La lúcida mirada de Massimo Recalcati – Luis Roca Jusmet
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La lúcida mirada de Massimo Recalcati
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La lúcida mirada de Massimo Recalcati
Acaba de publicarse la edición española, en la Editorial Anagrama, de un interesante libro de Massimo Recalcati sobre el duelo y la pérdida cuyo título es La luz de las estrellas muertas. Pero no voy a hablar de este libro sino de otros anteriores que me han impactado y me han hecho reflexionar de manera muy fecunda. Recalcati es, además de uno de los más prestigiosos psicoanalistas italianos, un reconocido articulista y personaje mediático en su país. Pero sobre todo uno de los ensayistas más lúcidos del panorama contemporáneo.
Uno de los problemas que aborda Recalcati es el declive del Padre. Fenómeno social que se da en el marco del tardo-capitalismo y que coincide con el dominio del consumo de mercancías, químicas y tecnológicas, que se convierten en los objetos inmediatos de goce. Esta reflexión le conduce a Recalcati a un análisis sobre la crisis de la figura paterna en la sociedad en que la vive (que es la italiana, pero que tiene claros elementos comunes con la nuestra y con toda la sociedad occidental). Esto le llevará a la sugerente y a la vez problemática propuesta de lo que llama el complejo de Telémaco como sustitución del complejo de Edipo. “Sustitución” que tiene aquí un doble sentido: por una parte, el de relativizar la explicación de la estructuración del sujeto contemporáneo a través del Edipo y, por otra, el de no querer buscar la salida a la caída del Ideal en un retorno nostálgico del Padre como Autoridad simbólica. Recalcati recurre para avanzar en un replanteamiento de la paternidad, a la figura de Telémaco, el hijo de Ulises que espera el retorno del padre. El padre es, por supuesto, necesario, y Recalcati insiste en los estragos que ha producido en la sociedad italiana su desaparición simbólica. Pero la alternativa puede ser una nueva figura del padre, que se presenta como un referente ético que apuntaría solamente a la
Por una parte, está la necesidad de unir el deseo con la ley. La ley fundamental es, como sabemos desde Freud, la prohibición del incesto. Es, como luego profundiza Lacan, la que pone límite al goce mortífero y que abre la experiencia de la falta que posibilitará la aparición del deseo. Jacques Lacan ya señaló anteriormente que el declive del padre tiene relación con fenómenos históricos diferentes: la aparición del totalitarismo y el mayo francés. En una primera etapa, la crisis conduce a la obediencia al Padre loco y déspota y en un segundo a la pérdida de límites y a la libertad para gozar a través del objeto-mercancía. En ambos casos se elimina lo que nos humaniza, que es tanto la aceptación simbólica de la castración como la apertura a la experiencia del amor. Se rompe así la alianza entre la ley y el deseo, al perderse la función simbólica de la paternidad. No hay límites, no hay identificación simbólica con el Ideal. Pero no se trata de volver al patriarcado ni de celebrar el reinado de la pulsión vía Anti-Edipo. Se trata entonces, nos propone Recalcati, de abrir una tercera vía, que es la de la trasmisión del deseo a partir de la referencia ética del adulto, que solamente puede darse a través de la figura del padre. Un padre vivo, que sea la encarnación singular de un deseo humanizado, ligado a la ley. Pero el padre hay que entenderlo en términos simbólicos, como una función, que no asume necesariamente un hombre y que evidentemente se vuelve más complejo y ambiguo en los nuevos modelos familiares. Es la única manera de establecer los lazos sociales a partir de las profundas transformaciones familiares y sociales.
Los conflictos entre generaciones son necesarios, hay que mantener y no diluir la separación entre una generación y la anterior. Esta experiencia constituye una diferencia simbólica que no puede resolverse con la violencia, por supuesto, pero tampoco con la indiferencia. Hay que aceptar que la relación padres-hijos es una relación conflictiva entre no-iguales. Hay una herencia de significantes que debe mantenerse, porque es en esta transmisión donde se reconoce simbólicamente al Otro y la deuda simbólica que tenemos con él. La sociedad no puede ser totalmente permisiva, hay que interiorizar la ley que pone límites a nuestras pulsiones.
Recalcati entra en otros muchos temas interesantes. Por ejemplo, en la crítica de lo que llama la angustia del rendimiento, que consiste en querer inculcar a los hijos la obsesión por el éxito y el rechazo del fracaso. Es el narcisismo de los padres el que se proyecta en un Ideal que no acepta lo fallido de la vida. El psicoanálisis debe también ser crítico con el discurso capitalista en el que todo goce parece posible a través del éxito y del consumo de mercancías. Hay que apostar por el fracaso, aceptando lo fallido del objeto y lo imposible de la relación sexual, es decir la existencia de la falta como elemento estructural del ser humano.
Pero no se trata, plantea el psiconalista italiano, de querer restaurar al padre autoritario, sino de inventarse algo nuevo. No debe reivindicarse la disciplina perdida, sino la referencia ética del adulto, del padre, a partir de su testimonio. Aquí justamente encontramos la originalidad de Recalcati: reivindicar a Telémaco en lugar de a Edipo. Telémaco es un personaje que aparece en la Odisea de Homeror y que espera la vuelta de su padre, que se fue a la Guerra de Troya. El padre simbólico representa la Ley de la palabra como la ley del deseo. No se trata de la transmisión de una herencia que hay que rechazar o repetir miméticamente, sino de un movimiento singular que nos permita retroceder avanzando, transformar la herencia no en lo que nos da la seguridad de una identidad dada, sino en una aventura, en un riesgo sin garantías. Edipo representaba al Padre como rival, en cuanto que era el portador de la Ley. La Ley de la palabra es necesaria porque nos humaniza, porque es la que pone distancia a lo inmediato. Nos permite un trabajo que nos dignifica, que sublima nuestras pulsiones, que da sentido a la vida a través de una ética. La Ley de la palabra nos permite esperar, renunciar al goce inmediato y así generar el estado de falta que permite la aparición de un deseo más profundo, más propio, y canalizar las pulsiones.
El grito del bebé es una petición, no solo referida a una necesidad sino también al amor, ya que sobre ella se apuntala la demanda de amor al Otro primordial materno, que nos atiende. De esta manera, somo algo para este Otro primordial, pero tan destructivo como no ser nada para él es serlo todo, porque entonces nos convertimos en su objeto. El Otro nos quiere y nos da algo inmaterial, en cierta forma nos da lo que tiene, porque no son objetos sino un gesto de amor lo que pide el niño. El Otro simbólico es el que nos separa del Otro pimordial, el que nos enseña la Ley de la palabra. Todos dependemos del Otro, aunque debamos ser autónomos. Nadie es auto-suficiente, ni dueño de sí mismo. Hay que aceptar los límites y la deuda simbólica que tenemos con la generación anterior, hay que aceptar la propia filiación para superarla.
Pero no hay que olvidarse de sus interesantes reflexiones ligadas a su trabajo clínico.. Para Recalcati pas amos de la “clínica de la falta” a lo que llama «la clínica del vacío» ligada a la pulsión de muerte como goce desregulado y mortífero.. En la época de Freud existía la clínica de la falta, ejemplificada en las neurosis de transferencia ( histeria, neurosis obsesiva, fobia…). Eran consecuencia de un retorno del deseo reprimido en forma de síntoma, en un sujeto dividido por la represión. Era una falta de ser que habitaba el sujeto. Hoy podemos hablar de “una clínica del vacío”, basada en la desconexión del sujeto y el Otro, en un rechazo del Otro simbólico. Se promueven los objetos que taponan el vacío y este no se puede transformar en falta. Solo hay angustia en este vacío, No hay encuentro tampoco con el Otro sexo, es la época del anti-amor. No hay un Ideal. No es una estructura clínica nueva, son nuevos síntomas que hay que resituar y que corresponden muchas veces a estructuras psicóticas ( muchas veces no desencadenadas en forma de delirio o alucinación )y perversas. Son la anorexia-bulimia, las toxicomanías, las dependencias patológicas, la depresión, la obesidad. Recalcati nos explica sus experiencias de aplicación de su terapia psicoanalítica grupal a casos de anorexia-bulímia. Imprescindible para los interesados en la cuestión y que que quieren ir más allá de las terapias cognitivo-conductuales al uso.
Otro tema que aborda es el de la educación. Como en el tema del padre, Recalcati recoge este momento de crisis y de confusión que vive el mundo de la enseñanza. Mundo en el que, frente al descrédito social y a la pérdida de la autoridad simbólica del profesor, se va abriendo paso el modelo neo-liberal que hegemoniza un discurso educativo basado en un nuevo lenguaje: competencias, inversión, nuevas tecnologías, evaluaciones externas, recursos… Formar, en definitiva, una mentalidad empresarial ( «emprendedora») adaptada exclusivamente a las exigencias del mercado. Este es el nuevo modelo educativo, frente al que se alzan las voces nostálgicas que reivindican la vieja figura del viejo profesor con aquella supuesta autoridad simbólica que todos respetaban. Al profesor se le respetaba por el lugar que ocupaba y punto. Lo que propone Recalcati es un nuevo sendero en la que la autoridad se base en el reconocimiento del profesor como aquel sujeto con estilo propio, que es capaz de dejar una marca singular en el alumno. La autoridad sí, pero algo que se debe ganar. Es un sujeto que ama lo que enseña, y que además quiere (y sabe) transmitirlo a un alumno. Pero lo que se transmite es el deseo más que el saber. Pero no para hacer del alumno el objeto de nuestro deseo de saber, sino para hacer del estudiante un sujeto del saber. Se trata de una relación erótica, en el sentido más amplio del término, que consiste en que el saber se transforma en un objeto erótico, es decir que el sujeto sublima su libido en este deseo de saber. Aquí la referencia básica es La transferencia, seminario de Lacan dedicado a Sócrates, que es, sin duda a dudas, el que mejor explica el movimiento del sujeto del deseo hacia el objeto amado en el tema de la verdad. Porque el camino hacia la verdad es el saber y el objetivo es imposible porque nunca alcanzamos el Todo. Lacan trata a partir de aquí de la transferencia, que es tan nuclear en la educación como en el psicoanálisis, que justamente Freud definía (junto al arte de gobernar) como las profesiones imposibles. Pero, al igual que en el análisis, la transferencia no puede tener un carácter de seducción porque lo que hace entonces es atrapar en la ilusión del amor, en una trampa narcisista que crea dependencia. Por el contrario, la transferencia debe servir para que el analizado y el alumno puedan constituirse en sujetos del deseo y seguir entonces su propio camino. Pero para ello hay que crear un vacío que puede transformarse en la falta que justifica el deseo.
Hay también toda una reflexión sobre la necesidad de la escuela como vehículo de la Ley, de la función simbólica que separa al niño de ser el objeto del deseo de la Madre, que le obliga a traducir la lengua materna en la lengua de la sociedad. Es el paso del deseo alucinatorio al deseo de la sublimación. Paso que es necesariamente traumático, pero este trauma es absolutamente necesario para la especialización. El capítulo de «la hora de clase», complementado por su testimonio personal en el que describe su encuentro con la profesora que realmente le marcó es una delicia.
El epilogo, que llama «la belleza de la torcedura», me parece genial. La vid torcida de la vida no espera hoy ser endereza por el dispositivo disciplinario de la vida. Es un tiempo que pasó y no hay que añorar. Es necesaria la Escuela como Institución en su papel de mediación simbólica, del Otro a partir del cual definir nuestro deseo. Porque de otra manera nos quedamos atrapados en lo imaginario del yo, en la ilusión de lo especular. Pero hay que evitar también la ilusión del neo-liberalismo que convierte la educación y la vida en una perpetua competición. Se trata de «Reiventar lo que hemos recibido del Otro de manera singular, sintomática, generando un estilo propio, realizar la vocación del deseo, hacer de nuestra vida una vid torcida.»
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Luis Roca Jusmet

