Robinson en su isla [Monólogo para un actor] – I – Susana Cantero Garrido

Robinson en su isla [Monólogo para un actor] – I – Susana Cantero Garrido

Robinson en su isla [Monólogo para un actor] – I

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Defoe’s The Life and Strange Surprising Adventures of Robinson Crusoe of York, Mariner. Related by himself – Crusoe Writing his Journal (p. 41) [London: Cassell, Petter, and Galpin, 1863-64. Chapter 4, «First Weeks on the Island.»] [Source: Philip V. Allingham, Professor Emeritus, Lakehead University, Ontario, Canada / https://victorianweb.org/misc/pvabio.html / https://victorianweb.org/art/illustration/cassell/13.html]

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Robinson en su isla [Monólogo para un actor] – I

Aparece en escena Robinson Crusoe, anciano, cargando una cachimba.

El tabaco fue una de las cosas que más eché de menos. Ahora me lo tiene prohibido el médico. Por la edad, dice. Los años…

Fuma sonriente, travieso, resarciéndose de la larga carencia.

Los años…

En la isla me esforcé por llevar un calendario, lo más puntual y escrupuloso que podía. Ahora el tiempo ya no significa nada para mí, ni la edad tampoco. Sé que la muerte me espera cada vez desde más cerca, claro. Pero no me incomoda, hace mucho que la conozco.

Fuma con deleite.

Cuando volví de la isla, el capitán del galeón que me trajo ordenó fondear en la bahía y mandar por delante un esquife con tres marineros. Poco tardaron, según pisaron tierra, en correr la voz de mi regreso. Y, para cuando atracamos al fin, los muelles hervían de familiares, amigos y vecinos que se habían acercado a recibirme. Algunos, impresionados aún, pero con gozo sincero de verme regresar sano y salvo. Otros, incrédulos. Los más, simplemente ávidos de sopesar a primera vista, con curiosidad malsana, las cicatrices que traía o no traía yo de mi largo periplo. Si venía entero, tullido o amputado de algún miembro por obra del naufragio o de las fieras. Si conservaba la razón. Si aún era capaz de hablar nuestro idioma. Si me habían salido garras, si volvía al mundo civilizado en cueros vivos y curtido por el sol y la intemperie, como esos negros salvajes…

A decir verdad, no sé muy bien lo que esperaban ver, pero ahora, pensándolo con la distancia de los años, creo que a más de uno le defraudó, y hasta le incomodó, el paso firme con el que bajé por la pasarela, muy dignamente calzado y vestido, por cierto, con las galas que me cedió el capitán. No negaré que estaba nervioso; sobre todo, me embargaba un pudor extraño, que a mí mismo me costaba entender, ante la idea de ver de nuevo a los míos.

O de que me vieran ellos, no sé. Me sentía desnudo.

Años más tarde, ya viudo, hice otro largo viaje, pero mi segundo regreso despertó mucha menos expectación que el primero. Y después ya nunca más volví a hacerme a la mar. Por no desafiar a la Providencia a mi edad. Sí. Pero sobre todo por miedo a que, a mi tercer regreso, ya no hubiera nadie esperándome. Ni nadie que me guardara luto si no volvía.

Tampoco sé muy bien por qué bajé del galeón con aquella apostura, algo artificiosa si he de ser sincero. Tal vez necesitaba reafirmar, ante la misma gente que en su día me vio partir, que el que regresaba seguía siendo el mismo Robinson que se fue, que la experiencia extrema que viví no me había doblegado, ni me había despojado de mi dignidad. Que nada, ni siquiera lo que padecí, podría haberme hecho renegar jamás de los principios del mundo bendecido por Dios en el que Su bondad me había hecho nacer y crecer.

Quizá uno, por instinto, se aferra a lo que conoce cuando se siente en peligro, o demasiado solo, o demasiado desnudo. O, simplemente, se amolda al cobijo de lo conocido sin pensarlo siquiera cuando vuelve a la que fue su ciudad, a la que fue su casa, al que fue su mundo, aunque haga treinta años, un naufragio y veinte mil millas de agua que partió. Porque la incertidumbre ante el reencuentro no le deja pensar… o porque no se atreve a pensar que todo eso quizá ya solo exista en su recuerdo.

Volví.

Volví vivo.

Y sentí el consuelo inexpresable de recuperar mi lugar. De encajar en él a la perfección, como una pieza exacta que faltaba y se repone. El consuelo, sobre todo, de encajar en algo fácil. Eran otros los que decidían lo que había que hacer, lo que se iba a comer, a qué hora había que asearse o dormir. Y para las tareas cotidianas había sirvientes. Yo no tenía ya que cortar troncos o fabricar utensilios. No tenía que plantar, cosechar y moler yo mismo el cereal con el que, tras incontables fracasos, logré por fin amasar algo semejante al pan. No tenía que salir a cazar o a recolectar frutas o huevos de tortuga para comer.

Sentí el consuelo inexpresable de poder abandonarme totalmente, dejando que mi cuerpo se solazara durante horas en la blandura olvidada de los colchones de plumas.

La familia me recibió en su seno como si nunca me hubiera ido. Y la sociedad cercana también. Esa acogida me fue un gran bálsamo. No era fácil para mí tampoco saltar sin más treinta años de ausencia, partir muchacho y volver hombre maduro, casi viejo. Me confortaba sentir que se había cerrado el ciclo y todo se reanudaba sin tropiezo a partir de donde quedó.

Pero el mar es terco.

El trópico me había hecho friolero. Muchas veces me quedaba dormido en mi butaca, arrebujado en el cobertor frente a la chimenea encendida, y de pronto me despertaba con sobresalto el rugir de la tempestad o el chillido estridente de una gaviota. Tardaba un rato en volver en mi acuerdo y comprender dónde estaba. Y esa noche ya no volvía a conciliar el sueño.

Nunca he podido desprenderme del ruido del mar. Y rara vez he logrado dormir seguido. Ni siquiera en la isla, a pesar de los años que estuve en ella.

Pero esto eran cosas muy difíciles de explicar a la familia. Para ellos “la isla” era un concepto, una entelequia. Una realidad difusa, felizmente enjaulada en el paréntesis que se abrió con mi partida y se cerró con mi regreso. Un mal sueño del que, gracias al cielo, habíamos despertado todos sin daños mayores que lamentar. No quisieron saber más ni me dejaron nunca entrar en detalles. La vida familiar se reanudó tal cual, y procuraban colmar de atenciones al muchacho que recordaban, sin ver que en el hombre que regresó ya no quedaba nada de él.

Aquel bálsamo inicial se fue agriando con el tiempo y, pasada la primera facilidad, no tardé en sentirme prisionero en casa. Entre la tediosa cuarentena impuesta por el médico –que más que por mi salud parecía mirar por su propia vanagloria y se inventaba enfermedades que yo no tenía para demostrar su pericia y prescribir remedios carísimos– y la atención inexcusable a las visitas de cumplido –todas idénticas, protagonizadas por personas que mostraban una exquisita indiferencia hacia mí, allí presente, mientras hablaban de mí con mi familia y engullían pastas de té a dos carrillos–, pasó un tiempo que se me antojó eterno hasta que por fin pude salir de aquella asfixia acolchada, disfrutar de cierta independencia, hacer una vida social digna de ese nombre y ocuparme de poner en orden mis asuntos.

Resultó que, mientras yo estaba en la isla, mis plantaciones de Brasil habían prosperado sobremanera, y mi socio, no sabiendo nada de mí, pero no teniendo tampoco noticia cierta de mi muerte, me había seguido rindiendo con encomiable puntualidad las cuentas anuales.

Me hallé, en suma, profusamente rico.

El dinero me aupó de la noche a la mañana a otro rango de consideración y, sobre todo, me abrió de par en par las puertas de la alta sociedad.

Fue una época muy ajetreada. Las gacetas locales publicaban artículos sobre mí, la gente me señalaba en el teatro, incluso me paraba por la calle. Me invitaban a dar charlas y conferencias. Y, sobre todo, los nobles me recibían en sus casas como a un rey y me presentaban con gran aparato en los mejores círculos exclusivos.

No voy a mentir: todo aquel agasajo me complacía mucho, porque halagaba mi vanidad y porque, aparte el reconocimiento social que me procuraba en las altas esferas, a las que de otro modo jamás habría tenido acceso, me ofrecía ocasiones de oro para poder compartir mi inaudita experiencia de la isla con aquel puñado selecto de caballeros de la mejor sociedad.

O así lo creía yo.

Pronto advertí, con extrañeza, que nadie buscaba realmente compartir nada conmigo, y menos mi experiencia. Solo querían escucharme como quien va al teatro o lee una novela de aventuras, como un divertimento superficial, el relato ameno de la pura peripecia. Tampoco me dejaban nunca entrar a relatarles las vivencias personales que recogí de mi espantoso naufragio y mis largos años de soledad.

No tardé en sentir una impresión difusa, como una telaraña pringosa que poco a poco se me pegaba al pecho y me oprimía el corazón. Era notorio, en algunos casos hasta el ridículo, que muchos buscaban mi compañía porque la consideraban de buen tono, y se sentían importantes por conocerme y, sobre todo, por poder decir a otros que me contaban entre sus amistades o, mejor dicho, que se contaban ellos entre las mías. En los salones, me obligaban una y otra vez a referir lo mismo, y una y otra vez fingían atención, todos con el mismo gesto indolente y la misma copa de brandy en la mano. Pero, en realidad, no me escuchaban. Ni, por supuesto, me consideraban su igual. Me admitían junto a ellos porque era rico, porque no podían hacerle un feo a mi intachable familia y porque “la isla” –que para ellos también era una palabra hueca entre paréntesis– me había revestido de cierta singularidad pintoresca, algo así como una deformidad metafórica análoga a la joroba o el enanismo del bufón.

Me dieron un sitio entre ellos. Pero por las grietas del barniz social no tardó en rezumar un sentimiento velado, pero unánime y clarísimo, de rechazo.

Por no decir de asco.

Lo vi de pronto un día, en un destello que me desgarró el alma como un cuchillo. Un fulgor sutil, agazapado en el fondo de los ojos de cierto caballero que me miraba fijamente y se perdía por dentro de su propio cuerpo mientras me escuchaba por enésima vez desgranar de memoria la letanía oficial de mis desventuras.

Comprendí que había cosas no dichas con las que la fantasía de aquellos dignísimos señores afabulaba en silencio mientras me oían hablar. Naturalmente, nunca preguntaban, ni hacían por saber si lo que imaginaban era cierto o no. Pero mi relato, aun siendo escueto y decoroso, o quizá precisamente por serlo, exaltaba sin buscarlo su calentura más secreta. Y las cosas que suponían o imaginaban les producían tanta repugnancia como fascinación.

Mi extrañeza inicial se tornó en decepción, las mieles de aquella pantomima hipócrita me empalagaron, me faltó el aire en aquel mausoleo de caoba y comprendí que ese mundo ya no era el mío, ni podría volver a serlo jamás. Y de pronto deseé, con una añoranza ardiente que me abrasó las entrañas como un veneno, volver al mar y recuperar la soledad bendecida de mi isla.

El mar es terco.

Me encerré en casa, so pretexto de poner por escrito mi historia para ejemplo y solaz de las generaciones venideras. Hubo algún mohín de disgusto bastante convincente, pero todos respiraron con alivio cuando aquel simio vestido de levita desapareció por fin de sus salones.

Y yo también, para qué voy a mentir.

Tardé años en comprender que, si me admitieron en sociedad, aparte de por mi dinero, fue porque, cuando bajé la pasarela, aunque me flaqueaban las piernas, fui capaz de mantener la flema impertérrita que cabía esperar de la exquisita educación que había recibido antes de partir, y que en aquel difícil trance del reencuentro supo dar razón de sí misma delante de todos. De los que esperaban verla aparecer intacta como una pudorosa doncella siempre respetada por mí a pesar de mi extremo infortunio, y también de los que pensaban ver ultrajada su virginidad para poder regodearse en despreciarla, y a mí con ella.

Tardé años en comprender que solo querían escuchar la parte de mi aventura –así dieron en llamarla, ‘aventura’– que los regocijaba sin alterar su convicción de ser superiores y vivir en una sociedad inmaculada y perfecta. Lo que querían oír era una especie de viaje de salón salpimentado con anécdotas y figuras pintorescas. Un cuento que les amenizara las veladas de invierno con láminas verosímiles, lo bastante exóticas para no defraudar, pero pintadas en cartón y a la estricta medida del decoro oficial.

Y eso fue lo que les di.

Decidí, tras ardua reflexión, no contar en mi libro nada realmente íntimo. Nada que traicionara la puja real, interior, de la verdad vivida en el alma y en el cuerpo, forzosamente también en el cuerpo, sobre todo en el cuerpo, por una experiencia tan brutal. Nada que sacudiera la placidez de aquella existencia perfecta, demasiado complacida como para ponerse a sí misma en tela de juicio, y menos para atreverse a mirarse en el espejo que le ponía delante, sin buscarlo, mi sola presencia.

No mentí. Pero mi íntima verdad la preservé en mi corazón, con amor y respeto, para cuando pudiera compartirla realmente, desnuda y pura, con quien realmente la mereciera.

Nunca he podido desprenderme del olor del mar. Tampoco de su ruido.

Ese vaivén inagotable me visita todas las noches. Todas. Y temo su llegada porque siempre trae consigo la tiniebla de la noche de galerna, los dardos feroces del aguacero, el galopar de la marejada, el estruendo de las olas contra la tablazón del barco, el crujido pavoroso de los mástiles y las cuadernas que se quiebran como cañas, las órdenes enloquecidas que en vano procuran contener a voces aquella lujuria diabólica, los alaridos de dolor de los heridos o mutilados de cuajo, las olas furiosas que lo invaden todo, revolcando rollos de cuerda, zapatos, tablones, baúles destripados, cuerpos vivos sin más fuerza ni voluntad que los muñecos de trapo, cadáveres.

Cadáveres.

Nadie alcanza a imaginar, si no la ha vivido, una experiencia así. Pero tampoco puede expresarla quien sí la ha vivido. Ni recuperarse. Jamás.

Pelear en vano con la furia de los elementos desatados durante la eternidad sideral de una noche entera, sucumbir finalmente a la extenuación, rendirse sin condiciones a la muerte, perder conciencia y, de pronto, volver en sí y hallarse totalmente solo, totalmente desnudo, arrojado por las olas a un arenal inhóspito. Sin acertar a discernir siquiera, en la confusión del primer momento, si sigue uno aún en la tierra o si lo que ve alrededor es un otro mundo tan semejante a éste que parece una broma pesada de Dios.

¿De qué Dios?

Solo y desnudo, pero vivo.

Vivo, pero rodeado de cadáveres y de restos destripados del galeón. Tablas, cordajes, el farol de la toldilla, el gallardete de la mesana, un puño del timón, una bota… Objetos que, de pronto, parecían artefactos extraños caídos de otro mundo.

No se puede explicar ese horror. No se puede explicar esa desolación. Esa soledad.

Yo tenía dieciocho años.

Pasé varios días dando alaridos. No sé cuántos. Aullando como un animal hasta que me rompía en un llanto ronco, convulso, y al fin, extenuado, vacío, caía, vencido, en un sueño de muerte. Una mañana –o una tarde, no sé, había luz–, abrí los ojos de pronto y por primera vez pude respirar sin que brotara el llanto. Por primera vez, alelado, pude incorporarme y mirar alrededor.

El cuerpo me gritó de pronto su exigencia imperiosa de agua y sustento. Mareado, con náuseas, me levanté como pude y el instinto me encaminó, dando traspiés, hacia unos árboles cercanos. Había un arroyo, en efecto, que vertía al mar unos pasos más abajo. Me arrojé de bruces sobre el agua y bebí, bebí, bebí hasta que no pude más. Allí quedé, dormido, tirado en el suelo. Cuando desperté, regresé al arenal, encontré algunos víveres aceptables y, gracias a eso, junté fuerzas para cubrir de arena los cadáveres. Me habría gustado enterrarlos al menos en tierra firme, a falta de sagrado, pero con las manos desnudas era imposible cavar, y urgía cubrirlos, porque ya mostraban signos claros de descomposición, y el hedor empezaba a ser insoportable.

Aquella noche fue la primera que no pasé al raso. Me guarecí en una cueva, y la pasé entera en vela, mirando fijamente a la bóveda estrellada como si no supiese lo que era.

Esa noche comprendí, con horror, que no tenía más caminos que o buscar un modo de morir yo también o aceptar la vida.

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A partir de los textos de Daniel Defoe, con alguna inspiración puntual recogida de la película Crusoe, dirigida por Caleb Deschannel (1988) e interpretada por Aidan Quinn y Elvis Payne.

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Susana Cantero Garrido

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