¿La Filosofía es una rama de la literatura fantástica? [Notas sobre «El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios», de José Miguel García de Fórmica-Corsi] – Rafael Guardiola Iranzo
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¿La Filosofía es una rama de la literatura fantástica? [Notas sobre El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios, de José Miguel García de Fórmica-Corsi]
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¿La Filosofía es una rama de la literatura fantástica? [Notas sobre El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios, de José Miguel García de Fórmica-Corsi]
“La lectura hace a un hombre completo, la conversación hace a un hombre despierto, y la escritura hace a un hombre cabal, Por eso, si un hombre escribe poco, deber tener una buena memoria; si habla poco, debe tener una mente alerta; y si lee poco, debe tener mucha astucia para aparentar saber lo que no sabe”
Francis Bacon
En el diálogo “Pensando con Picasso” que tuvo lugar en el Ateneo de Málaga el 10 de octubre de 2024, practiqué con el profesor Sebastián Gámez la sospecha filosófica de forma activa haciendo uso del Guernica de Picasso como recurso. Pienso que la obra de arte no se disfruta plenamente sin la labor de los intérpretes, si bien, en muchas ocasiones, la interpretación, inspirada por ideologías alienantes y sesgos cognitivos, traiciona el significado de la obra en su empeño de mostrar lo universal en lo particular. El historiador malagueño José Miguel García de Fórmica-Corsi es un maestro de la interpretación y la objetividad, y su nuevo libro es una antología de artículos sobre ficciones del cine, la literatura y el cómic y, en definitiva, del placer que suscitan tanto la lectura como la escritura.
A través de otro diálogo, el que realizamos el autor y el que escribe estas letras, filósofo de vocación, el futuro lector pudo reconocer que este recorrido se extiende al mundo de la ficción, en general. Se celebró en el mismo lugar, el 19 de noviembre, y fue una invitación abierta a pensar y a pensarnos a través de la historia de la cultura. De esto hablan estas notas.
El profesor García de Fórmica-Corsi es un investigador impenitente y un amable seductor, aunque todavía no se haya dado cuenta. Su lema oculto, como el del malagueño Ibn Gabirol es “investiga y ama” y su vida es inconcebible sin las nobles acciones de estudiar, proteger nuestro patrimonio cultural y divulgar. Y por ello encarna, a mi juicio, la figura del verdadero crítico, del buen intérprete que puede ayudar generosamente con su guía al lector y del que habla el filósofo escocés David Hume en La norma del gusto, pues posee un gusto delicado, practica con frecuencia la contemplación o lectura de obras artísticas, hace uso de comparaciones entre obras diversas –lo que permite establecer jerarquías-, no exhibe prejuicios personales ni culturales manifiestos –con lo que facilita la objetividad-, y está dotado de un buen sentido, siendo capaz de distinguir si los medios empleados son las más adecuados para su fin, y de valorar la verosimilitud de acciones, razonamientos y caracteres. Con todo ello, el profesor García de Fórmica-Corsi colabora en la formación del gusto del público, en la “educación artística” como objetivo irrenunciable. Lector voraz y compulsivo, como da testimonio la entrada 701 de su Blog “La mano del extanjero”, el profesor García de Fórmica-Corsi es también un cinéfilo confeso, un amante de los tebeos y un crítico cultural dotado de una claridad envolvente. La primera entrada de este blog data de julio de 2012. En este se dice, entre otras cosas, lo siguiente: “Desde que recuerdo, he necesitado de las ficciones, de las historias, como del aire para respirar. En este blog quiero verter mis impresiones sobre algunas de esas historias, las que me han acompañado siempre, las que descubro por vez primera, las que vuelvo una y otra vez a descubrir. No me importa el medio: el cine, la literatura, el cómic, incluso la pintura o ese conjunto de historias que, por pretender ser reales, se engloban bajo la misma palabra, con mayúscula, Historia, y que yo mismo «cuento» como profesor de instituto”.
Para concluir, basta decir que es un “hombre tranquilo” como el protagonista de la película de John Ford.
Como ya habrán podido comprobar, uno de los méritos contrastados del autor de El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios y de su anterior libro publicado, también en Algorfa, Edad Media soñada, es que es mi amigo, además de compañero de trabajo en el Instituto Jacaranda de Churriana hasta el feliz momento de mi jubilación. Otro, innegable, es su juventud y su filiación malagueña. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Málaga, especializado en Historia Medieval, se dedica a la enseñanza desde 1999. Sea como fuere, hay que decir que la novela es la principal protagonista del libro que comento aquí, mientras que este papel lo tuvo la narración, “los relatos que cuentas cosas”, en Edad Media soñada.
Para construir El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios el autor ha extraído de su blog una selección de comentarios sobre autores y novelas que han marcado su amor por la lectura, agrupados en dos secciones cronológicas (El siglo diecinueve y el siglo veinte) y cuatro secciones temáticas (Literatura española, La aventura y el thriller, Terror y ciencia ficción y Para “niños”). En ellos conviven Borges y Galdós, Chesterton y Stevenson, Dostoyevski y Dickens, Verne y Wells, Agatha Christie y Andersen, entre muchos otros, y se habla de La isla del tesoro, Volverás a Región, Moby Dick, 1984 o El largo adiós y de personajes inmortales como Alicia, Peter Pan, Sherlock Holmes o Guillermo Brown.
Emplea en el título la palabra «ensayo» porque suscribe las modestas pretensiones de Montaigne. No quiere que nadie piense que hay en este libro juicios con aspiraciones trascendentes, sino más bien “un tanteo, una mirada, una manifestación encomiástica que forma parte de una relación que aún no ha terminado”. El autor cree que un lector o un espectador nunca puede dar por definitiva su visión de una determinada obra, porque ese juicio depende de su propia evolución, del momento de su vida en que se acerca a ella, de la relación trabada con otras creaciones del mismo autor. Es, por tanto, un libro que aborda, a través de su mirada atenta, las relaciones entre la literatura y la filosofía, aunque no sea su propósito germinal. ¿Es acaso la Filosofía, como afirma Borges, una rama de la literatura fantástica?
Proust pensaba que la literatura podría ser una especie de antídoto frente a la filosofía –una peculiar contrafilosofía- y así lo hace notar en su Correspondencia: “Cada día doy menos valor a la inteligencia. Cada día me doy más cuenta de que sólo fuera de ella puede rescatar el escritor algo de nuestras impresiones pasadas, es decir, alcanzar algo de sí mismo y la única sustancia del arte”. El filósofo es consciente de que la memoria involuntaria es el lugar de la palabra verdadera y el novelista evita que nos dejemos engañar por la lengua y que sucumbamos a su servidumbre. Por otra parte, Foucault sostiene que cualquier discurso no es más que literatura y que la literatura es una referencia privilegiada, fuera de la filosofía. Sirve, en definitiva, para desembarazarse de la filosofía mediante una especie de ironía poética: “Para mí, Nietzsche, Bataille, Blanchot y Klossowski fueron maneras de salir de (la filosofía)”. Barthes renuncia a que la literatura tenga un uso instrumental, ya sea pedagógico, ideológico o lingüístico, por lo que afirma que “la literatura no permite andar, pero permite respirar”. Haciéndose eco de las opiniones de Zola a propósito del naturalismo en el teatro, Barthes sostiene que “la verdad es que las obras maestras de la novela contemporánea dicen mucho más sobre el hombre y sobre la naturaleza que algunas graves obras de filosofía, historia y crítica”. Y también es conocida la opción de Baudelaire: la literatura sirve, fundamentalmente, para “matar el tiempo”, divertir, evadirse, “acelerar la Vida, que tan lentamente pasa”. Debo este torrente de acertadas referencias al crítico e historiador de la literatura francés Antoine Compagnon.
En la lección inaugural que leyera Antoine Compagnon en el año 2006 al tomar posesión de su cátedra del Collège de France (¿Para qué sirve la literatura?, Barcelona, Acantilado, 2008), trató de responder a dos preguntas principales. Una, de carácter teórico e histórico (¿Qué es la literatura?), que abordara con maestría Jean-Paul Sartre en su libro ¿Qué es la literatura? Situations, II (1948). Pero la más acuciante es crítica y política y se centra en sus aspectos y funciones cognitivas, éticas o públicas, al margen de su condición de fuente de placer y evasión. ¿Para qué sirve la literatura? ¿Es de alguna utilidad en la vida? ¿Qué valor le conceden la sociedad y la cultura contemporáneas? ¿Qué valores puede crear y transmitir la literatura en el mundo actual? ¿Qué lugar debe ocupar en el espacio público? ¿Por qué hay que defender su presencia en la escuela?
En definitiva, ¿la literatura es un producto cultural indispensable o es, por el contrario, reemplazable? Compagnon nos recuerda que la importancia de la literatura en la vida social ha mermado considerablemente en la última generación y está ciertamente bajo “sospecha”. Esto se puede constatar en medios y actividades tan diversos como la enseñanza, la prensa o el ocio, de tal modo que “no está garantizada la transición entre la lectura infantil y la lectura adolescente”. La literatura parece haber perdido también sus prerrogativas históricas tanto frente a las ciencias de la naturaleza como ante las ciencias sociales.
Pero, “leemos porque, aunque leer no sea indispensable para vivir, la vida es más agradable, más clara, más rica para aquellos que leen que para aquellos que no lo hacen” (…) vivir es más fácil para aquellos que saben leer, no solamente las noticias, las instrucciones de uso, las ordenanzas, los periódicos y las papeletas de voto, sino también los textos literarios”. Se impone, por tanto, una ardiente defensa de la cultura literaria, reconstruyendo el escenario desolador que nos ha legado el pensamiento posmoderno, en un “prolongado y fastuoso suicidio” generador de descrédito y negación.
La literatura ha acumulado históricamente notables poderes. En el período clásico se trataba de “instruir deleitando”. Oponiéndose al maestro, Aristótelesrehabilitó el papel de la poesía como parte de la vida buena. Estaba convencido de que el ser humano aprende gracias a la “mímesis”, a la representación y esto nos proporciona placer. La depuración de las pasiones por medio de la representación que se produce gracias a la “catarsis” mejora tanto la vida privada como la pública. Por eso, la literatura (el cuento, la fábula y la ficción) adquirieron un poder moral desde Horacio hasta Quintiliano y el clasicismo francés. La reunificación de la experiencia es el poder que atribuyeron a la literatura la Ilustración y el Romanticismo: es un remedio contra los males de la sociedad, puesto que libera al individuo del sometimiento a la autoridad, al poder, al oscurantismo religioso y se presenta como un instrumento de justicia y tolerancia. La lectura permite lograr la gozosa experiencia de la autonomía. Por otra parte, la expresión literaria aspira también a restaurar la unidad de las comunidades, de las identidades, del conocimiento y del universo. Ahí es nada. Con el siglo XX, la literatura adquiere un nuevo poder: el de restaurar la lengua. La literatura construye, de este modo, un lenguaje propio (poético o literario), recuperando el sentido más puro de las palabras, solventando las imperfecciones del lenguaje natural. Por eso, a partir de Mallarmé, el poeta tiene el poder de desvelar la verdad latente e inmanente. El filósofo Bergson declara, por su parte, que el lenguaje literario expresa la continuidad, el impulso y la duración, claves de su cosmovisión.
Es necesario volver al elogio de la literatura, piensa Antoine Compagnon, porque en ella se encuentra el depósito de un pensamiento heurístico, abierto (no algorítmico) que facilita la apertura a una experiencia de las posibilidades vitales, nos permite conectar con la vida y contribuye a la vida buena, preservando y transmitiendo la experiencia de los otros (aunque no encontremos en ella verdades universales ni ejemplos incuestionables como en las tecnociencias). Esta es también la opinión que manifiesta Italo Calvino en “La médula del león” (1955): “Las cosas que la literatura puede buscar y enseñar son pocas, pero insustituibles: la forma de mirar al prójimo y a sí mismo, (…) de atribuir valor a cosas grandes y a cosas pequeñas, (…) de encontrar las proporciones de la vida, el lugar que en ella ocupa el amor, así como su fuerza y su ritmo, y el lugar que corresponde a la muerte, la forma de pensar en ella o de no pensar en ella”, y otras cosas “necesarias y difíciles”, como “la duración, la piedad, la tristeza, la ironía, el humorismo”. Tiene un claro poder emancipador, si bien no podemos obviar que la literatura no es ya el modo privilegiado y exclusivo para la adquisición de una conciencia histórica, estética y moral, puesto que el cine y otros medios poseen actualmente una capacidad comparable. El profesor García de Fórmica-Corsi lo sabe muy bien.
La reivindicación de Compagnon está en sintonía con lo dicho por el genial Umberto Eco en “Sobre algunas funciones de la literatura” (Sobre la literatura (2002), Barcelona, Penguin Random House, 2018, pp. 9-23). Hay quien dice que la literatura, un bien inmaterial de la humanidad, no tiene que servir para nada. No obstante, la literatura tiene una clara utilidad individual y social (aunque no pueda servir de alivio a las personas que padecen serias necesidades alimenticias o sanitarias, ni a aquellas personas alejadas del universo del libro). Según Eco, “mantiene en ejercicio a la lengua como patrimonio colectivo”, y al contribuir a la formación de la lengua, “crea identidad y comunidad”, como lo atestiguan las obras de Dante, Homero, Lutero, Pushkin, o los poemas de fundación indios. Permite, además, el ejercicio de nuestra propia lengua individual. Lo cierto es que, aunque solemos creer que el mundo es una especie de libro cerrado, es decir, que sólo permite una lectura, el universo del libro es, en realidad, un mundo abierto: nos ofrece un discurso con muchos niveles de lectura y nos muestra las ambigüedades propias del lenguaje y de la vida.
Como las entidades literarias son realidades culturales, fruto de hábitos culturales y disposiciones sociales aceptadas, se convierten en modelos de vida propia y ajena. Lo podemos comprobar en el mito de Edipo, los celos de Otelo o la duda de Hamlet, “metáforas obsesivas” en las que “la comunidad ha realizado “inversiones pasionales”. Por eso algunas generaciones se vieron arrastradas al suicidio al digerir las desventuras de Werther. En la actualidad disponemos de mecanismos hipertextuales electrónicos con los que podemos modificar hasta el infinito el curso de las narraciones. Pero, según Eco, aunque sea un excelente ejercicio, estos juegos no pueden suplantar a la literatura en su función educativa esencial, en su misión de transmitir las ideas morales, la formación del sentido de la belleza y la educación acerca del destino y la muerte. ¿Es la filosofía, simplemente, una rama de la literatura fantástica? ¿Nos regalará pronto José Miguel García de Fórmica-Corsi una novela, aunque tenga que despojarse de la ropa de calle que llevan los críticos, emulando a Clark Kent, o escribir a pecho descubierto, como el Capitán América?
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Rafael Guardiola Iranzo
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Nota
José Miguel García de Fórmica-Corsi. El hombre que escribía los cuentos más tristes y otros ensayos literarios. Algorfa, Marbella [Málaga], 2024. ISBN: 978-8412793482.
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