Sentimientos que matan y salvan: contra la violencia machista [Con motivo del día internacional contra las violencias machistas – 25 de Noviembre de 2018] – Sebastián Gámez Millán

Sentimientos que matan y salvan: contra la violencia machista [Con motivo del día internacional contra las violencias machistas – 25 de Noviembre de 2018] – Sebastián Gámez Millán

Sentimientos que matan y salvan: contra la violencia machista

 

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A pesar de que al menos desde Aristóteles se ha definido al ser humano como “animal racional”, donde el adjetivo “racional” es un restrictivo que indica lo específicamente humano respecto a las demás especies, sabemos bien que a menudo somos impulsados a actuar por los sentimientos antes que por las razones. Las razones vienen luego, y con frecuencia a modo de excusas.

En contra de lo que se ha dicho tradicionalmente, no todos los sentimientos son irracionales, pero hay algunos que nos llevan a ejercer violencia en sus múltiples manifestaciones, incluso a matar, como los celos, la posesión o la impotencia. Si les preguntamos a jóvenes, y a no tan jóvenes, acerca de si es posible amar sin celos, tal vez una mayoría dirá que “no”. Y a veces los celos arrastran consigo el sentimiento de posesión y el de impotencia, que son destructivos.

Una de las principales autoridades intelectuales en el análisis y la comprensión de los celos amorosos, Marcel Proust, respondería que “no existe el amor sin celos. Solamente puede estar ausente de celos el afecto sin deseo –que para Proust es de índole diferente del amor–, ya que los celos son producto del amor”. Pero los celos o, si se prefiere, el deseo que provoca los celos, nos arrastra a mantener relaciones de poder, consiguiendo que el amante se subordine al amado, despertando la posesión y la tiranía, estableciendo un vínculo asimétrico.

Proust describe magistralmente los tormentos de los amantes celosos, por ejemplo, en Unos amores de Swann, cuando Odette le ha pedido a Swann que la deje porque se siente cansada, en una escena en la que no pocos se reconocerán: “Swann volvió a su casa y, de repente, se le ocurrió que quizá Odette estaba esperando a alguien aquella noche, que lo del cansancio era fingido, que si le pidió que apagara la luz fue para hacerle creer que iba a dormirse, y que en cuanto Swann se fue, Odette volvió a encenderla y abrió al hombre que iba a pasar la noche con ella”.

Los celos son una enfermedad imaginaria provocada por el deseo de poseer al otro. Y en no pocas ocasiones dentro del perfil del celoso descubrimos a alguien con baja autoestima. Ahora bien, conviene distinguir adecuadamente. En una obra inacabada aparecida póstumamente, Ciudadela, Antoine de Saint-Exupéry declara: “No confundas el amor con el delirio de la posesión, que causa los peores sufrimientos. Porque, al contrario de lo que suele pensarse, el amor no hace sufrir. Lo que hace sufrir es el instinto de la propiedad, que es lo contrario del amor”.

Aunque, en realidad, bien mirado, ¿qué poseemos? Ni siquiera eso que llamamos con bastantes pretensiones “nuestra vida”. Como todas las ilusiones poderosas, la de poseer se ha arraigado hasta tales extremos en nuestro inconsciente colectivo que engendra efectos de realidad y efectos en la realidad, de modo que decimos y creemos que tenemos un perro, un coche, una casa… ¿los tenemos o nos tienen? Acaso lo uno y lo otro y, al final, nada.

Incluso eso que tantas veces confundimos con nosotros y que llamamos “nuestro cuerpo” en el fondo tampoco nos pertenece. Como todo lo que sentimos que poseemos, tiene una desconocida fecha de caducidad. La vida es pasajera y provisional, y quizá por eso es tan bella y valiosa. No conozco ningún testimonio tan verdadero y hermoso acerca de esto que procuro expresar como “Nada en propiedad”, de Wislawa Szymborska:

Nada en propiedad, todo prestado.
Estoy empeñada hasta el cuello.
Tendré que liquidar la deuda
entregándome a mí misma.

Así está establecido:
devolver el corazón,
devolver el hígado,
y cada uno de los dedos.

Es tarde para cambiar las cláusulas del contrato.
Me harán pagar la deuda
junto con mi piel.
Ando por un mundo repleto de deudores.
Sobre unos pesa
el  embargo de las alas.
Otros, quieran o no,
declararán las hojas.

Cada tejido nuestro
está en el Debe.
Ni una pestaña, ni una ramita
podrá ser conservada para siempre.

Hasta el último detalle está inventariado,
y todo parece indicar
que hemos de quedarnos sin nada.

No logro recordar
dónde, cuándo y para qué
permití que me abrieran
esta cuenta.

La protesta contra eso
es lo que llamamos alma.
Y es esto lo único
que no está en el inventario.

 

Por lo tanto, toda conquista, ya sea en la vida como en el amor, es provisional y precaria, y nada nos asegura que no la perdamos. Pretender lo contrario es engañarnos. No podemos extirpar la incertidumbre de la vida, debemos aprender a convivir con ella. Por ello, como ha señalado Nuccio Ordine, es deseable “abandonar la pretensión de poseer, saber convivir con el riesgo de la pérdida que significa aceptar la fragilidad y la precariedad del amor. Significa renunciar a la ilusión de garantía de indisolubilidad del vínculo amoroso, tomando nota de que las relaciones humanas, con los límites y las imperfecciones que las caracterizan, no pueden prescindir de la opacidad, de las zonas de sombra, de la incertidumbre. Este es el motivo por el cual cuando se busca la total transparencia y la verdad absoluta en el amor se termina por destruirlo, se termina por ahogarlo en un abrazo mortal”.

De ahí que el amor, el buen amor, requiera continuos cuidados. Y sea en suma un arte, una manera de hacer, como argumentó el psicólogo Erich Fromm, con aquel célebre título que rememoraba al clásico de Ovidio. Mas ese cuidado, cuando hay un afecto hacia otro ser, es un cuidado recíproco, ya que cuidar del otro equivale a cuidar de uno, y cuidar de uno a cuidar del otro. Esta dichosa reciprocidad, bajo la cual se efectúa la deseable simetría de una relación, se encuentra en las antípodas de los celos, la posesión o la impotencia, que ahogan el amor y matan.
En la novela El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde imaginó que los actos morales o inmorales de un personaje se reflejan en un retrato. Ojalá dispusiéramos de un instrumento que nos devolviera nuestra imagen según tratamos a los otros. La conciencia moral acostumbra a justificarse, cuando no a excusarse, y a eximir sus responsabilidades. Lo más parecido que tenemos a ello son lo que el neurólogo Giacomo Rizzolatti bautizó como “neuronas espejo”, que nos permiten ponernos en el lugar del otro, e imitar, algo fundamental para el desarrollo del aprendizaje.

Sentimientos tales como la “empatía”, la “simpatía”, la “solidaridad”, la “caridad”, la “piedad” o la “compasión”, que no parecen anidar en las mentes de psicópatas y otros delincuentes, surgen o son favorecidos por estas neuronas espejo. No ignoro que sobre los tres últimos pesan prejuicios religiosos, pero si entendemos “piedad”, por ejemplo, tal como la definió la pensadora María Zambrano, “saber tratar con lo otro”, no puedo sino estar de acuerdo en que sin estos sentimientos es inconcebible el despliegue de la humanidad.

Podemos ser humanos desde un punto de vista biológico por el hecho innegable de provenir de esta especie, pero desde un punto de vista ético-político la humanidad se conquista de manera diaria por cómo nos comportamos con los otros, nuestros semejantes (y en la actualidad se está ampliando hacia los animales no humanos y en general hacia el planeta, del que provenimos).

La idea de no confundir el amor con el delirio de la posesión no es ajena al mundo de la filosofía. Emmanuel Levinás en Totalidad e infinito sostuvo que “Nada nos aleja más del Eros que la posesión”. Y si echamos la vista atrás esta idea se remonta al Banquete de Platón, cuando se define al filósofo en contraposición al sabio, que cree que sabe y por eso ya no desea saber (razón por la que caerá en una postura dogmática), mientras que el filósofo, “amante del saber”, sabe que no sabe, y precisamente por ello se mantiene en una búsqueda abierta e incesante del saber, que también es deseo, pero un deseo que no mata, sino que vivifica.

Por último, quiero concluir con un poema de Pablo Neruda que expresa de forma realista, bella y profunda la reciprocidad. Este sentimiento, tan racional como razonable, se encuentra en la formulación de la regla de oro, que la descubrieron a la par Buda y Jesucristo sin tener el uno conocimiento del otro; se encuentra en el imperativo categórico de Kant, que es el hilo invisible que sostiene los Derechos Humanos, y acaso es el fundamento de la ética.

 

El Pozo

A veces te hundes, caes
en tu agujero de silencio,
en tu abismo de cólera orgullosa,
y apenas puedes
volver, aún con jirones
de lo que hallaste
en la profundidad de tu existencia.
Amor mío, qué encuentras en tu pozo cerrado?
Algas, ciénagas, rocas?
Qué ves con ojos ciegos,
rencorosa y herida?
Mi vida, no hallarás
en el pozo en que caes
lo que yo guardo para ti en la altura:
un ramo de jazmines con rocío
un beso más profundo que tu abismo.
No me temas, no caigas
en tu rencor de nuevo.
Sacude la palabra mía que vino a herirte
y déjala que vuele por la ventana abierta.
Ella volverá a herirme
sin que tú la dirijas
puesto que fue cargada con un instante duro
y ese instante será desarmado en mi pecho.
Sonríeme radiosa
si mi boca te hiere.
No soy un pastor dulce
como en los cuentos de hadas,
sino un buen leñador que comparte contigo
tierra, viento y espinas de los montes.
Ámame, tú, sonríeme,
ayúdame a ser bueno.
No te hieras en mí, que será inútil,
no me hieras a mí porque te hieres.

 

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Sebastián Gámez Millán

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