Vulcano – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

Vulcano – Un relato de Arturo del Río Rodríguez

Vulcano [Relato]

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Arturo del Río Rodríguez – Vulcano

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Vulcano

Ruge la montaña. Desde hace días se ha despojado de su disfraz, y ahora expulsa el fuego que quemaba su vientre. Rocas ardientes agujerean las nubes de azufre. El volcán muestra su poder, y su ira. La respiración se hace difícil para los habitantes de Nasso, que se encierran asustados en sus casas, convertidas en hornos de adobe.

La noche no es capaz de teñir de negro el crepúsculo. El pueblo dormita bajo un cielo naranja. A pesar del calor sofocante, en una de las casas arde la llama de una lucerna de aceite. Próculo Bitanio acaba de volver de un largo viaje y se hospeda en la villa de su amigo Valerio Turbo. El viaje, de ocho días, ha sido cómodo, pero en las últimas leguas, antes de llegar a Nasso, los pellejos de agua se evaporaron, y dos de los caballos murieron de cansancio.

Al día siguiente, Próculo despierta de un sueño de doce horas. Aún no se ha acostumbrado al calor. Su cabeza arde, su cuerpo está empapado en sudor. Aún con sus miembros entumecidos, se levanta del lecho y asoma su cabeza fugazmente por una pequeña ventana. Fuera, el aire es lodo fétido. El sol se oculta en el cielo. Próculo sopla la ceniza acumulada sobre la repisa, vuelve a correr la cortina y se dirige al tablinum, donde su amigo lo espera con una jarra de agua fresca.

– Buenos días, Valerio.

– Al fin te has levantado. Pensaba que te habías consumido por el efecto del calor.

Se abrazan, y luego Próculo se frota las mejillas con agua de la palangana que le ofrece uno de los sirvientes.

– ¡Qué placer poder refrescarme! Me sentía como si hubiera tragado arena. Mi garganta estaba seca, y creo que he soñado con una buena crátera de buen vino.

– Tus sueños se convertirán en realidad, amigo – con un gesto, Valerio da una orden al sirviente, que abandona la habitación en silencio -. Pero ya habrá tiempo luego para eso. Primero deberías desayunar.

Sobe la mesa hay varias bandejas de frutas. Próculo va dando buena cuenta de ellas. Luego, se deja caer sobre una silla.

– ¿Cuánto tiempo lleva escupiendo fuego el volcán?

– Tres días. Vamos por el cuarto. La verdad, Próculo, es insoportable. No es solamente el calor; es que apenas podemos salir de nuestras casas. Ya has visto. El vestíbulo está alfombrado con cenizas. He tenido que cubrir el atrio con tablones; dos de mis sirvientes han enfermado y el azufre ha estropeado la mayoría de las joyas de Lucía. Ya lo ves; el cielo cruje. Muchos piensan que es el fin del mundo.

Próculo sigue atiborrándose de fruta y agua.

– Hacía mejor temperatura en el desierto.

– ¡Te creo!

– He estado fuera mucho tiempo, querido Valerio, pero hay ciertas cosas que no se olvidan. ¿Recuerdas cuando éramos pequeños?

– ¿Qué tramas?

– Es muy simple. Vulcano está enojado. Ya nadie lo respeta. No me extraña que se comporte así. ¿Querrás acompañarme luego, amigo mío?

– No creo que sea buena idea ir a ningún sitio. El cielo está rojo. Además, acabas de llegar de un largo viaje. Deberías descansar.

– Han pasado los años, pero aún soy un hombre fuerte. No es la primera vez que el volcán escupe fuego. ¿Recuerdas aquella vez que un pedrusco cayó del cielo y mató a una esclava?

– Claro que me acuerdo.

– Aún sigue en pie la estructura del antiguo templo. La vi ayer desde mi carruaje. Tal vez Vulcano se calme con nuestras libaciones.

– ¿Libaciones? ¿Bromeas? – Valerio no puede reprimir una carcajada -. El calor ha derretido tus sesos. Llevas mucho tiempo fuera, pero no tanto como para saber que las cosas no son como antes. El mundo ha cambiado, y los hombres también.

– En efecto – replica Próculo -. Las cosas han ido a peor estos últimos años. De entre todos los animales sólo el hombre levanta la cabeza para mirar hacia las estrellas, y sin embargo, tu nuevo dios quiere hacernos mirar hacia el suelo.

Valerio vuelve a reír. Guarda en el arcón el regalo de Próculo – la espada que el día anterior causó admiración entre los sirvientes -, y se vuelve hacia su amigo. El Etna sigue sangrando al fondo.

– No puedo estar de acuerdo con tus palabras, Próculo, viejo amigo. Dios ha estado ahí siempre. Sólo te aconsejo una cosa. Abstente de ofrecer tus libaciones a Vulcano. Podría resultar peligroso. Aparte, es ridículo – Valerio se ajusta la túnica y se reclina en su silla. Los sirvientes renuevan las bandejas de fruta -. Cuéntame cosas de tu viaje. ¿Has tenido muchas aventuras? Me han dicho que nuestro ejército está formando ahora por bárbaros. ¿Es eso cierto?

– Así es. Quedan pocos romanos valientes. La mayoría se limita a proteger sus villas con guardias privados. Otros donan sus posesiones a esa nueva secta que no obedece a los magistrados.

– Los hombres cambiamos. Mi vida es mucho mejor hoy. No sigas por ese camino. Además, me aburre. Háblame mejor de tus viajes. Habrás visto de todo.

– En efecto, he visto de todo, y mi corazón está ahora encogido. ‘No matarás’, enseñan vuestros profetas, mientras se decapitan unos a otros. Arrianos, atanasianos, créeme, amigo Valerio, me temo que los cristianos no son menos salvajes que los propios bárbaros de la Selva Negra.

– Cuando acaben los concilios reinará la paz como nunca ha reinado en este imperio decadente.

– Los bárbaros atacan por todos los frentes, pero ya sé lo que me dirás: las guerras os son indiferentes, salvo las vuestras propias. La cruz nunca ha sido un símbolo de paz.

– Por supuesto. No, tal y como la emplearon nuestros antepasados. Cristo murió en una de ellas para salvarnos. ¿Acaso no has visto que las puertas del infierno se han abierto ante nosotros?

– El infierno es algo exclusivo de tu religión.

– ¿Y el Hades o el Tartaro no son lo mismo? ¿No oíste las trompetas del fin del mundo mientras luchabas contra los alamanes?

– ¿Qué sabrás tú, Valerio, si apenas puedes levantar el peso de una espada? 

– Dime, Próculo, ¿Es que no ves que las viejas divinidades nos han abandonado? Los antiguos dioses no eran ni mucho menos perfectos, no se mezclaban con los hombres, nos impedían ser del todo libres. Los mortales no tuvimos voluntad propia hasta que Cristo bajó a la tierra y se mezcló con nosotros.

– ¿Mortales?

– ¿Cuántas señales te son necesarias? ¿Cuántos terremotos necesitas para abrir tus ojos? ¿Cuántas pestes? ¿Cuántos volcanes más han de arder? No es tu viejo Vulcano, sino el dios verdadero quien está enfadado con nosotros y nos ofrece el perdón que no conocían los antiguos dioses.

– Hablas como uno de ellos, Valerio. Tal vez sea la influencia de tus esclavos.

– Puede que tengas razón, Próculo, tal vez sea el propio Saturno el responsable de la peste que nos asola, y seguramente Ceres sea la causante de la hambruna que sufre el pueblo. Pero no quiero discutir. Llevas cinco años fuera, y se me ocurren decenas de cosas mejores que hacer que acalorarme con un viejo amigo. Si no fuera por el volcán, pediría unos caballos y bajaríamos hasta el mar. Pero, descansa, y verás las cosas de otra manera. Has estado mucho tiempo fuera, Próculo.

– Sí. Combatiendo a los bárbaros en las fronteras para que puedas conservar tu cómoda vida. La sólo visión de Ermrich el godo te haría temblar como una gallina.

– Nada es cómodo ahora, Próculo. Roma está llegando a su fin, reconócelo. No volverán Augusto ni Marco Aurelio, pero a buen seguro que el gobierno de los cristianos no nos traerá nuevos Calígulas, Tiberios, Nerones y demás espíritus viciosos. Para ser un militar, le das muchas vueltas a la cabeza. Te veo nervioso, Próculo. Hazte un favor: cálmate.

– No es la lava del Etna lo que me quema por dentro. ¿Cómo quieres que me calme? Vulcano nos enseñó a manejar el fuego. Vosotros queréis apagarlo.

– ¿Nosotros? ¿Por qué ese afán generalizador?

– Lo único que traerán las enseñanzas de vuestros profetas será la oscuridad. ¿Sabes que tu querido Catulo ha sido prohibido por el prefecto?

– Puedo vivir sin Catulo. Reconozco ahora que sus versos hacen tanto daño como el vino. Una vez que Baco ha muerto, ni siquiera la poesía tiene sentido. Pero por favor, cálmate, viejo amigo.

– Baco nos enseñó lo que es la vida, el vino y la miel.

– ¿Te refieres a la vida primitiva? ¿Como la de esos pictos que has combatido en Britania? Dicen que son caníbales, ¿es cierto?

– Si acaso, eso podría decirse de los atacotos.

– ¿Y sus idolillos paganos? ¿No te parecen absurdos?

– El sol, la noche, la lluvia, el viento y el fuego son los mismos en todos los lugares.

El Etna rasga el cielo, lanza escombros de hiel hacia el rojo de las nubes. La casa de Valerio tiembla. El techado está a punto de venirse abajo. El dintel de una puerta del jardín ha cedido, y se ha abierto sola, para volverse a cerrar con ímpetu, colapsada por ráfagas teñidas de azufre.

– El viejo dios ha hablado – Valerio suelta una carcajada. La compañía de su amigo le es agradable, a pesar de la discusión -. Le ordenaré a mis sirvientes que arreglen el estropicio, y que vayan a buscar más agua a la fresquera. Afortunadamente me proveí de hielo suficiente para aguantar una semana sin tener que beber caldo. Ya sabes, en el mismo Etna conviven el hielo y el fuego.

– ¿Te has hecho construir una fresquera? Veo que has prosperado, amigo Valerio.

– ¿Hay algo malo en ello? ¿Preferirías compartir la vida primitiva de los pictos?

– Hielo, fuego, lluvia. Reconócelo, fue Vulcano, y no tu dios, quien nos trajo la ciencia del fuego, nos sacó de las cavernas y contribuyó al avance de la civilización que ahora es reprimida por los tuyos. No me cuadra que hayas doblado el número de tus sirvientes, y que hagas enfriar el agua que bebes, como si fueras un patricio de la villa del Casale. Pensaba que tu secta predicaba un tipo de vida mucho más humilde. Sin embargo, por lo que percibo de tu casa, veo que sigues confundiendo el lujo con la necesidad. 

– Nunca nos pondremos de acuerdo. No me gustan tus reproches, Próculo. No lo entiendes. Tus pensamientos no son adecuados a los tiempos que corren. Vulcano no nos enseñó nada. Es nuestro Dios quien nos otorgó el milagro de la vida. El conocimiento acaba con Él.

– Voy a salir. No hace falta que me acompañes, Valerio.

– ¿Aún sigues empeñado en ofrecer una libación? Estás loco. Tal vez la culpa la tenga este calor.

– No tengo fiebre, si es eso a lo que te refieres.

– No harás otra cosa que tragar polvo – Valerio hace un gesto, y al rato aparece un sirviente con una jarra de agua fría -. Está bien, Próculo. Si admitimos que Vulcano nos trajo el fuego y que Prometeo nos iluminó intelectualmente, entonces los viejos dioses también nos trajeron las sombras; fueron ellos los que nos llenaron las cabezas de dudas.

– Es preferible dudar a tener fe en una creencia tan absoluta. Dejemos de lado a Homero, si quieres. Hesíodo fue mucho más exacto en su visión de los dioses. Reconoce que…

– No reconozco nada. Y no voy a volver a hablar de Homero ni de Hesíodo. Son autores prohibidos.

– Abstinencia, ayuno y oración, eso es lo que predica tu secta. ¿No ves que no son sino antídotos contra la naturaleza? Te contradices, Valerio. Tal vez prediques una vida espiritual, pero veo que no has abandonado tu gusto por el lujo.

– Déjalo, Próculo. No me parece una buena idea que salgas a hacer esas libaciones, eso es todo. Eres mi amigo, te escucho, aunque no pueda hacer nada para cambiar tu opinión. Sin embargo, otros no son tan razonables como yo.

– Tú no eres como los demás, claro que no. Eres inteligente. Has estudiado con los mejores maestros. Por eso supongo que algún atisbo de razón rondará dentro de tu cabeza.

– Sí, pero no me la ha traído Vulcano.

– ¿Te la ha traído entonces tu esclava libanesa?

– Deliras. Hace años que no tengo esclavas ni esclavos. A fecha de hoy, todos mis sirvientes cobran un sueldo.

– Tiene que ser duro para un hombre que antes se jactaba de coleccionar amantes.

– Esos tiempos no volverán. Pero has de saber una cosa. Al fin y al cabo, cristianos o no, seguimos siendo hombres.

– Eso no lo puede cambiar ningún dios, es cierto.

– Ay, me aburres, Próculo. ¿Por qué no dejas de atacarme? Cuéntame, ¿cuándo partes hacia Lípari? ¿Cuánto tiempo vas a estar fuera? ¡No tendré que esperar otros cinco años para discutir contigo! Vamos, cambiemos de tema, háblame de tus victorias y brindemos por los viejos tiempos.

Los dos amigos brindan. Valerio suspira con paciencia:

– Reconoce, Próculo, que todo ha cambiado. El imperio se ha desmoronado. Nuestras ciudades se dirigen a la ruina. Los bárbaros ya están dentro de nuestra sociedad. Los impuestos son insoportables y las enfermedades se han multiplicado. Sólo arrepintiéndonos y confesando nuestros pecados lograremos depurar nuestras almas.

– ¿Alguna mujer te ha acompañado últimamente al lavadero o es que alguien ha utilizado ranno para lavar tus ideas?

– Vulcano no tendrá voz cuando llegue el Juicio Final.

Próculo se levanta. Una niña entra en la habitación. Mira a los dos hombres y sale corriendo.

– ¿Quién es?

–  Alejandra. La hija de uno de mis sirvientes.

– Sus ojos me son familiares. ¿No será hija tuya?

– No me gustan tus bromas, Próculo.

– ¿Cómo está Lucía?

– Ahora bien.

– ¿Qué significa eso?

– Estuvo dos meses enferma. Los médicos no apostaban un denario por su vida. Dios la salvó.

– Todo lo explicáis con milagros.

– Tenías que haberlo visto, Próculo. Dios expulsó los demonios de su cuerpo.

– Esos demonios son exclusivos de tu religión.

– Los demonios no son algo nuevo. Toda la poesía, la música, la pintura antigua, está contaminada por la mancha de la idolatría. Ya que no aceptas nuestra religión, ¿por qué no tomas el camino de Lucrecio? Él odiaba todas las religiones. Me parece que eso tiene más sentido, aunque tampoco sea ese el camino correcto.

– ¿Plegarias, ayuno, y vigilia? ¿Es ese el camino correcto?

– Una cosa es segura. ¿Acaso no te he alojado como a un hermano? Eres tú el que da miedo. Te has vuelto vengativo, Próculo. Antes no eras así.

Próculo se levanta. Va a la cocina. Los sirvientes se apartan de su camino. Hurga en los armarios hasta que encuentra un tarro de miel.

– ¿Qué haces? – le pregunta Valerio, levantándose tras él.

– Voy a preparar una libación de miel.

– Estás loco. Eso es una provocación.

Próculo vierte la miel sobre un cuenco. También llena un tazón de aceite. Decidido, se dirige hacia la puerta que da al peristilo. El azufre y la ceniza provenientes del exterior irritan sus ojos.

– ¿Dónde vas? – le grita Valerio.

– Voy a salir.

Valerio se interpone entre Próculo y el portón.

– Si sales de mi casa no podré protegerte.

– Me protegeré el rostro con una toalla húmeda, no temas.

– No es la ceniza lo que me preocupa. Eres terco. Pero, ¿de qué me extraño? ¡Siempre lo has sido!

– Sangre de Escipiones corre por mis venas.

– Si vas a salir, entonces déjame acompañarte. Te lo advertiré una última vez. Es peligroso. La ciudad respira un aire extraño. No es sólo el volcán

Próculo abre la puerta. El cielo es de color naranja. El soldado, recién llegado de una larga expedición por Caledonia, ya camina por el largo sendero flanqueado por cipreses.

– ¡Mira que eres bruto! – Valerio agarra una toga y se la echa sobre la cabeza – Está bien. Haz lo que quieras, mi terco amigo, pero no lograrás apagar la ira de ningún dios con unas gotas de miel mezcladas con aceite. Ay, me enervas. Vamos.

La ceniza flota en el aire y cubre los tejados de gris. La lava desciende laboriosamente por las laderas del volcán. Está a cientos de kilómetros, pero el rojo arde en las pupilas de cada habitante de Nasso. Abajo, el mar también ruge. Las rocas negras cortan las olas furiosas. La peña de Taormina está cubierta de nubarrones grises.

– Permíteme que te lo diga, Próculo, amigo mío. Estás loco. Pero no te quito el mérito: vas a ser el primero en años en hacerle una libación a un antiguo dios.

– Nunca he dejado de hacerlas. He viajado mucho y he podido comprobar hasta dónde llega el legado de nuestros antepasados. Los antiguos dioses nunca tuvieron problemas en aceptar a otras divinidades. El propio Vulcano es un buen ejemplo de ello.

– Un dios tullido. Por favor, no me hagas reír. ¿No te parece ridículo ofrecerle miel a un dios cojo? ¿O es que quieres que vayamos a por una oca, o a cazar a un corzo?

El Etna escupe una lengua de fuego. Los dos amigos llegan al fin al templo, que está completamente recubierto de ceniza. Sus columnas brillan con tonos dorados. Próculo se agacha y deja los cuencos con la miel y el aceite en la escalinata que conduce al pórtico de entrada. Es obvio que el templo está abandonado. 

– Hacía mucho que no venía por aquí.

– ¿Qué esperabas encontrar? ¿Vírgenes vestales? ¿Te das cuenta ahora? Tus ofrendas no tienen sentido.

– Nunca han tenido más sentido.

Próculo vierte el contenido del cuenco sobre los escalones. La miel se disuelve y se convierte en un mosaico de pequeños cristales que se cuartean con el calor que desprende el mármol. Próculo sube los escalones, entra en la cella y contempla los destrozos. En efecto, el entablamento del techo ha sido arrancado, el altar derribado. Una cruz se yergue en su lugar.

– Los dioses antiguos nos enseñaron a superar el miedo. Prevalecieron sobre el Tiempo, los Gigantes y los Titanes, que representaban lo salvaje, la fuerza bruta, el terror de lo oscuro, todo lo que atacaba a la inteligencia. Y ahora vuestro dios quiere volver a ponernos de rodillas. Humillarnos, quitarles la palabra a los débiles.

– Deliras. Es justo al contrario. Es para los más humildes que reina Nuestro Señor. Tu pensamiento está contaminado, amigo mío. Has viajado demasiado. No digo que hayas perdido la razón, pero volvamos a casa. Descansa. Haré que nos sirvan una buena comida. Comeremos bien. Dormiremos un rato. Mandaré traer a unos músicos. Seguro que esta noche verás las cosas de otro modo. Te demostraré que convertirme al cristianismo fue la decisión más importante de mi vida.

– Te convertiste por miedo a la muerte. No te lo reprocho. Es el temor más primitivo que existe. ¿Qué hubiera pasado si tu dios no hubiera salvado a Lucía?

– Lo simplificas todo, Próculo. Desde luego que Júpiter o Vulcano no se preocupaban por nuestras muertes. ¿Qué les importaba a ellos mientras tuviesen ambrosía suficiente y pudiesen intercambiar sus lechos? Ese temor primitivo del que hablas es el miedo a los espíritus y a la magia. Miedo a lo inexplicable.

– Vuestro dios lo explica todo. Es absoluto, no os hace pensar. ¿Dónde queréis llegar prohibiendo la poesía y la filosofía?

– ¿Dónde quieres llegar derramando miel y aceite sobre el suelo de un templo en ruinas?

Un anciano se les acerca. Su rostro está oculto por un manto húmedo. El gris de su cabello se confunde con el de la ceniza. Ha visto discutir a los dos amigos.

Próculo da un paso adelante. En un acto reflejo, se lleva la mano al cinto, pero no lleva la espada consigo.

– Las ofrendas están prohibidas – dice el anciano.

– Me llamo Próculo Quintus Máximo. Cuarta legión. ¿Con quién hablo?

– Las letras que conforman mis apellidos no le importan a un pagano.

– ¿Acaso Constantino y Licinio no aprobaron un edicto reconociendo la libertad de cultos religiosos, gracias al cual los cristianos han edificado un imperio paralelo al de la propia Roma?

– El edicto del que hablas, forastero, fue derogado hace tiempo.

– Conozco bien las leyes. No es cierto, pero no voy a discutir contigo, anciano. He combatido por hombres como tú en los mismos pantanos que preceden al lago Meótide.

– Tus dioses olímpicos desprecian a los mortales. Nuestro dios es el principio y el fin de todo, y el creador del cielo y de la tierra. Él nos ha colocado en el centro del universo.

– Y ha ocultado vuestra cólera bajo la máscara de la bondad.

– Dios es bondad, extranjero.

– No soy un extranjero. Nací aquí. Tú ni siquiera te has dignado a presentarte. 

– ¿Quién es tu madre? ¡Contesta!

Valerio se acerca al anciano y trata de calmarle con palabras. Entonces el volcán ruge con más fuerza. El ruido hace vibrar las columnas. El cielo parece un reflejo del infierno. Las rocas silban con la furia de halcones lanzándose en picado sobre una presa.

– Vámonos, Próculo. No dirás que no te he avisado. Esta situación la has provocado tú solo.

Otros hombres salen al encuentro de Valerio y de Próculo. Sus rostros están cubiertos con paños húmedos para evitar el efecto nocivo del azufre. Portan espadas, y bastones de madera. Próculo da un paso adelante. El anciano lo reta, gritándole. Un estruendo hace que se caiga una columna. El anciano grita:

– ¡Eclipses, cometas, son las señales del fin! El Imperio será consumido por las llamas.

– Marchémonos antes de que sea demasiado tarde, Próculo.

– Creo que te haré caso, amigo Valerio.

Las nubes arrastran tras de sí un halo de llamas. El cielo se oscurece y parece caer sobre las cabezas de los hombres.

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Arturo del Río Rodríguez

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