Libre te quiero [A María José Dacosta Álvarez, Martín Miguel Rubio Esteban y Clara Rubio Dacosta] – Sebastián Gámez Millán
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Libre te quiero [A María José Dacosta Álvarez, Martín Miguel Rubio Esteban y Clara Rubio Dacosta]
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Libre te quiero
A María José Dacosta Álvarez, Martín Miguel Rubio Esteban y Clara Rubio Dacosta.
Lo recuerdo paseando junto con la poetisa y ensayista Isabel Escudero Ríos (1944-2017), su pareja, por las calles de Ronda, excéntricos y libres. Agustín García Calvo (1926-2012), Catedrático de Lenguas Clásicas en las Universidades de Sevilla y Madrid, fue expulsado de ésta última, junto con José Luis López Aranguren y Enrique Tierno Galván en 1965 por el régimen franquista. Filólogo, gramático, lingüista, este pensador fue además traductor, poeta, ensayista y dramaturgo.
Tan iconoclasta como seductor, entre los diferentes reconocimientos que obtuvo figuran el Premio Nacional de Ensayo (1990) por Hablando de lo que habla; el Premio Nacional de Literatura Dramática (1999) por La baraja del rey Don Pedro; y el Premio Nacional de Traducción (2006) por el conjunto de su obra (es traductor, entre otros, de Homero, Heráclito, Sófocles, Platón, Lucrecio o Shakespeare).
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Libre te quiero, como arroyo que brinca de peña en peña.
Pero no mía.
Grande te quiero, como monte preñado de primavera.
Pero no mía.
Buena te quiero, como pan que no sabe su masa buena.
Pero no mía.
Alta te quiero,
como chopo que en el cielo se despereza.
Pero no mía.
Blanca te quiero, como flor de azahares sobre la tierra.
Pero no mía.
Pero no mía
ni de Dios ni de nadie ni tuya siquiera.
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Compuesto de seis estrofas al estilo popular, al comienzo de cada una de ellas enuncia el yo poético cómo quiere al ser amado: “libre”, “grande”, “buena”, “alta” “blanca”. La estructura de cada una de estas estrofas de arte menor son paralelas, cuando no simétricas: tras anunciar cómo la quiere, emplea un símil, asociado generalmente a motivos naturales, lo que también entronca con la naturaleza bucólica bajo la cual se ha representado comúnmente el amor. Y termina cada estrofa con estas sorprendentes palabras: “Pero no mía”. Con estas repeticiones consigue el ritmo.
Califico de sorprendentes estas palabras que se repiten hasta seis veces por- que suponen una ruptura con las concepciones tradicionales, donde la mujer ha sido objeto sexual y erótico con el que se saciaba el placer-poder, pero al que no siempre se le ha respetado como merece cualquier persona. Repárese en que este poema, popularizado por versiones musicales como la de Amancio Prada, se publicó en 1982.
En otros escritos de fechas cercanas y carácter más teórico Agustín García Calvo había denunciado en forma de crítica emancipadora el abuso de poder de lo que más tarde hemos conocido como estructura patriarcal de las culturas: “La relación entre los dos sexos humanos es una relación típica de dominio: se trata de dos clases sexuales, una dominante, los hombres, y otra dominada, las mujeres”.
La estructura paralela, cuando no simétrica, que se repite a lo largo de cinco estrofas se rompe al final, a modo de epifonema que revela el mensaje principal: “Pero no mía / ni de Dios ni de nadie / ni tuya siquiera”. Como han indicado Manuel Otero y Juan Manuel Torregrosa, el autor reivindica el valor por antonomasia de los modernos: la libertad. De tal modo que opone “querer a poseer, tan frecuentemente confundidos, rechazando cualquier atisbo de propiedad en el amor”.
Ya lo anticipamos antes: la posesión o, para ser más exactos, el deseo de posesión —pues en realidad nunca poseemos a nadie—, coacciona, instrumentaliza y cosifica a las personas y, por lo tanto, impide amar bien. La última estrofa es tan provocadora como paradójica, pues al “pero no mía” agrega “ni de Dios ni de nadie / ni siquiera tuya”. ¿Ni siquiera tuya? Comúnmente creemos que la vida nos pertenece. ¿A quién si no? Antes de la Modernidad, que podemos situarla en la Ilustración, la vida pertenecía a Dios, y para aquellos que son creyentes todavía pueden sentirlo y pensarlo así en nuestros días.
Pero para quienes no son creyentes y son hijos de la Modernidad, se extendió la idea de “autonomía”, concepto muy empleado por Kant cuya etimología pone de manifiesto que uno mismo es quien se da la ley bajo la cual actuará. Sin embargo, somos seres interdependientes, no sólo porque provenimos de otros, sino porque en mayor o menor medida los necesitamos para llegar a ser lo que somos. No obstante, idea de autonomía es irrenunciable para los modernos, a pesar de que hasta cierto punto es un ideal regulativo de la razón, pues para que seamos plenamente autónomos, nuestro conocimiento tendría que ser infinito. Por supuesto, seguimos estando muy lejos de ello. Es curioso que para que seamos autónomos o, lo que equivale a lo mismo, libres, necesitamos cuanto mayor conocimiento, mejor. Pero, paradójicamente, si nuestro conocimiento fuera ilimitado se cumpliría una especie de anti-destino y, por lo tanto, careceríamos también de libertad.
Es sabido que nuestra libertad (según Kant, un postulado de la razón práctica) no es nunca absoluta, sino que está en todo tiempo condicionada por una serie de circunstancias. Por eso en rigor prefiero hablar de márgenes de libertad; de unos más o menos amplios márgenes de libertad para elegir y autodeterminarnos de acuerdo con unos planes de vida.
Traductor de Sófocles y de otros clásicos grecolatinos, esta paradójica concepción de la libertad que señalamos arriba la debió de aprender Agustín García Calvo con ellos, que creían en el fatum, o sea, en el destino, que no significa que “todo está escrito”, como acostumbra a interpretarse, sino antes bien que todo está escribiéndose tan velozmente que ni la inteligencia más lúcida puede evitar el carácter imprevisible y trágico de la existencia.
Por otro lado, el psicoanálisis de Freud, al que también se acercó Agustín García Calvo, cuestiona lo que se ha creído tradicionalmente al menos, prime- ro con Platón y luego con Descartes, que es la razón la que guía nuestra vida. Según el psicoanálisis es lo inconsciente lo que mueve al ser humano. Esto no significa que Freud sea un “irracionalista”; lo es en tanto que argumenta que lo nos mueve a actuar no es siempre consciente, pero es un racionalista en tanto que procura, mediante la práctica psicoanalítica y el conocimiento, que el inconsciente advenga a conciencia a fin de contar con mayor dominio de sí, mayor autonomía, mayor libertad-responsabilidad.
No me resisto a formular otra pregunta: ¿cómo podemos saber que nos quiere de veras alguien si no es libre? No podemos saber a ciencia cierta que el otro nos ama, rara vez, por no decir nunca, contamos con certidumbres definitivas. Pero, en cualquier caso, no albergo ninguna duda de que el valor del amor será más elevado si pudiendo elegir a otras personas, nos ha elegido a nosotros.
Aún más, si no contribuimos, en la medida de lo posible, a forjar su libertad para elegir y autodeterminarse conforme sus planes de vida se pone en tela de juicio el amor que sentimos hacia la otra persona. No se trata ya simplemente de corresponderle con un vínculo afectivo; o, en otras palabras, corresponderle será procurar lo mejor para ella, para nosotros, y esto significa contribuir a que esa persona sea lo más autónoma y libre posible.
Según Denis de Rougemont, “el amor realmente recíproco exige y crea la igualdad de los que se aman (…) El ejercicio de la fidelidad hacia una mujer acostumbra a considerar a las demás mujeres de una manera totalmente nueva, desconocida en el mundo del Eros: como personas, no como reflejos u objetos. Este ‘ejercicio espiritual’ desarrolla facultades nuevas de juicio, de posesión de sí y de respeto”303. Tradicionalmente las mujeres han sido, y siguen siendo, las que padecen mayores desigualdades e injusticias, pero esto vale para todos los seres humanos en tanto que personas.
Como decíamos antes, el imperativo categórico de Kant, solidificado en los Derechos Humanos, nos insta, quizá por reciprocidad, a que tratemos a los otros como personas, es decir, como fines en sí mismos, y no como medios. De lo contrario caeremos en instrumentalizaciones. ¿Cuál es el fundamento? Quizá la reciprocidad, pilar de la ética, la política y el derecho. Reciprocidad, igualdad, simetría, fidelidad, respeto, desarrollo de nuestras capacidades, libertad… son conceptos fundamentales que nos pueden orientar en los caminos a seguir, puesto que en la historia tampoco hay conquistas definitivas.
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Sebastián Gámez Millán
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