«Tiempo de espera», de José Sarria Cuevas – Una reseña de Sebastián Gámez Millán

«Tiempo de espera», de José Sarria Cuevas – Una reseña de Sebastián Gámez Millán

Tiempo de espera, de José Sarria Cuevas [Reseña]

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Tiempo de espera, de José Sarria Cuevas

Este poemario ha sido finalista del Premio Nacional de Poesía y del Premio Nacional de la Crítica 2023. Tuve la suerte de presentarlo hace unos meses junto a su autor en la Biblioteca Pública de la Estación de Cártama. Para quienes no tengan el gusto de conocerlo, José Sarria (Málaga, 1960) es un poeta, crítico y ensayista. Académico correspondiente de la Real Academia de Córdoba y de la de Écija, secretario general de la Asociación de Escritores de Andalucía y de la Asociación Internacional Humanismo Solidario. Autor de 25 libros de poesía, ensayo y narrativa, su obra se ha traducido a numerosas lenguas. Una de sus principales líneas de investigación es la literatura hispano-magrebí, sobre la que ha intervenido como ponente en foros de Andalucía, España, Marruecos y Túnez. Es director de la editorial Poéticas y de la revista digital “Hispanismo del Magreb”.

Tiempo de espera es de momento su último poemario publicado. El significado del título se contrapone en cierto modo a uno de los tópicos de la poesía europea y universal, el carpe diem, vive el momento, vive el presente, tal vez el único tiempo verdadero. En realidad implica más un comportamiento epicúreo que hedonista, aunque acostumbren a confundirse en la actualidad. Sin embargo, si no lo he malinterpretado, el título se refiere aquí más concretamente al espacio de gestación de la obra, que ha sido el tiempo de la pandemia, donde todos aguardábamos respirar libre de enfermedades y muertes, caminar y abrazarnos con los otros, en definitiva, recuperar esa forma de vida perdida. 

Consta de cuatro partes: “Tiempo de espera”, compuesta de 9 poemas; “La tarde”, la segunda y más extensa, de 19 poemas; la tercera, “Incertidumbres”, que son preguntas poéticas sobre temas universales (Tiempo y olvido, la muerte, la espera y el silencio, y la palabra); y la cuarta y última, titulada “Final”, con un poema.

Como es cada vez más frecuente en la lírica hispanoamericana desde Juan Ramón Jiménez, se combinan poemas en verso libre y poemas en prosa, tanto unos como otros de notable carácter meditativo, cercanos a la poesía del silencio, cuyo mayor representante fue quizá José Ángel Valente, al que cita en distintas ocasiones, sin ir más lejos en el pórtico donde aparecen estos versos de “Proyecto de epitafio”: “De ti no quedan más / que estos fragmentos rotos (…) / donde tú ya indefenso / todavía palpitas”. ¿Son estos poemas unos fragmentos rotos y recompuestos de la experiencia de la vida del autor? ¿Qué sobrevive de nuestras vidas? ¿Acaso el hipotético lector no puede reconocer su vida en las palabras del poeta? ¿No es este uno de los milagros de la poesía, elevar lo particular a lo universal?

José Sarria no oculta las cartas, al contrario, las muestra. Muchos de los poemas van precedidos por unos versos que en no pocas ocasiones son los que han inspirado o impulsado la escritura. Entre tales influencias resaltaría, además de Valente, Jorge Luis Borges, Cavafis y Rafael Ballesteros, entre otros, si bien el autor en el capítulo de agradecimientos finales recuerda más nombres y reconoce que “es imposible citarlos a todos”. En el segundo poema, “Las Ítacas” se aprecia el ejercicio intertextual y su anhelo de reescribir en prosa el célebre poema de Cavafis. El prestigioso crítico norteamericano Harold Bloom lo denominaría “ansiedad de las influencias”, fenómeno por el que los escritores se sienten impulsados a escribir y reescribir incesantemente el palimpsesto de la literatura, por el que acaso nos comprendemos, interpretamos y comunicamos como lo hacemos.

En “El petirrojo”, compuesto de tres preguntas sucesivas, se advierte otra de las características más destacadas de este poemario, el uso del símbolo, que el poeta y crítico Carlos Bousoño situaba en Antonio Machado -¿acaso no está presente en Quevedo y, más aún, en Góngora?-, pero que en cualquier caso multiplica y enriquece de posibles interpretaciones los signos, que es una de las funciones de la poesía: ¿Cuándo es más ave el petirrojo? / ¿Cuando eleva su vuelo, / cuando entona su trino, / cuando exhibe el plumaje tornasol? / ¿O cuando queda inmóvil, / sin nombre ni pasado, / en el fecundo instante / del tiempo detenido?”. Tengo para mí que alude a eso que al menos desde Marcel Proust se conoce como “tiempo en estado puro” o de “plenitud”, y que se lleva a cabo más en la contemplación que en la acción, salvo que no hay contemplación sin acción.

“El color de la memoria”, mi otro poema preferido de esta primera parte, se compone de doce estrofas que, a excepción de una de ellas, comienzan con el verbo “Soy”, anáfora que con sus repeticiones sostiene el ritmo, introduciendo enumeraciones caóticas en las que se entremezclan con aire épico elementos de la cultura Occidental (“Soy Ítaca y los viajes de Ulises”) y Oriental (“Soy la locura de los cuentacuentos que acampan en la plaza de Jemaa el-Fna, alguno de los bueyes del Gerión y la sonora voz de los hijos de Andalucía”), dando a entender sabiamente en el epifonema que somos la memoria de los estratos del pasado, que no hay cultura que no sea híbrida, y que no hay Occidente sin Oriente del mismo modo quizá que no hay Oriente sin Occidente.

De “La tarde” me han alcanzado especialmente “Huerta del cementerio de Macharaviaya” e “Infancia”, ambos de expresión cuidada, preciosista y simbólica. Si en el primero se vale de una experiencia particular que desvela en el epifonema, unos versos de Cavafis, “la memoria de esas horas cuando encontré y retuve el placer tal como lo deseaba”, con los que afirma la vida, el segundo es un diálogo con el niño que fue y que todavía parece vivo en el yo poético.

No obstante, si tuviera que decantarme por sólo uno me quedaría con “Apolo 11”, donde logra reflejar con acierto la experiencia de la infancia y al mismo tiempo capta el espíritu de la historia, con sus proezas tecnológicas en contraste con sus miserias políticas y sociales:

Aquella noche
Neil Armstrong posaba sus pies sobre la luna
y yo miraba, desde el exterior de la casa,
hacia la oscuridad de la galaxia
por si pudiera, por un instante,
vislumbrar el destello del Apolo 11.

La infancia transcurrió imaginando
que algún día Anita Eckberg
abandonaría a Marcello Mastroianni
y así poder tener la oportunidad
de acariciar sus cabellos de oro.
Por entonces, los guías del Frente de Juventudes
nos habían enseñado que vale quien sirve
siguiendo el camino hacia Dios
a través de montañas nevadas
y banderas al viento.
España tenía el color
en blanco y negro del NO-DO,
añorando el esplendor de su Imperio
que centelleaba en las ásperas páginas
de la Enciclopedia Álvarez.
Durante muchos años los niños
siguieron llegando de París
y los exiliados cantaron
la canción de El emigrante
por los andenes de las estaciones
de Port Bou o de Düsseldorf.

Pero en aquel verano de 1969 todo cambió
mientras Jesús Hermida retransmitía, en directo,
el momento histórico.
Cambió nuestra mirada
al asistir, atónitos,
cómo era posible vulnerar
la última frontera romántica.
Neil Armstrong posaba sus pies sobre la luna
y ya nunca más creí
en la posibilidad de acariciar a Anita Ekberg.
La dictadura se desmoronaba
a la vez que se alejaba, para siempre,
la última inocencia de mi infancia.

“Incertidumbres”, reitero, son preguntas poéticas sobre temas universales: “¿Cuántos otros habitan en mí?”, que alude a la esencial heterogeneidad del ser. “¿Por qué lo llaman olvido si su nombre verdadero es herida?”, que alude al imposible olvido y a la dificultad de nombrar por su nombre correctamente a las cosas. “¿Cuántos ríos fluyen en la palabra Éufrates?”, que recuerda de nuevo a Borges.

El poeta y crítico Manuel Gahete ha escrito acerca de José Sarria: “Su casa está abierta de par en par a todos los hombres y mujeres del mundo (…) Escucho su palabra y la ilumina el don más admirable, el don donde se uncen verdad, bien y belleza”. Es la idea griega del kalós-kai-agazía: verdad, bien y belleza, un ideal imperecedero que a mi parecer es transcultural. En efecto, la poesía de José Sarria nos abraza solitaria y solidariamente. En la incesante necesidad de buscar horizontes de concordia, y todavía más en el mundo actual, la presencia y la palabra de este poeta se me antoja poco menos que imprescindible, pues tiende puentes entre las diferentes culturas y personas. 

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Sebastián Gámez Millán

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Nota

José Sarria Cuevas. Tiempo de espera. Valparaíso Ediciones, Granada, 2022. ISBN: 978-84-18694-88-2.

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