La noche olvidada – María José Edreira Vázquez

La noche olvidada – María José Edreira Vázquez

La noche olvidada

 

 

 

(…) Avancé un poco más hacia la mesa y por un momento se me nublaron la mente y la vista. Me detuve. No podía pensar en nada, no sabía qué hacer. Estaba detenida allí, en medio de la pista de baile, pero era como si estuviera en otra parte: en otra vida, en otro mundo. Una indefinible sensación, mezcla de asombro, impotencia y rabia se había apoderado de mi produciéndome un escalofrío, y luego, tras el eco de esa agitación, me había quedado laxa, sin fuerzas.

Afortunadamente Gustavo Quintero y su grupo se arrancaron on otro merengue y recobrando un poco los sentidos, arrastrada en las olas de los bailarines, como un náufrago invisible me dejé llevar de nuevo al aseo. No estaba segura de lo que hacía, de lo que quería: estar sola, llorar, pensar, gritar.

Me puse frente al espejo. A una velocidad vertiginosa se sucedían pensamientos, deseos, sueños, recuerdos, atropellándose unos a otros, confundiéndose unos con otros como en una disparatada y alocada película sin principio ni fin, sin orden ni ritmo. Cuando vi mi imagen borrosa en el espejo saqué del bolso el pañuelo y con cuidado, para no estropearme el maquillaje, restañé unas lágrimas apenas aparecidas. Respiré profundamente y me sobrepuse en un esfuerzo de voluntad y decisión. Ya más calmada me volví a la sala de baile.

Desde lejos miré hacia la mesa y continuaban en la misma intimidad. Como sintiéndome culpable por sorprenderlos, hice el camino hasta ellos lentamente y de forma que Rafael me viera antes de llegar allí; pero estaban tan ensimismados en sus confidencias que, aunque me pareció que me había mirado, no reparó en mi hasta que me situé junto a ellos.

– ¿Interrumpo? -pregunté, simulando indiferencia.

Ambos se volvieron a un tiempo e incomprensiblemente me sentí como una intrusa. Hubo un eterno e insondable silencio de unos segundos durante los cuales mis piernas temblaban y me sentí desfallecer. Rafael no se levantó.

– ¡Oh! No, no, por favor -contestó.

Me indicó con un gesto una silla vacía. Me senté. Estaba incómoda, Rafael también. Noté que mi presencia le resultaba molesta, o por lo menos embarazosa. La chica del pelo negro me dirigió una sonrisa.

– No nos conocemos ¿verdad? -le dije.

– ¡Ah! perdón -se adelantó Rafael-. Cariño, Alejandra Montero. Alejandra, mi prometida.

– Encantada -llegué a decir, no sé cómo.

– Mucho gusto -dijo ella con voz tranquila.

Nuestras mejillas se rozaron. Por un instante la situación aparentó ser normal, tan falsamente cotidiana que me sentí ridícula por lo que había llegado a pensar y, lo que me hacía todavía más estúpida, por lo que había llegado a sentir. Fue sólo durante un instante, un instante engañoso. Sabía que algo raro estaba sucediendo. Se hizo otro silencio, más prolongado y tenso que el anterior. A Rafael le temblaban los dedos y ocultó las manos bajo la mesa. Nadie se atrevía a decir nada. Con fingida despreocupación miré hacia la mesa del grupo; mi mirada se encontró con la de Marta y ella la esquivó.

– Alejandra es una antigua compañera, una amiga -balbuceó Rafael, con un tono mas de fastidio que de justificación. Y no supo o no quiso añadir nada más.

Por más que lo intentaba yo tampoco podía decir nada. El corazón me latía con todas sus fuerzas. Aquel silencio me parecía mas perceptible, mas ruidoso que todo el bullicio de la sala. Me daba perfecta cuenta de que allí estaba sobrando, de que les resultaba molesta, de que estaba de más; pero, aunque estaba sufriendo y apenas soportaba aquel maldito juego sin palabras, tampoco tenía el valor suficiente para levantarme y dejarlos a solas. Quería saber, quería hacer preguntas, muchas preguntas. No aguantaba más aquella incertidumbre que me estaba royendo por dentro; pero, a la vez, no tenía que preguntar nada, no podía hacerlo, era él quien tendría que darme alguna explicación sin que yo se la pidiera. No quería mostrar mi debilidad; y envidié a las personas que son capaces de estallar manifestando sus sentimientos, y odié la compostura, la educación, las hipócritas sutilezas de las buenas maneras, que no conducen mas que a un inútil resentimiento.

– Por favor, tráigame un güisqui con hielo -me oí decirle al camarero que pasaba junto a la mesa. Fue algo instintivo, quizá sólo una excusa para decir y hacer algo. Con un tono de voz falsamente desenfadado.

– ¿Queréis algo más? -les pregunté.

– No -contestó Rafael por ambos.

– ¿Por qué, no hay nada que celebrar? -me atreví a ironizar.

Rafael me lanzó una mirada de reprobación que me dolió menos de lo que unos minutos antes habría llegado a suponer. Aquello fue una revelación para mí. El camarero trajo el güisqui, me levanté con el brazo en alto y sin necesidad de aparentar indiferencia, porque la estaba sintiendo de verdad, brindé.
– Por los viejos tiempos, por los viejos amigos -dije.
Era evidente el malestar de Rafael. Me sentía algo avergonzada, pero no quería ni podía dar marcha atrás en aquella farsa que yo había empezado, que nadie odiaba más que yo y que me encontraba ahora con fuerzas para protagonizar. Me fui hacia la mesa del grupo. En seguida supe de qué estaban hablando, porque cuando llegué cortaron bruscamente la conversación y nadie decía nada.

– ¡Vaya! -exclamé- hoy sólo oigo los sonidos del silencio.

– ¿Leísteis el último artículo de Jorge? -preguntó repetidamente Marta. Encargada siempre de suprimir cualquier pausa.

– Sí, y has dicho bien, porque es el último de verdad. Ayer cerraron el periódico -prosiguió Juan.

Yo no quería participar en la conversación. Me coloqué detrás de Julio y le abracé del cuello.

– ¡Hola! ¿Qué tal estás? -le susurré al oído.

Noté en él el temblor de la extrañeza. Me separé un poco y giró la cabeza.

– Como siempre, bien -respondió-. Y tú ¿qué tal? Siéntate.

– No, así estoy bien. ¿Cuándo has vuelto?

– Hace una semana. Estaré hasta el día 21.

Sin mucho interés por lo que hablaban los otros del grupo, de vez en cuando, nos miraban de soslayo. No podía respirar aquel aire cargado de suspicacias.

– ¿Bailamos, Julio? – propuse.

– Vale -aceptó.

Fuimos a la pista de baile y no miré hacia la mesa de Rafael y Alejandra. Gustavo Quintero atacaba, incansable, una nueva canción. Al principio no cogíamos el paso y me sentía incómoda, observada por los del grupo. Los veía y presentía que estaban compadeciéndose, o quizá burlándose de mí o criticándome. Eso me hacía daño y me daba rabia. Todos somos crueles, tal vez involuntaria, inconscientemente, pero al fin y al cabo crueles. Cerré los ojos y me dejé envolver por la melodía. Poco a poco todo se fue distanciando de mí; me sentía lejos, inmersa en un sueño que no sabía si era una absurda pesadilla o algo maravilloso, pero que vivía como algo distinto e intenso, y deseaba que nunca terminara.

Entonces sentí, por vez primera, las manos de Julio en mi espalda. Abrí los ojos y recogí su lánguida mirada, compartí su expresión perennemente nostálgica y le deseé. Me estreché contra él y me sumergí en la música y en su aliento próximo y remoto a la vez. Quería olvidar, olvidarlo todo y para siempre, olvidarme de mí, de todo mi pasado y quedarme allí, así para siempre, ajena a todo; y creía haber encontrado, estar abrazada al cómplice de mi definitiva evasión.

Cuando me di cuenta estaba en casa de Julio; estábamos solos en el salón, sentados uno frente al otro.

– Me tengo que ir -dije.

– Te acompaño -se ofreció.

– No es necesario, gracias.

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María José Edreira Vázquez

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