La vida en gris – Un relato de Rafael Baeza Rodríguez

La vida en gris – Un relato de Rafael Baeza Rodríguez

La vida en gris [Relato]

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La vida en gris

Acabo de cumplir cincuenta y cuatro años y desde que tenía dieciséis  sigo sintiendo el mismo desafecto e  irritación  por la gente,  en general, sobre todo por mis compañeros de trabajo, individuos anodinos, estúpidos e inertes que sólo se preocupan de sus ombligos.  Mis vecinos son también encantadores. Esto es un fin de semana cualquiera que se repite fatídicamente verano tras verano: Hace mucho calor, los mosquitos zumban a mi alrededor, el olor del carbón especial barbacoa apesta mi habitación, la “música” sube mi presión arterial, los niños apalean el agua chillando como monos enloquecidos, los perros ladran y los padres beben y gritan a dentelladas: “¡Quillo, pázame otra cerveza!”. El jolgorio  ya se contagia a otras viviendas. Cierro puertas y ventanas,   pongo el adagio de Barber,  me tomo un Valium y agarro la botella de ron.  Es lo único que consigue estabilizarme.

  Naturalmente, estoy soltero y vivo solo; de vez en cuando tengo  encuentros  con una jovencita universitaria a la  que le gustan los hombres maduros y la ropa cara, no necesariamente en ese orden. Necesito pocas cosas para sobrevivir, desafortunadamente tengo buena memoria y una mala salud de hierro lo que impide a mi organismo desarrollar la paz y el sosiego que me son imprescindibles para mi existencia. Ni el cinismo ni el humor me alivian: El humor no nos salva; no sirve prácticamente para nada. Uno puede enfrentarse a los acontecimientos de la vida con humor durante años, a veces muchos años, y en algunos casos puede mantener una actitud humorística casi hasta el final; pero la vida siempre nos rompe el corazón…y entonces uno deja de reírse. A fin de cuentas ya sólo quedan la soledad, el frio y el silencio. A fin de cuentas, sólo queda la muerte [1]. Puedo empatizar con algunas personas, pero huyo de las masas como de la peste; abomino especialmente de los líderes, no soporto esa aberrante adoración  hacia individuos que suelen ser unos  necios engreídos señalados por la fortuna, esa errante puta, como la describe Shakespeare en su obra El Rey Lear.  Mi conciencia social está bajo mínimos.  Tal vez sea un desequilibrado mental,   un  inadaptado, y veo el mundo oscuro  habitado por gente  cruel, gente que inicia guerras y destruye mundos. Observo  la miseria y el desamparo en que vive la mayoría de la población mundial  y no actúo. 

Nuestra historia se puede definir como un continuo guerrear desde el principio de los tiempos hasta hoy, con breves intervalos de paz, que sólo han servido para perfeccionar las máquinas de destrucción. La crueldad impera y la mayoría de la gente asume  con indiferencia los crímenes cometidos en nombre de no sé qué ideal o bandera. Vivimos aislados en un mundo imaginario y no nos preocupa, realmente, el destino de los demás, como escribió Víctor Hugo en Los miserables: Nunca he visto que un lobo se inmole por la felicidad de otro lobo... Y  reímos (somos el único animal que muestra esa atroz deformidad), cantamos, bailamos, comemos y bebemos, imbuidos en una coraza que nos hace inmunes al sufrimiento humano y animal.  Aunque todo esto puede tener cierta lógica si tenemos en cuenta que la compasión y el amor al prójimo ya no tienen  mucho sentido, dentro de la soledad absoluta en la que se desarrollan nuestras vidas. Es evidente que el ser humano no ha sido concebido para la felicidad, y que su único destino es propagar la desgracia a su alrededor. La gente, aplastada por el sentimiento de su propia insignificancia, decide tener hijos para prolongar el estúpido hecho  de perpetuación de la especie, sin percatarse de que lo único que está perpetuando es el sufrimiento y la desgracia.

Con cincuenta y cuatro años  empiezo a notar la decrepitud física, mi manera de hablar y de mascullar son ya la de un viejo; estoy acabado, hecho mierda, inutilizado para amar, aunque, bien es cierto,  que casi todos nacemos, envejecemos y morimos sin haber conocido el amor.  Empiezo a comportarme como un animal viejo y herido, cada vez más furioso, cada vez más débil. Nos pasamos la vida enlodados en el pasado, en recuerdos hirientes y frustrados por lo que no somos. No recuerdo quien dijo que cada vez que volvemos a un episodio doloroso, cuando sufrimos por una pena, una decepción, algo que nos impide vivir, deberíamos cambiar de casa, quemar las fotos y evitar hablar de ello.

 Mi proceso de crecimiento no ha pasado por esa etapa juvenil de entusiasmo por las causas perdidas ni exaltación del proletariado, algo que siempre me ha parecido patético y abocado al desastre. Nunca me afilié a partido político alguno, en mi cuarto no colgaban los retratos de Marx, Lenin o el Che Guevara, mi entusiasmo, si puede llamarse así,  ha sido siempre la lectura, cierto tipo de música y  el  alcohol.

Uno de los hechos que nos indica la decadencia de esta sociedad es el trato que damos a nuestros ancianos.  Las civilizaciones antiguas los trataban  con veneración y respeto, suponían que la vejez les proporcionaba sabiduría y que la experiencia por lo ya vivido era muy útil a la tribu y los cuidaban hasta el último día de sus vidas. En otros casos, ellos mismos, siendo conscientes de su decrepitud, abandonaban a los suyos y se retiraban para morir solos, dignamente. Los viejos de hoy ya no tienen derechos. Se les humilla, maltrata o, directamente, se les extermina; destinados a morir en infectas residencias, olvidados como desechos inservibles. No entres dócilmente  en esa buena noche, que al final del día debería la vejez arder y delirar; enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.  Es lo que aconseja Dylan Thomas en su poema. Pero los viejos sí entran dócilmente al final del día, quizás hastiados, entregados, inanes y avergonzados de sí mismos, de ser una carga para los demás.

Ya no espero nada, no deseo nada. Cuando todo acabe a  nadie le importará la vida que he llevado; en algunos años habré muerto y mi paso por este mundo habrá sido como la estela que deja un caracol cuando se arrastra por el suelo.

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Rafael Baeza Rodríguez

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Nota al texto

[1] Michel Houellebecq. Las partículas elementales.

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