El chal – [El habitante del Otoño – Segunda antología de cuentos y relatos breves – XIII] – Concha Galán Gil

El chal – [El habitante del Otoño – Segunda antología de cuentos y relatos breves – XIII] – Concha Galán Gil

El chal – [El habitante del Otoño – Segunda antología de cuentos y relatos breves – XIII]

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Estaba sentada en su residencia, donde había ingresado tras una caída fortuita, cuando se dirigía a ver una procesión. La llevaron en volandas al hospital, y el médico dijo que al quirófano y a operarla rápidamente. Tras ello, se fue a una residencia a quince kilómetros de su ciudad.

Esa tarde, frente a una taza de té, vio acercarse a un caballero muy bien vestido, de edad madura, y se dirigió a ella:

-Perdona, es usted María Ruiz?-, preguntó.

-Sí, soy yo, por qué lo pregunta, no le conozco.

-Pero yo a usted, sí. Usted es la hija de Javier y Teresa, y ha vivido en la calle Manzana nº 1. Me llamo Moisés.

-Pero, pero, ¿como lo sabe?, dijo María.

-Muy sencillo. Yo he estado enamorado de usted. La veía pasar todas las tardes, cuando se dirigía con su hermana Marina a pasear, y siempre me pareció la más hermosa.

-Nunca lo supe-, y notaba María que un rubor comenzaba a aparecer. –¿Por qué nunca me lo dijo?-

No me atreví. Usted era para mí como una diosa. Hija de un ingeniero, viviendo en una casa noble, y yo un modesto hijo de una costurera, que tenía que trabajar en un bar para pagarme la carrera. Me hice ingeniero, me casé con mi mujer, a la que conocí en la ciudad que me destinaron en mi trabajo, y tengo cinco hijos.-

A María le entraron sudores de imaginarse con cinco hijos, ella que no había tenido ninguno, y que había viajado con su marido, Benito, hasta su fallecimiento.

Ahora soy viudo, pero vivo en Madrid con una de mis hijas, ¿me permite que vuelva a verla?

Como usted quiera. Yo voy a estar aquí una temporada hasta mi recuperación.

A los dos días se presentó Moisés buscando a María. La encontró en el patio de la residencia y acercándose lentamente le dio un paquete.

-Qué es esto? Preguntó María, si es un regalo no lo puedo aceptar.

-Por favor, cójalo, y ábralo cuando llegue a su habitación. Es un pequeño recuerdo de un amigo, mejor dicho, de un admirador suyo. Gracias por su tiempo. Diciendo esto, desapareció.

Al subir María tras unos minutos muy intrigada a su habitación, abrió cuidadosamente el paquete, y dentro de él, delicadamente envuelto en papel de celofán, apareció un precioso chal de seda bordado, de color marfil. Ella se lo puso por los hombros, se miró al espejo, y suspiró.

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Concha Galán Gil

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