Pasen y vean: yo, Salvador Rueda… – A propósito de «Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta», de María del Carmen Chups Gómez – Una reseña de Rafael Guardiola Iranzo
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Pasen y vean: yo, Salvador Rueda… – A propósito de Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta, de María del Carmen Chups Gómez [Reseña]
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Pasen y vean: yo, Salvador Rueda… – A propósito de Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta, de María del Carmen Chups Gómez [Reseña]
Pasen y vean, señoras y señores. Con ustedes la escritora cordobesa María del Carmen Chups Gómez, la famosa médium descendiente de los alemanes de La Carlota y que dice ser mi discípula, en su gira por tierras malagueñas. No se fíen de su apariencia amable y formal de restauradora de documentos gráficos del Archivo Capitular de la Mezquita de Córdoba, aficionada a la pintura y la escritura. Tengan mucho cuidado: María tiene una fama merecida en cenáculos ocultistas a la hora de restaurar con palabras exoesqueletos, y huellas nutricias de algunos protagonistas de nuestro pasado literario, casi fotográficamente. Háganme caso y protejan sus almas, quienes la tengan, y su bolsillo, por si acaso.
Con su clarividencia y la sonrisa de sus ojos ya ha sido capaz de resucitar el espíritu de Emilia Pardo Bazán en su novela La Pardo y los rusos, publicada en 2022 por la editorial Algorfa. Para ello ha transcrito fielmente los mensajes que le dictara Doña Emilia desde ultratumba y ha llegado a organizar sesiones de regresión en la mismísima Confederación Helvética, patria de Calvino. Ahora le toca lograr que se materialice ante nuestros ojos la magia del poeta modernista de la Axarquía malagueña, Salvador Rueda Santos (1857-1933) y no pocas de sus miserias –sobre todo, las que arrastró en su vejez. Fue don Salvador un fervoroso panteísta, un humano heterodoxo y autodidacta, coronado en Cuba como colorista “poeta de la raza”, amigo-enemigo de Rubén Darío, partidario de la religión de las almas, el flamenco, el socialismo y el culto a las mujeres.
Siendo María Chups (o Schütz) una médium germánica que suele llevar a cabo sus sortilegios en archivos, bibliotecas y retretes, revolviendo cartas y artículos amarillentos, se ha empeñado en sacar a Salvador Rueda, precisamente, de este ambiente fúnebre y de los grises debates eruditos y académicos. Y para que la confesión novelada del poeta sea creíble dicen que se ha apoderado de su voz, escribiendo con naturalidad prosas de aquellos tiempos. El mérito que todo ello destila me obliga a recomendarles que compren la novela donde habita el testimonio de esta posesión paradisíaca –que no infernal-, o callen para siempre, para evitar males mayores, porque –recuerden- María es una auténtica bruja.
De todas formas, siento decirles que la vida novelada de Salvador Rueda tiene dos componentes nada originales: sexo y muerte. La pulsión sexual y el tabú correspondiente en una sociedad puritana es el hilo conductor de los seis capítulos de la primera parte, titulada “En el balneario”, con guiños a Thomas Mann y a Hermann Hesse y también de los cuatro capítulos de la segunda, “El extraño suceso”. Nuestra médium teje una aventura sosegada de tintes detectivescos en torno a las actividades de una enigmática “secta de iluminados” que brotó en la primavera de 1886 en la localidad de Tolox, en la Sierra de las Nieves malagueña. La sabiduría popular acuñó para ese momento la denominación de “los encuerichi”, en referencia directa a la desnudez que exhibían sus seguidores en sus animados rituales organizados por un falso clérigo libertino, don José, que predicaba el fin del mundo. Estos festejos habrían hecho las delicias de Torquemada y Quentin Tarantino, pues incluyen apariciones, drogas y despellejamientos en el medio rural. Como contrapunto de tanto oscurantismo, la amiga y confidente feminista de Salvador Rueda, Carmen de Burgos –un espíritu libre de la antigua sociedad pagana-, “luchó hasta la muerte contra una sociedad agonizante, lastrada por un cristianismo pacato y miserable, castigador de conciencias, opresor de la naturaleza expansiva, necesitada de placeres mundanos”. El erotismo, la desnudez y el placer sexual no son pues motivos de vergüenza –ni siquiera para la timidez patológica del poeta-, sino ingredientes imprescindibles del cemento del Gran Todo, como dejó claro Rueda en su primera novela, La cópula (1886)- o en sus sonetos reunidos en Himno a la carne (1890), repudiados por obscenos por Juan Valera.
La pulsión de muerte, que no es más que el envés o incluso la raíz de la vida, preside los cuatro capítulos de la tercera parte, con encuentros, envidias, fobias y despedidas y, sobre todo, los cinco capítulos de la parte cuarta, consagrada al final de los días del poeta. Decae aquí la ficción para dar paso a la reflexión y los conceptos: la amistad, la enfermedad, la vejez, el valor del arte, el amor y el sentido de la vida. En cualquier caso, queda fuera de toda duda la importancia de la muerte y hasta la necrofilia en un poeta que llegó a describir los pormenores de su propio entierro, en la isla alicantina de Tabarca, en un escrito ante notario. Tanto como su actitud reverencial ante las mujeres que transitan por las páginas de la novela como la citada Carmen de Burgos, la Colombine, Coral “la confitera”, “la encuerichi” Micaela Merchán o su amor más sólido, la gallega Sofía Casanova, que le abandonó por un ruso que resultó ser polaco. Por otra parte, son numerosos (tal vez demasiados) los espíritus que convoca María Chups en su ceremonial de posesión en el Parnaso. Salvador Rueda necesita interlocutores para integrarse armónicamente en el Gran Todo y, en definitiva, aspirar a la inmortalidad. Piezas clave en este feliz encuentro son el rapsoda de Cártama, José González Marín, y Narciso Díaz Escovar, poeta, cronista de Málaga y abogado de los “encuerichi”.
Finalmente, me despacharé a continuación con un ligero análisis del subtítulo del libro: “confesiones de un viejo poeta”. El personaje Salvador Rueda sabe que son los demás los destinatarios de su discurso, pero no hay que perder de vista que, al ser una confesión, lo escribe para sí mismo. Así lo hizo Platón en la Carta VII y luego Cicerón, Séneca, Marco Aurelio, Abelardo, Montaigne, Santa Teresa o Rousseau. Dice San Agustín en sus Confesiones: “Recibe mis Confesiones, ya que tanto te interesas por ellas: obsérvame bien en este libro, a fin de no elogiarme más de lo que merezco; cree lo que allí se cuenta, no lo que dicen de mí los demás, sino lo que digo yo; estúdiame bien y mira lo que he sido en mi verdad cuando me encontraba abandonado a mis solas fuerzas”. María Chups recoge este desafío, convirtiéndose en la portavoz autorizada del poeta. Pero, ¿nuestra médium dice la verdad? ¿hasta qué punto su transmisión textual, a través de la ficción, nos revela los matices de una vida sin expulsar de la escena las debilidades, pecados y dobleces del personaje? ¿de qué serviría confesar si no se ha delinquido? En resumen: ¿está Salvador Rueda realmente “en cueros” en el libro que nos ocupa?
Termino mi reseña, con unas palabras sobre la vejez del que fue ilustre vecino de Churriana-Málaga, Julio Caro Baroja en la Introducción de Los Baroja (Memorias Familiares). Para don Julio, amigo de Gerald Brenan, la vida es “una sucesión de juegos de manos, que terminan siempre con lo mismo: con un escamoteo”:
“La vejez –dice- no es (la fase) de los achaques, ni de los desengaños, ni la de la serenidad. No. Es la del asombro; un asombro que resulta difícil de expresar. Porque, evidentemente, a lo largo de la vida, ha experimentado uno muchas situaciones agradables y ha gozado de bienes maravillosos: pero todos se han ido. Como también los males. Todo pasa, como decía el viejo Heráclito, y en la vejez, al final, resulta que llega uno a sentirse ligeramente presocrático. Vuelve a los comienzos del pensamiento: tanteando. Sin optimismos absolutos ni pesimismos categóricos. Se tiene una idea “proteica” de la vida. Se piensa que se ha sido un poco animal, otro poco vegetal…hasta mineral, sin perder la condición de neurosapasta, de modesto títere. ¿Por qué no se han roto los hilos? ¿Por qué el muñeco tampoco se ha roto todavía? Esto causa asombro”.
Pasen y vean, señoras y señores. Con ustedes la escritora cordobesa María del Carmen Chups Gómez, la famosa médium que dice ser mi discípula, en su gira por tierras malagueñas. Que ustedes se asombren bien.
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Rafael Guardiola Iranzo
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Nota
María del Carmen Chups Gómez. Yo, Salvador Rueda. Confesiones de un viejo poeta. Ediciones Algorfa, Marbella [Málaga], 2024. ISBN: 978-8412793451.

