Los sabores de la literatura. Las cocinas literarias, a través de las narraciones de las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX – Literatura y gastronomía en la Edad de Plata – II – Gloria Jimeno Castro
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Los sabores de la literatura. Las cocinas literarias, a través de las narraciones de las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX – Literatura y gastronomía en la Edad de Plata – II
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Los sabores de la literatura. Las cocinas literarias, a través de las narraciones de las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX – Literatura y gastronomía en la Edad de Plata – II
Los turistas madrileños de El círculo vicioso (n.º 4) de José Francés, para reponer fuerzas durante su viaje en tren a Barcelona, adquirieron en una selecta tienda de Madrid “vinos distintos, incluso el champán”, para acompañar “tantos mariscos y tanta mostaza inglesa” (p. 38), que pudieron invitar a sus acompañantes a saborear tal lujo. El largo trayecto les permitió, además, dar cuenta de “las almendras de Alcalá, los bizcochos de Guadalajara y la mantequilla de Soria” (p. 38).
Llamemos ahora la atención sobre el hecho de que, al margen de que los pasajeros del ferrocarril satisficiesen su apetito con las comidas ya cocinadas en el hogar; ya en las cocinas del tren, no se resistían a que sus paladares experimentasen nuevos goces, a conocer los dulces característicos de cada una de las localidades que formaban parte del itinerario. Artesanales delicias, ofrecidas a los viajeros por vendedores, que desde los andenes describían a gritos las excelencias de sus mercancías, y que subían a los vagones durante las paradas realizadas en cada estación.
La entrada en el tren de las carameleras, ni que decir tiene que era recibida con férvidas demostraciones de júbilo y simpatía por parte de los niños, que solicitaban a sus padres estas golosinas, que las vendedoras enseñaban en paquetes, que, según se apunta en El círculo vicioso, eran coloridos y muy atractivos a la vista, llenos “por dentro de caramelos” (p. 32).En la citada narración se añade que en ciertas provincias subían a los vagones los artesanos chocolateros para pasear sus cestas repletas de cajas de bombones, que resultaban muy del gusto de las damas más viajeras y golosas.
El protagonista de este relato se muestra solícito con su enamorada, regalándole una deliciosa caja para que el trayecto le resultase dulce e inolvidable: “…Luis, muy galante, compró una caja de bombones que tenía por fuera una postal iluminada…” (p. 32).
Otros heraldos de dulces placeres eran los humildes pasteleros que a la puerta de las cantinas, y dirigiendo sus ojos a las gentes que iban en aquellas grandes máquinas a carbón, invitaban a saborear confituras variadas y típicas como los mostachones.
El anciano que fugazmente aparece en el relato La Casablanca (n.º 59) se ganaba la vida amasando y elaborando mostachones, pastel tradicionalmente andaluz, cuyos ingredientes principales eran el laurel y el mosto, de ahí el nombre que se le da. Este artesanal confitero anunciaba a los viajeros cuál era la especialidad con una “cantata doliente y mustia de coche en coche: -¡Mostachones de Utrera!” (p. 56).
Para saciar el hambre, los niños de las ciudades solían acercarse a los castizos barquilleros, con la intención de hacerse con unos barquillos, auténticas gollerías para sus pequeños estómagos; o como se indica en La encantadora (n.º 73) de Cansinos Assens, buscaban a“aquellas vendedoras que ponían sus cestas en el arroyo y ganaban su vida vendiendo tortas […], aquellas tortas de pan, aceite y anís…” (p. 18).
Cabía también la posibilidad de pararse ante los improvisados puestos que surgían por muy diversos lugares de Madrid, en los que algunas mujeres alegraban a los pequeños con otros productos de confitería típicos de la Villa y Corte: los buñuelos. Francisco Flores García habla en La última querida (n.º 65) de “las buñoleras ambulantes” (p. 42), de estas manos artesanales que desde la madrugada amasaban los buñuelos de viento, o rellenos de crema y chocolate.
Ahora bien, si era verano, los infantes deseaban refrescarse con un rico helado, ya que como se apunta en La copla vengadora (n.º 42),“en la tarde calurosa parecía brillar como un oasis el clásico pregón del tío del helao” (p. 21).
Con los rigores del invierno, según se apunta en Santa Cigüeña, mártir (n.º 46) en las ciudades proliferaban los puestos de castañeras, niños y mayores compraban los cucuruchos de castañas asadas para darse el capricho y a la vez calentarse las manos, por ello “en cualquier esquina se paraban a comprar castañas asadas” (p. 30).
Los madrileños, según la información suministrada por González Castell en La gentil Mariana (n.º 79),iniciaban la jornada “al tiempo que salía la churrera” (p. 3),a la que se acercaban solícitos para adquirir unos churros, que desayunaban con la leche encargada a los repartidores habituales, cuya llegada era anunciada con “las campanitas de las madrugadoras burras de leche”, o con el oloroso café que compraban en las cercanas abacerías, donde los tenderos desde temprana hora “daban vueltas entre sueños al bombo de una tostadera de café” (p. 51).
La refinada dama de la que se ocupa Álvaro de Retana en Sí, yo te amaba, pero… (n.º 26), prefería encargar a una selecta bombonería de Madrid otro tipo de exquisiteces, unos “bombones de rahar-loukon a la crema” (p. 21). Precisamente, esta dama de buen gusto para todo, y amante de los placeres de la buena mesa, para mitigar la amargura del desamor se encierra en la cocina con la intención de preparar toda clase de delicias, y que finalmente compartirá con su primo, tras llegar a su casa de modo imprevisto.
La lista de los productos cocinados y horneados a fuego lento por la protagonista espolea la imaginación del lector, quien llega a pensar que Claudina, esta criatura de Álvaro Retana, al que muchos dieron en llamar “el Petronio del Siglo XX”, para olvidar sus penas intentaba aplacarlas con un banquete que se asemejase al de Trimalción, referido por el inimitable Petronio en el Satiricón. Atiéndase a esta suculenta enumeración de platos de la propia pluma de Retana:
He movilizado toda la batería para preparar unas manzanas asadas con almíbar, unas naranjas en dulce y una compota de peras. Además, he mechado yo misma un pollo y he batido los huevos y la leche necesaria para componer un flan delicioso. Las frutas se apilaban sobre la blanquísima mesa de mármol, y en los brillantes calderos de cobre centelleante las llamas del hogar, produciendo reflejos cegadores. La casa entera parecía dominada por una nube de vapores que la vainilla y el azúcar perfumaban […] Carlos devoraba aceitunas, pimientos en ensalada, sardinas en conserva, pepinillos, salchichón… (p. 29)
No se queda atrás José Zamora en Princesas de aquelarre (n.º 94), toda vez que su decadentista protagonista ordena a la servidumbre de su casa castellana esmerarse para sorprender a su invitada durante la cena. Tan importante como escoger los mejores productos de la tierra, las piezas de mayor calidad de la huerta y el corral, era la presentación de los mismos, a fin de abrir el apetito de sus comensales:
Las frutas desbordan en un canastillo de porcelana de Sajonia, y en las tazas japonesas humea el consomé, mientras un pollo asado, que parece de oro, espera en su fuente de plata antigua junto a una botella de Borgoña (p. 11).
En el Hotel Francia de Madrid, según se detalla en El despertar de Brunilda de Acuña (n.º 97), se podía cenar“¡casi dos pollos del Mans con salsa rusa!” (p. 50), o si se deseaba algo más ligero se podía solicitar al camarero “un sándwich” (p. 57).
En las celebraciones organizadas por los funcionarios con motivo del ascenso de un compañero era costumbre consumir, tal como se apunta en El 606 de Barriobero y Herrán (n.º 20),“mostachones y vino de Montilla para obsequiar al héroe” (p. 51) [1].
Por el relato tituladoLos teutones en España (n.º 61) de Fernando Luque, conocemos también detalles como que los concejales de los consistorios, tras firmar algún acuerdo de importante calado, brindaban con “un buen trago de vino de Arganda” (p. 52), para de este modo felicitarse por la consecución de sus objetivos.
El vino de Jumilla es el seleccionado por los animados comensales de Se vende un alma (n.º 25) de Revenga, para acompañar “el salchichón, las aceitunas” (p. 16), servidos como aperitivo, aunque también se relamían de “los jamones, perdices y pavos trufados que cuelgan del techo” (p. 46).
Los interlocutores de El placer de matar (n.º 67) de Edmundo González-Blanco gustan de otra variedad de vino: tomaban siempre “unos cuantos vasos de Rioja” (p. 5).
El secretario del marqués de Su excelencia se divierte de Larrubiera (n.º 27) acudía puntualmente a una tasca madrileña, donde “vendían una manzanilla auténtica de Sanlúcar” (p. 15).
En Madrid, a decir de Barriobero en El 606, era más frecuente consumir “una copa de aguardiente, limonada o una paloma, en cualquier taberna de los alrededores de la Plaza de la Cebada” (p. 60),o, como se expresa en La sibila de Juanelo (n.º 14) de Fernando Mora, en el Café San Millán de la plaza madrileña del mismo nombre se bebía mucho “Chinchón” (p. 22).
Los malagueños de Caballería maleante (n.º 1) de Dicenta bebían unos vasos de aguardiente, de “Cazalla o Rute” (p. 23), mientras tomaban las olivas de la tierra, que la mesonera sacaba del “barrilito de aceitunas”, para luego pasar a degustar el contenido de esa “cazuela de pestiños que gotean miel” (p. 29). Junto al vino, la cerveza era la bebida que más demandaban los españoles, en concreto, solían pedir un bock. Esta era una variedad de cerveza, aunque en España se aplicaba el término “bok” para designar una jarra de cerveza que contenía un cuarto de litro [2].
En Un marido minotauro y sentimental de Sassone (n.º 11) leemos al respecto lo siguiente: “Hace dos años que no nos vemos, muchacho –decía Pepe Luis mientras el mozo dejaba dos bocks en el velador” (p. 8).
El amigo alemán de la dama de El despertar de Brunilda de Acuña (n.º 97), sin embargo, era obsequiado por su cosmopolita anfitriona con “una copita de Kirch” (p. 51).
En la mayoría de los relatos de La Novela de Bolsillo se señala que no hay madrileño que se precie de serlo que no deguste un cocido con sopa en las tabernas del centro de la capital; o que durante las verbenas de la época estival no se parase, como se recuerda en La encantadora (n.º 73), ante un puesto para comprar un bocadillo de mollejas.
Estos mismos madrileños tenían por costumbre aprovechar los festejos y ferias más castizas para recorrer con sus familiares y amigos aquellos rincones, donde los feriantes ofrecían diversos productos para “deleitar” a los concurrentes. Con gestos delatores del bíblico pecado de la gula, los devotos de estas verbenas se acercaban a los puestos de los vendedores ambulantes para probar, aquí una mazorca de maíz, allí una refrescante y dulce rodaja de “aquellas sandías coloradas” (p. 37), que llegaban a Madrid procedentes de las huertas valencianas y murcianas; acá dulzonas manzanas caramelizadas, acullá batatas asadas…
Fernando Luque es quien nos hace ver cuán prósperos eran los negocios situados en los merenderos madrileños de las Ventas del Espíritu Santo, a los que los madrileños acudían en sus horas de esparcimiento. No se cansa de recalcar en Los teutones en España (n.º 61) que, sobre todo, en los fines de semana y durante la época estival, el “negocio en los puestos de gallinejas es bárbaro” (p. 43).
Los domingos también se veía en la capital cómo las familias se reunían a comer en “las tabernas, donde había un fuerte olor a asado” (p. 16), a cordero, a cochinillo, según describe Cansinos Assens en La encantadora.
Sobre los gustos culinarios de los sevillanos nos da una lección el mismo Cansinos en El manto de la Virgen (n.º 47).Durante la primavera, los vendedores ambulantes iban por las casas mostrando los primeros frutos de las huertas sevillanas, los productos del mar que traían desde Cádiz. Los “vendedores de mariscos” (p. 25) llevaban sus cestos llenos de cigalas, langostinos, gambas, camarones; los hortelanos mostraban sus frutas, las compotas que elaboraban con las frutas sobrantes. Las bordadoras de este relato llamaban desde las ventanas del taller a “los hombres del campo que traen tarros de almíbar”, para untarse con este arrope rebanadas de pan y preparar confites, y por unas pocas monedas “llenar sus delantales de golosinas” (p. 25), de caramelos, bizcochos y galletas.
Con la llegada de la Semana Santa, los potajes se adueñan de las mesas hispalenses; el bacalao sustituye a las carnes, y las sevillanas se encierran en la cocina para “preparar las doradas torrijas que se mojan en vino negro” (p. 48), para amasar “la harina de los dulces pestiños, que tienen forma tradicional” (p. 49).
Otros sevillanos introducían en sus platos otro producto muy apreciado en Cuaresma, por no ser exactamente ni carne ni pescado; y cuyas propiedades ya alababan los romanos: los caracoles. Muchos sevillanos iban al campo, a las márgenes del Guadalquivir, y con los “pies descalzos buscan caracoles” (p. 36).
Gloria de la Prada recuerda en El encierro (n.º 86)qué otras cosas se veían puestas al fuego de las candelas de las sevillanas. Afirma que en los balcones de las mujeres hispalenses no faltaban las macetas con hierbabuena, que era un ingrediente fundamental para cocer una sopa muy andaluza: “[…] y en un ángulo había un cajón a todo lo que el lado del balcón daba, cuajadito de frondosas matas de hierbabuena, pregonera de la inseparable sopa de la olla” (p. 20). La escritora cuenta, asimismo, que en las fiestas sevillanas, aunque no fuese Navidad, era costumbre tomar los dulces navideños de la tierra, del municipio de Estepa: “la fiesta se animó, circularon los polvorones y el vino” (p. 49).
En los colmados, por otra parte, asegura De la Prada, que los habitantes de la ciudad del Guadalquivir eran muy dados a acompañar los finos con camarones, a los que se referían con otro nombre más popular: “trasegaban unos chatos de manzanilla y llenaban el suelo de su alrededor de rosadas cabezas de quisquillas” (p. 28) [3].
Este repaso a los menús de los españoles de la segunda década del siglo XX nos permite ratificar que poco o nada se diferenciaban, a los que en la actualidad se pueden encontrar en las casas de comidas de –por ejemplo– el centro de Madrid. Los precios de antaño distan mucho de los de hogaño, pero los gustos gastronómicos de los ciudadanos españoles de la pasada centuria, a tenor de lo manifestado por los colaboradores de La Novela de Bolsillo,resultan ser asombrosamente semejantes a los de nuestros días [4].
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Gloria Jimeno Castro
Doctora en Lengua Española y sus Literaturas
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Notas al texto
[1] Sobre el papel y la presencia del vino en la literatura conviene revisar Germán Barreiro González (ed. Lit.): Apenas un racimo en la viña sin fin: una antología de textos literarios sobre el vino y su mundo. León, Eolas, 2021.Y del mismo autor resulta útil Bucólica áurea: una antología de textos literarios del siglo de oro sobre la alimentación, la comida y su mundo, con otras cosas tan curiosas como entretenidas. Eolas, 2023.
[2] Palabra proveniente del alemán bock, María Moliner la incluía en su Diccionario de uso del español como “vaso o jarro en que se toma cerveza, generalmente de cuarto de litro”.
[3] Gloria de la Prada era una de las tres escritoras que figura en nómina de La Novela de Bolsillo, y que ofrece su visión de los fogones de las mujeres andaluzas. Otra de ellas es Carmen de Burgos, quien precisamente posee numerosos escritos sobre gastronomía española de la época. Léase Nueva cocina práctica . Valencia. 1925.Editorial Sempere, y ¿Quiere usted comer bien.? Barcelona .1917. Editorial Ramón Sopena. Los menús y recetas referenciados coinciden con los datos sacados de La Novela de Bolsillo.
[4] Para comprobar cómo perduran las costumbres y gustos en la gastronomía española, complétense las informaciones con estudios como:
-Carlos Alvar: «De comidas, ventas y ajustes de cuentas», en Discursos hispánicos sobre alimentación y culinaria: aproximaciones literarias y lingüísticas; Rolf Eberenz (ed.). Madrid, Visor, 2014, pp. 101-124.
-Lorenzo Díaz: La cocina del Quijote. Madrid. Alianza editorial. 2005.
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