Robinson en su isla [Monólogo para un actor] – II – Susana Cantero Garrido

Robinson en su isla [Monólogo para un actor] – II – Susana Cantero Garrido

Robinson en su isla [Monólogo para un actor] – II

***

Defoe’s The Life and Strange Surprising Adventures of Robinson Crusoe of York, Mariner. Related by himself – Crusoe teaches his Parrot to talk (top of page 81) [London: Cassell, Petter, and Galpin, 1863-64 -Chapter IX, «A Boat.»] [Source: Philip V. Allingham, Professor Emeritus, Lakehead University, Ontario, Canada / https://victorianweb.org/misc/pvabio.html / https://victorianweb.org/art/illustration/cassell/23.html]

***

Robinson en su isla [Monólogo para un actor] – II

Aquella vida.

Mis compatriotas, cuando, recién regresado, les contaba mi historia, me llamaban elegido de Dios y se deshacían en loas encendidas al Altísimo, cuya amorosa Providencia me había sacado vivo de aquel trance. Yo no entendía aún por qué, pero aquellas expresiones, repetidas una y otra vez como por resorte, me sumían en una honda tristeza que tardé mucho en comprender.

Ese era el lenguaje común de nuestra sociedad. Y alcanzaba para una vida cotidiana tan plana y reglada que nunca tenía sobresaltos. O al revés: marcaba los límites de una vida en la que los sobresaltos, fueran del tipo que fuesen, se reducían a machetazos hasta que encajaban en el tamaño y la forma del molde. Lo demás, lo que desbordaba del límite, simplemente, no existía. No existía, por decreto, ninguna emoción o vivencia cuya expresión no estuviera convenientemente reglada en algún canon del decoro social.

Ni siquiera para un suceso tan insólito como el mío.

A nadie se le ocurrió nunca preguntarse qué sentí yo. Ni preguntármelo a mí. A nadie se le ocurrió nunca, siquiera, que yo pudiera haber sentido algo.

No me veían.

Solo veían lo que tenían grabado en el cerebro. Y se les vertía a todas horas en jaculatorias empolvadas, a mayor gloria de un Dios siempre vigilante para castigar a los díscolos.

Si no me quité la vida no fue por respeto a la ley de Dios, ni –mucho menos– por temor a su castigo. Ni siquiera por instinto animal de supervivencia. Fue porque no tenía armas, y el único modo de morir que tenía a mi alcance era adentrarme en el mar hasta perder pie y ahogarme. Pero, después del naufragio, eso me aterraba mucho más que la muerte. Pensé también trepar a unas rocas cercanas y arrojarme al vacío, pero temí quedar malherido en vez de muerto, y también me espantaba esa agonía.

Fue mi fragilidad la que me salvó la vida, no mi convicción religiosa. Vista mi situación, el castigo que pudiera infligirme Dios tras el suicidio me parecía otra broma pesada.

De haber sabido esto, no sé Dios, pero mis contemporáneos me habrían condenado al fuego eterno sin vacilar. Quizá lo mereciera por blasfemo. Pero lo que yo necesitaba era que alguien me viera. Que alguien me escuchara. Y oír una palabra, una, de compasión hacia mí. Nunca la tuve.

Las primeras ropas que me puse fueron las que les quité a los otros cadáveres antes de cubrirlos. Los días que pasé desnudo y enajenado a la intemperie me habían abrasado la piel. Necesitaba protegerme del sol, y eché mano de lo único que tenía.

La ira divina por la profanación de los cadáveres no me infundía más temor que el hipotético castigo por el suicidio. A pesar de eso, me costó una dura pelea interior resolverme a despojar a mis compañeros del irrisorio decoro que les procuraban sus harapos. Pero apremiaba el tiempo, porque la putrefacción se propagaba muy deprisa, y manchaba ya algunas prendas. Escogí las más limpias, me vestí con ellas y las demás las metí en el arroyo, sujetas con piedras, y estuve varios días frotándolas con arena hasta que juzgué borrado el sello de la muerte.

Hice por recibirlas como un regalo de mis compañeros, que desde el otro mundo miraban mi suerte con más compasión que la suya propia y, a su manera, velaban por mí. A veces los sentía conmigo, y me llegaba el olor familiar de cada uno de ellos. Otras veces oía sus recias carcajadas mientras jugaban a los naipes con un buen vaso de ron en los ratos de asueto. Oía también sus puñetazos en la mesa, sus denuestos y juramentos. Sus voces.

Con eso me formaba una ilusión de compañía.

No era fácil sortear la locura. Para ganar esa partida había que hacer trampas. Y en lo de hacer trampas, mis compañeros no tenían rival.

Saqué después muchas herramientas y otras cosas útiles del galeón mientras estuvo a la vista el pecio. También armas, pero para entonces ya había rebasado la idea del suicidio. Me instalé en la cueva y su arreglo me mantuvo ocupado mucho tiempo. Construí, entre otras cosas más de diario, una empalizada ciclópea para protegerme de fieras y caníbales. Tuve que poner los cinco sentidos en aprender a manejar las herramientas, y eso era bueno, porque me permitía no pensar.

Me fui acostumbrando a todo aquello, pero, a pesar de todo, la soledad me llevaba a veces a hacer cosas absurdas. Cantaba a voz en grito canciones de taberna que sabía del barco. Trepaba a los árboles y espantaba a los pájaros dando chillidos de mono. Un día me pasé la tarde a cuatro patas, ladrando a las mariposas y bebiendo a lengüetazos, como un cachorrillo.

Con el tiempo, el trabajo físico me fue fortaleciendo el cuerpo. Me acostumbré a la presencia perpetua del mar, incluso admiré muchas veces su asombrosa belleza. Pero nunca me sumergí entre las olas, y menos por el placer del baño.

La lluvia, en cambio, sí me gustaba. Tenía una medida más humana. Normalmente iba vestido, por protección, pero a veces, cuando se nublaba y hacía bochorno, o incluso cuando llovía, me estorbaba la ropa. Trabajar desnudo me refrescaba la piel.

Cuando no llovía, me aseaba en el arroyo, hacia el que conservaba una imborrable gratitud. Un día que había estado desde el amanecer acarreando troncos para la empalizada defensiva, fui a lavarme al caer el sol, pero había sudado tanto que juzgué más práctico desnudarme entero y tumbarme dentro del agua, aprovechando un recodo. De puro cansancio, me abandoné a un duermevela agradecido. Y de pronto, en aquella placidez, mi cuerpo se irguió en un rebrote instintivo de energía y… la realidad se me llenó de sorpresas.

Mi iniciación viril se había hecho como la de todos, visitando los arrabales gracias a la permisividad común de mi devota sociedad hacia los varones y a la ignorancia fingida de la familia. Cuando embarqué, fiaba en la libertad del viaje para mejorar mi experiencia. Pero pusimos proa a África, y lo primero que viví fue una escaramuza y un breve cautiverio, del que escapé con ayuda de Xury, un muchacho negro. Después, en Brasil, sí tuve ocasión sobrada de resarcirme. Y en la isla, hasta aquel día del arroyo, la pura supervivencia no me había dejado tiempo ni energía para más.

Pero el mar es terco, y siempre busca un modo de hacerse oír.

Aquel despertar del cuerpo me devolvió la risa. Me sentí fuerte, poderoso, y pasé mucho tiempo respirando a pleno pulmón la brisa y el aroma de las plantas, revolcándome por la hierba y por la arena, gritando al aire una y otra vez mi desmayo feliz, riéndome a carcajadas del puro placer de sentirme vivo, hasta que, agotado, me rendí.

Aquella noche, en mi cueva, mientras miraba sonriente las estrellas, me sentía iniciado a un lenguaje nuevo, como si mi cerebro se adormeciera y mi cuerpo dialogara él solo con la bóveda celeste. Mi corazón los escuchaba hablar y aprendía de ambos, con el vaivén del mar al fondo. El mar esa noche estaba sereno, y por primera vez no traía la muerte, sino el consuelo y la caricia.

Comprendí lo que era ser un hombre. Quizá también lo que era ser una mujer. No estoy seguro. Pero lo que alcancé a atisbar rebasaba con mucho la experiencia puramente física que había recogido mi cuerpo en sus escarceos juveniles, y era algo tan grande y tan hermoso que me dio la sensación de que ahí dentro cabía todo. Toda la belleza posible.

No me atreví a pensar que eso era Dios, pero me brotaron lágrimas de una plenitud que no había conocido ni imaginado jamás.

Dios tiene que ser algo así.

Esas lágrimas me bajaron de golpe a la tierra. Volvió en sí mi cerebro, me di de bruces con mi miseria y se me desgarró el alma.

Intenté desesperadamente mantener la ilusión imaginando una mujer ofrecida a mi abrazo, pero no pude. Ni tampoco pude recuperar esa ingravidez en la que se me había mostrado el Amor.

Al contrario: me quedé atrapado en la realidad y se me agolparon mil imágenes en la cabeza.

Vi al pastor de almas de nuestra iglesia, condenando la carne, domingo tras domingo, con una rabia tan excesiva que delataba su miedo y su flaqueza. Vi a mi padre, empeñado en quebrar con iracundas amenazas de venganza divina mi anhelo de volar libre rumbo al horizonte; empeñado en convertirme a mí en una copia de sí mismo para no enfrentarse a su propia tristeza en el espejo involuntario que le ponía delante mi deseo incombustible de libertad.

Vi a mi madre, siempre gris, como un fantasma a su lado; vi a las mujeres condenadas en nombre de Dios a ser criaturas inferiores, culpables, a sufrir de por vida el mismo horror de la mutilación injusta de su ser que sentía yo. Vi sus caderas, siempre encerradas en la jaula del miriñaque para que nada permitiera atisbar siquiera la fuente exquisita de su anatomía. Vi su necesidad desesperada de existir transformada en celo histérico por convertir salvajes. Vi la crueldad satisfecha con la que las madres tronchaban en sus hijas el despuntar de la misma flor que ellas nunca gozaron. Vi su afán de vender a las niñas apenas núbiles a un buen partido, aunque fuera un anciano, como lo era yo cuando volví. Las madres pregonaban ante mí la doncellez de sus hijas y me las ofrecían sin rebozo, desnudándolas con más impudor y desprecio que a las esclavas en el mercado.

Lloré hasta el alba con un gemido nuevo en el que bramaba todo mi cuerpo en una mezcla extraña de odio y compasión, de desgarro y luz, de impotencia y amor… Nunca entendí muy bien por qué, ni cómo, pero sé que aquella noche de llanto desamparado me hizo hombre.

La vida –aquella vida– siguió, y mi cuerpo, ya irreversiblemente adulto, me solicitó muchas veces. Algunas, el escucharle me consolaba. Otras no. Otras esa escucha me ofrecía simplemente un modo de descargar una tensión hueca, sin destino, sin objeto, sin deseo.

Nunca se repitió la caricia risueña del arroyo, ni la confidencia cóncava de la noche estrellada. Pero nunca dejé de buscar esa plenitud, y aún hoy es eso lo que busco.

Cuando regresé, siguiendo el uso social, tomé esposa.

Mi larga soledad y la negación de su cuerpo en la que ella había sido educada no hicieron, precisamente, que nuestro matrimonio gozara de plenitud alguna. Bendeciré hasta mi muerte sus infinitas virtudes domésticas y la bondad de su corazón. Y maldeciré mi incapacidad para darle yo también algo mejor. Pero ambos éramos criaturas castradas, y nuestra mutua limitación fue lo único que pudimos ofrecernos el uno al otro.

Mis contemporáneos me habrían condenado otra vez al fuego eterno si hubiera hablado de estas cosas con ellos, o en mi libro… lo que fuera, con tal de no mirarse en el espejo ante el que el naufragio me puso a mí mismo, y en el que mi sola presencia les ofrecía a ellos, sin pretenderlo, el reflejo de un cuerpo al que no querían mirar.

Comprendí al fin por qué no me veían.

La isla me había marcado con el estigma de los seres inferiores… Me había convertido en una criatura con cuerpo, como las mujeres y los negros; con un cuerpo que, además, sin duda sudaba bajo el sol ardiente del trópico, no rehuía la desnudez, satisfacía sus necesidades más groseras al aire libre y, seguro, estaba lleno de fluidos impúdicos que vertía yo mismo de vez en cuando.

Nosotros éramos hombres de bien, personas respetables, de carnes impolutas y blancas, que no incitaban a la lujuria, que no parían ni sangraban, ni lloraban, ni sudaban siquiera, que jamás se rebajarían a confesar una necesidad y que, desde luego, se relacionaban entre sí según un riguroso código de conveniencias sociales y con el atuendo estrictamente adecuado para cada situación. Carnes blancas, sí. Criaturas superiores, temerosas de Dios, favorecidas y preferidas por Él. Momias blancas resecas, embalsamadas por la vanidad espiritual y la soberbia, con el corazón gangrenado por una podredumbre apestosa.

Entre los muchos restos que vomitó el galeón en sus últimos estertores, recogí una vez unos grilletes. Y uno de esos días en los que me daba por hacer locuras, me los puse.

Aquel día llovía a cántaros. Me quité la ropa, me senté en una piedra, totalmente desnudo bajo el aguacero, y me encadené muñecas y tobillos.

En mi desvarío, me dio por cantarle a la lluvia, a voz en cuello, una canción que me vino a la mente sin recordar dónde la había oído. Ah, sí: me la enseñó Xury. Aquel joven negro con el que compartí cautiverio en África, al principio de mi viaje.

Tres mil libras de plata. Y hacéis un buen negocio, capitán, no os quepa duda. Xury creo que se llama. Bah, qué más da el nombre. Los negros no tienen nombre. Mirad con disimulo: es ese que está ahí acodado en la borda. Ya veis que es joven y fuerte. Además, os doy fe de que es avispado y diligente. Y leal: a mí me ha ayudado a huir del infame presidio que he sufrido en África y a sobrevivir en el mar hasta que la divina Providencia tuvo a bien encaminar vuestro galeón hacia nuestra frágil barca.

Me alegro de que aceptéis: no os arrepentiréis, capitán.

Según lo convenido, pues, yo continúo viaje en vuestro galeón hasta Brasil, donde empezaré una nueva vida, que me será próspera si Dios en su bondad así lo dispone. Y desde este mismo momento, con el pago de estas tres mil libras, vos disponéis de Xury como esclavo a vuestro antojo. Yo no pienso volver a hablar siquiera con él. Aprovechad que es joven y fuerte para deslomarlo a trabajar hasta que decidáis revendérselo a otro amo cuando ya no os sea útil, o quitároslo de en medio sin más. Estos negros solo sirven para eso. Para ser esclavos nuestros. Y aun tienen suerte de serlo. No son hombres. Son animales. No es posible que tengan inteligencia. Menos aún que tengan alma. Si la tuvieran, el Altísimo, en su infinita sabiduría, no los habría hecho de ese color. Son criaturas inferiores, paganos que no conocen a Dios, van en cueros vivos sin ningún pudor y se devoran entre ellos. Son bestias de carga. Un buen cristiano no peca por hacer trabajar a los animales, incluso en días de guardar. Ni tampoco por enderezarlos a latigazos cuando se ponen rebeldes como mulas. Al contrario: nosotros, manteniendo a estas criaturas en el lugar que les corresponde, servimos a la sabiduría inescrutable del designio divino. Nosotros pertenecemos a una sociedad superior, y eso nos sanciona como sus señores naturales. Y tampoco podemos dejar de disfrutar los bienes que la divina Providencia nos concede porque estos descreídos sin alma no acepten su suerte. Nuestra sociedad necesita el azúcar y el cacao, y serían carísimos si no empleáramos esclavos en su producción. Ningún príncipe europeo niega esto ni condena la esclavitud, luego la razón nos asiste. Y la ley. La humana y la divina. Así que hacemos bien en azotarlos. Hasta la muerte, si es preciso. Es más: debemos hacerlo, así nos lo ordena la justicia de Dios, para que aprendan cuál es el lugar que les corresponde y se sometan, de grado o por fuerza, a la tarea para la que Él, en su infinita sabiduría, los creó. Es por su bien. Mirad cómo aúllan bajo el látigo, cómo intentan imponer su bestialidad sobre nosotros, como los animales que son. Mano dura es lo que necesitan. Y las hembras, ya que no valen para el trabajo, que sirvan para algo: entregadlas a vuestros hombres para que se desahoguen con ellas a su gusto, por mucho que griten y pataleen ellas también, y después, cuando ya no sean de uso, atadlas en manojo con unas cuerdas, a ellas y a sus inmundas crías, y las tiráis al mar con la basura.

Yo era negrero.

El barco en el que naufragué iba de Brasil a África. Yo iba a buscar negros para venderlos. Caí de rodillas y lloré amargamente.

Los grilletes me habían hecho llagas. Me los dejé puestos mucho tiempo, chorreando agua y sangre bajo la lluvia, hasta que sentí expiada la infamia de mi propia ceguera. Después cavé un hoyo profundo y los enterré.

Dejó de llover, pero no me vestí. Pasé la noche en la cueva, desnudo, como un esclavo, de espaldas a la bóveda estrellada, porque me sentía un animal indigno ni de mirar siquiera su belleza.

La cueva estaba llena de armas sacadas del galeón. Me eran útiles para cazar y me daban seguridad, sí, pero por primera vez me di cuenta de que también me hacían vivir con miedo. El mismo miedo que me llevó a construir aquella empalizada ciclópea de la que estaba tan orgulloso.

No había salvajes ni fieras. Los creaba mi propio miedo. Miedo a todo lo que no era yo, a lo diferente.

Al amanecer, tras una noche de fiebre, emprendí al fin mi primera exploración de la isla. Y, en cuanto me atreví a salir de mi ridícula fortaleza, descubrí bosques feraces, prados de hierba mullida, aves exóticas, flores asombrosas, frutas y animales mucho más sabrosos y variados que los del arenal. Y criaturas humanas que, cuando al fin las vi a ellas, y no el prejuicio de mi ignorancia, se me mostraron como eran: magníficas, llenas de risa y de vida, inteligentes y exuberantes como la propia naturaleza… Todo estaba allí, a mi alcance y para mi gozo. Bastaba con que me atreviera a salir de mí mismo y descubrirlo.

Me habría gustado poder expresar todo esto con claridad en mi libro. Pero esta comprensión solo terminó de perfilarse cuando volví de la isla, al confrontarme con mis contemporáneos. Me llegó apenas como un destello cuando, al bajar del galeón, repetí instintivamente la actitud que esperaban de mí los que salieron a recibirme. Y se fue haciendo luz en mi alma después, a medida que comprendía que aquel mundo que dejé atrás al marchar seguía parado en el tiempo, inmóvil en su convicción hermética de ser el mejor de los mundos posibles. Y que no querían oír nada que no les ratificara en esa misma convicción.

Era entre mis contemporáneos donde realmente me sentía un náufrago.

Pero igualmente comprendí que, cuando partí de mi casa, yo llevaba también esa creencia dentro de mí, grabada a fuego, igual que ellos. Y me hice reo de sus mismas culpas y errores.

No sé si mi propia comprensión es suficiente para haber expiado mi infamia, pero al menos me queda el consuelo de conocerla, y de haber alcanzado cosas que me han engrandecido el alma.

Tal vez, al final, sea cierto que yo fui un elegido.

La experiencia de la isla me quebró por completo. Es verdad. No podré expresar jamás la crueldad real a la que llegó esa quiebra. Pero ahora sé que ese era el único modo de romper mi cascarón, que el dolor extremo que sufrí era proporcional a la extrema rigidez del caparazón defensivo que me envolvía, y que gracias al desamparo en el que quedé, con gran esfuerzo y mucho dolor, pero de modo irreversible, me abrí por fin, desnudo y puro como un recién nacido, a lo que me rodeaba, a la comprensión de algo más alto y más grande que todavía no puedo sino atisbar, a la intuición de una plenitud amorosa que no consigo expresar bien, pero que rocé con los dedos en mi soledad y que, de otro modo, no habría alcanzado.

Algo más perfecto que nos ensalza y nos une en el interior de un Dios afable y amoroso.

El inescrutable designio de Dios obró, en efecto, en mí, y yo lo bendigo y le doy las gracias con humildad por su amoroso cuidado. Pero he tardado mucho en ver que su Providencia no se manifestó donde mis contemporáneos y yo mismo creíamos, sino donde Ella estaba. En la belleza libre y majestuosa de todas sus criaturas y en la verdad íntima, desnuda, amante, del corazón.

El mar es terco.

Y profundamente hermoso.

Me apacigua haber dicho al fin todas estas cosas, porque me pesaban en el alma desde hace mucho. Al decirlas han cobrado vida, y ellas volarán y sabrán esparcir mi emoción y mi gratitud por haber comprendido, y otros corazones se unirán al mío en paz.

Esta noche el vaivén del mar viene manso y lleno de estrellas, y trae consigo el Amor del gran encuentro que invita al viaje y le da sentido.

*

A partir de los textos de Daniel Defoe, con alguna inspiración puntual recogida de la película Crusoe, dirigida por Caleb Deschannel (1988) e interpretada por Aidan Quinn y Elvis Payne.

***

Susana Cantero Garrido

__________________________

Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid: 16/2019/1759

About Author