el gobierno es la muleta de las individualidades inválidas, o es un huésped incomodo, cuya presencia nos molesta. En consecuencia, el gobierno debe abstenerse de ser un tutor necio de quien no lo necesita, para consagrarse al amparo de quien lo ha de menester.”

Cuanto más se personaliza el humano, elevándose en virtud, en riqueza y en cultura, más procura sacudirse del barbarismo de lo común y de la presión del Estado. La utopía del personalismo absoluto, si se realizase, acabaría con el Estado. La anarquía perfecta sería el orden supremo. Desde esta perspectiva filosófica, el derecho es el respeto que tributamos a nuestra propia personalidad.

La moral y religión

Para Campoamor no hay en el mundo ni casualidad ni fatalismo ni fortuna, pues las eventualidades resultan matemáticamente de leyes naturales y la providencia no es el ídolo al que llaman fortuna o fatalidad, sino una especie de karma del orden moral que produce felicidad general, porque mediante sus leyes se elabora la tela del bien. El mal, aun en su universalidad, es un accidente.

La guerra es un mal. El talante de Campoamor es pacifista, para él pocas guerras han podido tener un motivo loable (moral) y la historia no explica los errores y desastres causados por los humanos. Son las contradictorias entretelas del corazón humano los que explican los fallos históricos.

A propósito de la conveniencia de la religión, Campoamor se pregunta: “¿Qué cosa puede haber más racional que un santuario común, a cuyo umbral deponemos nuestros rencores y adonde entramos a rogar por nuestros enemigos”. La idea de Dios es tan natural en el hombre como la de su propia conservación. Dios es anterior a toda concepción, es una preconcepción. El hombre es naturalmente bueno y sus instintos tienden a benevolentes; lo demuestra el hecho de que pocas veces se hace el mal por placer.

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José Biedma López, Ph. D.

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Notas al texto

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