Rutas universales en «Las rutas transitivas», de José María Molina Caballero – Ana Herrera Barba

Rutas universales en «Las rutas transitivas», de José María Molina Caballero – Ana Herrera Barba

Overview

Rutas universales en Las rutas transitivas, de José María Molina Caballero

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Rutas universales en Las rutas transitivas, de José María Molina Caballero

Las rutas transitivas es el nuevo libro de poesía de José María Molina caballero, publicado por la editorial Ánfora Nova, en la colección Serie Separatas 19, en Rute, 2024. Está prologado por Manuel Ángel Vázquez Medel, Catedrático de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Sevilla, bajo el título “Un viaje interior para surcar el tiempo”, que de lleno nos introduce en la temática principal del libro, ese viaje, esa ruta personal e intimista que el autor recorre a lo largo de épocas. El dibujo de la portada, “Otoño”, nace del artista Pedro Roldán. Supone una evocación extraordinaria de esta estación del año en que nos inunda la melancolía, conectando así con otro de los temas capitales de la obra, la nostalgia como consecuencia del paso del tiempo, tempus fugit.

Consta esta composición poética de un introito, cuatro partes perfectamente estructuradas de catorce poemas cada una de ellas, presentadas por un epígrafe y unos versos introductorios, y un epílogo.

            I   Introito: “El paisaje cóncavo del viento”.

            II  Ruta primera: “La huella de los sueños derrotados”.

            III Ruta segunda: “Horizontes del tiempo transparente”.

            IV Ruta tercera: “Los senderos marchitos del silencio”.

            V  Ruta cuarta: “Arqui-texturas de agua”.

            VI Epílogo: “La ruta samurái”.

Los poemas están construidos sin rima y el dominio del endecasílabo, medida por excelencia de la poesía tradicional, es patente a lo largo de todas las páginas. Este metro de arte mayor y de origen italiano, utilizado por Petrarca en su famoso Cancionero, fue introducido en España en el siglo XVI por el toledano Garcilaso de la Vega y su amigo Juan Boscán, aportando elegancia y clasicismo a la composición en su conjunto. Podemos constatar además la riqueza de las imágenes literarias, supremacía del lenguaje poético. Entre ellas, la que impera, la metáfora, cuyo empleo en manos del autor es sencillamente magistral. Como apunta Vázquez Medel en su prólogo, “El uso de las imágenes, metáforas y símbolos, es una de las características más destacadas de esta obra. A través de estos recursos, el poeta construye un universo poético propio, cargado de significado y de búsqueda del sentido”. Y sigue analizando dicha simbología: la mariposa (fragilidad y fugacidad de la vida; plenitud y belleza), la nieve (frío, soledad y muerte) y el agua (vida, purificación y renacimiento).

A través de citas textuales se asoman al poemario las voces del poeta portugués Fernando Pessoa, del Premio Nobel, y también portugués, José Saramago, del Premio Nobel santalucense Derek Walcott, de la poeta argentina Alejandra Pizarnik y del griego C.V. Cavafis.

El término «ruta», utilizado en el título, Las rutas tansitivas, aparece a lo largo del poemario. La ruta se muestra como ese viaje físico y externo de los caminos andados por el autor en la dimensión del pasado, del presente y del futuro, pero asimismo emergen las rutas interiores de las vivencias existenciales del ser humano a lo largo de la vida, entre ellas la nostalgia y el miedo. Observamos otras rutas en las formas y estados de lo que nos rodea creando nuestro entorno y circunstancias, así del día, de la noche, de la vigilia, del frío, del silencio, de las olas, del fuego, de las esperanzas, del olvido y de la lucha por la vida (“La ruta samurái). Todas van dejando una huella que se transmite entre generaciones.

Numerosas referencias al mundo clásico, del arte y la cultura nos asoman a la Ópera de París, señalando a su constructor y artistas, sus esculturas, los dioses representados en sus muros (Apolo), sus manifestaciones (la danza y la música), sus telones, su orquesta, sus arpegios, sus musas, sus leyendas y esperanzas. Por encima de dicha admiración, nos sorprende el aforismo de la última estrofa: “La arrogancia del éxito no es siempre / el mejor escenario de la vida”. El recurso de los aforismos permanece presente en casi todos los versos finales.

Las referencias al mundo de la naturaleza también son múltiples y se desprenden de los elementos nominales utilizados con acierto: lunas, luz y sombras, atardeceres, niebla, jardines, aire, flores, playas, mar, noches, mañanas, lluvia y un largo etcétera. Sin duda, el poema titulado “Baobab” nos conduce hasta la narración universal de El principito, del escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, donde el famoso árbol se convierte en símbolo de lo malo evitable, es decir, lo malo que, si no se arranca de raíz, crece y se adueña de todo. Para el sujeto poético, sin embargo, la sombra del baobab es un lugar de cobijo ante la tristeza y el renacer de la esperanza: “Solo bajo tus hilos de penumbra / crecen las almas de rostros sombríos / que cobijan sus pocas esperanzas”. Llama nuestra atención la bellísima metáfora “hilos de penumbra”, que pone alas a la poesía.  “Acequias de aguas mansas” es una evocación del tiempo de la infancia enmarcando la plenitud del mundo natural. En “Lluvia sagrada” y “Nubes” el canto se convierte en un bello elogio de estos agentes como cuna de la fecundidad. Y en “El llanto de los mares” se descubre la voz ecologista de Molina Caballero, que es ya una constante en el grueso de su obra, y que ahora refleja el duelo ante la destrucción del entorno marítimo asfixiado en manos de los hombres: “Las dagas asesinas que sostienen / nuestras manos, nos matan sin remedio”.

En “Los destellos del miedo” se describen perfectamente las sensaciones que este estado infundado nos produce y que solo podemos vencer con la mirada de la esperanza: “Tan solo la esperanza rompe el miedo / y sus alas marchitas de verdades”. Así se deja ver en “Ecos imposibles”, y otros poemas, convertido en monstruos y pesadillas que atraviesan “sus perversos laberintos” (las rutas del miedo). La muerte, el silencio, la derrota, la añoranza conducen a la voz lírica hacia un estado de lamento provocado por la fugacidad del tiempo y su huida: “Atrás quedaban todos los recuerdos / los lugares y las cosas que amábamos”. Sin embargo, todo este caleidoscopio de memoria brota envuelto en un velo de amor, que sutilmente, a pequeños golpes, nos deja entrever el autor: “Las hojas de tu risa”, “El alba de tus ojos infinitos”, “tu boca”, “tus labios”, tus pestañas”, “tus manos”, “tu cuerpo”, “el aire desnudo”, que directamente aluden al cuerpo humano contemplado en el espejo de la persona amada. Especial importancia adquiere el tema amoroso en el poema “El mar de tus ojos”, donde se aborda de frente el poder intenso del amor que te inunda y que también es arrastrado por el tiempo: “El mar que vibra en ti se desvanece / cada vez que navego en tus ojos, / con los destellos de espuma y salitre / que calan mis entrañas y descienden / por las calles profundas del olvido”.

No podemos obviar esa atracción especial que el poeta siente hacia la cultura antigua en “Druida”, donde canta a la élite sacerdotal de los antiguos galos y britanos depositarios del saber religioso y profano y del poder político. Igual seducción le ofrece la cultura japonesa en “Harakiri”, donde la vida derrotada por la propia vida se plasma en el suicidio ritual practicado en Japón por razones de honor o por orden superior, consistente en abrirse el vientre: “Y en mi vientre se clavan los puñales / que marchitan los últimos latidos / de mis manos heridas sin remedio”. En el epílogo de esta maravillosa creación poética, el poema “La ruta samurái” constituye un cierre genial. Una última mirada al pasado, al paso del tiempo, a la muerte inevitable que nos llama, y en este camino a la lucha irreversible por la vida, pero que el sujeto poético desea afrontar con la valentía del samurái, y que elogia en una bellísima estrofa : “Hoy quisiera ser la luz indomable / de un samurái que lucha hasta la muerte / sin miedo y sin dolor donde llorar”. En esta ocasión, una remembranza hacia Akira Kurosawa, uno de los directores de cine de Japón más célebres del siglo XX, entre cuyas obras sobresale aquella de Los siete samuráis.

Elogiamos, admiramos y damos la enhorabuena al poeta José María Molina Caballero por esta inmensa y exquisita obra por la que hemos pisado rutas universales del crucigrama del tiempo y sus verdades.

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Ana Herrera Barba

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Nota

José María Molina Caballero. Las rutas transitivas. Prólogo de Manuel Ángel Vázquez Medel. Ánfora Nova [Colección Serie Separatas 19], Rute [Córdoba], 2024. ISBN: 978-84-12-89551-3 .

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