‟Levántate del lecho, amiga mía, vente conmigo, que el invierno es ido, y las flores nos muestran ya alegría” – Acerca de María Zambrano – Luis Roca Jusmet
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‟Levántate del lecho, amiga mía, vente conmigo, que el invierno es ido, y las flores nos muestran ya alegría” – Acerca de María Zambrano
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‟Levántate del lecho, amiga mía, vente conmigo, que el invierno es ido, y las flores nos muestran ya alegría” [1] – Acerca de María Zambrano
A principios del siglo XX nace una generación de mujeres emancipadas que tienen una potente representación en la tradición filosófica: Hannah Arendt, Simone Weil, Simone de Beauvoir y María Zambrano. A diferencia de las anteriores, ésta última no nació en uno de los centros culturales de Europa, sino en España, país con fuertes componentes conservadores y religiosos. Tampoco en una ciudad importante, como Berlín o París, sino en Vélez-Málaga, un pueblo andaluz cercano a Málaga. Ciertamente tuvo a su favor unos padres que fueron maestros, republicanos y progresistas y que quisieron que su vida no estuviera sometida a los cánones patriarcales imperantes y al papel de la mujer sometida a su papel de esposa y madre.
María Zambrano tuvo una vida muy intensa. De pequeña se trasladó con su familia a Segovia, donde vivía Miguel Pizarro, su primo hermano, bastante mayor que ella.
Fue un encuentro muy importante, ya que de adolescente se enamoró de él, iniciaron una relación amorosa y Miguel le abrió las puertas de la filosofía, de la mística y de la poesía. Pero a su padre le horrorizó esta relación, que consideraba incestuosa y la familia presionó tanto a Miguel, que decidió alejarse e irse al Japón como lector de español. María seguía dependiendo afectivamente de Miguel, con el que mantenía una intensa correspondencia, hasta que conoció en Salamanca a Gregorio del Campo, un estudiante de ingeniería, con el que mantuvo una relación muy apasionada mientras estudiaba Filosofía, como alumna libre, en la Universidad de Madrid. El desenlace fue trágico para María: quedó embarazada, el niño murió al poco de nacer y la relación acabó de manera dramática. Una herida profunda que le costará cicatrizar. Tras esta experiencia tan traumática, María Zambrano se centrará en su camino filosófico. Tuvo un momento de crisis, pero la lectura de Plotino y de Spinoza la animaron a continuar. Plotino le sedujo porque era una vía filosófica que le permitía canalizar su atracción por el misticismo. Spinoza, del que empezó una tesis que nunca acabó, pero que siempre estuvo presente, le marcó toda su vida y la lectura de su Ética le enseñó, según manifestó, un saber superior, de tipo metafísico, que le permitía mirar las pasiones para encontrar en ellas, desde su transformación, un camino hacia la felicidad de lo eterno.
Con veintinueve años escribe en Revista de Occidente un artículo, “Por qué se escribe”, que definirá su elección vital: escribir por encima de todo. La escritura es la manera básica de ejercer el cuidado de sí y del otro. Es una manera de transformación de sí en la que plasmamos “lo que no podemos decir”, una experiencia entre la palabra y el silencio, en la que retenemos la palabra, que queda fijada en el papel y tenemos que responsabilizarnos siempre de ella. Escribir es un acto solitario, no social como el hablar, que, sin embargo, estamos interpelados a compartir, a comunicar a los otros, a este anónimo futuro lector, que también está llamado a cambiar. esta búsqueda de la escritura como herramienta transformadora será siempre su exigencia ética fundamental. Pero también que esta escritura, para ser verídica, debe tener como materia la propia experiencia.
María Zambrano, por otra parte, sabe que tanto el cuidado de sí como el del otro supone un compromiso político porque las prácticas de la libertad supone una lucha contra las formas de dominio. Estuvo muy implicada en el movimiento republicano, tanto en la proclamación de la Segunda República como en su defensa frente a los golpistas dirigidos por Franco. En 1930, a los veintiséis años, escribe sus Horizontes del liberalismo, que es un ensayo crítico sobre los límites de esta corriente política . Con treinta y un años se casó con un diplomático bastante más joven que ella, Alfonso Rodriguez Aldabave, y ambos formaron parte del ambiente intelectual republicano y antifascista. A primeros de octubre de 1936 se trasladaron a vivir a Chile, donde Alfonso fue nombrado segundo embajador, pero la angustia de ver desde lejos el terrible desarrollo de la Guerra Civil les lleva a volver a España a mediados de junio de 1937. Su padre, Blas Zambrano, murió un año después y, al poco de capitular Barcelona, su madre y sus dos hermanas inician su exilio hacia París, donde María y su marido se trasladan poco después.
Pero al poco tiempo María y su marido parten hacia México, invitados por la Casa de España, refugio de exiliados anti-franquistas, donde ella dará clases de filosofía y escribirá Filosofía y poesía.
María Zambrano irá esbozando poco a poco su alternativa de superación del abismo entre Filosofía y Poesía, determinado por Platón, en su idea del dominio exclusivo de lo racional y la claridad. Ella hacia una idea de la Filosofía como una Revelación, que a través de la intuición permiten captar las notas que nos permitan acceder al Misterio del Ser. María Zambrano habla muy críticamente de la tradición filosófica. Lo que nace en Grecia con Parmenides, dice, es un delirio de una Razón que se pretende autosuficiente y deja de lado la poesía, la fe, la imaginación. Descartes, en el inicio de la Modernidad, lo radicaliza con su entronización del sujeto, de la conciencia y de su método matemático, intentando imponer una claridad absoluta a un mundo que es ambiguo y complejo, que concluye con Hegel, quien deificará con su Idealismo tanto la Razón como el Sujeto. María Zambrano fue tan contraria al idealismo como al racionalismo, lo que le llevó a interesarse por aquellos filósofos que se rebelaron contra su propia tradición, como Nietzsche. aunque marcará su distancia con la idea de super-hombre, que para ella es un delirio que pretende situar al Hombre en el lugar de Dios.Solamente en el Renacimiento y, ya en la Modernidad en el romanticismo, con su Naturaleza abismal y su alma desgarrada hay intentos de recuperar este vínculo, que por otra parte le parecen fallidos.
En España el pensamiento más profundo, plantea, no ha sido filosófico. La mística (San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús, Miguel de Molinos..) o la novela (Cervantes, Pérez Galdós) han sido mucho más penetrantes e interesantes que la filosofía. Esto es lo que la distancia de Xabier Zubiri, del que aprendió la idea de inteligencia sentiente y de la necesaria ligazón del ser humano con lo divino y, sobre todo, de Ortega y Gasset, su primer maestro. Su concepción de la filosofía continúa siendo conceptual y sistemática. Ortega busca el des-velar, mientras que ella busca lo revelado. La relación con Ortega y Gasset será compleja y profunda. Inicialmente le considera su maestro : le enseñó con su razón vital una filosofía vinculada a la existencia concreta. Al mismo tiempo su concepción de la filosofía es cada vez más incompatible. Ortega y Gasset considera la filosofía cómo una exigencia ética que dignifica al ser humano en un trabajo de desvelación y de clarificación a través del concepto y la argumentación. En este sentido será mucho más afín con Unamuno o Antonio Machado. Unamuno, que aparte de ensayo escribe poesía y novela, con este sentimiento trágico de la vida que se niega a conceptualizar. Antonio Machado, amigo de su padre, estuvo buscando siempre el punto de encuentro entre filosofía y poesía. María Zambrano seguirá su camino para avanzar hacia su propuesta de razón poética. Las posturas políticas de Ortega y su conformismo respecto al franquismo le decepcionaron profundamente.Se creó un abismo entre los dos sobre el que finalmente María reflexionó en algunos escritos conciliadores al final de su vida.
Esto le llevó a una aproximación a la mística. la que ella llamaba “mística de la creación “ y también a la “mística de la quietud”. El gran representante de la “mística de la creación” era, por supuesto, San Juan de la Cruz. El de la “mística de la quietud” será Miguel de Molinos, sacerdote español del siglo XVII condenado a muerte por la Inquisición. Escribió una Guía espiritual en la que proponía que cada cual había de vaciarse totalmente, pasar de la meditación a la contemplación. Hay que aclarar aquí que lo que en Oriente se llama “meditación”, es decir el silencio interior, es lo que él llama “meditación”. Es un proceso de desprendimiento del yo, el camino de la Nada hacia Dios. Pero no hay que conseguir la paz interior de manera plácida y suave, relajándose, sino enfrentándose a los propios fantasmas, descendiendo a los infiernos. Lo que llama el camino de la sequedad. Pero a María le interesa también la mística del sufismo, sobre todo a partir del conocimiento de Louis Massignon, cuya lectura le impresionó tanto que llegó a decir de él que era su “segundo maestro”. Se lo dijo en una carta a su amigo poeta Lezama Lima, comentándole que, para Louis Massignon, Occidente iba al suicidio. Massignon, nacido a finales del siglo XIX, fue uno de los más grandes islamólogos contemporáneos, aunque era cristiano, y toda su vida puso su sabiduría práctica a la lucha por el respeto intercultural y la defensa de los expoliados. Le enseñó, con su ética de la hospitalidad, que el cuidado de sí pasa necesariamente, sin concesiones, por el cuidado del otro.
Séneca fue otra lectura que le transformó: le parecía un estoico a medias, muy al estilo mediterráneo y español, poco dogmático y ecléctico; una especie de sabio a la defensiva muy fronterizo, que no tenía nada de heroico: no muere enfrentado al poder, como Sócrates, sino por su fracaso en las complicadas relaciones con el tirano Nerón. Esta sabiduría amarga, con este pesimismo estratégico, que consiste en estar siempre preparado para lo peor en un mundo de desamparo, con elogio de la vejez como única salida frente a nuestro desgaste en el tiempo, le resultaba conmovedora. La moral de Séneca es una moral de la resignación, que María Zambrano no comparte. Pero le gustaba su humanidad y su sabiduría amarga.
María sigue, paralelamente a su investigación interna, toda una serie de viajes externos con experiencias importantes pero también que le refuerzan su condición de exiliada, que para ella acabará teniendo una dimensión casi ontológica. Se traslada de México a Cuba, donde mantiene una discreta pero intensa relación amorosa con un prestigioso médico, y luego a Costa Rica. Estos desplazamientos tienen también relación con que nunca conseguirá estabilizar su situación laboral. El exilio tuvo para ella una dimensión antropológica, una radicalización de la condición humana. Para María, el ser humano viene de una inocencia cuyo sentido originario de contacto con lo sagrado se va perdiendo cada vez más a medida que avanza la civilización. El ser humano es un sujeto separado de la unidad natural y busca siempre un lugar propio que no acaba de encontrar. Define al ser humano como un pordiosero, un ser indigente que se queja y exige. Las figuras típicamente humanas están entre “el mendigo que pide” y “el rey que, disfrazado de abundancia para ocultar su propia indigencia, se disfraza de abundancia y se da el poder de otorgar”. Quizás recoge la idea de Ortega y Gasset cuando dice que “vivir es anhelar”. El ser humano lleva una falta, un vacío que le lleva a un anhelo indeterminado y permanente.
A María le llegan trágicas noticias que recibirá de París: la muerte de su madre y la detención de y tortura de su hermana Araceli por parte de la Gestapo, para sacarle información de su pareja, un buscado dirigente anti-republicano. María irá a reunirse con ella, que quedará muy traumatizada y de la que nunca volverá a separarse. Se separó entonces de su marido, con el que la convivencia resultó imposible. Él se quedó a vivir en México, donde prosperó como empresario, y le acabó pidiendo el divorcio, que ella aceptó sin problemas. María se relaciona, sobre todo con Albert Camus y su amigo el poeta René Char, pero no conecta con los mandarines del momento, ni con los de la izquierda (Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir) ni con los de la derecha (como André Malraux). Como Camus, María es una inconformista y una rebelde que no se casa con ninguna ideología ni con ningún partido, fiel y coherente con su libertad de espíritu y su sentido crítico. Otro buen encuentro que tuvo fue con Cioran, un rumano exiliado como ella. Cioran, tan ácido siempre en sus apreciaciones, habló de María Zambrano en sus Ejercicios de admiración con todo tipo de elogios. Dijo de ella: “ Forma parte de estos seres que lamentamos frecuentar de modo demasiado esporádico, pero en los cuales no cesamos de pensar y que quisiéramos comprender o al menos adivinar. Un fuego que se nos escapa, un ardor que se oculta bajo una resignación irónica.” Más importante aún : “Una mujer que nunca vendió su alma a la Idea, pues logró poner a salvo su esencia única colocando la experiencia del insoluble por encima de su reflexión de la reflexión sobre él; en suma, dejó atrás la filosofía…” Efectivamente, el lúcido Cioran acierta al decir que María Zambrano no es, en el sentido convencional, una filósofa.
Las dos hermanas vivieron en Roma. Fueron años fecundos, a pesar de la debilidad de su salud. Fue importante su amistad con la pareja formada por Vittoria Guerrini (escritora polifacética que se hacía llamar “Cristina Campo”) y Elemire Zolla. Este último era un crítico literario y ensayista que se consideraba portavoz de lo que se llamó “La Tradición”. Se trata de un movimiento que nace a principios del siglo XX cuyo iniciador fue René Guenón, enigmático personaje, nacido en Francia a finales del siglo XIX que de joven entra en grupos masónicos, de los que pronto saldrá. Domina muchas lenguas (árabe, sánscrito…) y se presenta como representante de un saber esotérico transmitido a través de todas las tradiciones de manera esotérica. Las religiones serían la vertiente exotérica de este saber tradicional iniciático que encontramos en el taoísmo, el sufismo, el vedanta. Afirma haber sido iniciado en estas tradiciones. Su obra más paradigmática será El reino de la cantidad y el signo de los tiempos, una crítica radical de la modernidad. Defenderá el simbolismo sagrado como expresión de este saber metafísico. A los 44 años, en 1930, parte para El Cairo, donde se establecerá definitivamente casándose con una mujer egipcia, cambiando el nombre y dedicándose totalmente a la escritura. Aunque su vida en esta última época será la de un musulmán, Guenón dirá que no es una conversión. Es, simplemente, una contingencia, porque el esoterismo tradicional (o “Tradición”) que defiende está en todas las tradiciones culturales. En el islam, será el sufismo. Es interesante recalcar que María Zambrano leyó con detenimiento a Guenón y ella misma había estado muy interesada por el Islam y el sufismo desde que leyó a Massignon. No solamente le interesará su vertiente mística sino esta crítica tan profunda al mundo moderno que hará Guenón y que ella mismo reflejó en su libro La agonía de Europa.
Para María Zambrano nos inventamos un personaje, una máscara, para sobrevivir. En la sociedad tradicional esta máscara social está muy marcada el rol que hemos de interpretar según nuestro estatus. En la sociedad moderna, cada vez más líquida, también llevamos esta máscara, que aunque puede parecer que con más margen de elección, sigue siendo un personaje construido a partir de identificaciones involuntarias. Porque se trata de la necesidad de tener una identidad frente a los otros. Pero detrás de este personaje, puramente aparente, hay lo que realmente somos y nos singulariza. Porque si este personaje es una máscara vacía entonces estamos perdidos: es la completa alienación del desconocimiento de uno mismo. Pero esto que realmente somos, tan complejo y heterogéneo, que realmente somos, nuestra alma, es un proceso y siempre está inacabado Pero más allá de este alma que nos singulariza está el Espíritu, que es lo que nos permite trascender de nuestro yo limitado que nos vincula a lo Sagrado y a lo Divino. Esta es la gran tragedia del hombre moderno, el haber perdido su espiritualidad.
Pero hemos de considerar también el aspecto político, como plantea lúcidamente en su libro Persona y democracia. “Persona” es, para María Zambrano, una categoría ética y política : la unidad indivisible de cada ciudadano, el supuesto de su dignidad y de su libertad. Hay una apuesta política muy clara de María Zambrano por la república y la democracia. María Zambrano es, en cierto sentido, muy kantiana. Cuando de regreso a España le preguntan qué es la libertad, contesta: “obediencia”. Una respuesta paradójica de alguien que nunca se dejó someter. Solamente paradójica porque se refiere a la coherencia interna, a ser obediente con los propios principios. Lo que defendía Kant con su imperativo categórico era esto: la libertad es autodeterminación y esto quiere decir que te determina tu propia ley, Otra cosa es que para Maria Zambrano fuera “el Camino del Corazón” y no el de la razón el que te llevara a esta ley, a este Centro que para María Zambrano será el Amor. Aquí está un cuidado de uno mismo que solo puede ser cuidado por los otros.
En 1972 murió su hermana Araceli, con la que había sido completamente inseparable desde hacía veinticuatro años.. Una vida de exiliadas muy intensa y muy inestable, acompañadas siempre por una legión de gatos, que por cierto les dio múltiples problemas allí donde se afincaron.. Para María esta muerte le dejó un vacío que nunca superó. Dijo de ella María cuando se reencontró con ella en París después de las vejaciones sufridas por la Gestapo : “Era una Antígona inocente que soportaba la historia, porque habiendo nacido para para el amor, le estaba devorando la piedad”. Su hermana, dicho de otra forma, no supo cuidarse y vivió siempre para cuidar, pero también para ser cuidada por el otro. Desde 1964 vivieron en “La Pièce”, una casa que parecía, según las palabras de María Zambrano, “un convento abandonado, pero con gracia”. Desde la muerte de Araceli, María padeció insomnio. Decía en su correspondencia con el poeta Lezama Lima que para ella dormir tres o cuatro horas ya era una bendición. En 1978, con la salud muy deteriorada, se trasladó a Ferney-Voltaire y luego a Ginebra. Tenía muy mal pronóstico, pero de forma inesperada se recuperó y en 1984 vuelve a España, donde murió en 1991, después de múltiples reconocimientos.
Durante toda su vida Maria Zambrano buscará, paradójicamente, un método contra “el método”. Lo quería basar en notas, casi en un sentido musical, y no en normas.. Dos de sus métodos serán las “confesiones” y “las guías”. “Las confesiones” es , para ella, un género literario que tiene un sentido autobiográfico pero que ha de cumplir una serie de condiciones. La primera es que debe partir de la “indigencia”, lo cual las separa radicalmente de unas “memorias”, que acostumbran a tener un carácter vanidoso y arrogante sobre uno mismo y su papel en la historia. La segunda, no tener un carácter “intimista” como suelen tener “los diarios”, con mucho narcisismo explícito o contenido. Finalmente deben tener un hilo conductor, deben marcar una coherencia a partir de una “unidad de experiencia” frente a la dispersión en que vivimos. Aquí coincide con Walter Benjamin y su propuesta desesperada de que hemos de recuperar la narración de nuestra propia experiencia, que según él se perdió cuando los que habían vuelto de la Primera Guerra Mundial volvieron mudos por el horror vivido.
Delirio y destino será el ejemplo más claro de estas “confesiones».“Escrito en La Habana en 1952, aunque no se publicará hasta 1989. El título es impactante y debe entenderse como la defensa y afirmación de un delirio propio que se afirma como el destino singular. La noción de delirio la utiliza, en realidad, en sentidos diversos, a veces más positivos y a veces más negativos, en unas ocasiones en sentido individual y en otras en sentido colectivo. Pero aquí hay que entenderlo desde su etimología en latín “de-lirare” quiere decir “salir del surco”. Y hay que volver a Nietzsche y su necesidad de que cada cual sea su destino, del “amor fati” para captar el sentido del título. En este libro hablará de su experiencia en el marco político y social que va del año 1929 hasta 1931, cuando se proclamó la Segunda República española. María nos habla de “las ruinas” como lo que queda del pasado y nos permite la esperanza rescatada de la fatalidad y que nos abre un horizonte de libertad.. Destino es, por lo tanto, lo contrario de la fatalidad. Pero hemos de hacernos responsables de estas ruinas que quedan en nosotros porque son el material que nos permite sostener nuestro camino..
La idea de “Guía” es interesante: lo describe como un género literario cuyas referencias son la Guía espiritual de Miguel de Molinos y la Guía para perplejos de Maimónides, que presenta como “una medicina del alma”. La Guía siempre va dirigida a los perplejos y a ellos están dirigidos algunos de los libros que materializan mejor esta idea : “Claros del bosque”, “Los bienaventurados” o “Notas de un método”. En estos escritos lo que presenta María Zambrano es como una revelación que ella ha tenido en su camino singular hacia su centro, que para ella es el Amor. No hay una enseñanza universal de un camino para todos. hay simplemente un método que consiste en compartir la experiencia propia con los perplejos, que son aquellos que no se hacen ya las preguntas pero que no tienen las respuestas.Los que son capaces de superar el horror de enfrentarse al vacío, de dar tiempo a su dolor sin intentar evadirse ni taponarlo.
Al final de su vida escribió Los bienaventurados. Son aquellos, decía, que son capaces de salir de la vida alienada normalizada, llena de ruido y barullo, para vivir en la simplicidad y el silencio de una vida verdadera. El exiliado, como el místico o el filósofo, es un bienaventurado, con su experiencia del desamparo que le permite desprenderse, desarraigarse, despojarse, descubrir la Patria en este camino de búsqueda del propio Centro. Dos años antes de morir escribió también sus Notas de un método, que con sus Claros del bosque constituye lo fundamental de la escritura que pone en marcha su propuesta de razón poética. Es conmovedor acabar esta presentación de la vida y obra de María Zambrano, totalmente dedicada a una filosofía de los cuidados, con la última nota de este ensayo, que se llama “La Rosa del Tiempo” : “La Rosa viene a ser el símbolo de esta unidad que encuentra lo fragmentario y que queda recogido en forma de pétalos. Todo pasado parece reordenarse en esta Rosa, en la que lo perdido queda rescatado. La belleza rescata las raíces y lo oscuro, lo subterráneo. Pero no como algo acabado sino como algo anunciado, siempre oculto”.
“Somos soledades en convivencia” dijo María Zambrano. Efectivamente, y esta es la clave para el cuidado de sí y del otro. El cuidado de sí consiste en hacer de nuestra soledad, “ un delirio y un destino”, es decir un proyecto vital, un camino propio a partir de lo que nos singulariza. El cuidado del otro, de los otros es que esta convivencia esté guiada por la piedad, por el amor. Pero también en un proyecto político democrático que sea una comunidad de personas.
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Luis Roca Jusmet
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Nota
[1] Cantar de los Cantares de Salomón II [10-12], versión en verso de Fray Luis de León.

