El píleo y el puñal – Juan Luis Calbarro
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El píleo y el puñal
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El píleo y el puñal
Herido ya de muchos, miró en derredor, queriendo apartarlos; pero cuando vio que Bruto sacaba una espada contra él, soltó la mano de que tenía asido a Casca y, cubriéndose la cabeza con la toga, entregó el cuerpo a los golpes.
Lucio Mestrio Plutarco, Vidas paralelas
Bruto: ¿Quién hay aquí tan abyecto que quiera ser esclavo? Si hay alguno, que hable, porque lo he ofendido.
William Shakespeare, Julio César
Más de dos años después del asesinato de César, tras la segunda batalla de Filipos y derrotado inapelablemente por los herederos del dictador, Bruto se dejó caer sobre su espada y puso fin a su virtuosa y republicana existencia. Había pasado a la historia como traidor al gran Julio, para unos, o como heroico defensor de la República frente a la autocracia, para otros.
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Libertador o magnicida, en los años que Bruto pasó en los Balcanes al frente de su ejército, le dio tiempo a acuñar varias monedas ―disponía de una ceca móvil― para pagar las soldadas de las legiones que comandaba, que llegaron a ser ocho. De aquella época (43 a. C.) data el denario conocido como de los idus de marzo, con el que el asesino pretendía explotar los dos valores del dinero en épocas de escasa alfabetización: el pecuniario y el propagandístico. En el anverso de aquella moneda aparecía la efigie del propio Bruto flanqueada de dos inscripciones: BRVT IMP, en alusión al rango militar del personaje, y L PLAET CEST, abreviatura del nombre del cuestor Lucio Pletorio Cestiano, que acuñaba moneda para su general. El reverso reproducía dos puñales, que representaban a los caudillos de aquellos alzados contra César ―Bruto y Casio― y, entre ellos, un píleo. Al pie de la composición, la inscripción EID MAR recordaba la fecha del magnicidio.
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Sabemos que uno de los indicios de personalismo que alimentaron entre los republicanos la sospecha de que César aspiraba a la corona fue la serie de monedas en que este hizo grabar su efigie, al estilo de los monarcas helenísticos. El abnegado Bruto incurría, así, en una contradicción en absoluto menor cuando aportaba su perfil al anverso de sus propios denarios; aunque podamos entender que considerara la importancia de la propaganda por vía glíptica.
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En cuanto al píleo ―de forma cónica y tejido en lana―, usado en la antigua Grecia como gorro de viaje (πῖλος), sabemos que en Roma se asoció con la ceremonia privada de manumisión: el propietario imponía el tocado al esclavo liberado, que a partir de ese momento lo vestiría habitualmente como signo de su condición de liberto. Así, cuando Bruto y Casio situaban un píleo entre los dos puñales y conmemoraban la muerte violenta del estadista, estaban afianzando el mensaje de que mediante aquel crimen habían liberado a la República de la tiranía cesariana. Es al menos curioso que un error de identificación diese origen a las representaciones contemporáneas de las libertades ciudadanas: los revolucionarios franceses de finales del siglo XVIII confundieron el píleo con el gorro frigio, originalmente un símbolo de Oriente que en la iconografía antigua, consecuentemente, habían portado personajes muy dispares pero con un origen común en el este remoto: el dios Mitra; el consorte de Cibeles, Atis; y hasta los Reyes Magos en un célebre mosaico bizantino de la basílica de San Apolinar el Nuevo en Rávena. Desde ese momento, se usó el gorro frigio como símbolo de la libertad y, así, lo encontramos en la iconografía republicana francesa y estadounidense (tanto Marianne como Columbia van característicamente tocadas) y, por imitación, en la numismática y la heráldica de numerosas repúblicas que, de no haberse dado la mencionada confusión, emplearían el píleo con ese fin.
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El denario de los idus de marzo circuló por todo el imperio romano. Ha sido considerado por muchos numismáticos la moneda del mundo antiguo más importante de la historia por su enorme contenido simbólico, por su relevancia historiográfica, por contener la única representación existente del rostro de Marco Junio Bruto y, claro está, por su escasez: a día de hoy, se conservan en torno a un centenar de ejemplares en todo el mundo. El precio de los denarios de Bruto, dependiendo del estado de conservación de cada ejemplar, alcanza actualmente entre los 100.000 y los 500.000 euros; el récord establecido para una moneda romana de plata se estableció en 2011 en los 546.250 dólares en que se adjudicó en una subasta celebrada en Los Ángeles uno de estos denarios.
El ejemplar que hoy podemos admirar en el Museo Arqueológico Nacional tiene una historia más que curiosa. En 1733, quizá en el contexto de obras de mantenimiento del embalse local, es desenterrado en Ontígola (provincia de Toledo) un conjunto de monedas romanas de plata que llega poco después a la Real Librería Pública, antecedente del MAN. Entre 1733 y 1736, el bibliotecario mayor de aquella institución, Blas Antonio Nasarre, cataloga pieza a pieza las 133 monedas ―115 del fondo de la Librería y 18 que entre el momento del hallazgo y el de la entrega en la Librería ya habían sido distraídas por coleccionistas particulares― en un manuscrito hermosamente caligrafiado y encuadernado que se destinaba personalmente al rey Felipe V. Las unidades catalogadas pertenecen al período comprendido entre 155 a. C. y el reinado de Tiberio. En 1743 se alude por última vez al tesoro en un inventario del museo que se conserva en la British Library, y desde entonces se dispersa y desaparece su rastro.
La investigadora Paloma Otero Morán, conservadora del Departamento de Numismática y Medallística del MAN, ha conseguido en años recientes identificar con seguridad 38 de las 133 monedas catalogadas por Nasarre en los fondos del Arqueológico. La dispersión del tesoro se pudo deber a diversas causas individuales o combinadas, entre las que cabe mencionar los traslados, los cambios de sistema de catalogación e identificación, las guerras o la práctica decimonónica de intercambiar monedas repetidas con otras instituciones españolas o internacionales… Resucita parcialmente, así, un tesoro que había permanecido extraviado desde 1743, disuelto en el mar de miles de denarios que conserva la colección del museo.
El tesoro de Ontígola incluía, claro, el denario de los idus de marzo que protagoniza la microexposición que alberga desde el 14 de enero de 2025 el espacio Vitrina Cero del Arqueológico, y que bien pudo llegar a Hispania en la faltriquera de algún veterano de la tercera guerra civil romana, pero también pudo hacerlo en la bolsa de algún mercader oriental que arribase a las costas levantinas. Basándose en la magnífica investigación de Otero, la muestra ofrece una contextualización muy completa y sugerente de la pieza. Acompañan al denario de Bruto los otros denarios identificados como procedentes de Ontígola, presentados en un precioso monetario de maderas nobles, plata y hierro del siglo XVIII, que perteneció al infante don Gabriel de Borbón y Sajonia. Flanquea el denario un puñal biglobular del siglo II o I a. C. con su funda, similar a los que hirieron al divino Julio y a los que reproduce el numisma. El delicioso catálogo manuscrito de Nasarre se ofrece al público abierto por su ficha 38, que corresponde a la moneda de la que hablamos. En una crátera griega del siglo IV a. C. procedente de Paestum, Orestes es delicadamente representado desnudo, pero calzado y tocado con un píleo. Una preciosa medalla de Lorenzino de Medici ―asesino del duque Alejandro cual nuevo Bruto en la agitada Florencia del Renacimiento― retoma el modelo del píleo entre dos dagas. Y se muestran varias piezas de metal que asumen la tradición republicana en su evolución desde el píleo grecorromano al gorro frigio: un denario de 75 a. C., ocho reales mexicanos de 1889, una medalla francesa para la Exposición Universal de Madrid de 1927… El excelente montaje resulta eficazmente informativo y evocador de un mundo lejano en el que, sin embargo, hace más de dos mil años se estaban sembrando las semillas simbólicas del presente.
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Juan Luis Calbarro
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Bibliografía
David Barreira, «La odisea del tesoro de monedas romanas de plata descubierto en Toledo que se perdió dos veces», El Español, Madrid, 15 de enero de 2025.
Paloma Otero Morán, «Ontígola, 1733: el tesoro que siempre estuvo ahí», Boletín del Museo Arqueológico Nacional, 42, Madrid, 2023, pp. 723-745.
Domingo Vallejo Sanz, «Los Idus de marzo, un denario de récord», La túnica de Neso, blog, 28 de septiembre de 2011.
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