Guillermo, Rey – Un relato de Arturo del Río Rodríguez
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Guillermo, Rey [Relato]
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Guillermo, Rey
Guillermo tiene nombre de rey, pero sus hombros han soportado tantas cargas que su espalda a duras penas puede erguirse para alzar el cuello. Sus brazos son como troncos, sus rodillas nudos ensortijados, y sus pies, que arrastra envueltos en calzas harapientas, garras que se aferran a la tierra. Toda su vida ha trabajado en el campo. Su mirada se pierde en el horizonte. ¿Por qué soy lo que soy?, se pregunta. Es el último vástago de una familia de campesinos. Sabe que hasta Dios tuvo que trabajar para crear el mundo, pero la naturaleza divina de su sufrimiento no lo conmueve. Seguirá trabajando de bracero, desenredando raíces y cavando cuadrículas de surcos hasta que sus huesos se despojen del fulgor de la juventud, y cuando esto suceda y su cuerpo saturado de fatigas se convierta en una excrecencia repugnante, otro hombre le sustituirá.
Apenas han pasado dos semanas desde que fue recogida la última cosecha. El campo ha sido generoso; se ha ganado terreno al bosque y los graneros están llenos, sin embargo, los frutos del trabajo de Guillermo no irán a parar a su mesa, pues sólo ha heredado los dones de la vida en usufructo. Las tierras que su familia ha labrado durante generaciones no le pertenecen; él es simplemente el arrendatario de un infierno del que además le corresponden los impuestos y las cargas. Con la llegada del invierno tendrá que rebañar los platos de su dueño, y cuando las legumbres del granero comiencen a mermar, y hasta que llegue la primavera, subsistirá a base de forraje, raíces y bulbos. Sin embargo, ha oído decir que el fin del mundo está cerca; él ni siquiera lleva la cuenta de los años, pero hay quien dice haber visto señales en el cielo; un cometa con forma de daga que ha traído pestes, hambres y epidemias tanto a pordioseros como a reyes. Otros aseguran que los montes arderán como olas furiosas y los lobos sembrarán de horror las aldeas. El propio Guillermo ha sentido el palpitar de la tierra bajo sus pies; de modo que no le extrañaría si el telón oscuro que delimita el final de los tiempos cayese esa misma noche.
En el campo el agua borbotea con cada azada. Aún no ha llegado el invierno, aunque las señales, más que evidentes, digan lo contrario. Los años le han enseñado a apreciar las tonalidades del atardecer, a interpretar las brisas, a desentrañar las constelaciones de la noche, a escuchar el cántico sordo del silencio, a predecir tormentas a partir de la simple observación del cielo, pero toda esa sabiduría – la astucia de los campesinos, tan valorada por los hombres de las ciudades que nunca ha pisado -, no vale siquiera lo que una moneda de cobre. El cielo estriado de nubes se ha convertido en una cascada de acero gris que desciende de la montaña. Tal vez sea cierto que el fin del mundo esté próximo, pero a Guillermo, que tiene nombre de rey, no le importa. Aunque el diluvio se asomase al precipicio del valle y se llevase por delante campos y ciudades, su vida seguiría sin valer nada. Su podredumbre es heredada. La rueda del mundo seguirá girando de una manera u otra y la bondad se premiará con crueldad. Es justamente la bondad lo que ha anegado su existencia, piensa Guillermo. Es mentira que todo tenga un sentido, murmura. La vida, la de verdad, transcurre lejos de aquellos campos encharcados, más allá del horizonte oculto tras las montañas.
En la ciudad hay una catedral, que es el reino de Dios en la tierra, pero Guillermo solo ha visto sus torres desde lejos. Sin embargo, desde niño le han llevado a la parroquia de la aldea, donde le han enseñado a sacrificarse, a despojar su alma de cualquier placer, a no quejarse ante las injusticias y a respetar al prójimo. ¿Será su vida igual de desdichada en el reino de los cielos?
La noche está a punto de caer, pero en la parte austral del cielo las estrellas han dejado de brillar. El cielo está henchido de nubes, la tierra apenas puede tragar más agua. El atardecer trae sombras sin dueño. Desde luego, es el escenario apropiado para el fin de los tiempos, piensa Guillermo, que ha oído que cuando el diablo rompa sus cadenas y derrote al ejército divino, los sepulcros de los muertos se abrirán y traerán consigo nuevas epidemias.
La silueta del jinete aparece sobre la colina que envuelve al río. Es Marcelo, el hijo del duque de Montfort. Tiene nombre de santo, y algún día heredará las tierras de su padre. Es joven, como Guillermo, pero su rostro no conoce el sufrimiento. Su serena existencia no sufre más que en los márgenes de su vanidad. Su mirada, apuesta, enmarcada por una barba recortada, tiene destellos de cobre. El largo pellote rojo que cubre su cuerpo – cuyo pecho tiene cosido, enmarcado en hojas de acanto, el escudo de la familia Montfort – destaca sobre el crepúsculo grisáceo, donde se recortan las siluetas de los dos perros de caza que le acompañan; uno es blanco y el otro negro. Gruñen a Guillermo como si les desagradara su olor.
A Guillermo le extraña la llegada de Marcelo. La última recolección fue buena. El diezmo se satisfizo en plazo. No encuentra otra explicación a su presencia que el anuncio de nuevas cargas. Tal vez el hijo del duque codicie también las malas hierbas, porque los nobles no suelen parar por los campos de cultivo, salvo en ocasiones especiales, como son los días de cosecha, la navidad o la pascua.
“Mi vida vale menos que la gualdrapa que cubre al caballo”, piensa Guillermo. El padre de Marcelo, duque de Montfort, posee dos granjas, diez bueyes, una docena de arados, veinte caballos, cuatro graneros, tres rebaños de ovejas, quince cabras, treinta vacas y un molino. También es dueño de las salinas y de doscientos acres de pastos de cultivo. Vive en el castillo de sus antepasados y tiene una capilla privada en la catedral. En total gobierna las vidas de trescientos setenta y dos villanos que le sirven en todo. La vida de Guillermo también le pertenece. Sus brazos nutren su estómago, y los de su familia.
La luna sigue sin mostrar su rostro brillante. El cielo ha abierto sus costuras, como si alguien hubiera rasgado su velo azabache con una espada invisible. Cae la primera nieve del año. Los dos hombres se contemplan, como estatuas de hielo. A ninguno les sorprende lo impropio del frío, ni la nieve, que parece florecer sobre el barro con cada soplo venido de la montaña. La figura de Marcelo sujetando la impaciencia del caballo es un enigma para Guillermo. El paisaje a su alrededor parece haber dejado de existir. Cada copo blanco oculta la incertidumbre con musicalidad. El silencio rodea a los dos hombres, que ocupan ahora el centro del universo. Sus imágenes resplandecen, como espejos que reflejan dos realidades distintas. Al fin, Marcelo, el hijo de duque, agita su capa al viento y espera una reverencia que no llega. Guillermo no tiene intención de inclinar su cabeza. Si alguien le preguntase más tarde, podría excusarse diciendo que el diablo ha guiado su mano, y no mentiría, porque no hay más juicio que el de Dios, y hasta Dios tiene un reverso oscuro, que es el demonio, de modo que cuando levanta el pedrusco del suelo y lo lanza contra el jinete, no hay odio alguno en su mirada, pero tampoco remordimiento. La piedra corta el viento y golpea al hijo del duque, que cae derribado a los pies de su caballo. Marcelo no grita, ni siquiera desenfunda su espada, impresionado como está por lo repentino de la embestida. Nunca antes, nadie se ha atrevido a tanto. Aterido de dolor, se palpa el ojo maltrecho; su ceja sangra a borbotones, su barba se ha teñido de rojo, lo mismo que las miradas de los perros, que escrutan a Guillermo, tensos como las cuerdas de un arco, en espera de una señal de su dueño. Cuando se reincorpora, entre los soplos furiosos del viento, Marcelo no puede creer lo que le muestran sus manos manchadas de sangre. Recoge la piedra del suelo. No encuentra sentido al acto de Guillermo, pero no pide explicaciones.
Guillermo no tiene intención de excusarse. Su corazón es un tumulto; lo irrevocable de su trasgresión le parece excitante, como un pecado. Sólo cuando los perros abren sus fauces y ensalivan sus paladares, deja caer su azada y huye como perseguido por mil lobos. Sus piernas dejan atrás el camino que conduce a las tierras que tantas veces ha sembrado y arado. Corre sin volver la cabeza, guiado por el fantasma del desafío abotargado, empujado por el viento que resopla a su espalda, atravesando campos que se ensombrecen a su paso. Su pecho henchido de ira le hace sentirse invencible. No teme otra cosa que su propia fatiga, y es ese mínimo resquicio de temor lo que parecen olfatear los perros, que en seguida se le echan encima. Cuando las sombras de las dos fieras se confunden con la suya, Guillermo se vuelve hacia ellas y las ahuyenta con un grito que se escucha en todo el valle. Los perros huyen asustados y retroceden hasta los pies de su dueño. El viento aúlla y anticipa la violencia de una gran tormenta de nieve. Guillermo cree estar viviendo un sueño. Grita como si quisiera que su cólera se escuche en todo el valle, como si un demonio acabara de ser expulsado de sus entrañas. No volverá a empuñar un arado, piensa. Si no muere atravesado por la espada de su dueño se convertirá en un alma descarriada.
Desde lo alto de una roca Guillermo divisa toda la extensión de la comarca, una superficie con forma de piel de buey dividida en colores; el verde del bosque, el gris del pantano y el cobrizo de la llanura que conduce a una ensenada rodeada por una lengua de tierra terminada en un aguijón rocoso. El villorrio está al otro lado de la colina, detrás del horizonte sumergido por la ventisca que esconde las líneas del orbe. Guillermo ha dejado atrás el ejido de coles mil veces roturados con sus propias manos y cree haber engañado a los perros, y al jinete. Siente que sus pulmones se ensanchan, y excitado, se echa a reír. Sus propias carcajadas le desconciertan hasta el punto de hacerle resbalar. De nada le vale agitar los brazos antes de recular; su cuerpo cae hacia atrás con todo su peso y acaba deslizándose por un terraplén. Una ráfaga blanca le rodea. Agazapado en cuclillas, sin tiempo para acomodar sus miembros sobre la nieve que ya ha comenzado a cuajar sobre los campos, cree reconocer el murmullo invisible de unos pasos y el aliento candente de un caballo en su cogote. Es Marcelo. El campesino se queda inmóvil como una presa acorralada, acomodando su respiración al viento y solo cuando siente el roce de unos dedos en su espalda suelta el brazo hacia atrás y golpea con su puño al jinete que ha surgido de la nada. La nieve lo ciega momentáneamente, pero no lo bastante como para no ver cómo una espada se desliza entre las manos de su contrincante. Guillermo elude el forcejeo; se pone en pie y vuelve a iniciar una carrera delante de los perros. Corre hasta que los ladridos de los animales se transforman en ecos. Ya no es dueño de sus actos.
Durante horas transita por páramos helados y se deja llevar por los envites del viento que lo empujan por la ladera de la montaña. Ya no oye sino sus propios latidos, pero hasta que no siente la turbación del vértigo asomándosele desde la orilla de un río, no detiene sus pasos. Apenas puede doblar las rodillas para acuclillarse sobre las puntas de sus pies helados y alzar la mirada. Está paralizado por el frío. Sus manos son témpanos. El sudor de su espalda se ha transformado en escarcha. Aun así se siente afortunado. ”Bienaventurados los perseguidos por la causa de la justicia porque de ellos es el reino de los cielos”, recita para sí. No volverá a ofrecer la otra mejilla; no volverá a sufrir el yugo de la servidumbre, piensa, mientras decide adónde dirigir sus pasos.
Los campos resplandecen con el manto púrpura de la noche. A la derecha está el bosque. Las ramas de los árboles silban como sirenas. Entrar en sus dominios, aún antes del atardecer, sería de locos. En dirección opuesta, más allá de los campos de labranza, hay un montículo blanco en el que se distingue una cabaña. Guillermo apenas puede ver más allá del torbellino de nieve que parece manar delante de sus ojos, pero logra arrastrar sus pies helados colina arriba.
La puerta de la cabaña está entreabierta; nada más entrar Guillermo percibe un agradable soplo cálido. Dentro reina la penumbra, cuya corona sólo es disputada por los rescoldos de un fuego. Una nube de vapor caliente envuelve el techo. Hay una medida de leña junto a la chimenea y un caldero en la lumbre. Sobre la mesa destaca el brillo de un cuchillo de cocina y el perfume de una corona de flores secas; Guillermo agarra el cuchillo, se coloca la corona sobre la cabeza y se acerca a la ventana para contemplar su efigie. “Guillermo el Labrador”, murmura, aun cuando los cristales cubiertos de vaho sean incapaces de devolverle el reflejo. Enseguida nota una presencia extraña. Del fuego que crepita bajo el caldero se escapa un murmullo, un cascabeleo silbante que poco tiene que ver con el crujir de la madera ni con los quejidos propios de una casa abandonada. Guillermo deja las flores secas sobre la mesa, como avisado por un sexto sentido. El suelo de la cabaña cruje como si estuviera cimentado sobre los huesos de una anciana. El techo apenas soporta el peso de la nieve, esculpe gotas de agua. De una de las habitaciones aparentemente vacías fluye una respiración, como de bruja. Y al momento siguiente, debajo del jadeo del pecho de Guillermo, el rumor de pies descalzos se hace evidente.
Guillermo no se deja sorprender. Su presentimiento es un centelleo que ilumina toda la habitación. Sin mediar palabra se abalanza sobre las sombras que se le vienen encima y como quien raja un odre de vino, penetra la carne de su acosador con la hoja fría del cuchillo. Al volverse, una mujer agoniza en el suelo; sus ojos están congelados en una mueca de horror. Guillermo recorre el resto de las habitaciones. Está preparado para asesinar también a quien se cruce en su camino. Tal vez la mujer no está sola, piensa. Lo está ahora que su vida es apenas un esbozo; sus manos se aferran a un paño, como si se tratara de la más preciada de sus posesiones. Guillermo se arrodilla ante ella y le acaricia el cabello; sus rizos dorados, piensa, serán lo último en marchitarse. De la pared cuelga una onza de carne seca. De un cajón abierto sobresalen las cabezas de algunas verduras. En la mesa, además de la corona de flores secas hay una tinaja de vino y dos vasos.
La mujer, que aún sujeta el paño y agita espasmódicamente los dedos de su mano, esperaba a alguien. En vano intenta Guillermo devolverle la vida calentándole las mejillas con las manos. No puede reparar lo hecho. La mujer parece un ángel. Suyo es el auténtico reino de los cielos, con la carta de presentación de su belleza, que no su indulto; una hermosura intacta, prohibida en el otro mundo, que no transcenderá a la noche. Sus manos han dejado de temblar. Guillermo se las cruza sobre el pecho. Desmañadamente, coloca la corona de flores secas sobre la cabellera de rizos dorados. Estaba equivocado cuando pensaba que no se podía cambiar nada, piensa. La disciplina que le han enseñado desde niño se ha desvanecido en un océano de incertidumbres. Más tarde, se promete a sí mismo, arrastrará fuera el cadáver y le dará sepultura bajo el manto frío de esa noche de falso invierno. La nieve ocultará su tumba hasta la llegada de la primavera.
Un crucifijo cuelga de la pared. Al verlo, Guillermo se arrodilla y recita en voz baja: “besad mis pies sangrientos y amadme, yo haré míos vuestros pecados, y si volvéis a pecar por los mismos o distintos crímenes, os escucharé porque sois mis hijos, y no os pondré impedimentos a la hora de perdonaros pues mía es la luz vencedora de la misericordia”. Después del amén, con el cuchillo de cocina aun goteando entre las mangas, se pone en pie con la lentitud de una montaña. Sus movimientos son casi imperceptibles, pero no tiene tiempo para pensar. Ha creído oír un ruido que viene de fuera. El vidrio del cristal del único ventanuco de la cabaña tiene dos dedos de grosor y está cubierto de vaho. Guillermo lo limpia con la manga y mira a través de él. Con los labios entreabiertos y las mejillas tocadas con la sombra alada de la muerte, se diría que trata de deducir en silencio el mecanismo que hace caer la nieve. Pasan los minutos. El tiempo parece fluir indeciso, como una plegaria arrinconada que ya no tiene sentido, hasta que un chasquido resuena tras la ventana y una nube blanca se forma detrás del cristal, una bocanada de aire caliente que deja la marca de su trazo etéreo en el vidrio estragado por el frío.
Guillermo no teme. Confiado, con el regusto de la sangre en el paladar, se mueve hacia la puerta y se pega a la madera, como si quisiera escuchar su respiración. En un principio piensa en un espectro de los bosques, blanco como la propia nieve, lánguido como sus suspiros; luego en el esposo o en el amante de la mujer, extenuado por el temporal, pero feliz de poder acudir a cenar con su amada de rizos dorados y mejillas de seda. Con el relincho áspero del caballo las dudas de Guillermo se disipan: Marcelo le ha seguido hasta allí a pesar de la tormenta, obstinado en vengar la afrenta de su ceja descosida.
La noche derrama brea sobre la tierra. El cielo zumba. Es el quejido rencoroso del campo, el desdén desesperanzador del fin del mundo, piensa Guillermo, que atrapado por el halo sedoso de la ensoñación apenas puede creer como ciertos los hechos de las últimas horas. La chimenea se ha apagado. El humo también muere. El techo de la cabaña gotea cada vez más pesadamente. Desde el vértigo del suelo, los ojos sin vida de la dueña de la casa parecen temer un mal peor. La violencia es lo único definitivo, decide Guillermo; ni siquiera le dará tiempo a Marcelo – cuyos jadeos torpes siguen dibujando nebulosas blancas sobre la superficie del cristal -, de saber quién le ha cercenado el cuello. De manera que sin pensárselo dos veces vuelve a empuñar el cuchillo recién enjuagado de pecados y empuja la puerta, que se abre con un estrépito seco.
Fuera, el viento ha dejado de aullar, pero las ramas de los árboles se agitan inquietas, sacudiendo su peso inútilmente. No hay tiempo para que las miradas de los dos hombres se crucen. Marcelo lanza su espada contra el hombro derecho de Guillermo, que replica con una cuchillada que va a parar al estómago de su contrincante. Otros tres sablazos se pierden en la madera. Guillermo, que apenas ha sentido el calor del hierro entrando en la carne, se revuelve como un chacal y vuelve a clavar el cuchillo de cocina en el estómago del hijo del duque. Los dos hombres se miran a los ojos; serenos los de Guillermo; confundidos los de su rival. La noche es una piel de lobo blanco cortada con un machete. Los árboles se comban sobre la escena, como espectadores curiosos. Ven cómo Guillermo trata de asestar una nueva cuchillada a su contrincante, y cuando vuelven a arquearse para volver a su posición natural, se sorprenden al comprobar que éste ha desaparecido. El eco de la espada de Marcelo cortando el viento retumba en todo el valle, pero una ráfaga de nieve ha cegado momentáneamente a Guillermo, y cuando vuelve a abrir los ojos, se encuentra a sí mismo agitando el cuchillo en el aire ante un enemigo invisible. El hijo del duque ha huido, aunque sus huellas, tiznadas de rojo, son perfectamente visibles sobre la alfombra de nieve. Guillermo se demora unos instantes sobre el umbral de la cabaña, desanda sus pasos y vuelve a inclinarse ante al cadáver de la mujer. No puede cumplir su promesa; no de momento. No es necesario rezar por ella. Sabe que su alma ya se encuentra en el cielo. Enterrará el cuerpo más tarde, si tiene ocasión.
Las huellas de Marcelo son perfectamente visibles aun cuando el temporal parezca tener prisa por ocultarlas. El cuchillo ha entrado en su estómago; las entrañas removidas han silbado como un odre que se desinfla, dejando escapar su propia alma transmutada en vapores. No irá muy lejos. Una hilera sangrienta se despliega invariable sobre la colina y se pierde en el horizonte tomado por la ventisca. No importa que el fin del mundo esté cerca, piensa Guillermo; su única penitencia pasa por la horca. Le arde el hombro derecho, como si anticipara la marca ardiente de los castigos que le esperan en el infierno. La nieve no le deja ver más de tres metros, más allá de los cuales el viento se transforma en un aullido. El frío será el heraldo impávido de su muerte, piensa.
Al rato las huellas no son sino bosquejos; su respiración gruñidos, los pasos surcos y su sombra un fantasma; las montañas aparecen al fondo, blancas, como mantas colgadas sobre las nubes. Los árboles son columnas de hielo, bosques de témpanos que se retiran a cada paso, con ruidos de glaciares resquebrajados. El río está cerca. Guillermo no puede verlo, pero oye su bisbiseo. Su presa no puede ir mucho más lejos, sin embargo, ha creído ver algo al otro lado de la orilla, junto a los matorrales blancos. No descarta que le esté fallando la visión; por momentos su conciencia se desvanece. Es su intuición quien le guía hasta lo alto de un monte, y en efecto, unos cien metros más abajo hay un punto rojo que apenas se distingue del blanco refulgente del cielo. Guillermo desciende por la ladera. Tal vez al otro lado del río le espere uno de los demonios de la noche; ha visto muchos a lo largo de su vida; si existe el cielo ha de existir el infierno, se han empeñado en enseñarle, aunque él cree haber estado ya en uno. El cielo es ahora naranja. Tal vez sea el telón definitivo del fin del mundo.
Seguirá nevando hasta mucho después del fin de los tiempos, piensa Guillermo, mientras desciende penosamente hasta la orilla del río. Las rodillas le rechinan cuando llega ante el puente de pontones, que apenas son cuatro tablas amarradas con cuerdas. Al otro lado del agua está Marcelo, malherido, acurrucado bajo las ramas de un árbol, resguardándose del frio con su pellote rojo. Guillermo lo ha distinguido desde muy lejos. El frío da al páramo una sensación de quietud, pero las aguas bajan furiosas.
Ahora él es el perseguidor. La noche es un pálido reflejo de sí misma. Guillermo se dispone a cruzar el puente. Tiene el corazón encogido; su amargura se disuelve con el soplido furioso que baja de las montañas. Se dispone a matar a su dueño y no existe razón que pueda convencerle de lo contrario. Si un ángel descendiera a la tierra para disuadirle, lo apartaría de un manotazo.
El viento ha cesado de soplar migajas blancas sobre la tierra, pero lo falso de la quietud se confirma cuando Guillermo pone el primer pie sobre las maderas del puente, que se hunde al instante. El frío ha cercenado las cuerdas heladas que unen las tablas. Los dos tablones sueltos, ya inútiles, son arrastrados río abajo, cuyo ancho mide cuatro metros. Nadie podría saltarlo ni atravesarlo en aquellas condiciones. La corriente es muy fuerte, hasta un caballo sería arrastrado río abajo; el frío acabaría el trabajo de la muerte. Marcelo, que ha cruzado el puente antes de que el agua se tragara los tablones, está en la otra orilla. Su pelliza roja se ha teñido de blanco; su cuerpo inmóvil se confundirá en breve con una roca. Guillermo se arrodilla bajo el cielo mudo de estrellas. La sangre hierve en sus venas. Ahora reza en silencio, persuadido de la imposibilidad de perseguir a su presa, separada por aguas furiosas. Su hombro entumecido comienza a desvelar la gravedad de sus heridas. Una bruma de escarcha empaña su visión. Todo gira a su alrededor. Su cuerpo es un amasijo recubierto de escarcha. Las piernas apenas le responden, ni siquiera puede buscar el cobijo de un árbol. Sus músculos paralizados le hacen caer al suelo con el estrépito de un cristal que se rompe. El murmullo del agua se ha convertido en silencio. Entonces ve al lobo, blanco como esa noche de mundos llamados a su fin, mirándole, con una extraña expresión de familiaridad en sus ojos, tal vez la proyección de su propio espíritu. El animal baja de la colina y merodea a su alrededor hasta que un ruido seco, como de un rumor de eones quebrando un glaciar, rompe el ensueño y hace que la fiera desaparezca en la densidad del bosque.
El horizonte se oscurece y la visión de Guillermo acaba por nublarse. Cuando vuelve en sí el amanecer brilla en sus ojos cegados por el blanco de las montañas. Ha dormido abrazado a la muerte. Una franja de cielo naranja se abre paso entre el horizonte arriscado; es el sol, levantándose por encima del recuerdo de la tempestad, iluminando la nieve, una mota de polvo en la alfombra blanca de un palacio de cristal. El cuerpo de Guillermo emana un halo vaporoso. Tal vez tenga fiebre, pero no le preocupa. El mango del cuchillo se ha congelado entre sus dedos, que apenas puede mover. Sólo con un esfuerzo sobrehumano logra ponerse en pie. Cuando gira el cuello para mirar hacia el otro lado de la orilla, sus articulaciones rechinan como cañas retorcidas por el fuego. La visión de un bulto blanco al otro lado de la orilla le reconforta. Es Marcelo. Obviamente, no se ha movido de su sitio en toda la noche. Los dos hombres han resistido como héroes de otros tiempos, tal vez en el futuro, si es que existe algo como el futuro, se canten sus gestas. La muralla infranqueable de la noche ha abierto sus puertas a la nitidez del alba; ambos han pasado la tormenta separados por un río y diez metros espesos de ventisca, pero ahora que la borrasca se ha disuelto y la luz vuelve a iluminar el cielo, el mundo parece renacer.
Ya no se escucha el murmullo del agua. El escenario se pliega ante Guillermo. El río ha acabado de helarse por la noche, de modo que no necesita más puente que el del hielo bajo sus pies. Dios le ha tendido uno de plata. El ser humano no es más que una ignominia, piensa. Se siente como Moisés cruzando las aguas divididas del Mar Rojo. Nada puede detenerle. Se pregunta si Marcelo le suplicará; si aún tendrá fuerzas suficientes para ponerse de rodillas. Puede que Dios le perdone sus pecados, si es que ha cometido alguno, piensa Guillermo. Él no piensa hacerlo.
Con el alba trémula los cielos se abren y prometen el diluvio. Las pisadas de Guillermo horadan la superficie de un mundo helado cuyo fulgor transforma las ramas de los árboles en nervaduras plateadas y el bosque en un bloque abovedado que se extiende ante un desierto blanco. El aire se vuelve opresivo; cada bocanada es un parto doloroso, pero Guillermo sigue caminando. No sabe cómo sus piernas aún tienen fuerzas siquiera para mantenerle erguido, pero no puede detenerse, sus miembros se helarían si se quedase quieto, se quebrarían como témpanos en primavera. Los latidos de su corazón zumban en sus sienes. El pueblo no puede estar muy lejos. Desde la era blanca su mirada hipnótica divisa las cortinas blancas de las torres de la catedral. Parece que la tierra entera, sepultada bajo la nevada, haya interrumpido la persistencia de sus quehaceres cotidianos.
Más tarde, como por obra de un milagro, una avenida de tilos le muestra el camino que lleva a las inmediaciones de la catedral. Una niebla tenue se abre paso desde las profundidades de los precipicios hinchando los márgenes del camino, escoltada por las miradas inquietas de una hilera de estatuas. La fachada de la catedral ha surgido de la nada. Guillermo cree haber muerto. El edificio le parece una construcción de otro mundo, de gloria recóndita, se diría que alzada por seres de otros universos, tal vez ángeles. El pórtico es sublime. Guillermo inclina su cabeza antes de penetrar en el interior. Va vestido con la pelliza roja de Marcelo, pero no teme nada; nadie puede relacionarle con el asesinato que acaba de cometer. Sólo el deshielo de la primavera le delatará.
Cuando traspasa la puerta de la catedral tiene la sensación de estar entrando en el mundo de Dios. El interior, sin embargo, es oscuro. Así, piensa, se acrecienta el temor y se evitan las tentaciones del exterior. El conjunto arquitectónico es impresionante. Las columnas se alzan celestialmente. Los arcos de medio punto se sumergen en las tinieblas de lo oculto, sosteniéndose inexplicablemente. La fe es lo que llena la cabeza de las gentes de falsas promesas y les hace esquivar la realidad de las cosas, piensa Guillermo mientras contempla las paredes, atestadas de imágenes religiosas creadas por la imaginación de los mejores artistas. Santos, vírgenes, mártires; la misma superchería que el párroco de su aldea denunciaba de los herejes. En el ábside del edificio está Dios, junto a más imágenes de santos, hombres contrarios a las pasiones humanas, encargados de difamar al que no piensa como ellos, de desenmascarar a los herejes, de luchar contra los vicios de la naturaleza y de combatir contra los impíos. Los milagros fundacionales están a la orden del día.
El aspecto de Guillermo es aterrador. Sus miembros están entumecidos. Su pellote despide humo blanco; bajo la tela un tajo sangriento cruza sus hombros. Su cuerpo es una mole pesada y renqueante; parece que venga directamente de la porquera o que haya renunciado al mundo. No le importa. Fascinado, contempla una imagen de San Pablo eremita, que fue alimentado por los cuervos.
Hay un brasero encendido al lado del altar coronado por velas. Las llamas tiemblan con cada respiración. El abad, que le ha visto llegar, se apresura a santiguarse y a interrumpir sus sacramentos para guardar en un armario el cáliz con incrustaciones de oro. Sólo cuando comprende que el extraño no va a marcharse, se coloca remisamente el capuchón de su túnica y se acerca a él, aunque no pueda evitar detener sus pasos a medio camino, y es que Guillermo apesta. Sus llagas hieden. El abad le pregunta su nombre. Guillermo miente; dice que se llama Gonzalo y que es primo de Marcelo, el hijo del duque de Montfort.
El incienso arroja bocanadas grises mientras Guillermo le cuenta al abad cómo de camino a la ciudad le han asaltado unos bandidos que casi acaban con su vida. Sólo la gracia de Dios, miente, le ha salvado de una muerte segura y ha evitado que le robaran el botín, y como para corroborar la verdad de su relato, y como si fuera prueba suficiente, saca una bolsita de monedas de oro y se la lanza a los pies.
El abad es un anciano de mirada perdida. Sus pies se mueven ligeros por el mármol. El tintineo de las monedas de oro es inconfundible. Ignorando la pestilencia cenagosa del insólito peregrino se arrodilla, recoge la bolsa de más que dudosa procedencia y le besa la mano. Últimamente, dice – mientras sus dedos afilados se alargan para agarrar el saquito rojo y sus ojos miran de reojo la tela que tiene grabada en hilo de plata el escudo de armas de los condes de la familia Montfort -, hay que andarse con mucho cuidado pues no son ni uno ni dos sino legión los malhechores que solicitan el amparo de su iglesia, un derecho de asilo que la costumbre ha hecho ley pero del que él no tolera el abuso, pues son los mismos que piden asilo los que al caer la noche bajan al pueblo para robar, y los más los que acaban eludiendo sus justos castigos. Pero el escudo de los Montfort, dice el abad, es una garantía de caridad. El blasón del castillo y el dragón siempre ha sido bien recibido en la hermandad, no en vano aparece cincelado enmarcado en nudos de acanto en dos intersticios simétricos de la fachada de la catedral. Algunas de las esculturas de la hilera de santos que se expone en el pórtico mayor representan a miembros de la familia Montfort. Eloísa, la hija mayor, es un ángel descendido del cielo esculpido en piedra, pero también es un ángel en la vida real; sus mejillas son rosadas, sus ojos tienen la luminiscencia de la incorruptibilidad, su sonrisa, alabanza sin vicio, es obra de la naturaleza, y por ende de Dios. Marcelo, el hermano, es otro ejemplo de misericordia hecha hombre. Su identificación con la imagen de San Jorge no es accidental; jinete experto, caballero noble, el menor de los hijos del duque es un infatigable fiador de los valores cristianos. Su figura y su espada prevalecerán sobre los siglos transfigurados en la talla del Santo guerrero mientras que su espíritu puro vivirá eternamente en el reino de los cielos. El dinero de los Montfort, que ahora tintinea celestialmente sobre la palma de la mano del abad, no sólo ha servido para levantar la catedral, también ha sido necesario para construir el puente sobre el río, no el de tablas que Guillermo no pudo cruzar la noche anterior, sino el de piedra, reconstruido sobre los pilares de otro mucho más antiguo. Sin duda, dice el abad, mientras cuenta las monedas, la de Montfort es la familia más bondadosa, caritativa, justa y cristiana que él ha conocido. Guillermo asiente. Está débil, y su aliento apenas es un hálito frío. Cuando el abad comienza a hablar de iglesias edificadas sobre ruinas, de castillos que han traído paz y fe, Guillermo siente que los músculos dejan de obedecerle. Dios ha sido diseñado para los que no tienen nada, piensa. Frailes, monjes, obispos y abades saben muy bien dónde se encuentra el auténtico poder.
La catedral es la materialización de todas las promesas celestiales, dice el anciano de dedos afilados, mientras besa devotamente el saquito de oro. Fuera se oyen ladridos. Son los perros de Marcelo, piensa Guillermo, que han seguido su pista hasta allí. La luz filtrada por un ventanuco alcanza su rostro. Sólo hay una forma de salvarse, y lo sabe. La cruz brilla sobre el altar. Un puñado de monedas compra una diaconía que luego se encubre con una señal venida del cielo, piensa. ¿Por qué no podría salvarle a él? Los perros ladran mientras el abad habla del reino del señor. Debemos lavar los pecados antes de morir, dice. No existe el reino de los cielos, sino el de los hipócritas, piensa. El abad sonríe.
Un charco de sangre se extiende a los pies de Guillermo, que aún reúne fuerzas para arrodillarse. Sabe que la vida se le escapa. La luz de las velas ilumina su rostro hinchado. Fuera, suena un cuerno de caza. La imagen del cuerpo de Guillermo postrado ante el abad es grotesca. Dios está en todas las cosas buenas, piensa. Lo malo lo ha hecho el hombre y él es solo un hombre. Es mentira que nada cambie, piensa. Es falso que los pecadores tengan cerradas las puertas del cielo.
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Arturo del Río Rodríguez

