Mendel el de los libros, de Stefan Zweig, o el fin del mundo de la seguridad – José Miguel García de Fórmica-Corsi

Mendel el de los libros, de Stefan Zweig, o el fin del mundo de la seguridad – José Miguel García de Fórmica-Corsi

En sus bellas memorias publicadas bajo el título de El mundo de ayer —y donde tan importante es lo que se dice como lo que no se dice (1) —, el escritor austriaco Stefan Zweig deja bien claro que la institución del café vienés era un símbolo fundamental de ese concepto (melancólicamente ilusorio) que él llamó «el mundo de la seguridad». Por tal, Zweig entendía el conjunto de elementos en apariencia inmutables que hizo creer a las clases medias acomodadas de la Viena del cambio de siglo, sobre todo las de origen judío, que la vida podía organizarse al margen de las grandes preocupaciones cotidianas y consagrarse enteramente a la cultura y la formación personal. Dentro de ese edén, el café constituía uno de sus engranajes principales: Zweig señala que, por una pequeña consumición, uno se ganaba el derecho a permanecer allí durante horas, de tal modo que era el punto de encuentro, el lugar de trabajo, el refugio frente a la miseria del mundo exterior. Todavía hoy el Café Central de esa ciudad recibe a sus clientes, justo a la entrada, con la escultura en madera policromada y tamaño natural de Peter Altenberg, el Sócrates vienés, emblema de esos intelectuales que vivían en estos establecimientos y solo salían de ellos para dormir. Y, por fortuna, como dice Zweig en cierto relato, «en Viena le espera a uno en cada esquina un café» (2).

La Gran Guerra significó el fin de ese mundo de la seguridad, sustituido por la incertidumbre del periodo de entreguerras, en el que se sembró la simiente de la venidera guerra de guerras: los años de la incubación y explosión del fascismo; de la incertidumbre económica producida por las hiperinflaciones de posguerra; del miedo al contagio de esa revolución obrera nacida en la enemiga Rusia (uno de cuyos más notorios líderes, Trotski, en la estancia vienesa de su exilio, había sido cliente del mismo Café Central, donde pasaba el tiempo jugando plácidamente al ajedrez). Irónicamente, fue el periodo en que Stefan Zweig se convirtió en uno de los escritores más vendidos y conocidos del mundo. Todo ello fue barrido cuando eclosionó el huevo de la serpiente, y esa nueva seguridad que parecían dar el prestigio y el dinero de nada valieron al autor austriaco que, como se sabe, tuvo que marcharse de su país en 1938, tras el Anschluss, y convertirse en un desterrado.

En su precioso libro Los cafés históricos, Antonio Bonet Correa, citando a su vez la “Biografía del Café”, de Heinrich Eduard Jacob, señala que, para muchos vieneses, este lugar era realmente el centro de la vida, de tal modo que dejar de frecuentarlo era como «el preludio de su propia muerte» (3) . Esta reflexión parece pensada después de leer ese relato de Zweig al que antes aludía, Mendel el de los libros. Esta obra magnífica no solo supone una de las cumbres del cuento triste, sino que además su lectura, para todo aquel que conozca un poco la trayectoria del autor y de otros intelectuales de la escena vienesa de su época, encierra un evidente contenido simbólico de las propias contradicciones de un autor que, como es lógico, tuvo una trayectoria ideológica y vital mucho más agitada de lo que establece la versión que dio de sí mismo en El mundo de ayer.

Buchmendel vio la luz a lo largo de tres entregas publicadas en el más prestigioso periódico vienés de la época, Neue Freie Press, entre el 1 y el 3 de 1929. El narrador en primera persona (evidente trasunto del propio Zweig), huyendo de la súbita lluvia, entra en un café al azar y, cuando su espíritu va aclimatándose a la atmósfera del lugar, se ve asaltado por una sensación de reconocimiento: él estuvo en ese lugar muchos años atrás. De hecho, conoció al más singular de sus parroquianos, a un librero de viejo llamado Jakob Mendel, un judío sin licencia para abrir negocio propio que había hecho su cuartel general de la misma mesa situada junto a la estufa. Día tras día, durante varias décadas, Mendel atiende a cuantos acuden a él en petición de un libro olvidado, de una referencia perdida, de una bibliografía diferente: su memoria, prodigiosamente ordenada para el dato libresco, lo convierte en «un catálogo universal sobre dos piernas» y lo abstrae de cuanto lo rodea, hasta que esa realidad cae sobre él como una losa. El estallido de la Gran Guerra hace que la burocracia pose sus ojos en él y descubra que, como judío huido de la Galitzia rusa que nunca se ha tomado la molestia de «regularizar» su estancia en el Imperio Austro-húngaro, es ciudadano de un país enemigo y se cartea con otros enemigos (es decir, que demanda a sus corresponsales libreros, franceses e ingleses, esas publicaciones del gremio a las que lleva tiempo suscrito y que se retrasan de modo inexplicable), por lo que será enviado a un campo de prisioneros civiles donde pasará dos años.

Mendel paga con su salud y su cordura la completa abstracción del mundo, la ignorancia de esa guerra que ni siquiera sabe que ha estallado, la consideración de que podemos vivir en un eterno ensimismamiento sin que los demonios exteriores acaben encontrándonos. Su intento de restaurar su mundo perdido, tras la guerra, se salda con el más patético fracaso: no solo ese cautiverio ha desordenado para siempre la precisión, siempre frágil, de su memoria, sino que cuando el café cambia de dueño, el nuevo propietario (por mucho que el anterior lo recomiende encarecidamente por el gran valor que otorgó en su día al establecimiento) no ve en él sino un despojo del pasado del que piensa deshacerse a la menor ocasión. Desterrado, Mendel se perderá entre los desheredados de Viena.

Es posible que en Petrópolis, esa localidad brasileña con nombre de juego de mesa en la que terminó la redacción de El mundo de ayer y en la que se quitó la vida en compañía de su segunda esposa, este relato asaltara las horas perdidas de Zweig como un inquietante acúfeno mental del que uno no se puede librar. Porque Mendel el de los libros, desde la perspectiva de ese hombre que ha perdido todas sus seguridades, se revela como un triste presagio de sí mismo, del mismo modo que antes, en el momento de su redacción, es posible que fuera un acto de catarsis, un lamento tardío por la distancia que, casi siempre, hay entre la realidad que quisimos que fuera y la realidad que verdaderamente fue.

En su biografía, Zweig realiza una apasionada reivindicación del pacifismo cosmopolita que siempre animó su existencia, desde el principio de la Gran Guerra, proclamándose paladín de un humanismo que acabara con las fronteras y forjara un reconocimiento entre todos los europeos. Eso sí, desde el prisma un tanto elitista de la cultura: sus iguales no eran los soldados arrojados al fango de las trincheras sino un Romain Rolland o un Emile Verhaeren, los otros intelectuales en quienes encontró una comunidad de espíritu.

Sin embargo, otro eminente habitante de esa jungla de cafés —que durante treinta años compuso en sus mesas, y en solitario, su famosa revista La Antorcha, desde la que fustigó la sociedad vienesa y europea de su tiempo—, Karl Kraus, autor hoy más citado que leído, denunció ese pacifismo «abstracto» que no incluía el reconocimiento público de su previo exceso al servicio de la propaganda nacionalista. Y es que Zweig, al principio de la guerra, había sido movilizado en el servicio de archivos del imperio, el Kriegsarchiv, donde coincidió con Rilke, al tiempo que publicaba (al menos hasta bien entrado 1915) diversos artículos donde exaltaba la alianza con los alemanes y las consecuencias positivas de la guerra. Kraus denunció que «escritores como Zweig o Hofmannstahl vendieron su integridad intelectual por un seguro destino de oficinas» (5).

Es significativo que, durante décadas, los artículos más comprometedores que firmó nuestro autor fueran excluidos de las obras completas preparadas por quienes, como él mismo, decidieron tapar aquellas manchas considerándolas, a la luz del indiscutible pacifista en que luego sí se convirtió, como pequeños errores sobre los que no era necesario insistir. Por desgracia, esos trabajos ni siquiera pueden interpretarse como las concesiones que el escritor tuvo que hacer para librarse del horror del frente, en cuanto que en sus diarios, todavía más ocultos y que nadie salvo él debía leer, se dejó arrastrar por la misma exaltación (6).

Es así que Mendel el de los libros acaba revelándose como un lamento interior por no haber estado siempre a la altura del íntimo ideal que el ya maduro Zweig quiso extender, retroactivamente, a toda su existencia. Lo que no podía saber es que, al narrar la desdichada historia de ese hombre, anticipaba su propia desdicha, pues él mismo sería arrebatado de su rincón junto a la estufa, de los cafés donde (rodeado de gente que hablaba su propio idioma y respiraba su propia cultura, algo siempre fundamental para un escritor) se había sentido cómodo y seguro toda su vida. Mendel el de los libros es un cuento, por tanto, doblemente triste: por lo que narra y por lo que implica.

Su pobre protagonista es una de las víctimas, una víctima periférica e insignificante (es estremecedor que cualquier víctima, en la magnitud de la guerra, parezca reunir siempre esas dos características) de ese conflicto bélico que arrasó las últimas convicciones del humanismo decimonónico. Su aislamiento de toda circunstancia vital, aun en su evidente exageración, en manos de Zweig constituye una evidente metáfora de ese mundo de la seguridad (no en vano así lo describe el escritor en su biografía), un mundo que él describe con nostalgia pero con sentido crítico, con la lucidez de quien lamenta la ingenuidad de su generación: de haber querido actuar demasiado tarde. Y el mismo Mendel, tan merecedor de conmiseración, no se libra de simbolizar también esa crítica del ensimismamiento: Zweig se cuida bien de señalar que ese talento del librero, en el fondo, es improductivo en el sentido de la cultura que él tanto amaba. Pues para Mendel, el libro solo es un conjunto de datos, una cubierta en estado de buena o mala conservación, una anotación en un catálogo, un año de publicación. Para Mendel, el contenido de los libros no existe: él nunca los ha leído, pues se queda en su superficie, como superficial fue esa seguridad que con tanta facilidad acabó siendo quebrada.

En su relato, Zweig hace a su Mendel oriundo de Galitzia, esa tierra cuyo destino singular fue cambiar continuamente de dueño y cuya importante comunidad judía alumbró a un Bruno Schulz o un Somá Morgenstern. En principio, no es una ubicación extraña porque de esa región procedían miles de los judíos que llegaron a Viena huyendo de los pogromos rusos o de la miseria en general. Sin embargo, un admirador incondicional de Freud como él fue siempre no dudaría en encontrar un significado subconsciente en dicha elección. Y es que, en los primeros tiempos de la guerra, Zweig había dedicado varios artículos (publicados tanto en su querida Neue Freie Presse como en otras publicaciones de signo más propagandístico) a realizar un encendido canto de la regeneración cultural que había experimentado esa región, para él tan atrasada, gracias a la dominación austro-germana, insistiendo de paso en sus deseos del triunfo alemán para poder consolidar esos logros: él mismo estuvo allí en el verano de 1915. En El mundo de ayer, el episodio aparece magistralmente reformulado como un episodio catártico que, mediante el descubrimiento directo de las consecuencias bélicas, confirma para siempre su pacifismo (7) . ¿Y por qué no creer que, en realidad, Zweig no miente sino que le parece imposible, desde esa doliente perspectiva en la Petrópolis donde iba a suicidarse, que alguna vez pensara o hiciera otra cosa que la que cuenta en sus memorias?

En las páginas de su biografía, cuando él mismo se encuentra ante el amargo proceso de convertirse en un hombre sin país, Zweig realiza un bello panegírico de esa época en que no existían los papeles que controlaban la libertad de movimientos: «[…] la Tierra era de todos. Todo el mundo iba adonde quería y permanecía allí el tiempo que quería» (8) . ¿Cómo iba a sospechar él, cuyo nombre abría todas las puertas y le garantizaba una invitación cordial a cualquier rincón del mundo, que acabaría siendo también víctima de la misma burocracia y los mismos recelos ante el «extranjero» que su pobre Buchmendel, añadiendo a la incertidumbre del exiliado la ruptura de la tranquilidad del espíritu necesaria en un escritor, obligado a realizar interminables y absurdos trámites para legalizar lo que antes era legal por sí solo?

Zweig acabó viviendo, al menos espiritualmente, la misma tragedia que su personaje: ser arrojado sin contemplaciones al mundo exterior. Desde su mesa junto a la estufa, Mendel —símbolo inmarchitable de la soledad y la alienación— vive la tragedia central del hombre que se cree integrado en su mundo, aun de modo modesto, como un engranaje en un mecanismo de relojería, y que no sospecha que ese horizonte cotidiano, normal, en realidad es fronterizo del caos absoluto y basta con dar un mal paso para hundirse él. Con su particular sensibilidad, Nathaniel Hawthorne ya lo había expresado un siglo atrás, en su inolvidable relato Wakefield —que tanto admiró Borges—, acerca de otro individuo cuya existencia cómoda, monótona, se desmonta de pronto a causa de un único hecho y se convierte, en afortunado epíteto del mismo autor, en un paria del universo: «En medio de la aparente confusión de nuestro mundo misterioso, los individuos se hallan tan exactamente ajustados al sistema, y los sistemas tan ajustados entre sí y en relación al conjunto, que con sólo apartarse un instante el hombre se expone al terrible riesgo de perder su lugar para siempre» (9).

En su relato, Mendel, expulsado del lugar donde halló refugio durante más de treinta años, se convierte en un fantasma que solo se materializa de nuevo cuando siente la inminencia de la muerte y vuelve a su café para morir allí. En la vida real, acosado por el muy justificado temor de que los nazis acabaran por devorar el mundo entero y no le dejaran otro lugar a donde ir que no fuera el que acababa de encerrar, cual esfera mágica, en El mundo de ayer, Stefan Zweig eligió proporcionarse a sí mismo el sueño eterno. Pero nos dejó un último libro, esa ambigua pero maravillosa biografía, un libro para recordar y para que lo recordáramos, un libro con el que se cumple el inolvidable adagio con que el narrador de Mendel el de los libros (o sea, él mismo) cerraba su cuento. Embargado por una triste melancolía al descubrir que la única persona que todos esos años recordó al viejo librero había sido la humilde e iletrada mujer de la limpieza del café, que atesora el libro que éste se dejó sobre la mesa el día en que fue expulsado de allí (y que no puede leer), dice el narrador: «los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido» (10). Amén a eso.

José Miguel García de Fórmica-Corsi

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1. Zweig, S.: “El mundo de ayer“. Memorias de un europeo, trad. de J. Fontcuberta y S. Orzeszek, Barcelona: Acantilado, 2001.

2. Zweig, S.: “Mendel el de los libros“, trad. de Berta Vias Mahou, Barcelona: Acantilado, 2009, p. 5.

3. Bonet Correa, A.: “Los cafés históricos“, Madrid: Cátedra, 2012, p.152.

4. Zweig, S.: “Mendel el de los libros“, p.16.

5. Timms, E.: “Karl Kraus, satírico apocalíptico“, trad. de Jesús Pérez Martín. Madrid: Visor, 1990, colección La Balsa de la Medusa.

6. Citado por Martí Monterde, A.: “Poética del Café. Un espacio de la modernidad literaria europea“. Barcelona: Anagrama, 2007.

7. Zweig, S.: “El mundo de ayer“, pp. 314-320.

8. Zweig, S.: “El mundo de ayer“, p. 514.

9. Hawthorne, N.: “Wakefield y otros cuentos“, trad. de Luis Loayza, Madrid: Alianza Editorial, 1985, p. 71.

10. Zweig, S.: “Mendel el de los libros“, p.57

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Categories: Crítica Literaria

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