En época de rosas – «El sueño de la Primavera» [Primera antología breve de poesía] – XI – Francisco Layna Ranz [Ilustración de Alex Mitchell – modificada- ]

En época de rosas – «El sueño de la Primavera» [Primera antología breve de poesía] – XI – Francisco Layna Ranz [Ilustración de Alex Mitchell – modificada- ]

En época de rosas

El sueño de la Primavera – Primera antología breve de poesía – XI

 

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Et in Arcadia ego [Sobre una ilustración de Alex Mitchell]

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Notorios los cuervos entre las tumbas

Notorios los cuervos entre las tumbas

Les incomoda mi presencia, como a ella. Graznan con saña, dejando en el aire un charco de sangre, Japón en su bandera, cuatro cirios encendidos que iluminan, apenas, un sombrero color cinabrio,

de niña pequeña sobre la mesa de palo rosa.

Algún cirio y también encendido en estas laudas,

David and Carrie B. Nichols, born Oct 8, 1854, died Sept 24, 1855.

Gemelos, muertos el mismo día, a un año del nacimiento.

Los cuervos recuerdan, y saben a quién dañar, tiempo después.

Trío de cuerda, desde el principio del poema.

El lienzo dice que es dulce enhebrando agujas, pero la letra y su espíritu (san Jerónimo en mi auxilio) anuncian acíbar en su córnea. Hilandera con daga y bandeja en las manos.

Graznan como si fueran la salpicadura de un sacrificio, atávicos, sabios, negros.

No sé cómo decirlo,

tal vez el aire en sus momentos, la broza que me llevó hasta los nombres: David y Carrie. ¿Para qué nacer?

Dios no existe y yo quiero volver a fumar. Siempre me sucede en las vísperas del parapeto.

Los cuervos van en procesión y se saben certeros.

¿Alguien conmigo?

Un almohadón, por ejemplo, fuera de su sitio, sucio, en mitad de una vasta serranía.

El ataúd, los líquenes, a lo lejos un carillón…

Ortigas en la cuna y púas en los jadeos. Un año de vida, seguramente un incendio en la alcoba de los niños (no quiero pensar en atrocidades).

Tengo una enemiga atroz de la que me gustaría hablar a los cuervos.

Ya no me quedan mejillas, aquí, antes, en la casa tuya en la que siempre, ineluctable, caigo enfermo (mi esposa Marta sabe bien de lo que hablo).

Tú que ahora estás muerta, dime madre mía: ¿Por qué murieron aquellos niños? Si Dios existiera me los dejaría ver. Y tal vez a ti con ellos.

Los cuervos, los cuervos …. Cruzan como clérigos. Si yo pudiera iría con ellos y les diría: asustemos con nuestras plumas a los borrachos.

Me dices, ya en la cocina, cucharas, barreños, el pan: ten calma, hazlo por mí, lo más prudente dejar que la lumbre continúe en el fuego.

¡Si yo pudiera reconocer su odio como un hijo en buena guerra!

Quizá afirme yo en exceso, contemporice poco.

Cualquiera sabe, por otra parte, que la cortesía a veces es indiferencia…

Ella cree, sin duda, que soy arrogante incluso cuando estoy ahorcado en la encina. Charol en vez de mandrágora.

Cruzan como clérigos. Si yo pudiera iría con ellos y les diría: asustemos, al menos un poco, a los borrachos.

¡Qué cruz esta tendencia a pensarme convicto, como la luna de la marea!

Hablo, para entendernos, de niños muertos, odios, cuervos…

[de Y una sospecha, como un dedo] [1]

 

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He acariciado un gato porque sabía que hoy haría frío

(respuesta a modo de desfile)

A José Kozer

He acariciado un gato porque sabía que hoy haría frío.

Tuve uno que se llamaba Nápoles. Miraba desde la ventana los patios. Piernas, muletas, collarines… Una ortopedia en el bajo oreaba su rutina en el derredor comunal. Yo era niño. Supongo que después de la hepatitis.

Miraba desde la ventana el cuerpo fragmentado. Después supe del estadio del espejo de un Lacan más o menos. Una unidad ortopédica, a duras penas. Hortofrutícola, replicaría aquí Arcimboldo agitando un tenedor de madera en la mano. Trinchar es labor de sabios.

Los monstruos imaginados…

Los inventarios heteróclitos, los disparates… Anoche de madrugada, ya después de mediodía… Algunos perduran: las liebres tan campantes por el mar, por el monte sardinas, cuando no pelícanos y pulpos.

La acumulación de los fragmentos se presenta con el chasqueo del eureka lo he hallado.

Y la apropiación. El remendón de violetas blancas.

Lo irresoluto y lo momentáneo.

Diría el alcalde: solo existen citas como orugas procesionarias. ¿Un yacimiento de esquirlas? Maná del lenguaje.

Le dijo el amigo a Cervantes: el remedio es muy fácil, no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote a todos. El centón de la A la Z.

Se van acercando por las alamedas los monstruos imaginados: la creación a partir del deshecho. No hace falta ningún jardín de las delicias. No por ahora.

Los cuerpos, los textos, los nombres, incluso los vicios son la atomización de un estallido de letras y significados.

Nunca supe de mis codos. La nuca podría ser de cualquiera. Ni hablar de las recámaras.

Si no hay otra, iremos con la olla podrida. Puerros, morcillos delanteros y algún tuétano.

El interior del hueso en la superficie del pan. Delicia para el alma convaleciente.

Mientras tanto, cosen mis hijos colchas para el deán de Tarazona.

Zurcen con retales y alfileres de oro bruñido. Los mayores son los más hábiles, aprendieron en sus ratos.

Aviso del corregidor: sepan cuantos, dice, que quien se acerque quedará amputado.

De la ballena, las barbas

Del almirez, la mano

Del puente, los ojos

Del molino, las muelas,

Del mar, los brazos,

De la calle, la boca etc.Notorios los cuervos entre las tumbas

John Ashbery: Los peces saltan parcialmente fuera del agua. Y el aire es nuevo.

Gerardo Deniz: No entiendo por qué se meten tanto con el tiempo.

Anne Carson: No parece en absoluto un poeta, excepto por las pestañas.

Alguien ha apagado la luz y han salido despavoridas las eses (nada que ver con los pavos).

Los pluralia tamtun plañen con pañoletas de organdí, y se entiende. Las cosquillas, en consecuencia, se quedan en una sola. También los víveres y las gárgaras.

Me llaman: ya tengo cita para la resonancia magnética.

Cuando pueda, tengo que preguntar a mi hermano por la muerte de Nápoles.

En eso estábamos.

Por aquí también la niebla amarilla restriega el lomo por los cristales de las ventanas.

José Kozer: No somos nada, eso lo saben Dios y las amas de casa.

Fabio Bondarino: Ayer dieron las diez a la misma hora que hoy, pero estaba vivo.

Y las tribus de Israel. El incesto es la raíz y sus hijos los rizomas. Los hijos nacen siempre en paralelo a la línea de tierra. Imitemos en esto al futuro.

Y a propósito: la mímesis es el mayor artificio, que los pájaros picoteen de las uvas del lienzo. La grandeza del engaño en el arte. Los pintores Zeuxis de Heraclea y Parrasio de Éfeso disputaron al respecto.

Y el laberinto el camino más seguro para llegar al principio.

En el Barroco era lugar común.

Ya se sabe que lo nuevo depende de las catástrofes. Se agita como un cóctel y la historia y sus museos se convierten en un sotobosque de letras y números. La broza luego se apura para las yescas y la matanza del cerdo.

Los bufones de los adverbios eructan versos de Catulo.

Stanley Cavell: pensar es una especie completa de transformación de uno mismo.

Calma, calma, vocean desde los altavoces, que el carbón necesita tiempo, y la buena uva igualmente.

Además es hora de planchar las sábanas de la reina.

Poco a poco. La prisa solo en los espejismos.

No me duelen prendas, y lo diré a pulmón lleno: nuestra faena es sencilla, una regla de tres. Cuatro esquinas tiene mi cama. Siete eran los infantes de Lara. Diez mandamientos con buril y cera de abeja virgen.

Escribo tal porque pienso ser muerto.

De una vez hablemos de lo hablado. Digamos entre líneas que la muerte también entiende de verbos enteros desde el principio.

¿Será, en rigor, que desde el octavo día todo es redundancia?

Peter Hammill, hace mucho tiempo, solo veía los amigos que había perdido.

Anamorfosis: deformemos lo real delante de los ojos. ¿Quién confía en lo que ve?

Y Boris Groys, supongo que enfadado, escribe: lo antiguo ya no desaparece, sino que permanece expuesto.

La historia se repite: Elliott Murphy también morirá en París.

Pronósticos de Perogrullo, testamentos de animales, genealogía de motes y apodos… El laberinto, metáfora teológica: el rodeo lleva al centro.

Aun recuerdo como si fuera ayer la naumaquia en el palacio Pitti de Florencia. Corría el año de 1589. El vino era de Sicilia. Cada planeta, se proclamaba a gritos, tiene su propia bebida, cáliz cósmico.

La concordia discors: abreviatura de las maravillas del orbe, colección de prodigios y novedades. Diógenes en la basura y la infantina en sus jardines. Gabinetes de la curiosidad sin que Pandora se dé por aludida. Pero el fracaso reina en los mortales: la concordia pincha en hueso porque lo real y la luz van de la mano.

Noé fue el primer coleccionista, aunque ni palabra de los lenguados. Los abandonó en sus aguas: su salvación significaba su condena eterna.

En la olla podrida el anagramatismo sale entre mistelas y hojaldres. El mejor ejemplo es Caramuel: el muy se escondía en la escritura. Sabía hacerlo como nadie pues manejaba con destreza las seis facultades sagradas.

La palabra cifra es un hebraísmo. Número y letra. Quien entienda, ya sabe. Habrá, pues, que buscar en aquel sotobosque un remedio para después de la extinción. Estaremos solos, pero todavía habrá palabras.

Y será necesario escarbar bien para crear oraciones subordinadas. En el mantillo y en la humedad de la sombra otoñal. Buscaremos con nuestras cestas de mimbre, otra vez, la ilegibilidad del mundo.

Capitán Cabeza de Vaca murió de esclerosis múltiple en un hospital de California

[de Espíritu, hueso animal] [2]

 

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Francisco Layna Ranz

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Ilustración de Alex Mitchell [modificada]

 

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Notas

  1. Francisco Layna Ranz. Y una sospecha, como un dedo. Amargord Ediciones, Madrid, 2016. ISBN: 978-8416762057.
  2. Francisco Layna Ranz. Espíritu, hueso animal. RIL Editorial, Santiago de Chile / Barcelona, 2017. ISBN: 978-9560104748.
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