El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – I – José Biedma López
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El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – I
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El personalismo de Campoamor [Ramón María de las Mercedes Pérez de Campoamor y Campoosorio] – I
Ni materialismo ni idealismo
En su obra El personalismo, apuntes para una filosofía (1855), Ramón de Campoamor apunta a lo universal, “la serie universal” y “la escala de lo infinito”, donde se hallan los principios de las ciencias. No obstante, el poeta, filósofo y político asturiano pone distancia respecto al idealismo, el objeto de la Filosofía no es para él lo absoluto racional, sino lo absoluto experimental. Filósofos y alquimistas, “dos razas de dementes” –exagera [1]‒, se empeñan en dar con un principio absoluto, una sustancia simple, una especie de piedra filosofal. A Campoamor le importan más los hechos que las causas, más “lo fenomenal” que lo esencial; le interesa la síntesis de los efectos más que el análisis de las causas, le importan los últimos fines, las exterioridades, los fenómenos. Y –“como el vulgo”‒ no clasifica a los filósofos por sus principios teóricos, sino por sus resultados prácticos. En lugar de la esencia de las causas, aspira a conocer la relación de las leyes.
Así como las ciencias son la filosofía de lo que sabemos (“el saber probado”, que diría Pedro Cerezo), la Filosofía parece ser la ciencia de todo cuanto ignoramos. “Estudiarse a sí mismo es filosofar. ‘Nosce te ipsum’ es toda una ciencia, cuyo principio no embaraza, cuyo objeto está determinado y cuyo procedimiento es libérrimo”[2]. Y sin embargo, Campoamor constata cómo del templo de la filosofía los modernos han ido desalojando altar por altar y mueble por mueble. La política se ha llevado las ciencias sociales; el derecho, la razón de las leyes; la estética, la filosofía de las artes, etc. ¿Qué va quedando? Obscuridad y espacio, es decir, el pavimento del templo filosófico, el techo y las paredes; lo pasado, lo presente y lo futuro; el abismo del que venimos, la altura a que aspiramos y los rincones en donde nos acurrucamos.
Los materialistas, “cantores de la muerte” y los idealistas, “quijotes de la filosofía”, no han podido ponerse de acuerdo. Unos ven la pequeñez en lo infinito; otros, lo infinito en cualquier pequeñez, como sublimes sonámbulos. Los idealistas pueblan de realidades los dos extremos de la vida; los miopes materialistas, los vacían con dos nadas. Campoamor aprecia “los viajes a la luna” de los idealistas y se confiesa idólatra de la metafísica, “ciencia de lo absoluto bello, de lo absoluto bueno y de lo absoluto verdadero” [3]. Pero para que no adopten sus sistemas el título de la obra de Francisco Sánchez (el Escéptico): Tratado de la muy noble y muy universal ciencia de que nada se sabe, es forzoso admitir como indispensable criterio de verdad algunos hechos del mundo externo como la manzana de Newton o el cometa de Franklin, que hacen a Dios más grande que todos los cuentos de hadas e ideas hegelianas [4]. La secta materialista se levantó contra las chocheces dogmáticas de la vieja Sorbona (el escolasticismo), los empíricos dinamitaron los muros del feudalismo y crearon el sentido común humano.
Para Campoamor, sensación, razón y conciencia son partes del espíritu, del Yo, de la Personalidad, del sujeto, entidad única, simple, indivisa, concreta, infraccionable. La sensación es el yo obrando sobre un hecho; la razón, el yo obrando sobre ideas; y la conciencia, el pensamiento obrando sobre sí mismo. El Yo se hace cargo del mundo con sensación, razón y conciencia, tres facetas “de un solo Yo verdadero”. La razón aislada es la araña de nuestra naturaleza, fabrica telas de su propia sustancia y vive de roerse a sí misma. Girando abrazada a un fantasma que le sirve de eje, la razón se atonta dando vueltas como si estuviera ebria. No obstante, no hay que despreciar a la razón, pues es gran maestra cuando para raciocinar saca sus premisas de los argumentos hechos del corazón… “¡Yo bendigo la razón, pero la razón lanzada hasta Dios por el proyectil del sentimiento!” [5]. Añadiré que las identificaciones afectivas de Campoamor nunca implican vehemencia.
El pensar no es la digestión de impresiones (Cabanis) ni es una secreción orgánica del cerebro, sino el iluminismo alerta del alma, que anticipadamente toma posesión de la eternidad [6]. Pero no se trata de hacer filosofía de la religión como ensayó Averroes [7]. “Si los materialistas han hecho muchos brutos y los idealistas muchos locos, los partidarios de la fe no han dejado de ser fautores de muchos bobos”. Hay que sustituir la “fe escolástica” por una “fe de sentimiento”. Para Campoamor, un imán que no engaña nunca es “el deliquio involuntario del amor de Dios”. Un Dios inducido por el sentimiento, no como causa, sino deducible como fin. El Dios inductivo es bueno, sabio, justo y poderoso… crea deseando y armoniza creando [8]. Dios, “personalismo infinito”, todo lo puede menos crear un absoluto como Él, por eso todas sus creaciones sucesivas tienen por objeto la formación del semi-Dios, del personalismo relativo, desde el caos, plural de todos los singulares, hasta el humano, singular de todos los plurales. Tal es la fórmula del gran enigma: DEL SUPREMO CONJUNTO, A LA UNIDAD SUPREMA.
Materia y Espíritu
Lo sustancial e infinito es el espíritu; la materia es lo no sustancial y finito. El instinto es sensación inteligenciada; una inteligencia aún sólo sentida. Por debajo del instinto, la materia duerme; por encima de los instintos, el espíritu vela. La ley centrípeta de la materia es el retroceso, la muerte; la ley centrífuga del espíritu es el progreso, la inmortalidad.
Todo se va individualizando en progresión, desde la agregación a la vegetación, de esta a la sensibilidad, de la sensibilidad al instinto, línea ecuatorial que divide la materia del espíritu, el infinito negativo del infinito positivo. De la cosa a la persona, lo orgánico se vuelve anímico, fuerza psíquica, por eso dijo Platón que el alma es movimiento que se mueve a sí mismo [9]. Desde el caos, desde el conjunto supremo, lo objetivo universal, en dirección y elevación a lo creado, a lo determinado, a lo subjetivo particular: “Desde todos es uno, hasta en cada uno el todo.”
La creación es la expansión espiritual del deseo de Dios que todo lo vivifica, desde el más gigantesco astro a los elementos más imperceptibles. La materia converge hacia el objeto y el espíritu diverge hacia el sujeto. La materia gravita hacia el abismo de la nada; el espíritu asciende hacia el ser personal. Dios ha creado materia y espíritu porque sin objeto no puede haber sujeto, “el yo sin el no-yo sería un sueño”, pero tampoco puede haber materia sin espíritu-vida (fuerza vital). Campoamor llama “etereidades” a los agentes o fluidos imponderables de los naturalistas. La transformación de éteres entraña la evolución de la materia [10]. La materia es forma física de la eternidad con sus jerarquías desde lo infinito negativo hasta la aurora de la personalidad. Las leyes físicas de la materia (lo no personal) son inconscientes, infalibles, ciegas, fatales. Las del Espíritu, las de lo personal, son de naturaleza moral, prescientes, modificables, inteligentes, arbitrales y libérrimas. “Desde el átomo hasta el instinto todo es fatal. Desde el instinto hasta Dios todo es racional”.
En la sucesión de los tiempos todas las creaciones son finitas, deleznables y perecederas. El actual universo y los que le han precedido “más infinitos en número que las arenas del mar” se compone y descompone periódicamente. La intensidad de las creaciones depende de la intensidad en que han sido deseadas por Dios. El Ser personal, “Prometeo del espíritu”, fue encadenado a la materia por Dios, luego los filósofos lo enlazaron a una sustancia divina (espiritual o material), y los sabios y eruditos lo ligaron a la historia y, últimamente, los legisladores, al Estado. Mas el objeto de la creación es “la emancipación gradual y absoluta de todo lo personal”.
Esta posición confirma a Campoamor como un libre-pensador ilustrado.
Amor y muerte
La Naturaleza es un drama cuyo lema es “el amor y la muerte”; el mundo, escenario de una tragedia divina, un calvario en que hallaremos el amor que crea y el dolor que purifica, la materia que se une y el espíritu que se desune, el amor que concentra y el dolor que irradia [11]. Por eso el amor físico no es más que un acto de gravitación, último residuo del limo terrenal, que repugna a la inteligencia si se le destituye del sentimiento moral. Por su parte, “el dolor ni se debe buscar ni se debe rehuir”, representa el esfuerzo del alma por acceder al infinito positivo, su redención.
Si la transformación es ley angular de la naturaleza, la muerte no es más que un zic-zac de la vida, pues todo lo finito es accidental, transitorio, mortal y sólo en la esfera superior de la personalidad, de lo espiritual, está lo necesario, lo definitivo, lo inmortal. Campoamor llama “sexualidad produciriz de las etereidades” a lo que los geólogos llaman fuerza cósmica, los físicos “producción natural”, los fisiólogos “generación espontánea”, los teólogos “causas ocultas” y Santo Tomás “virtud del Cielo”. Campoamor ofrece la imagen del pólipo como boceto de la esfera vital del mundo… “la creación está condenada al dichoso fatalismo de desgarrarse las entrañas –sin solución de continuidad‒ para ir vertiendo en el espacio la inteligencia, la virtud y la libertad”.
Materia e inteligencia
El misticismo ha calumniado a la materia, peana de la personalidad, insultándola con los nombres de pecado, carne y demonio, pero es la ceniza generatriz de inteligencia. Es la tierra, lodo sagrado de lágrimas y sangre, madre de ángeles. No tienen razón los místicos, esos ateos por bondad, ya que la materia es lecho divino en que descansa durante largo insomnio el espíritu. El espíritu no sería más que un sonámbulo flotando por el Caos sin lo finito accidental, sin la existencia material [12]. La materia es, por consiguiente, antítesis necesaria del espíritu (afirmación universal). De la síntesis de materia y espíritu nace la Personalidad completa, siendo su reverso la Naturaleza como no-esencial, que por reflexión esencializa el ser y por contraposición sustancializa el espíritu. La materia, a remolque siempre del espíritu, se transforma o extingue a cada nueva fecundación etereidal.
Nada hay muerto del todo, pero lo que no irradia, se aniquila; lo que no asciende hacia lo infinito positivo, desciende a lo infinito negativo, que es la nada. El alma, el espíritu es hechura de Dios, pero no es parte de Dios [13]; así como la estatua de Psiquis de Antonio Canova es hija del espíritu del escultor italiano, pero no es parte de su espíritu (Campoamor es enemigo de cualquier veleidad panteísta y critica con rigor y dureza en esta y en otras obras filosóficas la posición del Baruch Spinoza). El porvenir de la materia es deshacerse en el espacio como si fuese un espectro.
“El gran recipiente de la naturaleza tiene por objeto psicológico final la elaboración del ser pensante. El ser pensante, crisolización de todas las quintas-esencias de las etereidades superpurificadas, ya esté, como actualmente, representado por el ser humano, ya en lo venidero se manifieste bajo otra forma [14], siempre será el producto natural, la consecuencia lógica de las elaboraciones de los universos”
Si el humano desapareciese –especula Campoamor‒ otro género “eflorescería”. Evidentemente, la naturaleza no nos ha hecho a todos iguales, por mucho que los “filántropos” se empeñen en ello. Se trata de una herejía contra el mismísimo orden natural que ha establecido una jerarquía y a todos nos ha hecho diferentes. Si bien nos ha igualado a todos en la cualidad de la inteligencia, “todos somos desiguales en la cantidad”. Por su parte, “la escala de la razón tiene mil millones de grados; tantos grados como hombres”.
Modernidad, historia
Del otro lado, “el comodismo moderno [15], proveyendo solícitamente a la satisfacción de nuestros menores deseos, ha gastado radicalmente nuestra energía, hasta el punto de atenuar el sentimiento en que estriba la perpetuidad de las especies: el amor”[16]. La modernidad no ha hecho a los hombres más felices, porque los humanos se han civilizado en sus accidentes. Toda iniciativa de progreso, todo honor histórico [17], pertenece al genio, que es lo más íntimamente personal.
Bossuet, desarrollando un pensamiento de San Agustín, fue el primero que echó el cimiento de esa retro-visión antiprogresiva y bárbara llamada “ciencia de la historia” (o filosofía de la historia), en la que Bossuet ve una providencia entrometida, Vico una razón estrecha, Herder una retornadora naturaleza y Hegel la Idea, como “una paloma casera que va y vuelve”. Todos ellos son fatalistas, genios guardianes de la barbarie que dicta al progreso: “No pasarás de aquí”. Campoamor es duro crítico de Hegel. Este llama a la Historia “el desenvolvimiento universal del espíritu humano en el tiempo”, simplificación que reduce cómodamente todos los personalismos en uno solo. Cuando Campoamor lee a Hegel, la admiración que le causa acaba por convertirse en un gran dolor de cabeza. Y parece preferir a Condorcet cuando este contempla el progresismo como línea de perfección que apunta a la inmortalidad (sin “final de la historia”).
Catolicismo
El catolicismo fue ya, antes de que Hegel lo asuma en su dialéctica, una síntesis de cristianismo y paganismo. Campoamor es crítico con el catolicismo de su época: “La Roma moderna, convertida en centro del catolicismo y ayudada por la pujanza de los españoles de la dinastía austríaca, han convertido la religión más dulce, más humanitaria y más espiritual, en un culto fiero, intolerante y casi tan fatalista como el islamismo”. Los príncipes de la Iglesia debieran empezar antes por ser príncipes de las letras, es decir, por ilustrarse [18].
Sin embargo, Campoamor no renegará nunca de la moralidad del Cristo y ve en la tradición cristiana una complejidad que se adapta versátil a todas las necesidades del alma humana…
“El catolicismo tiene tantas atmósferas cuantas regiones hay desde el cielo a la tierra: a los espíritus elevados los echa a nadar en las aguas insondables de San Agustin y Santo Tomas, a los espíritus rectos los encanta con la doctrina del Evangelio, a las personalidades exiguas las atrae y asombra con sus bendiciones y sus fiestas. Desde el panteísmo hasta el materialismo, abrazando toda la escala del racionalismo humano, la Iglesia católica, ancha o estrecha, intolerante y magnánima, espiritual y material, mística e idolátrica, tiene manjares para todos los gustos, trajes para todas las edades; y si con sus abstracciones abate el orgullo de los espíritus fuertes, con sus santificaciones eleva hasta el cielo la humildad de los pobres de espíritu.”
En una palabra, el catolicismo, su matriz religiosa, soslayando sus excesos y errores históricos es tradición pródiga para los aristócratas del espíritu, pues ofrece misterios, abstracción, espiritualismo; a la mesocracia ofrece sermones, racionalismo, doctrina; y a los demócratas, procesiones, músicas y perdones [19]… Vemos pues que tanto Campoamor como Ortega mantuvieron decididamente sus distancias ante cualquier forma de derecha católica integrista, como recuerda Gustavo Bueno en el prólogo a sus Obras completas (Pentalfa, Universidad de Oviedo 2003).
Inteligencia y libertad
Nuestra inteligencia es incompleta, y el libro del tiempo es tan espeso, que no nos cabe más que una página de él en la cabeza. El tiempo “gran mitólogo” cambia las realidades en espectros y los espectros en nada. Sus héroes devienen símbolos: el Cid, Guillermo Tell…, como Orfeo o Baco. Inteligencia es el medio de nuestra progresiva personalización.
El mejor de los Estados es aquel que inscriba en todos sus edificios públicos el principio sansimoniano: “A cada uno según su capacidad, y a cada capacidad según su mérito”. Campoamor asimila el panteísmo [20] al totalitarismo que detesta: “El todo es uno de los [conceptos] panteístas aplicado al Estado, la absorción de la unidad individual por la totalidad social, es anularse físicamente para realizarse en abstracto, es morir en persona para vivir en especie”. Menos mal que el sentimiento instintivo, vago, informulado, de la personalidad lucha incesantemente contra todas las tiranías de la naturaleza, de la especie y del Estado. “Gobernar a los hombres bajo la ley de una igualdad absoluta, es la extravagancia de la tiranía. Desindividualizarlos para formar una entidad colectiva, es trocar la realidad por un sueño” [21]. La felicidad acompaña a la inteligencia, pero Campoamor no se hace ilusiones respecto a la utópica perfección de la inteligencia humana: “Los problemas morales que aquejan a la humanidad son de solución imposible mientras no aparezca otra raza de más lata inteligencia que las conocidas”. En cualquier caso “la humanidad, no sólo se salvará por sí misma, sino a pesar de sí misma”[22].
Los totalitarismos atacan a la familia, que completa al individuo. Pero si bien el Estado completa a la familia no puede ni debe querer suprimirla. Campoamor abomina del fanatismo patriotero. Los patriotas sangrientos son sacerdotes de una divinidad imaginaria, místicos de lo profano, sacrifican entes reales a un fantasma implacable. Este patriotismo consiste en hacer mil seres abyectos para constituir un Nadie glorioso… “Ese gran anónimo llamado Patria es el dios Jagunat [Jagannath, Vishnú], que bajo las ruedas de su carro suele triturar lo más ilustre que descuella en el mundo por su valor, su virtud y su inteligencia”. En definitiva, Campoamor se muestra contrario a todo colectivismo que anule lo individual personal, y el comunismo no es otra cosa sino una oligarquía demagógica constituida en nación, “todo comunismo es una barbarie oficial”. Hay que fundar las sociedades en una verdad pro-individualista, sobre la realidad de la personalidad. No “cada uno para todos”, sino “todos para cada uno”. El colmo del totalitarismo es el gobierno teocrático, la tiranía de la imaginación en la que los pontífices (digamos hoy “ayatolás” o muslimes) ciegan los entendimientos con el velo de la fe.
No obstante, Campoamor, sin ser tradicionalista, defendía el derecho consuetudinario pues “las costumbres son constituciones tácitas”. Con su “doctrinarismo pragmatista” apostaba por la estabilidad y el orden, evitando tanto los excesos revolucionarios como la rigidez absolutista mediante un equilibrio de poderes y una participación política elitista [23]. Para el asturiano, la fuerza y la justicia son el Hércules y la Astrea de las condiciones de un gobierno, símbolos de la energía y de la belleza moral cumplida. Un gobierno es estable cuando arbitra los medios para que se le asocien los grandes temperamentos, que en el mundo son muy pocos…
Sobre el papel del Estado en relación al ideal personalista…
“O el gobierno es la muleta de las individualidades inválidas, o es un huésped incomodo, cuya presencia nos molesta. En consecuencia, el gobierno debe abstenerse de ser un tutor necio de quien no lo necesita, para consagrarse al amparo de quien lo ha de menester.”
Cuanto más se personaliza el humano, elevándose en virtud, en riqueza y en cultura, más procura sacudirse del barbarismo de lo común y de la presión del Estado. La utopía del personalismo absoluto, si se realizase, acabaría con el Estado. La anarquía perfecta sería el orden supremo. Desde esta perspectiva filosófica, el derecho es el respeto que tributamos a nuestra propia personalidad.
Campoamor desconfía del sufragio universal [24], adoptando una postura elitista o aristocratizante, porque “todo plebiscito tiene por resultado o la proclamación de Barrabás o el ostracismo de Arístides”. La aristocracia que le parece respetable es la adquirida por el valor, por la moral o por la sabiduría y las democracias modernas son “tontolatrías de la multitud”, porque el sufragio universal constituye en directores del Estado al idiotismo y a la inercia de la demagogia, que, como el plomo hacia la tierra, gravita hacia la barbarie. El liberalismo de Campoamor quiere la libertad gradual y absoluta de todo lo inteligente, es decir, de todo lo personal [25]. Define a los comunistas como “desertores de la inteligencia” y “de la personalidad humana”, como “Alcibíades inmorales, que sólo por despecho vienen a asediar a Atenas al frente de los extranjeros”. Al final de El personalismo, Campoamor da razón de su precoz afiliación “en esa oligarquía de la inteligencia llamada justo-medio o partido moderado”. El mismo define su posición política como “ultra-reformismo práctico” [26]. Su programa (teóricamente aristócrata pero de democratismo práctico) es “la emancipación gradual y absoluta de todo lo inteligente, de todo lo personal” (Epílogo, cap. IV).
La moral y religión
Para Campoamor no hay en el mundo ni casualidad ni fatalismo ni fortuna, pues las eventualidades resultan matemáticamente de leyes naturales y la providencia no es el ídolo al que llaman fortuna o fatalidad, sino una especie de karma del orden moral que produce felicidad general, porque mediante sus leyes se elabora la tela del bien. El mal, aun en su universalidad, es un accidente.
La guerra es un mal. El talante de Campoamor es pacifista, para él pocas guerras han podido tener un motivo loable (moral) y la historia no explica los errores y desastres causados por los humanos. Son las contradictorias entretelas del corazón humano los que explican los fallos históricos.
A veces, el personalista sentencia como estoico: “Todos los cuerdos tienen por lo menos una vena de locos: la esperanza”. A la esperanza le sirve de contrapeso el temor, “miedo” en sentido moral, “circunspección”, aplicado a la sociedad. Sin esta, el Estado social sería una orgía perpetua. La secretividad es la careta de las pasiones, el “pintar de Murillo que lo idealiza todo, incluso las gangrenas del alma”. “Cuando la reserva [27] no es la tenebrosa virtud de la hipocresía, es la prudente hipocresía de la virtud”.
“La moral es la religión de las religiones” y Dios, que no tiene nombre, los tiene todos. Es la buena intención el carro del triunfo que nos permite sobreponernos a todas las sectas, hasta el seno de la omnipotencia [28]. La tolerancia es barómetro de la civilización, todo pueblo, cuanto más salvaje es, más intolerante. “El fanatismo es un burro que bebe sangre”, por eso las peores barbaridades han sido cometidas por supersticiosos célebres o por fanáticos. “El hombre embrutecido por la superstición es el más vil de los animales”. Y es que en religión se debe persuadir, no mandar [29]. La siguiente máxima del epílogo suena muy kantiana: “Antes de adorar a nadie, empecemos por aconsejar al hombre que se haga digno de adorarse a sí mismo”.
A propósito de la conveniencia de la religión, Campoamor se pregunta: “¿Qué cosa puede haber más racional que un santuario común, a cuyo umbral deponemos nuestros rencores y adonde entramos a rogar por nuestros enemigos”. La idea de Dios es tan natural en el hombre como la de su propia conservación. Dios es anterior a toda concepción, es una preconcepción. El hombre es naturalmente bueno y sus instintos tienden a benevolentes; lo demuestra el hecho de que pocas veces se hace el mal por placer.
Cristo purificó la moral de Moisés con su bondad. Los sentimientos morales, menos ciegos que las pasiones, son el limbo de la inteligencia, porque adivinan sin raciocinar y piensan sintiendo. Esta continuidad del sentir y del pensar de Campoamor anticipa la de Unamuno. El sentido moral es ya un pie en el otro mundo. La moral es una pasión de arriba abajo porque echa raíces en el Cielo [30]. La religión –como la moral‒ es presentimiento de lo absoluto, alba de la luz increada. En la moral [31] vibra completo el sentimiento de la individualidad, la idea de lo infinito, como semi-dios o ser unipersonal.
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José Biedma López, Ph. D.
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Notas al texto
[1] Campoamor usa y abusa de la hipérbole con fines expresivos, poéticos y humorísticos.
[2] Epílogo, capítulo VI.
[3] La actitud de Campoamor frente a la metafísica es ambigua. Lo mismo la adora y supone imprescindible como orden general de todos los saberes, que la critica con dureza: “La metafísica es una cirugía de fantasmas; es, como dice Dugal Stewart, ‘una virgen consagrada al señor, que no da ningún fruto’. Es una especie de misticismo intelectual, que se entretiene en analizar las creaciones del espíritu en la plenitud de la más evidente locura. Si la metafísica es lo que es, y la física lo que aparece, nosotros vamos a escribir la física de la metafísica. Ya que después de tres mil años no se ha podido explicar lo que aparece por lo que es, intentemos explicar lo que es por lo que aparece” (Epílogo, VI). No obstante en Lo absoluto (1865): “En todos los naufragios morales y políticos no hay más tabla de salvación que la metafísica. Esclarecer las ideas es poner en orden el mundo”. “Toda civilización que no se apoya en la metafísica, o es iroquesa como la esparciata, o brutal como la romana”.
[4] En el orden moral –dice Campoamor‒ todos los pueblos del mundo describen a Dios de la misma manera, porque, como para todos es indescriptible, para todos es idéntico.
[5] Refiriendo al empirismo francés, Campoamor celebra su apuesta por la emancipación humana, pero reprocha a Rousseau su locura de haber casado a la diosa Razón con el Ser supremo, aunque, puestos a buscarle pareja al Gran Célibe, “no sé yo en qué parte podría hallar una compañera más digna para el caso que la diosa Razón”
[6] Ecos de esta concepción del pensar sub specie aeternitatis se hallan también en Eugenio D’Ors.
[7] La racionalización del Islam que emprendió Averroes alcanzó su corrolato cristiano en Tomás de Aquino, que sin ser averroísta nunca habló mal del cordobés al que tuvo en cuenta, pero el esfuerzo del musulmán andalusí fue infructuoso en relación al progreso del Islam, que lo descartó de su tradición.
[8] En opinión de Campoamor, el idealismo o espiritualismo moderno “ha suprimido a un Dios ontológico para suplantarlo con un Dios psicológico creado por el yo, en el yo, y para el uso más cómodo del yo” (en Lo absoluto).
[9] El platonismo de Campoamor se acentúa en Lo absoluto (1865), donde afirma que “El dechado ideal, el ejemplar, el tipo absoluto a que toda cosa se refiere, no puede dejar de existir, porque su existencia es de absoluta necesidad” (cap. 1º, III.)
[10] Hoy podríamos hablar del ADN, de los genes y de los cromosomas como probados “éteres”.
[11] El dolor, “nuestro compañero más aborrecido, más consecuente y más íntimo. ¡El dolor! Voz del cielo, divino mensajero que nos anuncia la futura redención de nuestro espíritu”: la separación de su compañera, la materia, el no-ser finito, objetivo y accidental.
[12] Podríamos considerar la razón de Campoamor como una “razón poética”, sin la carga piadosa que añade el pensar de María Zambrano.
[13] Con más intensidad y radicalidad de los krausistas, Campoamor abomina de todo panteísmo.
[14] Esta otra forma podría ser una Inteligencia artificial u otras especies inteligentes.
[15] Al que hoy podríamos llamar también bienestar anestesiado o cómodo entumecimiento (“confortably numb”, por citar el célebre tema de Pink Floid.
[16] Me pregunto qué hubiera dicho Campoamor de haber catado el antinatalismo contemporáneo y las perversiones del narcisismo. Estuvo felizmente casado con Guillermina O’Gorman, a la que eleva a semidiosa en la autobiografía intelectual con que remata El personalismo, llamándole “una gracia que vale por tres: la reunión de Aglaya, Talia y Eufrosina; el pudor, la hermosura y la alegría juntas; o como dice más elegantemente Séneca: ‘La que da el beneficio, la que lo recibe y la que lo devuelve’”.
[17] Para Campoamor, la historia (historiografía) no puede ser una ciencia y ni siquiera un arte, sólo es la más provechosa y divertida de las fábulas: “en la farmacopea de los remedios morales, el principal específico es la historia”. Campoamor parece creer en una especie de karma, así dice que la providencia es al orden moral lo que la naturaleza es a las ciencias físicas, pero también, contradictoriamente, dice en otro lugar que la providencia es ídolo con muchos nombres: causalidad, fatalismo, fortuna…
[18] Recuerda con pesar, autobiográficamente, como le enseñaron de chico la doctrina cristiana, fanáticos e ignorantes, como un preceptualismo dogmático, con la manía de “terrorizarlo” todo e imponer el sacrificio cruento en lugar de la misericordia, al archicrucificado en lugar del Jesús interpuesto sublimemente entre los lapidadores y la adúltera.
[19] No extraña que algunos críticos hayan visto en estas ideas de Campoamor un cierto cinismo integrador o integrista.
[20] Campoamor empareja el panteísmo con el materialismo, este como corolario de aquel: “Si todo es Dios, y Dios es todo, Dios no es nada. Entonces no existe más que la materia con sus leyes y sus agentes de diversos órdenes”.
[21] “El género humano, el estado, la sociedad, la patria, personajes impersonales, espíritus ficticios de cuerpos verdaderos, fundiciones revertidoras de la personalidad al caos: todas estas entidades colectivas no son más que la explotación del hombre por la nada (Epílogo cap. IV)”.
[22] Este optimismo de fondo recuerda “la secreta intención de la naturaleza” kantiana, nombre ilustrado de la divina providencia.
[23] En lo político Campoamor fue un moderado monárquico que ocupó cargos públicos importantes durante la Restauración y el gobierno de Cánovas del Castillo, como Director general de Beneficencia y Sanidad (1875-1878) y como diputado. Fue director del diario El Estado de ideología moderada. El liberalismo doctrinario de origen francés, también llamado “doctrinarismo” buscaba una vía intermedia entre el absolutismo monárquico y el liberalismo revolucionario radical. Sus principales características fueron: soberanía compartida o “de la razón” entre el Rey y las Cortes, constitucionalismo moderado, rechazo del sufragio universal (defensa del censitario), defensa de la propiedad y la movilidad social. En España, otras figuras del doctrinarismo fueron Francisco Mnez. de la Rosa, A. Alcalá Galiano, Juan Donoso Cortés y, más tarde, Cánovas del Castillo con la Constitución de 1876.
[24] “En los comicios se suicida el ciudadano para dar vida a esa mistificación tenebrosa, a ese fantasma voluntarioso y feroz, indeterminado o indeterminable, denominado patria”.
[25] “Yo siempre he sido un liberal de estómago delicado. En España eran liberales los caballeros cuando era la plebe servil; después que la plebe se fue liberalizando, los caballeros fueron transigiendo con las ideas realistas, sin duda por la misma razón que algunas personas prefieren los ratones a los gatos… Mi amor a la popularidad nunca ha degenerado en pasión por el populacherismo” (Epílogo, cap. IV).
[26] Como político en activo y con ocasión de un tumulto vivido en Valencia en el que se sintió humillado, Campoamor reconoce no amar a la muchedumbre y que, no obstante sin amarla, ha procurado y seguirá intentando hacerle todo el bien posible. Si algún día le tocase tomar la cicuta como Sócrates por no “someterse a ninguna de las tontolatrías con que de vez en cuando la humanidad se embrutece”, apurará impasible la pócima decretada. A Campoamor, el mando le dio más disgustos que satisfacciones, según declara en el quinto capítulo del epílogo de El personalismo, cuyos manuscritos ordenó después de la revolución del 54.
[27] Refiere a la “reserva” como discreción.
[28] En este sentido, podría decirse de Campoamor que es kantiano… Su moral, un humanismo de la dignidad de la persona, es decir, del sujeto que pugna por hacerse persona gracianescamente. Por el contrario, la epistemología de Kant le parece al asturiano “un noséqueismo desolador” (en Lo absoluto de 1865).
[29] Cita a este respecto a Orígenes.
[30] Evidentemente, con este Cielo mayúsculo no nos referimos al cielo astronómico.
[31] “En moral el Evangelio, en historia las vidas paralelas [Plutarco], en literatura don Quijote”.

