«Moby Dick», antinovela de aventuras – [Con motivo del bicentenario del nacimiento de Herman Melville] – José Miguel García de Fórmica-Corsi

«Moby Dick», antinovela de aventuras – [Con motivo del bicentenario del nacimiento de Herman Melville] – José Miguel García de Fórmica-Corsi

Moby Dick, antinovela de aventuras

Con motivo del bicentenario del nacimiento de Herman Melville [1 de Agosto de 1819 – 28 de Septiembre de 1891]

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Moby Dick [Penguin Books]

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Herman Melville [1 de Agosto de 1819 – 28 de Septiembre de 1891]

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Como bien se sabe, Moby Dick es la historia de la caza de una ballena (en concreto, de un cachalote); pero como también se sabe, es mucho más. Su autor fue un escritor de 32 años llamado Herman Melville que había ganado cierta celebridad como autor de novelas ambientadas en las entonces muy exóticas islas de los Mares del Sur. Los lectores creyeron recibir la nueva historia como otra novela de aventuras, y se encontraron con la desagradable sorpresa de un libro de enorme volumen que contiene pocas páginas de acción en beneficio de un conjunto de digresiones, reflexiones y pretensiones alegóricas que eliminan de su lectura esa sensación de comodidad que se espera de la literatura de género. Por supuesto, eso era justo lo que Melville pretendía. Su propósito había sido crear la gran novela americana, algo que después se ha convertido en un tópico pero que entonces era un proyecto que podía parecer al alcance de un autor ambicioso de un país cuya tradición literaria era todavía pequeña. El fracaso fue total: en vida de Melville, la tirada inicial no llegó a venderse e incluso una parte se perdió en el incendio de los almacenes de la editorial, sin que nadie lo lamentara. Ahora bien, con el tiempo, en efecto, se convertiría en uno de los dos o tres clásicos incontestables de la literatura de su país, y un libro que ha generado tanta controversia como fascinación, tal es la multiplicidad de lecturas a que se presta. En cualquier caso, y es curioso, no es el clásico de la literatura de aventuras que podía haber sido: en todo caso, es el mayor clásico de la antinovela de aventuras jamás escrito.

¿Qué mejor prueba que asomarse a cualquiera de las adaptaciones para niños que hay de esta novela?  En general, este tipo de libros consisten en un resumen apretado de las novelas originales. En el caso de Moby Dick, no hay resumen sino amputación. Pues la historia, reducida a su esqueleto argumental, es bien escasa, y casi se producen más acontecimientos en su arranque en tierra firme, es decir, antes de que el Pequod zarpe, que en su periplo marino propiamente dicho.

¿Qué contienen entonces las cerca de 700 páginas que posee la novela (en edición de bolsillo, que en cualquier otra pueden irse a muchas más)? Existen pocos libros que hayan sido sometidos a un mayor escrutinio interpretativo que el que nos ocupa. La obsesión del capitán Ahab por la ballena y la caza sin cuartel en que convierte el viaje del Pequod han sido examinadas renglón por renglón, tratando de encontrar sus claves como si nos halláramos ante un manual cabalístico en el que se creyera escondido el secreto de la creación. Y es que lo primero que hay que señalar es que Moby Dick es una novela-mundo, una novela con pretensiones totalizadoras (como lo son El Quijote, Los miserables o Cien años de soledad), un libro en el que su autor pretende encerrar nada menos que una metáfora completa de la realidad, de la sociedad, del universo. Y como todos los creadores «totalitarios», Melville se niega a facilitar la labor de sus lectores (no digamos ya de sus exégetas). Es más, la complica. Si algunas de las novelas-mundo que pueblan la literatura engañan por la aparente facilidad de su prosa, por la fluidez venenosa de su narrativa —el mejor ejemplo que se me ocurre es la antedicha obra de Gabriel García Márquez, que permite dejarse llevar por sus páginas como quien se sube a un bote que la poderosa corriente de un río arrastra al mar, sin necesidad de remar—, la obra de Melville es condenadamente difícil.

Moby Dick, por Burnham Shuter

En primer lugar, un lector despistado podría considerar que, en apariencia, Moby Dick lo que pretende es erigir el monumento definitivo a la pesca de la ballena. En efecto, por sus páginas desfila cualquier mínimo elemento relacionado no ya con la propia caza del cetáceo, sino con las actividades subsiguientes de aprovechamiento, pero también hay detalladas descripciones de su anatomía, una descripción tipológica de todas sus especies, un recorrido gastronómico, una genealogía de la actividad pesquera y de todos los oficios que requiere, un rastreo de todas las fuentes (científicas, literarias y religiosas) donde aparece este animal, un recorrido por su simbología, un análisis onomástico, incluso una selección de citas sobre la ballena extraídas de todo tipo de fuentes y que es lo primero que se encuentra el lector al abrir el libro. Podría pensarse que el que no esté especialmente interesado por el mundo de las ballenas puede prescindir perfectamente de esos capítulos y saltarse su lectura. Pero sería un error: el lector que se sienta tentado a hacerlo, sencillamente no debería leer Moby Dick, porque esas páginas son tan imprescindibles como las que ya se centran directamente en los personajes y sus actividades. Sin ellas, no existiría la particular atmósfera que destila la historia: sería, ahora sí, una novela más de aventuras, si acaso más sombría de lo usual.

Su lectura, en distintos momentos, resulta a la vez cautivadora, irritante, educativa (por supuesto) y misteriosa. Melville no incluye esas páginas por mera exhibición erudita (aunque también…) ni desde luego para rellenar el volumen de páginas que debe tener un libro importante (como suelen hacer tantos novelistas estadounidenses actuales). El tratamiento que el narrador otorga a esos capítulos, entre lo reflexivo y lo documental, entre lo subjetivo y lo objetivo, y el casi maníaco empeño en no dejar un solo elemento relacionado con las ballenas sin comentar, acaban sugiriendo que bajo esas líneas late un misterioso secreto que se antoja fundamental para la cabal comprensión de la historia: si Moby Dick se concluye con la convicción de habernos asomado tan solo a la superficie visible de un secreto casi inexpresable se debe a esto.

No descarto, tampoco, que esa saturación busque un efecto de exasperación en el lector, pues lógicamente que deban leerse no implica que deban complacer. La debilidad digresiva de Melville nos aparta largo rato del capitán Ahab y su cacería, de los muy interesantes oficiales de a bordo, de Ismael y la tripulación, aumentando nuestro deseo de regresar a ellos, y poniéndonos en el estado de ánimo adecuado para que también deseemos, como Ahab, que la ballena blanca aparezca de una maldita vez y que, vencidas también nuestras reticencias, nos arrojemos sobre ella a bordo de los botes para perseguir la enorme estela de espuma que deja a su paso y cobrarnos su vida.

Richard Basehart como Ishmael [Moby Dick – John Huston, 1956]

Como tantas aventuras, Moby Dick está narrada desde la perspectiva subjetiva de un personaje que se presenta al lector en la primera y mítica frase de la novela: «Llamadme Ismael». Sin embargo, y es una de las singularidades de esta novela, Herman Melville no respeta ni mucho menos a lo largo de todos los capítulos esta narración en primera persona. La mantiene de modo impoluto más o menos hasta el capítulo 29 y a partir de ahí comienza a incluir acciones en las que Ismael en absoluto está presente e incluso monólogos interiores del resto de personajes, sobre todo el capitán Ahab. En determinado momento, incluso, y es uno de los rasgos más fascinantes del libro, cuando la narración recupera la primera persona, nos preguntamos quién diablos está dirigiéndose a nosotros. El curso de erudición ballenera, religiosa, simbólica, taxonómica, literaria, geográfica y de cualquier campo del conocimiento delata una vasta cultura, sí. Pero, ¿de Ismael… o es que el mismo Melville —ese muchacho de buena familia venida a menos que, viéndose obligado a trabajar, vivió un auténtico periplo marinero que luego utilizó a conciencia en sus novelas— no puede evitar la tentación de insertarse él mismo en el seno de su novela-mundo y alardear de toda la documentación, personal y ajena, que utilizó para su redacción?

¿Quién es Ismael? En toda la literatura de aventuras casi no puede encontrarse un personaje más opaco. Pues si este género, por lo común, elude la minuciosa descripción psicológica para describir a sus protagonistas por medio de sus acciones, en el caso de Ismael tal práctica literaria de poco nos vale. Ismael, de hecho, no hace nada a lo largo de la historia. Rectifico: a partir del momento en que se sube al Pequod, prácticamente deja de existir como lo que indica que es al principio —un hombre de tierra que cada vez que siente que en su alma se posa «un noviembre húmedo y lluvioso» (pocas imágenes más bellas del pesar existencial ha recogido jamás la literatura) corre a embarcarse— y alcanza, casi, una sustancia fantasmal, como cronista (cuando es necesario) de los hechos balleneros y del destino final del barco.

Su mismo nombre puede ayudarnos. En esta novela en la que todo parece susceptible de encerrar una simbología, hay que recordar que el personaje puede estar muy bien ocultando su verdadero nombre: parece el sentido de esa famosa apelación al lector («Llamadme Ismael»), y de hecho nunca revelará su apellido. Ismael es, además, un nombre con un significado simbólico de raíces bíblicas: es el primer hijo de Abraham, habido con su esclava Agar cuando pensaba que su esposa Sara era infértil, y al que esta (cuando por fin queda embarazada por designio divino) obliga a apartar de su lado y enviarla al desierto con su pequeño, en uno de esos actos de alucinada arbitrariedad que caracterizan el Antiguo Testamento. Ese abandono convierte a Ismael en símbolo de la soledad y del apartamiento de los hombres.

Llamadme Ismael…, por Rockwell Kent

En cualquier caso, y como señalaba, Ismael sí es un personaje con voz propia mientras la novela transcurre en tierra, durante sus primeros y completamente memorables 22 capítulos iniciales. En ellos, el protagonista (que, insisto, nunca revela el menor dato sobre sí mismo) se describe a sí mismo como un hombre de psicología sencilla, en quien es difícil adivinar esa profunda cultura que luego (al menos en teoría) revelará a lo largo del libro y que se deja llevar por impresiones y sensaciones básicas mientras pasa por las famosas poblaciones marineras de New Bedford y Nantucket en busca de un barco ballenero en el que embarcarse (eso sí, declarará su inexperiencia en ese campo: solo ha sido marino mercante, lo cual en principio le gana el desprecio de sus armadores). En esos 22 capítulos, y es curioso, Ismael, en su papel de narrador, otorga una notable gentileza a una historia que luego carecerá de ella: su descripción (contagiosa) de los lugares, incluida la iglesia donde asiste a un sermón premonitorio sobre el episodio bíblico de Jonás; su bella manera de expresar su anhelo por marchar al mar —el primer párrafo del libro, del que ya he extraído algún ejemplo, es de lo más hermoso de toda la literatura universal—; y sobre todo, el relato de su fraternal amistad con el polinesio Queequeg, que en principio lo espanta precisamente por su condición de salvaje pero con el que enseguida traba una relación íntima; todo ello, como digo, crea (hoy) una sensación de dulce nostalgia por un mundo perdido, poblado por hombres de psicologías elementales pero nobles, que nos impulsa a querer unirnos a Ismael en su navegación por el mundo.

Por supuesto, todo era una trampa que el astuto Melville nos tiende para llevarnos al fondo, progresivo, del horror. ¿Acaso Ismael no es sino un disfraz para tendernos el lazo y conducirnos al Barco de los Muertos que acabará revelándose que es el Pequod? Pues a bordo del Pequod reina un hombre que exige sumisión incondicional a cuantos viven entre sus amuras, un hombre que (en astuto rasgo narrativo) tarda todavía muchas páginas más en aparecer, creando una notable expectativa en torno a su presencia y que, al poco de hacerlo, convoca a toda la tripulación para cumplir una ceremonia de entrega a su persona que hace de la caza de la ballena blanca el objetivo principal (en realidad, el único) del viaje. Un objetivo cuyo símbolo va a ser ese doblón español que Ahab clava sobre el mástil y que promete al primero que vea soplar al odiado animal que persigue.

Moby Dick, por Burnham Shuter
Gregory Peck como Ahab [Moby Dick – John Huston, 1956]

En general, suele indicarse que una de las claves de Moby Dick se encuentra en la fascinación que despierta su personaje, el capitán Ahab. Aunque la indiferencia, incluso franco desconocimiento, que hoy arrastra la Biblia le resta ese impacto, en su momento esa fascinación empezaba por la elección del nombre para el personaje, cuyo origen bien conocían todos sus lectores. En el Antiguo Testamento, Ajab es uno de los reyes de Israel, que se casó con Jezabel —otro nombre cuyas connotaciones negativas hoy se mantienen, irónicamente, gracias al cine, de la mano del famoso personaje de Bette Davis—, princesa fenicia que empujó a su marido a restaurar el culto al dios Baal, ganándose la reprobación de los rigoristas sacerdotes del monoteísmo. Muerto Ajab en combate, su paso por el libro de los Reyes concluye con la impresionante imagen de los perros lamiendo su sangre.

En su primera presentación íntima ante el lector, en el primero de los muchos y estremecedores monólogos que entabla consigo mismo, Ahab dice que «soy demoníaco, ¡soy la locura enardecida!». Por supuesto, la primera definición del personaje es su apariencia: un hombre marcado por su pierna (no de madera, sino de marfil), su mirada siempre sombría y una cicatriz que le recorre el rostro: un marinero señalará que no es una cicatriz sino una marca de nacimiento (afirma que si alguien pudiera contemplar cómo lo amortajan, vería cómo le recorre el cuerpo entero), pero en otro momento el mismo Ahab sugiere que su origen está en un rayo que lo atravesó. En cualquier caso, Ahab se define por sus marcas en el sentido siniestro que este concepto, antes de estos tiempos de suprema corrección, era utilizado en la simbología popular. Ahab realmente es una sombra: concluida la novela, hay que convenir en que ya estaba muerto antes de iniciar su singladura contra Moby Dick, que murió en su primer encuentro si bien se permitió que un vestigio disminuido de él pudiera seguir entre los hombres, solo para preparar el segundo y ya definitivamente mortal encuentro con su destino.

¿Es por ello el viaje del Pequod una singladura por el purgatorio, que cree posible todavía alcanzar el cielo pero que no sabe que se desliza de modo inexorable hacia el infierno? Al menos en las páginas del libro aparece un personaje que lo intuye y que se desespera al advertir que no hay remedio. Se trata del primer oficial, Starbuck, quien pese a ello no encarna ni mucho menos la opción del personaje positivo que simboliza la vida frente a la muerte que es Ahab. Pues Starbuck encierra otro tipo de rigorismo, en este caso el religioso (es cuáquero), y en el fondo se deja seducir por la imagen que compone su capitán: en un significativo momento, cerca del final, tiene en sus manos acabar con él, mientras duerme, y sin necesidad de tener que hacerlo cara a cara (un disparo a través de la puerta al otro lado de la cual sabe que se halla la cabeza de Ahab), pero se ve incapaz, y no por la indignidad del acto o su falta de nobleza, sino por su incapacidad para hacer lo que sí hace su capitán: negarse a aceptar el destino y afrontarlo pese a que sea muy probable que conduce a la muerte. Por eso es Ahab el capitán y el personaje inolvidable, y no Starbuck.

Una última sorpresa acerca de Ahab es que el mayor homenaje póstumo que se le hizo (o tal vez su parodia descarnada) lo contiene un libro en las antípodas del que nos ocupa. Se trata nada menos que del capitán Garfio de Peter Pan (o sea, el creado por J. M. Barrie y no por Walt Disney), cuyo patetismo, esta vez nada luciferino sino nostálgico, es un reflejo del de aquél, con quien comparte además el incontenible pesar de haberse visto mutilado por un animal (en este caso, y como bien se sabe, un cocodrilo).

Moby Dick, por Lisel Jane

Finalmente, y a todo esto, ¿qué simboliza Moby Dick? Como se ha dicho sobradamente, la primera fortuna del siniestro halo que lo rodea estriba en su blancura. Las ballenas, y entre ellas los cachalotes, como se sabe, tienen la piel de color azul o gris, pero nunca completamente blanca. Melville dedica todo un capítulo a hablar de la contradicción que supone el hecho de que ese mismo color (o no color), el blanco, haya sido siempre símbolo de connotaciones positivas (la pureza, la limpieza, lo inmaculado), pero también de su completo contrario, y ofrece un catálogo de lo más convincente: ¿acaso no despiertan sensaciones de desagrado y turbiedad animales como el oso polar y el tiburón blanco, o la lividez de los muertos, o la piel de los albinos…? Melville, ciertamente, dota a su animal de una inteligencia y una voluntad humanas; en especial, posee el más humano de los rasgos: la violencia. Moby Dick, pudiendo huir sin más de sus perseguidores, se empeña en atacarlos, en hundir sus barquichuelos, en destrozar sus cuerpos. Puede pensarse que son estos quienes se empeñan en buscar su condenación: la ballena les da dos días de merced antes de que al tercero acabe hundiendo el Pequod y todos sus tripulantes. Por supuesto, Melville subraya la siniestra simbología del número: como en el famoso enigma que la esfinge planteó a Edipo, el primer día de caza es el amanecer, el segundo la plenitud y el tercero, el ocaso: la muerte.

Decía al comenzar esta reseña que la riqueza de Moby Dick radica en su falta de respuestas concluyentes. En su suprema prolijidad, Herman Melville sin duda nos proporciona todos los elementos necesarios para que sea el mismo lector el que decida cuál es el significado de lo que nos narra… si es que posee un significado que no sea el de demostrar, del modo más concluyente, el absurdo que son la vida y el mundo que la enmarca. En cualquier caso, Moby Dick ha sido interpretada como una alegoría religiosa (y es cierto, como vimos, que la religión —en la acepción más amplia de la palabra— impregna todas sus páginas); como la lucha del hombre contra la divinidad o contra el demonio, con Moby Dick alternativamente haciendo de Dios o de símbolo del mal y de la destrucción; como metáfora de la patética condición humana, que siempre intenta proyectarse más allá de sus limitaciones para acabar viéndose reducida a la impotencia…

No encuentro excluyentes ninguna de esas interpretaciones y a todas me sumo porque ahí está la riqueza de un libro que admite, ya lo he dicho, la gentileza y la torvedad, la sencillez y la erudición, lo sublime y lo siniestro, la poesía y la épica, la elipsis más fulgurante y la minuciosidad más detallada, la narración de aventuras y la filosofía… Es un viaje en el Barco de los Muertos que nos conduce a las cimas y las simas de la vida. Es una experiencia de palabras y sensaciones que a ratos nos envuelve como una mortaja y a ratos nos subyuga como el más poderoso bálsamo. Es un paseo por el espejo de la vida, cuyas imágenes unas veces se deforman, otras engañan en su aparente diafanidad y otras veces se rompen en mil pedazos, lo que obliga a reconstruirlas con ese afán por salvar lo precario, sabiendo que quizá es para que enseguida vuelva a romperse, que es una de los más admirables rasgos del ser humano.

Pocas narraciones concluyen con una imagen más poderosa que la de este libro. Después de que Moby Dick embista el barco y lo hunda, arrastrando a todos sus hombres en el formidable vértice que se forma y que parece llevar al infierno, un solo hombre sobrevive. Es claro, Ismael, haciendo honor a la protección divina de su nombre: el condenado a apartarse de todos, a la soledad suprema, pero también a la supervivencia. Y lo hace gracias al ataúd que había hecho fabricar su amigo Queequeg para el hipotético reposo de su cuerpo en el mar. Ya lo dijo Job: «Y solo quedé yo para contarlo»

Cartel de la adaptación cinematográfica de «Moby Dick» por John Huston [1956]

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José Miguel García de Fórmica-Corsi

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