El romanticismo de E. T. A. Hoffmann – II – Dolores Alcántara Madrid

El romanticismo de E. T. A. Hoffmann – II – Dolores Alcántara Madrid

El romanticismo de E. T. A. Hoffmann – II

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El romanticismo de E. T. A. Hoffmann – II

Son los artistas los que lo hacen, los que escuchan “la voz de la Naturaleza”. El artista es un iniciado o un consagrado, en cuyo interior habita el genio. Su fin, el arte, es sagrado pues se cifra en representar lo más elevado de la Naturaleza como todo espiritual y misterioso. El arte, sí, es “iluminación en el reino de la noche” -la noche interior, la oscuridad del Inconsciente, como en Novalis-, pero es también locura, caída, pérdida. Así aparece el tema del pintor “maldito”, muestra de la originalidad de Hoffmann. En El magnetizador la figura del pintor Bickert sirve a Hoffmann, como vimos, para cuestionar los medios de que se sirve el magnetizador para sus fines prometeicos. Pero además es ejemplo del artista obsesionado con la plasmación de unas figuras, casi enloquecido al haber perdido toda esperanza y motivo para la vida. Un esbozo del protagonista de La Iglesia de los jesuitas, el Prometeo-pintor frustrado cuyo pecado no era sino creer materializado su ideal, corromperlo, por tanto. Tras haber desencadenado con su error el desastre, la fatalidad es guía de la trágica decadencia de Bertoldo, el pintor. Había imaginado un ideal de belleza y al depositarlo en una mujer, lo pierde. Pierde, entonces, al móvil de su creatividad artística: pierde el genio que hay en su interior, la cordura, la pasión y, finalmente, la vida. El artista romántico no acepta la mesura y control del espíritu, no tolera la regla que no surja del genio interior, no permite la conversión del arte en técnica. Su realidad es puramente espiritual y por ello el artista – pintor se convierte en un trágico ejemplo de Prometeo condenado y sufriente. Precisamente la pintura, arte sutil de las formas plásticas, depende de la materialidad de sus elementos. Y jamás, nos dirá Hoffmann, podrían las realidades materiales siquiera equipararse a las del espíritu. El ideal del pintor ha de permanecer intocado en su imaginación, dotándole así de ese impulso creador inextinguible. Lo entrevisto en el Sueño cobra forma y sentido en la imaginación del artista. Dar vida a las figuras esbozadas en el lienzo: esta soberbia del Prometeo – pintor, como en el caso del magnetizador, no destruye solamente su vida. Lo prometeico en Hoffmann es maldición, terrible como la locura, el suicidio o el asesinato. Robar el principio de la Vida, desvelar el misterio es destruir al hombre mismo, porque en él también existe el misterio de la Vida del espíritu y ese don, como todo lo divino, es sagrado. La figura del Prometeo es autodestructiva y atenta peligrosamente contra la bondad y la belleza de las relaciones humanas. Si bien Hoffmann comparte la creencia en la cuasi divinidad del hombre, si bien valora la necesidad de la aspiración ideal en el logro del arte, reniega sin embargo con rotundidad de los productos profanadores a los que da origen y realidad el romántico en sus desvaríos prometeicos.

Y aquí se instala ese breve y curioso capítulo de la obra de Hoffmann dedicado a los autómatas. Hacia ellos expresa una clara repugnancia, calificándolos de “muertos vivientes”. Únicamente de la Vida surge el Misterio. El autómata es vulgar apariencia con disfraz de realidad, un mero engaño. Sólo a la condición humana le es inherente el Misterio, porque en el hombre interior late la constante presencia del espíritu. Ningún género de mecanismos, pese a su complejidad, puede aspirar a producir y retener ese aliento vital, verdadero soplo de divinidad que inflama e impulsa al hombre. El alma es otorgada por los dioses y sólo profanando los límites intrínsecos de lo humano puede el hombre poseer ese principio de Vida. Una vez más el resultado de las intenciones prometeicas de los inventores de autómatas es despreciable. Fiel a su creencia en la superioridad del espíritu sobre la materia, Hoffmann rechazaba la labor de los magnetizadores y lo mismo hará con los constructores de autómatas. De ellos realiza Hoffmann un retrato obsesivo y siniestro que, como signo de la fatalidad, marcará la imaginación de un joven entusiasta y romántico llevándole a la locura y el suicidio. Los autómatas son “muñecas con alas de ángel”: una realidad en apariencia transparente se revela como obra de un engaño premeditado. La insuficiencia de los autómatas se funda en la incapacidad humana para producir vida y se convierte en una crítica radical al maquinismo. Nunca podrá la máquina sustituir al hombre, pues jamás estará dotada de la imaginación creadora y del espíritu de Vida que distingue todo lo humano. Mas la arrogancia de algunos es tal que se atreven a emular lo que de más sublime espiritual produce el hombre: la Música. Hoffmann no ahorra expresiones de dureza y repulsa. Califica la música mecánica de los autómatas de “Infernal” y “espantosa”, de “absurda experiencia”, de “horrible, siniestra e insoportable”. Donde no hay vida del espíritu no puede haber sentimiento y cómo entonces puede ser interpretada la música. Esto no supone que Hoffmann rechace los progresos útiles al mecanismo de los instrumentos musicales, al contrario, los considera necesarios para lograr el propósito final de la música. Si la música debe buscar la reproducción más fiel de los sonidos de la Naturaleza, si debe hallar “el tono más perfecto”, cualquier perfeccionamiento instrumental dedicado a ello es válido. Pero no lo es creer que el hombre está dotado del poder de encarnar el espíritu en la materia. Ya lo dijimos: el don de la Vida es un don divino. La maldición cae sobre todos aquellos que, como el Prometeo mítico, se atreven a violar ese precepto. Presenciamos como los personajes son envueltos por la fatalidad que los precipita al desastre. Reconocemos en ello, no la anulación de la libertad de la voluntad humana, sino el consecuente castigo por el sacrilegio cometido. El hombre es dueño de su destino, pero es también débil ante las añagazas de la maldad y las perversiones del juicio. Las escisiones contra las que lucha el romántico se encuentran en él mismo, en esa doble naturaleza de todo lo humano. En Hoffmann la simbólica del Prometeo se muestra en esa tensión que consume al romántico entre su ansia de conocimiento de una vida superior y el reconocimiento de su dimensión mundana y frágil. Superar las divisiones y los dualismos es intentar ascender a un estadio nuevo de humanidad en el que materia y espíritu se confunden en un todo integrado. Aunque bien conoce Hoffmann la imposibilidad de ello por la superioridad del espíritu y sus formas sobre la materia.

Pero está el artista, el único que cobija en su interior el genio y que es capaz de transformar la realidad mediante la poesía. El efecto mágico de toda poética sería propagar el espíritu, para así convertir lo figurado en la imaginación en realidad firme y estable, sin grietas. Cuando el hombre accede a una experiencia artística sin ofender precepto alguno se eleva y realiza su cuasi divinidad. El arte es redención, pero pese a su impulso ideal contiene la ambigüedad de depender de la materia para hacerse explícito. La palabra, afirma Hoffmann, no logra transmitir lo fantástico y maravilloso de la Vida. Y aunque en la pintura se encuentre la expresión artística más apta para expresar la imaginación del romántico, será la Música la que ofrece la posibilidad de elevarse por encima de las contradicciones de esta realidad seccionada.

En la Música recupera el hombre su mística fusión con el espíritu de la Naturaleza. No es tanto un efecto de la alquimia poética, como de una momentánea pertenencia a una realidad transfigurada y transfiguradora. Como otros románticos, Hoffmann identifica su anhelo de espiritualidad con el cristianismo y critica a los que pertenecen a la Iglesia y se preocupan de lo material en detrimento de lo espiritual. Es tal la importancia de la dimensión espiritual del hombre en Hoffmann que acabará siendo la única para el artista. Se trata de poder contemplar el misterio y dejar que nos posea. El acceso que nos abre la Música es privilegiado, pese al riesgo de demencia que entraña. Pero se encuentra en lo humano un germen tan puro y exquisito de espíritu y musicalidad que es Vida misma. Es la voz femenina convertida en canto.

Hoffmann se enamora de las mujeres cantantes. Su biografía deja constancia de ello, en especial en el caso de Julia Marc. En el amor a las cantantes se encuentra la expresión de la suprema espiritualidad humana y artística. El amor a las cantantes es de tal pureza que no precisa de su realización carnal. Tal pureza sólo es posible, sin embargo, en el Sueño. La mujer en los cuentos de Hoffmann que sirven de base a estas líneas tiene un doble carácter. Si es real, si identifica con la esposa-madre; pero si ha de permanecer como ideal imposible en la imaginación del artista, entonces es una cantante. Podemos observar la influencia de Novalis: la Amada es poseída en sueños ante la imposibilidad de ser poseída en la realidad. El artista enamorado es un amante sonámbulo, como Fernando, uno de los protagonistas de Los autómatas, y el propio Hoffmann de su adorada Julia. Si bien negar el amor es renunciar a la felicidad, la desgraciada historia del propio Hoffmann es narrada indirectamente en El Sanctus. Asistimos al renacimiento de la mujer, convertida ya en su amada Julia, a través del canto cristiano. Sofía, tras su muerte, se transformaba en la Amada Diosa de Novalis. Aunque Julia no muriera, Hoffmann la imagina muerta y con semejante efecto en el amante, en él mismo. Julia es depositada en su imaginación como un ideal de castidad amorosa, la venera, la ama en la nebulosa del ensueño. Recurre al Sueño como único recurso para mantener intocada y virginal la imagen de su Amada No pudo, como Novalis, saberla así en la realidad y hubo de soñarla. Julia se transfigura, siendo una voz recreada en la imaginación del artista. Le impulsará a una vivencia borrosa de la vigilia y el sueño, perdiendo con frecuencia el hábito de la conciencia temporal, entregado a divagaciones maravillosas y fantásticas sobre los misterios de lo humano. Trasladará el Sueño a la ficción como realidad y a la realidad como cristalización del deseo.

El dinamismo de la realidad y la apariencia, de la verdad y el engaño, parece quebrarse en el estatismo de los sueños, si no fuera porque ellos también manifiestan la ambigua esencia de todo lo humano. La realidad traiciona a la imaginación no permitiéndole realizarse y desemboca en la obra de arte. Hoffmann se dedica al arte tras la decepción de su anhelo de expansión espiritual. En sus producciones revela con insistencia obsesiva sus fracasos. Inmerso en la profunda sima abierta por el descubrimiento del Inconsciente, superar las escisiones es una pretensión fallida. La potencia de la imaginación desborda la racionalidad cuando el artista decide acudir al sueño ininterrumpido para deshacer la oposición entre la realidad y el deseo. Escribe entonces con pluma vivaz y envidiables recursos de estilo, sin dejarse atrapar por la ingenuidad de trasladar a la obra su ansia de felicidad ni sus frustraciones. Hoffmann produce una obra abierta en la que los ojos del lector pueden contemplar el drama del artista, el terror ante el misterio, la fatalidad del destino y la elevación espiritual sobre lo mundano y terrenal gracias a la Música y al Amor.

La obra de Hoffmann se encuentra ahí, donde él la dejó y nosotros queramos tomarla para continuarla en nuestro trayecto interior, una vez nos ha sido descubierta esa dimensión añorada, aunque desconocida. Su ironía y su pasión se reúnen en una continua paradoja por la alternancia de sufrimiento y éxtasis, de posesión y carencia del deseo que surge del Inconsciente. Por encima de ello afirma la potencia de la imaginación y la libertad de la voluntad para construir ensueños de felicidad plena, de expansión del hombre y de la Naturaleza en un todo armónico espiritual. Nunca olvida, sin embargo, la oscuridad y el terror de ese mundo que, tras los velos del conocimiento, ahuyenta con violencia a los que se atreven a penetrar en él. Mientras tanto, la utopía del amor renueva el ideal del arte. Con la ansiedad del romántico, Hoffmann nos cuenta qué halló de verdadero en los depósitos del Inconsciente y del Sueño. El más asombroso suceso no precisa comentario, ni siquiera un final usual y concreto. Todo fluye hacia la reintegración plena, cree Hoffmann, y permanece soñando con el canto de su amada al tiempo que el espíritu prosigue su ascenso a lo Absoluto, resuelta la que parecía escisión imperecedera.

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Paul Klee – Hoffmanneske Geschichte [1921 – The Met, The Berggruen Klee Collection, 1984, New York]

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Dolores Alcántara Madrid

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Categories: Crítica Literaria

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