Pilar Quirosa-Cheyrouze y la soledad del poeta – Virginia Fernández Collado

Pilar Quirosa-Cheyrouze y la soledad del poeta – Virginia Fernández Collado

Pilar Quirosa-Cheyrouze y la soledad del poeta

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Pilar Quirosa-Cheyrouze y la soledad del poeta

“Alejando la primavera todo signo doloroso”
La primavera. Hölderlin.

Estamos solos. Nacemos solos; solos morimos. Entre estas dos soledades germina el poema como balsa de salvación para el poeta. Pilar Quirosa-Cheyrouze frente al aislamiento se acogió al amor. La obra de todo gran poeta tiene sus matices y la de Pilar no se reduce solo al amor ni al abandono, pero cruzan todos sus poemarios como un faro, un horizonte. La poeta huye de la soledad, se encierra en el amor caminando hacia la muerte.

Soledad… ¿Cuántos misterios enterrados 
alberga hoy mi alma cansada,
flor de una primavera marchita?

“Tórridos Interludios”. Orión (1990), p. 53.

Pilar ha hecho del amor materia del poema. Ha cruzado la vida amando y recordando el amor. Fue su retiro un canto del amado y de la amada. De mano del amor, cruzó la vida como una luz, un abrazo, una sonrisa. En sus poemas, también se destila la tristeza, la muerte, pero fue tan discreta sobre esta última que da la sensación de que no existiera, hasta la hora en que partió dejándonos ante la evidencia de su existencia. A lo largo de su obra poética ama la vida y nos invita a vivir amando, sin olvidar que en el centro del abismo se encuentra el poeta. Para ella, frente a ese abismo la escritura es como una catarsis como dijo el pasado mes de noviembre en la presentación de su último libro, Acqua alta (2018); a colación de la pregunta ¿Por qué escribir? Para ella, escribir es salvarse de algún modo. La escritura es un ejercicio de permanencia poética en este mundo a pesar de la nostalgia, del sufrimiento. Fue su arte de sanación a lo largo de los días. Eligió vivir poéticamente y se dio entera, sin reserva, a la poesía. 
 
Pilar nos muestra que el poeta está irremediablemente solo frente a la sociedad. Es de otro lugar, diríase de otra especie. Solo cuando está entre los suyos está acompañado de alguna manera. Vive en la incomunicación y escribe sola. El poeta es el extraño, el extra-vagante que lleva en el centro de su ser el desamparo y el arte de esquivar lo inevitable. Vive y crece en ella. ¿Es entonces el libro el refugio? Sí, el libro es el refugio. Los interrogantes se lanzan como flechas y siempre se da al mundo en ese eterno estado enfermo pero cálido, lleno de una ternura infinita.

Veo en sus poemas los altos olmos por los que paseo, altos como una muchacha, y su decir me reconforta. Digo el polvo del desierto y decir me reconforta.

El paisaje místico del desierto está en contraste con el azul intenso del mar. Entre el mar y el desierto está la verdadera curación. Ir hacia el desierto como un espacio espiritual en su búsqueda de la nada, del vacío absoluto y del desprendimiento más atroz es encontrar en el mundo la soledad deseada, buscada, vivida, al final es purificación, liberación o transformación interior suscitados por la experiencia de la escritura, del acercamiento a la grieta dolorosa e inevitable. Valente nos lo enseña después de Molinos, Valle-Inclán y Edmond Jabès.

Ese despojarse no está en Pilar. Ella nos brinda ante el silencio del desierto el grito del corazón abierto, el corazón que ama hasta en el sufrimiento y lo dice en toda su obra destilando los versos como un vino que va envejeciendo, cogiendo color y aroma.

Sus ojos son una luz extraña, una luz gris llena de matices. Estos pliegos cromáticos son los tonos del arte de amar y de huir de esa melancolía que conoce todo poeta a la hora de recibir el poema. 

La soledad es un ir al centro mismo del poema, permanecer en él, al igual que lo hacen las montañas, eternas en su dignidad frente al horizonte, el infinito que tan bien nos describió Leopardi.

Que mi almohada apenas te roza el rostro
y me pareces cubierta por la ceniza
de la misma voz que me llama
y que no pretende ser música de desiertos,
mecánica de futuro.
Soledad… ¿Hasta cuándo
voy percibir tu canto?

“Tórridos Interludios”. Orión (1990), p. 53.

Frente a los acontecimientos de la vida, la melancolía es el centro mismo de la creación. Pilar a pesar de vivir intensamente todas las actividades culturales, está sola en su condición de poeta, hecho fundamental para todo escritor que se intensifica en su caso.

Nos dice Pilar en “Bajo la arena”, Acqua alta (2018 p. 96), casi como una revelación llena de claves para entender esta añoranza de la que solo unos pocos hablan:

Tu tiempo ya no es tiempo.
El mar se ha desbordado
al borde de la espera.
preguntan por nosotros
las oquedades, los vuelos
de las gaviotas rasantes.
No hay una sola pregunta
Sin respuesta.

Y dice, esta vez desde “Surcos, Orión (1990, p.35):

¿Qué espuma eras,
qué noche, qué tierra,
antes de conocerte?

Filosofar es aprender a morir, como dijo Montaigne. De igual manera, poetizar es aprender a vivir eternamente, porque el poema nos sobrevive más allá del tiempo limitado que es nuestro tiempo. Es otra dimensión de la que hablo, diferente del momento presente y del mundo de los vivos. Se trata del mundo y del tiempo del libro, de la escritura.

Los poemas de Pilar hablan de tristeza, nostalgia, mujer, deseo, vacío y de repente un beso, la muerte o “la primavera” de Hölderlin. Pilar habla poco de la enfermedad y a lo largo de toda su obra poética la sombra del desamor se extiende sobre el campo de espigas de sus poemas.

Arenal de silencios (1992) es un libro obligado por su estrecha vinculación con África, el continente que la vio nacer.

Como un diario se construye Avenida Madrid (1993), en la experiencia de la vida, del ser, de la ausencia y siempre se vive en él un halo de nostalgia como una neblina que todo lo abraza.

Empieza Pactos de Eleusis (1994) con un poema llamado “Suicidio”. Nunca el suicidio será una justificación y menos por amor. Los románticos han quedado muy lejos, ahora es el tiempo individual del egoísmo. 

Deshabitadas estancias (1997) en palabras de Ángel Guinda, dice en el prólogo tan acertadamente que este poemario es un réquiem por el dolor que deja el paso a los momentos vividos, lo efímero de la belleza de los cuerpos y la fragilidad de los sueños frente a la realidad.

CARISMATICO FULGOR
el que abarcas
con tu silencio: Apenas
recalas en mi orilla
cuando renace
la ausencia: Todo tú,
un haz de vacío
y melancolía.

I Pág. 13. 

La enfermedad es temática como un paisaje profundo muy pocas veces nombrado en su obra lírica pero presente en lo más hondo de su ser poético.

Dice en Memorial Shadow (2016), uno de sus libros más difíciles:

Desconozco si algún día el dolor podrá ser útil. La lluvia ha anegado hoy las tierras del Levante. Desolación, soledad y muerte. Espirales de surcos en este valle de sombras (…) Nada somos ante una nube de cenizas.
(…) De vez en cuando, la vida se atreve a tirarme chinitas contra la ventana. Observo, con ojos bien abiertos, una higuera que ya no existe. Quién sabe qué caminos recorrerán mis próximas huellas. La vida, un destello instantáneo, que no admite derecho a prórroga.
(…) La presencia del árbol. Su textura. La voz del alma errante.

(…) No busques la respuesta correcta a la pregunta equivocada, busca más bien la pregunta correcta, aunque las respuestas no existan.

Esto irremediablemente recuerda a Edmón Jabès y su binomio pregunta-respuesta, en Del desierto al libro.

Con respecto a los interrogantes y sus respuestas, Pilar, como Jabès, nos hacen ver que el papel en blanco es el interrogante, la respuesta es lo que se pone en el papel. La pregunta tiende a crear un círculo cerrado en torno a la respuesta. La respuesta, es un totalitarismo y la pregunta una ruptura. La respuesta no debe existir, pero sin ella seremos cenizas sin voz, soledades sin salvación. Este binomio es absolutamente fascinante en Pilar. El interrogante es algo vivo, es una inquietud que se crea en torno a algo. Sin embargo, la respuesta tiende a ser una verdad absoluta y nace muerta por este motivo. Pues no existen verdades absolutas, todo es relativo y en esa relatividad sin embargo está nuestro ser, la huida nuestra del no-ser.

El conjunto de la obra de Pilar es lo que fue en el tiempo limitado del ser; descenso al centro mismo del abismo. Ahora ya está en la libertad de lo ilimitado. Su voz desde “Existe un lugar”, Acqua alta (2018, p. 31) dice:

Mientras recuperamos el horizonte del mar,
la mirada de aquellos
que nos precedieron en la escapada.

Aquí en el Cabo, donde la noche
fue nuestra, como fueron nuestros
tantos instantes de luz.

En este espacio de vientos cálidos
que algún día nos devolverán a sus aguas,
cuando solo seamos cenizas en el tiempo.

En la poesía de Pilar Quirosa está un “tú”, un “otro” al que se dirige su voz con nostalgia. Es ese otro que colma el vacío de su tristeza con su presencia y muchas veces, con su ausencia. Lo pienso y lo veo en la obra poética de Pilar: el ser humano está completamente solo, pero a veces está aún más solo recordando lo que amó, a quienes amó. En el nacimiento y en la muerte, esta soledad se pone por entero de manifiesto, ¿Quién nos acompaña en este viaje del paso del tiempo?

¡Ay, de las olas
y de la soledad amiga!
¡Ay, de la inquietud
de un sol tropical
inexistente!

“Infrarrojos”. Orión (1990 p. 87).

Si no existiera el vacío del desierto, si no existiera esta nostalgia como vaciamiento del ser, ¿Dónde podríamos construir las palabras? Sin la página en blanco no tiene cabida el poema. El vaciamiento y la nada son absolutamente necesarios. Solo desde esta soledad se entiende a Pilar y su poesía.  Y así las letras de nuestra amiga son y toman su espacio para siempre. 

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Virginia Fernández Collado

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