Hojas otoñales, encriptados pentagramas [El habitante del Otoño – Quinta antología de cuentos y relatos breves – I] – Silvia Olivero Anarte

Hojas otoñales, encriptados pentagramas [El habitante del Otoño – Quinta antología de cuentos y relatos breves – I] – Silvia Olivero Anarte

Hojas otoñales, encriptados pentagramas [El habitante del Otoño – Quinta antología de cuentos y relatos breves – I]

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El habitante del Otoño – Quinta antología de cuentos y relatos breves – I

Hojas otoñales, encriptados pentagramas

Allí estaba, esbelto y erudito, regalándome su sombra en un inesperado noviembre caluroso.

La atracción que ejercía hacia mí era tan fuerte que empujó mis pasos hacia su intenso abrazo, imán irracional y sensitivo, imperativo bajo el sol. Cierto que fueron mis brazos los que rodearon su rugosa cintura mientras él alzaba los suyos al cielo en espiritual ofrenda, agitando sus alas verdes al ritmo sincopado de una amable brisa. Aun así, cada fibra de mi cuerpo, cada célula, cada neurona, cada átomo, sintió en estruendoso escalofrío la vibración que proyectaba desde sus raíces, surcando todo mi ser, de sur a norte, desde la planta de mis pies descalzos. Mi respiración se tornó consonante al pulso agitado que insertaba en mi cuerpo el contacto de mi pecho contra su tronco, conciliando la disonancia del hormigueo de su micro fauna, paseante entre mis dedos.

El tiempo detuvo las agujas del reloj.

El suelo tembló bajo mis pies.

Sus hojas cambiaron de color, su textura se arrugó como piel envejecida y comenzaron a caer, ante el brillo de mis intrépidos ojos que, curiosos, posaron la pupila en sus huellas dactilares, páginas sonoras vestidas de artísticos garabatos en encriptados pentagramas.

Mientras Johann Sebastian Bach tomaba su dosis de cafeína en la Cantata del Café, cayó El Mar de Claude Debussy, arrojando las saladas lágrimas del rocío. A sus profundidades fueron arrastrados Los Náufragos de Ethel Smyth ante la vista de Piotr Ilich Tchaikovsky que daba de comer a los Cisnes en el Lago.

Cayó la desgracia de Egmont, beethoveniana ilustración del poder del sacrificio, danzando pasionalmente junto a Dimitri Shostakovich y Macabramente junto a Saint-Saëns, escondido tras la Máscara de baile de Amy Beach.

Una furiosa ráfaga de aire Sorprendió a Joseph Haydn durante el redoble de tambor, mientras observaba los Planetas de Gustav Holst, haciendo caer el Dies Irae de Giuseppe Verdi y arrastrando el sombrero de tres picos de Manuel de Falla, quien corría tras Becqueriana, ante una asombrada María Rodrigo.

Cayó el Vals Triste de Jean Sibelius apenado a ver la lucha del Pájaro de Fuego de Igor Stravinski entre el viento huracanado, sorteando a La Urraca ladrona que había recogido con su pico rossiniano la página oculta de la Obertura en Do de Fanny Hensel en la profunda Gruta de Fingal, escondite de Félix Mendelssohn junto al Murciélago de Johann Strauss.

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Cayó Prometeo ante la mirada de Liszt que se mojaba los pies en el Moldava junto a Smetana, sintiendo cómo el viento otoñal hacía vibrar La Lira de Orfeo de Sofía Gubaidulina, y se escuchaba a Penderecki rezar por las Víctimas de Hiroshima, molesto por el incómodo Vuelo del Moscardón de Rimsky-Korsakov.

Finalmente, cayó el preludio de Lohengrin, wagneriana caricia, insuflando su último aliento, dejando desnuda su alma. Era Una Tarde Triste junto a Lili Boulanger, el misericordioso Pie Jesu de Gabriel Fauré descendió a los infiernos, junto a Orfeo, amigo de Jacques Offenbach, empatizando con el inconsolable mozartiano Lacrimosa, recordando que la muerte no es más que un nuevo inicio, como bien sabía Maurice Ravel tras visitar la Tumba de Couperin en la Isla de los Muertos de Serguéi Rachmaninov.

Cayeron todas las hojas, no estando todas las que son ni siendo todas las que están, y comenzó el Silencio que duró 4´33´´, o no, como murmuraba John Cage.

El suelo volverá a temblar.
El tiempo reiniciará las agujas del reloj.
Una vez pasados el otoño y el invierno, Ida Gotkovsky y Antonio Vivaldi nos traerán la Primavera, y la recibiremos con la misma Adoración que Florence B. Price.

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Silvia Olivero Anarte

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