«De Exilio», de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – IV [Texto del «De Exilio» – II]

«De Exilio», de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – IV [Texto del «De Exilio» – II]

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De Exilio, de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – IV [Texto del «De Exilio» – II]

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Ruines – Théâtre antique d’Arles [Fin du ier siècle av. J.-C.] [Source: https://www.couleurnature.com/en-de/blogs/news/arles-a-provence-gem]

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De Exilio, de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – IV [Texto del «De Exilio» – II]

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De Exilio

XIII   en aquel lugar forzada por la necesidad.

Cierto es que durante mi estancia en este lugar, y durante la ausencia de mi patria, lo sentía todo lejano. Es absolutamente necesario que la patria se halle allí donde ha sido erigida por la naturaleza, mientras que a mí allí me retenía la severidad de la ley; y es que es arduo resistirse a dos necesidades, la de la naturaleza y la de la ley, usando sólo de la perseverancia.

Pues el hombre, a quien el dios dotó de una naturaleza harto agitada, que va y viene con frecuencia “por tierra firme y por la mar”(a), ora para caminar con sus pies, ora para ser llevado en todo tiempo por vehículos terrestres y marinos, cambiando una tierra por otra tierra y un mar por otro mar, el hombre, digo, que a causa de ganancias, comercios y bodas extranjeras, “tras haberse juntado con leales compañeros y haberse mezclado con hombres de otras tierras”, pervirtiendo, si fuera menester, “una mujer hermosa”(b), cruzará de poniente a oriente  y de oriente a poniente haciendo la carrera larga igual al sol desde el mediodía hasta la tarde, y terminando de nuevo la contraria carrera de vuelta al estadio, sin poner por excusa ni los desfiladeros de las montañas, ni los pasos impracticables de los caminos, ni la intensidad del calor ardiente ni el frío del invierno, sino que incluso si naufraga, escapará a nado y se embarcará en otra nave; considerará que para su audacia todo es accesible y practicable.

Pues el amigo, si es un verdadero amigo y conoce el misterio de la amistad, habiendo sido invitado a participar en su sociedad con todo honor, empeño y fortuna, ¿dudará acaso en hacer un viaje de unos pocos días y procurarse el más hermoso de los espectáculos y festivales para él, la presencia de su amigo, aliviando su desgracia en la medida en que le sea posible? No así ciertamente pensaban los amigos de Jasón (1), sino que viniendo cada uno de un lugar, lo acompañaban contentos cuando salía para hacer su viaje a la Cólquide (2), y eso que no sabían hacia dónde navegaba, ni tan siquiera el arte de navegar en absoluto, pues el mar aún no era navegable, y no preguntaron por el motivo de la expedición, sino que consideraron  que el destino de su amigo era para ellos razón suficiente para el viaje.

XIV    Ésa fue pues la primera nave construida entre los hombres que fue equipada por amigos, no con marineros a sueldo; la mayoría de ellos son reyes, hay también algunos que, siendo hijos de dioses, no se avergonzaban de navegar voluntarios.

Pero esa nave era sólo una. ¿Y qué? ¿Las mil naves de los aqueos no fueron acaso enviadas contra Troya repletas de una tripulación semejante, de los mejores de toda Grecia que acompañaban a un amigo afrentado? Le eran fieles y no sólo se valían de sus propios medios y procuraban su propio abasto, sino también echaron de menos a sus seres más queridos, ya fuera en casa, ya fuera en la milicia: Protesilao y Odiseo sin duda a sus mujeres; Néstor (1) a sus hijos; Teucro (2) a su hermano; Aquileo a su amado y finalmente también a sí mismo, porque habiéndole anticipado su madre que si permanecía en casa sería inmortal, pero que por el contrario si navegaba contra Troya moriría jovencísimo, eligió morir permaneciendo allí, y eso a pesar de que fuera molestado por un amigo poco servicial. ¿Y qué? ¿No seguía Pílades (3) a su amigo impelido por las Erinias y enfurecido? ¿No marchó del hogar a su vez Teseo junto a Pirítoo (4) camino del Hades (5)? De éstos el primero no se cuidó ni de la cólera de los dioses ni de la infamia de los hombres antes que de su amigo, queriendo ser comensal y coinquilino de un matricida. ¿Te parece que Teseo dudaría en cruzar el pequeño brazo de mar desde Mimante (6) a Quíos, él, que voluntariamente navegaba junto a su amigo por el Aqueronte (7) y a cuyo lado se sentó en la piedra letea (8), siendo sacado de allí, aunque no quería, por el violento Heracles? Ésos son amigos, ¡y qué tales! Por su parte mi amigo considerará justo que yo, afligido por él, sencillamente viva una vida dolorosa y digna de compasión, como otro cualquiera en ausencia de amigos “miraba hacia el ponto infecundo vertiendo lágrimas”(a), pero él, teniendo recursos para auxiliarme procedentes de la naturaleza y de las leyes, ¿se privará voluntariamente de mi amistad y luego sentirá compasión de mí, como si no fuera él mismo más digno de ser compadecido? ¿Por qué, pues, soy yo más exiliado para él, puesto que no lo veo,

XV      de lo que él lo es para mí, puesto que no me ve?  Salvo por el hecho de que yo no quiero y él no puede. Pues si quisiera, acudiría y no me sentiría afligido. “¡Venga, deja que viva aquí! No viviré mal, ni siquiera en estas condiciones, si me alegro.”(a) ¿Cómo habrá que considerar a un amigo como éste, que resulta inferior en benevolencia a las golondrinas y a los pluviales (1)? Pues estas aves, una vez que han establecido amistad, las golondrinas en relación con el hombre, los pluviales al cocodrilo, aun cuando son de diversa especie, jamás se apartarán los unos de los otros, sino que donde viva el hombre, allí encontrarás a las golondrinas, y donde esté el cocodrilo, allí mismo hallarás al pluvial. A éste, en cambio, no le interesa saber en qué lugar estoy de la tierra o del mar.

“Tal ocurre a los hombres cuando llega la desgracia, que ojalá no alcance a ninguno que sea medianamente bueno conmigo: es la prueba más infalible de la amistad.” (b) El fuego ha nacido para poner a prueba el oro y la plata; a las naves marineras las da por buenas la tempestad, a los amigos, las mudanzas de fortuna. Todos quieren ser amigos del hombre con fama de medrar, afluyen de todas partes a él y ni las puertas son capaces de impedirlo ni el sentimiento de pudor puede estorbar la solicitud de servicio. Mientras soplan vientos favorables en la singladura, a esto iba, todos son buenos marineros, todo es igual e indiscernible.

En efecto lo más malicioso de la adulación radica precisamente en esto, en que se consagra en imitar la verdadera amistad. Cuando sobrevenga la tormenta de la fortuna, entonces soplará y desperdigará a los que se hacen pasar por amigos vanos y de pega, como el viento en un montón de paja, en cambio los verdaderos amigos allí se quedan, superando la prueba del fuego.

“Ahora es cuando necesitas amigos; cuando los dioses te honran, no hacen falta amigos, el dios se basta en ayudar cuando quiere.” (c)

¿O no crees que a Pirítoo le parecía que tenía muchos compañeros en Tesalia y todavía más a Orestes en Micenas? Pero cuando fueron puestos a prueba por la fortuna en las cosas que padecieron, los únicos compañeros que quedaron fueron un solo ateniense para el tesalio, y un solo focense para el micenio. Al resto de los tesalios y de los micenios los desperdigó la adversa fortuna.

XVI    Lo cual dicen que fue precisamente lo que Momo (1) reprochó a Prometeo, que las demás partes del hombre estaban bien puestas, pero que el corazón no estaba puesto donde conviene, ya que se encuentra bajo el pecho que lo oculta; que era preciso hacerle un agujero a través del cual examináramos los sentimientos del que se nos acerca, antes de estrechar con él cualquier tipo de relación.

A mí me parece que no se le ha reprochado esto justamente, pues el agujero de la tribulación es capaz de mostrarle quién es cada cual y qué sentimientos albergan quienes se nos acercan.

Más leal amigo y servidor es aquel que atiende al desgraciado, pues es evidente que no se apartará de él cuando las cosas le vayan bien. Aquél que en la desgracia, sin ser amigo previamente, entabló una relación de amistad, ése es todavía más de fiar que los anteriores, pues pone como pretexto de la amistad no la conveniencia personal, sino la virtud.

Podría decir muchos ejemplos tomados de mi propia experiencia y aún muchos también más antiguos, pero haré mención sólo de la casa de Adrasto (2), ¿no fue acaso éste el que alojó y purificó a Tiestes (3), expulsado por su hermano, hombre que no era bien recibido en casa de nadie?  ¿Y a otros dos desterrados, uno de Argos, el otro de Tebas

XVIII            , acaso no los convirtió en un solo día no ya en huéspedes, sino también en yernos, y en socorro de uno de ellos partió a la guerra? ¿Y no te parece que un hombre tal corrige de facto esta frase de Eurípides (4):

  “Actúa bien, las obras de los amigos

   Nada valen, si uno es desgraciado.” (a)

Teniendo en cuenta la ejecutoria de Adrasto, quedaría mejor así:

  “Actúa bien, las obras de los verdaderos amigos

   Son firmes, si uno es desgraciado.”

  El mismo poeta dice en alguna parte a propósito de este tipo de amigos:

  “la Equidad a los amigos siempre con los amigos une.” (b)

  Oímos de nuevo en el refrán “Ningún amigo hay de quien nada tiene” aquello del lacedemonio Quilón (5): “Hay que amar como si se fuera a odiar” (c). Yo lo escribiría de manera diferente para que fuera más verdadero: en primer lugar: “Los amigos de quien nada tiene son seguros”; en segundo lugar: “Hay que amar como si fuésemos a ser desgraciados”. Pues si una amistad se aviene bajo esta premisa, ni el exilio la apartará del amigo, ni rechazará los lazos, ni la muerte, que es más fuerte que todas las cosas, la pondrá en olvido.

XVI    Al contrario, esas y tales cosas intensificarán la amistad y la acrecentarán, pues por un lado al que es feliz le proporcionan una prueba de la bondad del amigo en el momento oportuno, y por otro al infeliz le ponen sobre la mesa la fidelidad de su afecto en vista de la necesidad.

La cuestión de la riqueza, de los honores entre los hombres, de la alcurnia y de la dignidad, de la celebridad entre la muchedumbre, es asunto de muy poco momento para un hombre bueno. Las cosas más arriba citadas son sin duda, además, ajenas; no solo la patria, sino también los hijos, el parentesco, los amigos y todo lo demás no son tanto “míos” como “están en relación conmigo”. Del hecho de no codiciar estas cosas, pues verosímilmente está en mis manos, hago cosa propia y lo proclamo. De todos los males que son ajenos y que no guardan relación con nosotros, los que miran hacia los honores, las glorias y la riqueza son los más ajenos de todos. La prueba de esto: en efecto, mientras que de alguna manera también las bestias han adquirido una cierta disposición natural para con sus crías, pagos y amigos, ellos que aman con ternura no sólo sus lugares acostumbrados, sino también los brutos con quienes comparten el pasto, y especialmente a sus crías y a sus progenitores, sin embargo en torno a la riqueza y a la estimación personal, ningún otro animal aparte del hombre se toma un cuidado excesivo, sino que una riqueza suficiente para ellos se considera la

XVII necesaria abundancia de alimento.

A causa de esto ninguna especie animal podría ser pobre y la primacía no se adquiere en la opinión de los demás animales, sino en la excelencia de aquella virtud en la que cada uno es más poderoso. Ni tampoco nunca un caballo se cuidó de la estima o del desprecio del resto de los animales, sino que él piensa que aporta en velocidad una cierta cualidad natural sobre el resto, y que es el primero en relación con la carrera. Tampoco le importó mucho jamás a un león qué piensan o dicen de él los demás animales, sino que piensa que, sobresaliendo en fuerza, tiene la más verdadera autoridad y estimación entre los más débiles. Los hombres, en cambio, como si aguijaran su facultad de razonar por medio de  (…), pero no por su desdén (…) habiendo puesto la riqueza por encima de la necesaria alimentación, a partir de ese momento la hicieron ilimitada y sin fin.

Nadie es tan rico que no piense que tiene menos de lo que quiere, y si llegara a alcanzarlo, correría de nuevo las lindes de su deseo. Y verdaderamente se juzga que lo honrado no es lo que sobresale en virtud, sino lo que acapara mayor fama. Consideran además que hay veces en que el bueno es indigno, y el malvado honrado, si así lo parece a la mayoría, ésos que hacen que el ser digno de recordación consista no en el alma, sino en la corona, en la púrpura y en la tiara. Y conceptúan a su vez que el robo de estas cosas es algo de poca importancia para sí, en cambio es cosa vituperable para quienes han sido despojados. A mí me basta lo de la Electra (1) de Sófocles:

“En cuanto  a mí, mi único alimento sea no afligirme; en cambio, conseguir por suerte tus privilegios, no me apasiona.” (a)

Ciertamente estando así las cosas, a pesar de todo no se avergüenzan de sentirse orgullosos de sí mismos, puesto que la mayoría se alza del asiento ante ellos y les cede el paso por las calles, y, si alguno no quiere, esto es lo que proclaman, como el Layo de Eurípides:

  “¡Oh extranjero, apártate de los tiranos!”(b)

  Sin saber que ese mismo extranjero poco después le privará de la tiranía y de su mujer, y después de habérselas arrebatado, él mismo se convertirá en el más desgraciado de todos los mortales, e incluso más desgraciados todavía los que nacieron de él.

Dicen que el rey de los etíopes orientales, cuando quiere honrar a alguno de los naturales del país, cogiendo uno de sus ceñidores particulares, se lo entrega, pues se da el caso de que tal es el traje de gala de los etíopes. Pues bien, siempre que con él ceñido deambula por cualséase parte, todos los que se encuentran con él se le prosternan y lo colman de atenciones. Cuando al rey le parece bien retirarle el ceñidor, ningún etíope que se tope con él considerará oportuno siquiera

XVIII            dirigirle el saludo más común.

A los que se envanecen por semejantes cosas, uno les diría precisamente lo que le dice su madre a Polinices, afeándole la conducta:

“¿Por qué te entregas, hijo mío, a la ambición, la peor de las divinidades? Al menos, tú no; la diosa es injusta, en muchas casas y ciudades felices entró para ruina de los que de ella usaban; a manos de ella enloqueces tú.” (a)

Yo añadiría esto a Yocasta: ¿de qué te jactas, oh infeliz, y por qué te enorgulleces de ti mismo? ¿Acaso no va a cambiar de opinión toda esa muchedumbre? ¿Acaso no te glorifican hoy en la púrpura, pero mañana, mudando de alguna manera en sus preferencias, si otro te substituye, aunque sea peor que tú, es que no lo van a servir igualmente junto con los demás? Por los dioses, ¿no te da vergüenza ensoberbecerte en vestimentas y tintes ajenos, tú que tienes una imagen de cuerpo entero grande y hermosa en el pritaneo, pero que vas dando a conocer otra fea y mezquina del alma dentro de ti, alzándote sobre los nombres de tus antepasados como si tú no tuvieras nombre, y de jactarte en extremo de tu linaje? ¿O es que no sabes que remontándote a aquellas viejas genealogías te remontarás al fango de Prometeo (1) o a las piedras de Deucalión (2)?

XIX    ¿Pero es que no te mostrarás a ti mismo desnudo como eres, después de despojarte y quitarte esos distintivos, o mejor aún, ni siquiera desnudo, sino que en vez de púrpura, vestido de pobreza en vez del poder y de las ínfulas, coronado de ausencia de cargos? Y si entonces a ti un hombre bueno te admira y te honra, registra tu genealogía empezando por ti en adelante. No te vanaglories nunca de ti mismo, mas no te desprecies tampoco, y considera esa estimación verdadera algo inmortal que nadie te puede robar. ¿No ves cómo estaba Odiseo con andrajos malos en torno al cuerpo, de modo que los pretendientes se admiraban de él en cuanto a otras cosas: “¡qué muslo deja entrever el viejo entre los andrajos!”(a)

Admiraban aquéllos ciertamente tu muslo, yo otra cosa admiro, qué buen ánimo y arrojo saca a la luz el viejo de los andrajos, y eso que es un vagabundo más pobre que Iro (1), y no hace reproches al dios en sus desdichas ni se enfada con la fortuna en sus reveses, sino que muestra generosidad y mansedumbre hacia todo lo que aquél le prescribe.  Y me parece a mí que éste, después de haberse encontrado en tantos cambios de fortuna, no deja de decirle al dios:

“Oh Zeus, si quieres que yo sea rey de los itacenses, también yo quiero; pero no reinaré como Equeto (2), ni como Sardanápalo (3), ni como Arbaces (4). ¿Quieres que sea náufrago? También yo quiero; seré un náufrago más piadoso que Ayante. ¿Quieres que padezca hambre? También eso lo soportaré, pero con mayor continencia que mis compañeros. ¿Quieres que mendigue? No lo rechazo. Seré mendigo más pobre que Iro y aguantaré que mis enemigos me golpeen de la peor manera y que me hieran. Pero, vuelvo a insistir, si tú quieres yo reinaré. Y volveré a partir a la guerra si tú me lo ordenas, y me volveré a embarcar, si te parece bien, “hasta que llegue a un país cuyos habitantes no conozcan el mar ni coman alimentos sazonados con sal.”(b)

Hasta aquí, el itacense. Creo en verdad que sabía muy bien, aunque criado en una isla, qué cosas estaban en su mano y cuáles no, y que es necesario obedecer sin lamentarse al dios que hay y bajo qué condiciones se ha metido uno en esta vida. Nosotros por nuestra parte, “conductores y regentes”(c) de hombres de tierra firme, ¿cómo es posible que consintamos en que todos los demás animales nos obedezcan y vivan como queramos, y que nos sean útiles, (algunos de ellos viven en la molicie, otros luchan entre sí, otros compiten en las carreras, otros son sacrificados; ahora los obligamos a arar, mañana en cambio los uncimos al carro, en otra ocasión los consagramos en el altar y, por Zeus, al mismo caballo ora lo adornamos para la procesión, ora lo mandamos a Olimpia(5) a competir, ora lo cargamos con peso y lo hacemos andar por las montañas o incluso lo constreñimos a moler) y sin embargo, nosotros, acaso no nos acomodaremos de buen grado a la voluntad del dios que nos muestra el camino hacia el provecho de todo el universo? Pero obedezcamos a

XX    Solón, a Dracón (1), a Carondas (2) y a Licurgo (3), y si alguien ordenara que fuéramos fustigados, seamos pues fustigados frente al altar de los griegos que nos contemplan sin mostrar indignación alguna, confiando en que él ha decretado estas llagas para provecho y utilidad común. Los más nobles de entre los persas aguantan comiendo berros con pan y durmiendo en el suelo, los arimaspos (4) ya de niños se quitan uno de los ojos y se someten a la ley; y las amazonas, un pecho.

¿No creemos acaso que los dioses gobiernan de acuerdo con lo que es nuestro deber? Y ciertamente no nos diferenciamos tanto del resto de los animales como los dioses de nosotros, ni somos responsables de bienes tan grandes para ellos como lo son los dioses para nosotros. A algunos animales ni siquiera les suministramos comida, pues apenas les dejamos que la cojan ellos mismos de la tierra. Y ya que hemos obtenido gratis de los dioses los más grandes bienes, la inteligencia, la conciencia, la palabra, el razonamiento y las virtudes inalienables, y el recto uso de la imaginación, a cambio de estas cosas, ¿no les damos las gracias? Pues es como si habiéndonos prestado algo y además, habiéndonoslo dado en el momento oportuno, como los honores, glorias, magistraturas, riquezas y hasta el propio cuerpo, luego nos lo reclamara sin embargo una vez cumplido el plazo, y nosotros nos enfadáramos con el prestamista y nos mostráramos desconsiderados para con él, porque, en efecto, después de habernos permitido gozar de sus bienes un tiempo determinado, como había sido estipulado, quiere ahora dárselos y prestárselos a otros. Mas contrariamente a esto, ¿no nos mostraremos a nosotros mismos deudores agradecidos y formales, diferenciándonos en esto de los malos deudores, en que éstos sin querer, lamentándose y obligados, no menos que con violencia se desprenden de los bienes ajenos, en cambio nosotros, gozosos y contentos, pensamos que nos liberamos de la deuda? Pues si nos despojamos de las magistraturas, de los honores y de la riqueza, modesta cosa es; pero si además restituimos el cuerpo y el vivir mismo, entonces seremos absolutamente libres pagando todo cuanto nos es ajeno.

Necesario es pensar que incluso los mismos dioses han desaprobado a aquéllos que pagan de mala gana y con ingratitud, y que han reflexionado sobre ellos igual que los prestamistas sobre los desagradecidos, que cuando tenían necesidad de ellos fueron sin cesar a las puertas de los templos y colmaron los altares de sacrificios y las fiestas de súplicas, haciendo libaciones magníficas y organizando fiestas mensuales y vigilias, quienes, después de haber formado coros ellos y sus hijos, les prometían en sus odas y discursos una pública acción de gracias.

Pero cuando hay que devolverlo, entonces se quejan y vituperan a los dioses que les han dado estas cosas, porque no pueden privarles de lo que es ajeno. Si un hombre hubiera cogido un depósito confiado de dinero de otro hombre y llegara a negarlo, ése sería un sacrílego. Si no respetara el pacto, ese hombre sería un perjuro. Quienes nos hemos comprometido en estos pactos de tal manera que padezcamos y hagamos lo que bien parezca al dios que nos ha creado, si no los cumplimos, ¿acaso no se nos considerará injustos de la más grande injusticia, que es aquella que va contra los propios dioses, al igual que contra los demás, por todas las cosas justas que juramos, a la par que desleales, así como sacrílegos y perjuros?

XXI    Y por el contrario, si devolvemos voluntaria y alegremente (la deuda) y si cumplimos el pacto, ¿no nos considerarán justos, honrados y fidedignos? Y si en alguna ocasión necesitamos de nuevo un préstamo, ¿no os parece que obtendríamos fácilmente lo que de él necesitáramos?

Teniendo esto en su pensamiento devolvió Minucio (1) el mando, la mano Cinégiro (2), Filipo (3) el ojo y Polizelo (4) ambos; Heracles, habiéndose despojado de su cuerpo todo como si se tratara de una túnica ajena, así mismo lo entregó sin lamentos y sin penas; Pericles (5) pagó la multa, Crates entregó sus bienes, Temístocles (6) la primacía en el mar, Arístides (7) devolvió voluntariamente la patria a los dioses y Jenofonte (8) a su hijo; Demóstenes (9) a su hija; el romano Horacio (10) tres parientes, pues perdió dos hijos y después de éstos a su hija, habiéndose dado muerte mutuamente, de tal modo que cualquier otro se hubiera dejado morir de la forma más lamentable, y sin embargo hacía sacrificios y ofrecía a sus amigos un banquete por la victoria, tocado de una corona.

Uno consideraría con razón las desdichas de éstos y de los de tal clase, más bienaventuradas que la dicha aparente de los otros. ¿Pues cómo no habría de elegir un hombre bueno prescindir de sus ojos, tal como hiciera Polizelo, antes que ver ciervos, como creía Atamante (11) que los veía, mientras asaeteaba a sus propios hijos?¿Quién no preferiría que le amputaran ambas manos como Cinégiro, antes que adquirirlas como las adquirió Autólico (12)?¿Quién no desearía morir como Sócrates antes que vivir como Ánito y Meleto (13)?¿Quién no preferiría ser multado como Pericles a graznar como Cleonte (14)?¿Quién no preferiría ser pobre como Arístides antes que ser rico como Calias (15), o ser deshonrado como Trasíbulo (16) antes que gobernar como Critias (17), o partir al destierro como Musonio a reinar como Nerón (18)?

Layo y Yocasta estimaron que era con mucho más preferible, creo yo, exponer a su hijo, como Jenofonte, antes que, viviendo él allí, ser puestos a prueba. Ciertamente ciudades enteras podrían también poner ejemplos de esto.

¿Cómo no querer pues que el pueblo, teniendo buen sentido, abandone la patria y lo que es más, la arrase con sus propias manos como hicieron los atenienses, antes que querer que permanezcan, como los tebanos, traicionando la libertad común de los griegos con sus murallas en pie? Por cierto que no hay que sonrojarse de palabra por el deshonor, para mostrarnos luego de facto más infames todavía. De ninguna manera son buenos los que permanecen, ni cobardes los que parten al exilio, pues ni se halla la virtud intramuros, ni mora el deshonor fuera de las fronteras. Tampoco se disciernen estas cosas en la asamblea ni en el tribunal. La acción de juzgar sería cosa muy digna, si los jueces atribuyeran la virtud y el deshonor con sus piedrecillas que condenan o absuelven. Pero esto tal vez Radamantis pueda averiguarlo en el Hades, los jueces del Areópago por el contrario no pueden, ni podían los éforos (19) en Lacedemonia,

XXII tribunales que tienen fama de ser los más escrupulosos de Grecia. Son ésos en verdad los que con un solo voto mataron a los nueve generales de las Arginusas (1) después de haber vencido en batalla naval, muchos y buenos hombres, y odiaron poco después por sicofanta al que los acusó. También son ésos los que impusieron una multa a Pericles, los que absolvieron a Cleonte, y a Lisandro (2), los que se negaron a reconocer que Pausanias (3) no había cometido injusticia alguna, y que poco después al mismo lo dejaron morir de hambre en el templo de Atenea Calcieco. Y a Alcibíades  después de haberlo desterrado por sacrílego para con los dioses y desenfrenado para con los hombres, poco tiempo después lo coronaron en calidad de benefactor y lo eligieron general; no mucho después de esto lo volvieron a expulsar del campamento. De manera que uno pensará cosas contradictorias acerca de este hombre, si pasa revista al voto de aquéllos, ya que no es posible decir que era valiente cuando mandaba el ejército, y cobarde cuando huía. Ni tampoco una misma índole cambia alternativamente según los jueces. De ahí precisamente que no hay que considerar que nada de aquello por lo que ha sido juzgado sea funesto, pues no es el juicio el que hace al condenado justo o injusto, sino que es el condenado el que hace el juicio: si fuera éste evidentemente bueno, daría a conocer que el juicio es injusto; y si malo, entonces, de hecho, el juicio sería justo. La prueba: los jueces no ofrecieron con su voto la imagen de Sócrates como la de un mal ciudadano, sino que fue Sócrates quien los reveló injustos e inicuos; ni tampoco todos los atenienses hicieron otro tanto con Arístides, pues incluso los que lo desterraron lo mandaron volver en calidad de hombre justo.

Apolo se dirigió así a Lampón (4) el megarense: “un hombre famoso llega buscando linaje y morada”. También reveló que Sócrates, aunque no estaba presente, era el hombre más sabio de todos. Pero si ni siquiera a los atenienses les bastó semejante testigo en relación a la falsa acusación de Ánito y Meleto, ¿habrá acaso alguien que, siendo capaz de reconocer los beneficios, sienta vergüenza de la palabra condena, toda vez que al que fue condenado a muerte, el dios lo declaró “el más sabio”, y al desterrado, “el más ilustre”? Hasta los mismos que habían votado contra él testimoniaron que Arístides era el más justo. De suerte que por sí  mismos ni el exilio ni el permanecer en la patria, ni deshonor ni honra, ni injusticia ni justicia, ni libertad ni esclavitud, ni pobreza ni riqueza son de suyo buenos o malos, sino que es el buen uso de ellos lo que es bueno, y el incorrecto, malo.

Ciertamente no es entonces cuando es necesario aprender por vez primera que somos hombres y que durante mucho tiempo hemos sido criados en estas desgracias, cuando precisamente sobreviene una mudanza de fortuna. Pues tarde nos daremos cuenta de las cosas; mas también sobre todo cuando prosperamos hemos de prever y aguardar los peligros, prepararnos para su irrupción, como los buenos pilotos hacen preparativos antes de la llegada del mal tiempo, y presentir la tormenta a la manera de los grajos.

XXIII              Yo preveré enseguida el tornaviaje, si hiciera falta, antes de que la triple ola de las desgracias, cayendo de repente sobre la nave que navega a orejas de burro, pueda golpear la proa o hacer girar de costado la embarcación. Pero si ves a otro cualquiera que ha tropezado con la desgracia, como si vieras ante ti otra nave asaz traqueteada, supón que aquella tormenta también se dirigirá hacia él y, si lo vieras hundirse, entonces ya sí, entonces se te ofrecería la visión de tu propio destino en el ejemplo del prójimo.

También tu nave es en verdad perecedera y “llevada por las olas y por la violencia de todo tipo de vientos” (a), y está construida por parecidas cuadernas. Un hombre se diferencia de otro hombre en prudencia, temple y perseverancia; pero si vieras a uno que regresa, ahí tienes un ejemplo de seguridad; y si vieras a otro refugiarse en puerto, imítalo tú también a ése. Si finalmente vieras otra nave felizmente navegando y con todo el trapo “regocijándose del viento a favor que viene de Zeus” (b), no muestres desprecio hacia tu propia suerte mientras te halles en el mar azaroso de la vida, que es siempre distinta y cambiante.

Hay veces en que incluso a los que corren con viento a favor, el casco de la nave va haciendo agua y se hunde, o bien a quienes hacen un uso desmedido del velamen, el viento impetuoso que se precipita sobre ellos a popa “hace reventar la nave con toda su tripulación” (c), según Menandro, y la detiene. Es precisamente entonces cuando surgen los errores grandes y los irremediables, en medio de la tormenta y el miedo, o bien cortó el mástil, o bien aligeró el navío después de haber echado por la borda la mayor parte del flete, o bien dirigiéndose a los bajíos hizo encallar el casco. Y fue entonces cuando se cuidó de tener a mano una tabla o un ánfora a la que asirse para escapar a nado hasta la costa. En tiempos de éxito y de dicha los hombres, muchas veces cobardes, por incuria, como los árboles grandes, son arrancados de raíz.

Es necesario que quien quiera tener buen ánimo cuando le vayan bien las cosas, mire a los que menos bienes han obtenido;  cuando le vayan mal, en cambio, a los que son más desgraciados que él. Mas si por el contrario, cuando las cosas te vayan bien, miras a los que están por encima, o si cuando te vayan mal vuelves los ojos hacia aquél que está más necesitado que tú, entonces siempre estarás afligido y sentirás envidia. Pues “pena” significa malestar causado por los propios males, y “envidia”, dolor por los bienes ajenos. Y no digo esto porque haya que alegrarse de los males de los demás, que esto sería rudeza; sino que, considerando los destinos humanos comunes, habrá que sentir alivio por la imparcialidad del hado. No habría nadie en efecto tan desdichado que buscando no hallara entre los hombres a uno más desdichado que él (d), puesto que todo exceso de males, aun cuando uno piense sin duda que los suyos son terribles,

XXIV            en una dilatada vida, no podría parangonarse con los males con los que el hado, habiendo colmado a Edipo, lo hizo el peor de los hombres y el más impúdico, no sólo porque encegueciera, sino porque ensució el lecho materno.

Diríase que Tereo fue todavía más digno de conmiseración que éste porque se comió a su propio hijo; incluso Tiestes, no sólo porque devoró a sus propios hijos, sino porque ultrajó a su mismísima hija querida. ¡Cuánto mejor no hubiera sido para él que, habiéndola servido junto a sus hermanos en la misma mesa se la hubiera comido, antes de engendrar hijos de semejantes bodas! ¡Como si hubiera criado felizmente a los primeros!

¿Qué sucedería si no tuviésemos trágicos? ¿Quién hay tan experto en las vicisitudes humanas que no se haya visto envuelto en muchas de estas situaciones? No sólo si uno nació en tiempos de Hesiodo; pues, oh Hesiodo, como tú dices, la raza de hierro no es la única que está llena de desdichas, sino también la cuarta, la tercera, la segunda y la misma primera raza, para que no te lamentes tú solo, se abandonaron al destino que no deja de dar vueltas. Pues ésos de quien he hecho antes mención, eran hijos de dioses; otros, nietos. Aquel Tántalo (1), si sabes algo de oídas o si lo has visto pasando sed en el Hades, se sentaba a la mesa de los dioses, como también Ticio (2) o Sísifo (3); el propio Peleo (4) era descendiente de Zeus en tercera generación y tomó esposa para sí de entre las divinidades marinas, pero perdió a su hijo antes de tiempo, y en la vejez y en la pobreza era desterrado de la patria por sus enemigos. Y ni tan siquiera su nieto, ciertamente, pudo auxiliarlo, pues también éste partía al exilio. ¿Quieres que te haga un repaso de la segunda y la tercera generación? Sarpedón (5) era hijo de Zeus y murió joven; otros envejecieron. Aquel Eneas (6) el desterrado, el sin patria, era hijo de Afrodita y escapó con su padre a hombros, el amado de Afrodita, llevando al mismo tiempo de la mano a su hijo.

¿Y tú, ascreo, ciudadano de una ciudad de la que tú mismo dices “mala en invierno, insoportable en verano y nunca buena” (a), que eres hijo de Dío y Picimeda, de los que nadie sabe si eran del todo libres, te lamentas de tales cosas, Hesiodo, y te irritas, y expones detalladamente que las Musas de pastor, te hicieron poeta, y que de ser un desconocido te elevaron al rango de quien será siempre recordado? Sea como fuere, no se recuerda el nombre de ningún poeta de la raza de oro. Tienes mala fama por haber nacido en esa raza en la que “las Musas, abordando a Támiris (7) el tracio, pusieron fin a su canto” (b), pues ellas te enseñaron verosímilmente la genealogía de los dioses, pero no consideraron que fuera alumno merecedor de la divina providencia aquél según el cual el dios gobierna el universo teniendo por objetivo aquello que a ti te parece agradable o aquello que te parece justo. El objetivo del dios es, empero, lo verdaderamente justo y lo provechoso para todo el mundo, como un buen piloto que mira por la salvación de la nave y de cuantos van a bordo.

XXV   (Líneas 1 a 18 o completamente perdidas o con el resto de algunas letras tan sólo)

Y si además algunos te ordenan detenerte, arriar las velas o empecer tu singladura, abandona la idea de arrojarlos de la nave a los abismos del Tártaro (1), a los que eso auspician, pensando que te están acusando a ti a causa de la común salvación. Mas si obedeces manteniéndote con nobles sentimientos después de haber llevado a término de manera bella e impecable el transcurso de tu vida, gracias a su providencia fondearás en el puerto de la felicidad, al abrigo del oleaje, donde desembarcarás y verás los ya de antaño mitificados bienes de los Campos Elíseos; y si permaneces allí no tendrás temor. Allí la barca segura siempre que efectúa el traslado de manos del grandísimo Barquero (2) acogerá a los pasajeros uno detrás de otro.

Y queda el último y mayor sorteo que, como si estuviera al acecho en torno a esta corona de la alegría, ha puesto ante sí con toda probabilidad como defensa el hecho de que el asunto del exilio no es para mí ni cómodo ni voluntario: la libertad.

A mí que estoy encerrado toda la vida en una isla y me veo privado de pasto libre, como los animales salvajes alimentados en un paraíso persa, de los que dice Ciro (3) que están flacos y sarnosos y que se les ha robado el vigor; mientras que los que campean por las llanuras no sólo están espléndidos, sino sueltos y libres. Pues bien, para Ciro, que era persa y que anhelaba por arrogancia cazar no sólo a los que huían, sino también a los más hermosos, el mito era bello y oportuno de contar.

A quien investiga sobre la libertad del hombre, para quien la vida no reside en el nombre, sino en temple, conviene saber que el alma de un hombre bueno no se deja aprisionar ni por el mar, ni por la cárcel, ni por las ataduras de Ares, ni por la alcoba de bronce de Acrisio (4), ni por el hierro de Hefesto (5), ni por el Océano (6) que todo lo abraza, sino que allí donde lo ates y encarceles, aun no queriendo salir (…) (se entiende, “conserva la libertad”)

Pues no le está permitido huir ni infringir las leyes, ni los dioses, ni las leyes de Sócrates, que hablan.

Sin embargo administró allí mismo toda su libertad, siempre irrefutable, desprovisto de muros y sin ataduras. A los hombres que quieren salir (…)

Pues la morada de los nómadas en modo alguno se aviene con nosotros, sino la verdadera libertad del hombre sabio. En efecto, si siendo libre te apartas de algunas cosas, eso mismo es para ti la libertad; y esto, la esclavitud: si deseas siempre cosas malas e imposibles serás siempre un desgraciado al menos en esto. Nosotros, mirando el continente desde la isla, nos angustiamos porque no nos es posible salir de ella; y desde la tierra, a su vez, mirando el cielo, ¿acaso no nos angustiaremos también porque no nos es dado subir a él?

Ciertamente (…) a partir de eso mismo y en eso mismo señalamos las cosas posibles, en cuanto a las cosas imposibles ni nos ocupamos de ellas ni en vano nos afanamos en ellas como Oto y Efialtes (7), quienes intentaron poner las montañas encima de las montañas para escalar al cielo.

Pero nos es lícito ver muchos lugares desde aquí mismo. Si aquéllos quieren que yo sobreviva en la isla encerrado y privado de libertad, con todo, siendo yo libre, ni siquiera atado en este lugar por parte de aquél (…)

(Líneas 29 a 38 prácticamente ilegibles)

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Santiago Blanco del Olmo

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