Jay Gatsby: la búsqueda de un sueño quijotesco [Con motivo del centenario de la primera edición de «The Great Gatsby» – Abril de 1925 / Abril de 2025] – Francisco Vargas
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Jay Gatsby: la búsqueda de un sueño quijotesco [Con motivo del centenario de la primera edición de The Great Gatsby – Abril de 1925 / Abril de 2025]
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Jay Gatsby: la búsqueda de un sueño quijotesco [Con motivo del centenario de la primera edición de The Great Gatsby – Abril de 1925 / Abril de 2025]
Si nos ha quedado una imagen popular de don Quijote por excelencia es la imagen de un soñador que persigue un imposible. Alguien que tropieza numerosas veces con la realidad, porque mira con los ojos del sueño. Tanto en la novela de Cervantes como en la de Fitzgerald el «leitmotiv» es la persecución de ese sueño que llena totalmente la imaginación de los dos héroes, don Quijote y Gatsby. En este sentido Gatsby está dentro de la misma corriente literaria que comienza con el Quijote. Así lo ve Mario Vargas Llosa:
Hijastro de una larga genealogía literaria, Gatsby es un hombre al que un agente fatídico, inflamando su deseo y su imaginación, pone en entredicho con el mundo real y dispara hacia el sueño. Como al Quijote las novelas de caballerías y a Madame Bovary las historias de amor, a Gatsby son Daisy y su entrevisto mundo de gentes ricas los que le hacen concebir un mundo sustitutorio del real, una realidad de pura fantasía que, luego […] intentará filtrar en la realidad objetiva, encarnar en la vida [1].
Ambos héroes siguen el mismo proceso en su búsqueda del ideal, en ambos hay un agente inicial que los pone en el camino del sueño. Para don Quijote serán las novelas de caballerías, para Gatsby su visión idealizada del mundo de los ricos. Una vez puestos en el camino del sueño, la existencia de los dos personajes se rige por el ideal: se supera la realidad o, más bien, se la soslaya como un obstáculo, y se crea otra realidad en la que es posible la aventura soñada. El idealismo del Quijote, entre tantos otros conceptos, ha quedado como paradigma para la literatura occidental. Como señala Riley:
Uno de estos conceptos se ha asociado a Don Quijote con mayor frecuencia que otros: el idealismo, el idealismo inútil, para ser exacto. En las principales lenguas europeas ser ”quijotesco” significa perseguir ideales inalcanzables. De modo similar que al héroe de Cervantes, al idealista quijotesco no le importan nada o casi nada las realidades prácticas en su intento de alcanzar sus objetivos. No se da cuenta de cuándo la búsqueda de un ideal se transforma en sometimiento a una ilusión [2].
La diferencia entre el idealismo del personaje de Fitzgerald y el de Cervantes es una diferencia de grado. Intuimos que la empresa de don Quijote es un imposible, es decir, un ideal del todo inalcanzable y por ello sublime o ridículo, según se mire. Sin embargo el ideal de Jay Gatsby es susceptible de tener éxito, por ello su historia la sentimos como más trágica, poco o nada grotesca; más romántica en el sentido moderno y novelesco del término.
En la búsqueda de ese ideal, sin embargo, ambos se juegan sus señas de identidad y su vida. Una vez iniciado el camino es imposible volverse atrás, por eso sus actos son cada vez más audaces. Gatsby que al principio se conforma con la sola idea de que Daisy aparezca en alguna de sus fastuosas fiestas, más adelante se atreve a cortejarla incluso en presencia de su marido. Su deseo íntimo es tan poderoso que no admite barreras porque no admite el fracaso. Para ambos héroes su ideal es demasiado alto como para ser regido por las mismas categorías que las del resto de los hombres. Por eso para ambos sólo la muerte puede poner fin a su sueño.
El itinerario del sueño.
El proceso que siguen ambos personajes en la búsqueda de su ideal también tiene cierto paralelismo. Partiendo de la realidad, insatisfactoria en ambos casos, se dispara su deseo hacia el ideal que ocupará lo mejor de sus sueños hasta verse superados, finalmente, por la realidad. Pero ya no es la realidad de la que partieron al principio, de algún modo el sueño ha dejado huellas más profundas.
Ese proceso (Realidad – Sueño – Realidad) es evidente en la novela de Cervantes. Don Quijote se refugia en la lectura de las novelas de caballerías para satisfacer un ideal heroico que, como hidalgo, siente perdido. En él es patente el verso de Jorge Manrique, Cualquier tiempo pasado fue mejor. En el presente, Alonso Quijano siente que su carácter de hidalgo es algo meramente nominal que no se corresponde con las obras. Tras su etapa de caballero andante y el fracaso del duelo final don Quijote vuelve a su aldea para acabar siendo, otra vez, Alonso Quijano el Bueno. Es decir, se cierra el ciclo volviendo a la realidad de la que partió, aunque no es exactamente la misma, porque en el proceso algo parece haber cambiado en el alma de algunos personajes, principalmente de Sancho. Todos los personajes que le rodean han contribuido en un momento u otro a agravar su locura aunque con la intención, paradójicamente, de hacerle desistir de ella.
En la novela de Fitzgerald ocurre lo mismo. Gatsby se siente superior al papel secundario que se le ha asignado en la vida y con el impulso que supone su amor por Daisy se lanza a la conquista de un reino de riqueza en el que pueda ser plenamente aceptado por ella como su igual. Por un momento nos parece que puede conseguir su sueño, recuperar el amor de Daisy, pero la realidad finalmente se impone en forma de un oscuro personaje que acaba grotescamente con su vida. También su muerte, como en la novela de Cervantes es ejemplar, en el sentido de que ambos héroes, don Quijote y Gatsby, nos dan con su ejemplo una lección vital.
La diferencia entre ambos finales está en que el de Don Quijote, vuelto ya Alonso Quijano otra vez, es un final aceptado, tranquilo y consciente, mientras que el de Gatsby es un final violento, inesperado y sorprendente lleno de una terrible soledad. Es el signo de los héroes modernos. Sin embargo ambos finales vienen a poner de nuevo las cosas en su sitio, se vuelve a restablecer el orden perdido.
Los personajes. Vidas paralelas.
Existe un paralelismo entre los personajes principales de la novela de Fitzgerald y los de la novela de Cervantes. Me refiero al triángulo Gatsby-Daisy-Carraway con respecto al triángulo don Quijote-Dulcinea-Sancho Panza. Entre ellos, de dos en dos, guardan ciertas semejanzas estructurales. Las principales semejanzas son las que se dan entre Gatsby y don Quijote, como hasta aquí hemos visto, si abstraemos a los personajes de la obra y los contemplamos desde la perspectiva de las fuerzas que les llevan a desarrollar una actividad en un mundo que en principio no era el que les correspondía. A continuación voy a explorar algunas de esas semejanzas centrándome especialmente en los personajes de la novela de Fitzgerald.
Don Quijote – Jay Gatsby
En el capítulo VI de El gran Gatsby es donde se relatan los comienzos de la leyenda del protagonista. Como Alonso Quijano, también nuestro héroe necesita un nuevo nombre acorde con el mundo en que va a ingresar. Así pasará de llamarse James Gatz a bautizarse a sí mismo con el nombre de Jay Gatsby. En esta operación de cambio de nombre parece estar, como en don Quijote, el origen mágico de su leyenda: «Así, pues, se inventó el tipo de Jay Gatsby, que sólo un muchacho de diecisiete años podía inventar, y fue fiel hasta el fin a esta peregrina concepción» [3]. Cuando entra en el círculo del magnate Dan Cody hacía tiempo ya que el joven Gatsby estaba soñando con su futuro esplendor, su sueño:
Sin embargo, su corazón se hallaba en constante y turbulenta agitación. Las más grotescas y complicadas fantasías le obsesionaban, por las noches, en su cama. Un universo de inefable brillo se entretejía en su cerebro, mientras el reloj dejaba oír su tictac desde el lavabo, y la luna empapaba con húmeda luz sus ropas revueltas, en el suelo. Cada noche aumentaba el argumento de sus imaginaciones, hasta que el sueño se cerraba, con apretado abrazo, sobre alguna brillante escena. Durante cierto tiempo, estos ensueños dotaron de una salida a su imaginación, fueron satisfactoria indicación de la irrealidad de la realidad, promesa de que la roca del mundo está fuertemente asentada en las alas de un hada [4].
En Gatsby la imaginación adolescente tiene la misma función desrealizadora que las novelas de caballerías para don Quijote. En ambos casos se trata de un afán íntimo, arraigado en el ser del personaje, no puede ser de otra manera. En el caso de Gatsby se trata de una elección aparentemente voluntaria, libre de los desvaríos de la mente que se dan en don Quijote, pero no podemos estar seguros de que el ideal que obsesiona a Gatsby no sea fruto también de un estado mental especial, como dice el narrador: «La verdad es que Jay Gatsby, de West Egg, Long Island, nació de su platónica concepción de sí mismo».
El mundo de los ricos es su obsesión y su ideal: «Gatsby se daba abrumadora cuenta de la juventud y misterio que la riqueza atesora y protege, de la lozanía de un nutrido guardarropa, y de Daisy, radiante como la plata, segura y orgullosa por encima de las ardientes luchas de los pobres» [5]. En ese mundo Daisy brilla como la joya más preciada. Todo su esfuerzo y su lucha se cifra en su deseo por Daisy. Desde que la conoció ella ha sido el motor de todas sus acciones, su sueño.
Pero, como Don Quijote, Gatsby no parece encajar en ese mundo al que, finalmente, cree pertenecer de pleno derecho. Será contemplado por los «verdaderos» ricos como un ser ajeno, visto con desconfianza. Pronto las historias que se tejen en torno a él constituirán su leyenda, en estas historias siempre hay un elemento negativo, un elemento de desconfianza y misterio.
Al final la muerte será el bálsamo en el que queda fijado «su incorruptible sueño». A diferencia de Alonso Quijano, Gatsby no muere «curado» de su ideal y rodeado beatificamente por el cariño de los suyos. Muere de un modo violento siendo un juguete más del azar. En su entierro no están presentes ninguno de aquellos que en vida le rodearon, el empeño de Nick Carraway por obtener compañía para él en su funeral es dramático y estéril. Finalmente, «había pagado muy alto precio por haber vivido demasiado tiempo con un solo sueño» [6].
Dulcinea – Daisy
Daisy es a Gatsby lo que Dulcinea a don Quijote, el ideal femenino y centro del universo que ellos sueñan. Dulcinea simboliza de algún modo el mundo de la caballería [7], sin ella Don Quijote no se sentiría un héroe auténtico, es parte de su bagaje como caballero. Por ella y en nombre de ella hará todas sus más grandes acciones. Del mismo modo, Daisy representa, el mundo de los ricos. A los ojos de Gatsby ella es todo lo que la riqueza otorga como don especial frente al resto de los mortales, los no ricos.
En Daisy, como en Dulcinea se da el contraste que observa Riley: «Un rasgo predominante en el personaje de Dulcinea es el contraste entre las perfecciones que representa en su forma espiritual y la terrenalidad de su forma material»[8]. También Daisy tiene una forma espiritual (la imagen idealizada que de ella tiene Gatsby) y una forma terrenal (la Daisy vana e inconsciente que realmente es). Ambos planos están presentes de un modo más directo a lo largo de la novela que en el caso de la Dulcinea cervantina.
Daisy hará que Gatsby se transforme para considerarse digno de su amor. Este hará todo lo posible para trasplantarla a un mundo parecido donde ella pueda seguir siendo la mujer adorable que él tiene en su mente desde el tiempo de su juventud en que fueron felices el uno junto al otro. Pero el mundo de Daisy es artificioso y convencional y ella es inseparable de ese marco. Mario Vargas Llosa la caracteriza de la siguiente manera:
Daisy es un personaje deliciosamente inmaterial, una linda mariposa que revolotea, indiferente, por una vida que es para ella sólo forma, superficie, juego, diversión. Su egoísmo es tan genuino y natural como su carita de muñeca y nada tiene de extraño que sea incapaz de seguir a Gatsby en su quimérico empeño de abolir el pasado, renegando del amor que en algún momento debió sentir por su marido, Tom Buchanan. La estructura mental de Daisy está hecha para el coqueteo o el discreto adulterio, es decir, para las fantasías más o menos convencionales y rampantes, pero lo que Gatsby quiere de ella -el amor-pasión, la locura amorosa- está totalmente fuera de sus posibilidades. Por eso, al fin se resigna a quedarse con su marido, el inepto -pero también inofensivo- Tom Buchanan [9].
Daisy, atrapada en su mundo de comodidad y seguridad, no dará el paso decisivo y contribuirá así al desastroso final. Es curioso que sea ella precisamente la que atropelle a la mujer del asesino de Gatsby y amante de su marido. Con su acción involuntaria desencadena el trágico desenlace.
Sancho Panza – Nick Carraway
Como testigo directo del drama de Gatsby, Nick Carraway tiene en la novela de Fitzgerald una función muy parecida a Sancho Panza con respecto a don Quijote. Carraway ve molinos donde Gatsby ve gigantes. Su mirada está limpia de sueños, aunque eso no le impide comprender íntimamente a Gatsby.
Su figura y su personalidad es la más equilibrada de la novela y resulta la más simpática rodeada como está de tantas personalidades excéntricas. A él la riqueza no le ha marcado negativamente, por eso puede contemplar a los demás con total lucidez. Él mismo señala su mayor virtud: «Todos creemos que, como mínimo, poseemos una virtud capital; la mía es ésta: soy una de las pocas personas honradas que he conocido» [10]. Y así es como verdaderamente lo imaginamos.
Su mirada es realista porque no está empañada con ningún sueño personal, aunque sea capaz de ver a través de los sueños y las debilidades de los demás. Por eso comprende y justifica las acciones de todos los que le rodean, las de Daisy, Gatsby, Jordan Baker, Tom Buchanan… Es el testigo más directo (y el narrador) del drama, por ello es quien mejor podría contárnoslo. A veces quiere permanecer al margen de los acontecimientos, pero los demás personajes lo arrastran y lo utilizan, vierten en él sus vidas conscientes de su singularidad en el mundo artificioso que habitan.
Como Sancho con respecto a don Quijote, Carraway es la contrafigura de Gatsby o, más bien, su complementario. También como Sancho irá progresivamente contagiándose del sueño de Gatsby y colaborando en él. En uno de los pocos momentos en que pierde su tranquila frialdad dirige a Gatsby el mayor y más sentido de los elogios que éste puede esperar: «¡Son una asquerosa gentuza! ¡Tú vales más que todos ellos juntos!» [11]. Es un grito de rabia contra la hipocresía y la artificiosidad y representa la culminación de su identificación con el ideal de Gatsby. Es un fenómeno paralelo, salvando las distancias, a lo que en el caso de la novela cervantina se ha dado en llamar «quijotización de Sancho Panza». También Carraway se siente partícipe del sueño de Gatsby, parte de su historia.
Ante el desastroso final, como Sancho, Carraway pretende seguir avivando la llama de la aventura. A lo largo del capítulo IX asistimos a su vano esfuerzo por conseguir un final digno del héroe que él tan íntimamente y mejor que nadie conoció. Pero todo es inútil, el espejismo ha desaparecido, de nuevo la grotesca realidad se apodera de todo, minimizando los grandes sueños, los grandes ideales, pero el sacrificio final del héroe no ha sido en vano. A partir de ahí comienza la leyenda.
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Francisco Vargas
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Notas al texto
[1] Mario Vargas Llosa, «Un castillo en el aire», introducción a la edición de la novela en Barcelona, Círculo de Lectores, 1988. Todas las citas de la novela provienen de esta edición.
[2] E. C. Riley, Introducción al «Quijote», Barcelona, Ed. Crítica, 1990, p. 165.
[3] Op. cit., p. 103.
[4] Op. cit., pp. 103-104.
[5] Op. cit., p. 148.
[6] Op. cit., p. 159.
[7] Vid. Riley, op. cit., p. 171: «resulta claro que su imagen está muy cerca de representar todo lo que la caballería significa para don Quijote. Para él, Dulcinea está muy estrechamente relacionada con la caballería».
[8] E. C. Riley, op. cit., p. 168.
[9] Mario Vargas Llosa, op. cit., p. 9.
[10] Op. cit., p. 68.
[11] Op. cit., p. 152.
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