Joseph «Joe» Chrzanowski, «in memoriam» – VIII – Escritos en homenaje – III – Hildebrando Villarreal & Hazel Gold – [Ilustración de Ana María Vacas Rodríguez]

Joseph «Joe» Chrzanowski, «in memoriam» – VIII – Escritos en homenaje – III – Hildebrando Villarreal & Hazel Gold – [Ilustración de Ana María Vacas Rodríguez]

Joseph «Joe» Chrzanowski, «in memoriam» – VIII – Escritos en homenaje – III – Hildebrando Villarreal & Hazel Gold

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Ana María Vacas Rodríguez – Impromptu [2016, Pastel sobre papel]

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Joe

Jamás pensé que estaría escribiendo un ensayo en memoria de mi querido colega, Joe Chrzanowski. Tengo muy gratos recuerdos de él como amigo y como líder académico.

Conocí a Joe en 1976 cuando empecé a enseñar en California State University, Los Angeles. Al principio me pareció un poco reservado pero con el tiempo nos dimos cuenta que teníamos bastante en común. A los dos nos gustaban los deportes pero no de la misma manera. A mí me gustaba ver partidos de fútbol americano y básquetbol; a Joe también pero a él le gustaba apostar. Nunca aposté con Joe porque estaba seguro que iba a perder. Me di cuenta que él sabía mucho más de los equipos, de los jugadores y de las estadísticas; por eso le gustaba apostar. Tanto a Joe como a mí nos encantaba estar activos pero de diferentes maneras. El golf era su pasión pero la mía era hacer senderismo.

Recuerdo algo que me impresionó de Joe el segundo o tercer año que estuve en la universidad. Para mí, después de preparar clases, asistir a sesiones de negocios, atender a los estudiantes y hacer investigaciones no había tiempo para nada más. En cambio, me di cuenta que Joe aun con todas sus responsabilidades universitarias estaba construyendo un cuarto adicional para su casa. No podía entender dónde encontraba tiempo para hacer eso y, además, quedé asombrado que sabía de construcción. Cada día estaba más seguro que Joe era un superhombre que podía hacerlo todo.

Su actitud hacia el dinero era parecida a la mía. Aunque nunca hablábamos de dinero me di cuenta que éramos muy semejantes. Tengo la impresión que le gustaba regatear, a mí también. Recuerdo que en mi fiesta de retiro Joe habló y entre otras cosas dijo lo siguiente: “Hildebrando, ahora que te has retirado recuerda que cuando se ensucien las camisas en vez de llevarlas a la tintorería es mucho más económico ir a una tienda de segunda mano a comprar otras.”

Aunque los colegas del departamento se llevaban bien no había mucho intercambio fuera de la universidad pero Joe era la excepción. A él le gustaban las fiestas y sabía dar una fiesta; era uno de dos profesores que lo hacía regularmente. Cuando íbamos a su casa sabíamos que íbamos a divertirnos y disfrutar de buena comida y de buenas bebidas. Siempre tenía una cantidad de amigos no sólo de la universidad sino de su vecindad y otros aspectos de su vida. Le encantaba ver a los amigos y colegas disfrutando en su casa. Pero como fiestas típicas norteamericanas no había música y baile. No hacían falta.

A Joe también le gustaba invitar a sus amigos a sus restaurantes favoritos y tenía un buen gusto en cuanto a lo que le gustaba comer. Se sentía tan cómodo en los restaurantes más chic como en los más comunes y corrientes. Recuerdo una vez que los dos íbamos a estar en Chicago para un congreso y dijo que me debía una comida y por lo tanto quería invitarme a cenar. Decidió que iríamos al Hancock Tower; en ese entonces era el rascacielos más alto de Chicago y tal vez de los Estados Unidos. Bueno, llegamos al sitio y le dije que sufría de claustrofobia y que no sabía si podría aguantar la subida en ascensor al restaurante que se encontraba en el piso más alto del edificio. Joe me dijo que podríamos ir a otro restaurante pero le dijo que no. Pues, tomamos el ascensor. Yo temblando y con los ojos cerrados pidiéndolo a Dios que me diera fuerzas para no desequilibrarme o desmayarme. El viaje se me hizo interminable, más de un minuto. Cuando se abrieron las puertas fui el primero en salir. Estaba sudando pero había sobrevivido.

Vino la mesera y nos llevó a la mesa indicada; estaba junto a una ventana grande que tenía una vista magnífica de la ciudad pero que también daba una sensación vertigo de lo alto que era el edificio. Joe se puso muy nervioso e inmediatamente pidió que nos dieran otra mesa. Le pregunté a Joe si estaba bien. Se tranquilizó y me dijo que sí. No me había dicho que sufría de acrofobia y que no podía soportar lugares altos. Después de la cena le di las gracias y creo que desde ese momento en adelante el incidente siempre fue motivo de mucha risa.

Cuando a Joe llegó a ser jefe del departamento a mí me tocó ser consejero de estudiantes. Es cuando me di cuenta de todo lo que yo no sabía de la burocracia universitaria. Gracias a Dios, Joe ya había desempeñado ese papel y cada vez que me encontraba con un problema él estaba dispuesto a ayudarme. No sólo era experto en los reglamentos de la universidad sino que tenía buenas ideas para adelantar la imagen del departamento. Bajo su liderazgo se inició un boletín informativo (Language Mirror), se reclutaron y ocuparon profesores de francés, japonés y español y se autorizaron programas para profesores de lengua en cuatro especializaciones, chino, francés, japonés y español. Joe siempre animaba al profesorado a dedicarse a sus investigaciones y les avisaba de oportunidades para solicitar fondos para asistir a congresos y presentar sus trabajos.

No creo que me equivoco al decir que durante los años que Joe fue jefe, el departamento de lenguas de Cal. State LA tuvo su “edad de oro.”

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Hildebrando Villarreal

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Joe y yo nos conocimos, hace más de 20 años leyendo exámenes de Advanced Placement Spanish Literature.. En ese momento él era director de los profesores y maestros que convergían anualmente en un campus para calificar los ensayos escritos por los estudiantes que habían tomado en la escuela secundaria el curso AP Spanish Literature, esperando recibir crédito universitario si recibieran una nota suficientemente alta en el examen nacional que tomaron al fin del curso. Joe pidió que le ayudara con algunas de las tareas editoriales de las que estuvo encargado y éste fue el comienzo de nuestra larga y duradera amistad. Trabajamos juntos en San Antonio varios años en Trinity University y descubrimos que compartíamos el mismo estilo editorial y también el mismo sentido de humor, necesario para aguantar lo que a veces era un trabajo algo monótono.
 
Seguíamos en contacto regular después de que Joe dejó de trabajar para AP. Intercambiamos noticias sobre nuestras familias y también los amigos que teníamos en común. De vez en cuando apareció en mi buzón una nota, un vídeo gracioso, un chiste, un poema, un comentario político – era muy típico de él este tipo de comunicación dirigida a los amigos. Juntos compartimos los pequeños placeres y miserias de nuestras vidas respectivas: una ruptura sentimental, el envejecimiento de nuestras madres, los sinsabores del mundo académico, etc. Me alegré muchísimo cuando me contó el comienzo de su relación contigo y cuando, algo después, me mandó una foto de vuestra boda. Todavía recuerdo con cariño las ocasiones en que nos vimos todos: una vez en Los Angeles (¿2013?) y más recientemente, en el verano de 2017, cuando tú y Joe almorzasteis conmigo y mi sobrina en el Círculo de Bellas Artes en Madrid. El verano pasado creo que estuviste ocupada, tal vez visitando a familiares, cuando Joe y yo quedamos en vernos en el Club Gastronómico del Corte Inglés, cerca de Callao. Allí pasamos varias horas tomando gin tónicas (yo) y cervezas (él), comiendo, disfrutando de la magnífica vista panorámica sobre la ciudad y hablando, hablando. Esta es la memoria que quiero guardar de Joe: hombre inteligente y listísimo, infatigable jugador de golf, viajero internacional y persona de gran corazón y generosidad.

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Hazel Gold

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Judith London Evans Interim Director. Tam Institute for Jewish Studies. Department of Spanish and Portuguese at Emory University, Atlanta.

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Categories: Literatura

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