Cinco pavos – Antonio Báez Rodríguez

Cinco pavos – Antonio Báez Rodríguez

Cinco pavos

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Cinco pavos

Lisardo siempre soñó con una motocicleta tipo Harley y por fin la consiguió, una Harley como un hermoso corcel negro y plateado, sobre el sentía que podía echar a volar. Una infancia desvalida y llena de problemas de salud no se lo habían puesto fácil, con continuas entradas y salidas del hospital. Javiera conoció a Lisardo en un programa televisivo de citas y estuvieron hablando de motos, de tatuajes, de viajes. Se definieron a sí mismos como espíritus libres. Javiera era una chica espectacular que en se movía como pez en el agua en los ambientes del rock and roll, y esto es una cosa que decía ella misma, espectacular es un atributo que no me cuesta a mí añadir. Javiera también tenía moto. Había abierto una tienda de ropa en una pequeña ciudad provinciana, en la que su estética era la más moderna, la más agresiva. Después de una cerveza y unos chupitos de bourbon en un bar con buena música, Javiera no esperó a que Lisardo le metiera la boca. En la habitación del hotel de uno de los dos, cada cual dice que fue en la del otro, pero como no estaban tan borrachos como para no acordarse bien, quizás las versiones encontradas se deban, por darle alguna explicación, a otro tipo de atolondramiento, porque me cuesta creer en una estrategia, se entregaron sin vergüenza el uno al otro: Lisardo mostró sus cicatrices, Javiera una piel alabastrina, a la que el sol le había dado muy pocas veces, salpicada de una millonaria constelación de lunares del color de la canela. Existe una grabación que apareció durante unas horas en una página de internet en la que se podía comprobar que Lisardo y Javiera eran unos amantes excepcionales, información, una y otra, que ellos nunca han ocultado. En el otoño de su primer año juntos viajaron por varias ciudades del país y tuvieron algunos encuentros con gentes de lo más variopintas, entre las que puedo decir que me encontraba yo mismo, en un momento en el que precisamente necesitaba ampliar mis horizontes, el bigote me languidecía, los pantalones se me empezaban a caer, la camisa no me llegaba al cuerpo. Javiera y Lisardo hicieron que me mantuviese a flote, cuando estaba a punto de hundirme en una depresión bien gorda, porque la sustancia del mundo se me escapaba entre los dedos y el paladar no me daba satisfacción. Llevaba cinco días sentado en la misma silla de la misma terraza del mismo bar desde la misma hora, con un vaso largo de tubo, que el camarero renovaba puntualmente cada veinte minutos. Primero lo vi pasar a él. Al yonqui de mierda. Tantas veces calle arriba calle abajo, las piernas veloces de un corzo, la boca podrida, los cinco sentidos puestos en los detalles más ínfimos; para una colilla en el suelo, para la lata en la papelera con la mitad de una Fanta, para una moneda que viene rodando veloz y feliz a su encuentro, para los augurios celestes en forma de cagallón de gaviota, con un cante bajito atravesándole el pecho asmático. Le faltaban dientes, o le sobraban, vete tú a saber lo que tenía concretamente en la boca, una cueva de podredumbre, de la que le salían víboras, las palabras, murciélagos y escupitajos. Agitaba las monedas en una mano. Y luego, hete aquí que en mitad de la calle, repentinamente, cuando yo me llevaba a los labios el vaso de tubo, se paró en seco, y me quedé con el gintonic ahí mismo, a punto de darle el buche, y saludó a Lisardo, que venía de frente con Javiera, recién llegados a la ciudad en la que no conocían a nadie, como si fuese un viejo amigo y se plantó ante él, contándole que se le había muerto de cáncer el niño y que la madre del niño lo había echado de su casa y que una tía carnal lo tenía recogido y que en agradecimiento él le había querido pintar la casa, pero que le había acabado metiendo fuego a la casa, sin saber cómo, con una colilla en un colchón. Lisardo, con el casco en el codo del brazo izquierdo, se retiró a un lado, porque aquel yonqui le escupía al hablar. Javiera le hizo una observación, una cualquiera, no creo que le diese un consejo bienintencionado, habló más bien por decir algo, como si levantase un parapeto cuando avisan de que viene una riada, pero el de las piernas de corzo siguió hablando y escupiendo repugnantes babas que se le quedaban colgadas del mentón, como si fuesen lágrimas de cristal, sin perder el hilo de su historia, un pavoroso drama inventado que no era mejor que la verdad que yo le conocía, con el que quería renovar el interés de la pareja por sus mentiras, con un despliegue verbal lleno de variopintos e inesperados trucos, en un perpetuo abrazo con la muerte, con un hábil manejo del pathos, aunque, como era de esperar, llegó el momento en que Javiera y Lisardo quisieron irse, ya era suficiente, cuando comprendieron que estaban enredados, que ellos mismos se habían puesto lazos en los pies, que habían caído en sus garras; el yonqui ni siquiera les ofrecía las tiras de números que llevaba en la mano que no era un sonajero de monedas, de sobra sabía Lisardo que él mismo no tenía ninguna moneda que le permitiera escapar airoso y no quería ser brusco en presencia de Javiera, así que no le quedó otra que echar mano de una fingida desenvoltura y sentirse benefactor de aquel escombro que le hablaba como un hombre, de aquel hombre que era un pozo de detritus, con su elegancia cochambrosa del pelo sucio recogido en una coleta, la camisa deslumbrante de manchas aceitosas, abierta, desde la que una pelambrera canosa se agitaba como el esparto en un erial. Le sacó un billete de cinco pavos y el desgraciado quiso también otro con el que el primero venía envuelto, pero la misma Javiera le dijo que con uno ya era bastante, que no hacía falta que les diera las tiras, pero él se ofendió muchísimo, arrancó dos hojas de números para la rifa fantasma y se las entregó a sus compradores, por lo que inmediatamente siguió su camino como si fuese un perro desolado, fijando los ojos legañosos en todas partes y en ninguna, saludando a diestro y siniestro, ágil como uno de aquellos griegos que asediaron ciudades y les pusieron el pie en el pecho a hombres de la envergadura de los toros. Javiera y Lisardo se sentaron en la mesa contigua a la mía y pidieron un par de cervezas. Yo les dije: ese es Caballito de Mar. ¿Quién dices que es? Y entonces les expliqué que Caballito de Mar fue un grupo de rock muy famoso en los noventa. Claro, claro, dijeron al unísono, porque algo sí que les sonaba. Pero no se podían creer que el pedigüeño al que le habían dado dinero fuese él. Caballito de Mar era el nombre del grupo pero también de su cantante, compositor y guitarrista. Buscaron en sus móviles y dieron con algunas de las memorables actuaciones que estaban grabadas. Javiera y Lisardo me permitieron hacerles algunas recomendaciones para su estancia en la ciudad y fueron ellos mismos los que me incitaron a acompañarles. Les dije que había escrito algún libro de poesía años atrás, pero no mostraron el mismo interés por los versos que el que evidentemente tenían por la cerveza y la charla con los desconocidos; a ellos que yo hubiese escrito o hubiese criado pollos de corral les era indiferente, lo que les importaba es que mantuviese una conversación entretenida y les aportase algo de diversión y además supiese dónde se podía beber o dar con garitos animados y buena música. Ahora la cosa está muy floja, les dije, pero algo encontraremos, y con esa promesa les quería mantener el interés por mí durante los días que pasaran en la ciudad. Tampoco dejaron de observar mi capacidad de absorción alcohólica, mérito que para ellos ya era suficiente. En los bares encontrábamos fotografías, carteles, afiches diversos de Caballito de Mar, y cómo no, su música siempre sonaba entre temas clásicos de los setenta. Nos cruzamos con alguno de los compañeros músicos que habían estado en el grupo y se los presenté a Lisardo y Javiera, que tuvieron en todo momento el tacto de no hacer referencia al actual estado de su cantante. Conseguí inculcar en ellos un interés y una admiración sincera, como la que yo mismo sentía, por el artista, y desde esa complicidad se generó entre nosotros una simpatía, que no solo nos facilitaba cualquier tema de conversación, sino que nos permitía abordarlo con una ligereza y sentido del humor renovados. Se puede decir que paladeábamos de nuevo la amistad. Que volvíamos a ciertos momentos de la juventud en los que se podía sentir entusiasmo por otro. Nos mirábamos a los ojos y es verdad que los teníamos vidriosos, pero nos gustaba lo que veíamos. En mi caso puedo decir que obró un milagro y que aquellos días dejaron una huella profunda en mí, a la que vuelvo siempre que el desánimo me abraza, lo que ocurre no pocas veces. Quizás esté llegando el día en el que salte por este puente que cruzo a diario para sentarme en el bar que he convertido en la oficina de mi silencio. No espero nada y por eso soy ilusión pura, un cohete de porvenir. Sé que estoy acabado como hombre y ello mismo me da todas las posibilidades de empezarme para nada, que es para lo que se empieza la juventud. Me emborracho con otros borrachos. Antes de cerrar los ojos me río, me acuerdo de Lisardo y Javiera, del momento en el que los vi detenidos en mitad de la calle, boquiabiertos y pendientes de las palabras sucias, desenfocadas y estúpidas de un yonqui que había sido un gran músico, un gran compositor, mi propio hermano. No les dije que por las venas de Caballito de Mar corría mi sangre, porque era evidente que ya no corría mi sangre. Un hombre puede seguir vivo para sí mismo y estar muerto para los demás. Y se dan otras variantes que no es el momento de explotar aquí. Todas las noches al volver a casa veo a Javiera adelantada, cruzando el puente, haciendo el chiste de asomarse al agua para arrojarse y me veo con Lisardo atrás, que me muestra una cicatriz, sobre la que paso la yema de mi dedo. Siento la brisa que levanta ligeramente la falda de Javiera, no os importa que me tire, nos dice. Nos importa mucho, preferimos que te quedes con nosotros, la abrazo y Lisardo nos abraza a los dos. Curiosamente no me acuerdo de mis hijos, que sé que tienen vidas prósperas, ni de mi ex, que sé que rehízo la suya junto a cómico. Tampoco me acuerdo de ninguna de las mujeres que hubo en alguna ocasión. He olvidado el rostro de mis padres, el de muchos amigos. Ayer alguien dijo cerca de mí que había muerto Caballito de Mar, qué pena, quién era, el yonqui ese, fue un gran músico, a mí me quiso atracar una vez y le di un puñetazo en el pecho, vivía en un coche, sidoso de mierda, ese de ahí es el hermano, pues lo sabrá, no creas, no tenían relación, se gastó una fortuna en droga cuando era un tipo famoso y luego le robó a la madre la alianza para vendérsela. Una vez puse todas mis esperanzas en las palabras y escribí un libro de poesía que me dio gloria durante unos meses, porque mi hermano recitaba algunos de los poemas en sus conciertos. Me prometió ponerles música. Lisardo y Javiera me pidieron antes de marcharse un ejemplar del libro. Si yo hubiera tenido una granja de pollos de corral les hubiese dado una docena de huevos para que hicieran una tortilla espectacular. A los mejores amigos se les puede mentir piadosamente o entregarles la verdad pura y simple, les dije que no me quedaba ni un solo ejemplar.

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Antonio Báez Rodríguez

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