Un ciclista en Nueva York – José Luis Martín
Overview
Un ciclista en Nueva York
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Un ciclista en Nueva York
3 de julio. Al caer la tarde el ciclista circula por los alrededores de Central Park, desde 117 con Frederick Douglass Boulevard. Percibe que NY ya no es el mito de la primera vez, es solo una ciudad, edificios, gente, mucha gente con dificultades, como siempre ha sido, y el sol reververa, pretendiendo ser deslumbrante, esplendoroso después de recorrer el arco de la gloria celestial. Ahora se ha vuelto de color naranja y, aunque todavía sigue siendo un espectáculo, declina atrapado en el espacio de horizonte que delimitan los edificios de la calle 97, antes de desaparecer después de un día de vocación de éxtasis. De regreso al nido del apartamento de Harlem, el ciclista se mimetiza entre la comunidad afro, que por todas partes forma corrillos de gente sentada en sillas o de pie, contándose la vida cotidiana e intercambiando interpretaciones de la vida en general con gran espontaneidad y griterío. La vida.
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4 de julio. Todos los neoyorquinos se arraciman en torno a las riberas del East River, desde donde cuatro barcazas albergan la munición que va a ofrecer el mayor espectáculo de pirotecnia del mundo, que resulta ser bastante digno en cuanto a calidad de las figuras que explotan en cielo, el mismo cielo que recorrió el sol decadente de ayer, el mismo y otro, “nada es igual, nada es lo mismo, salvo la historia y la morcilla de mi tierra, las dos se hacen con sangre y se repiten” (Ángel González said), ayer una luz natural declinante, hoy fuegos de artificio para suplantar el esplendor, ingeniería química para simular que sigue habiendo luz en el cielo protector. Dignos, pero no distintos de los arreboles pirotécnicos de otros lugares, de la tierra del ciclista, por ejemplo, salvo en la duración, es decir, en la cantidad, porque esa es la diferencia entre todas las manifestaciones de la Historia y de la presencia del homo sapiens sobre la tierra, la cantidad. La cantidad de hombres que luchan en un ejército, la cantidad de espermatozoides que perpetúan la línea genética de un homínido o lo seleccionan para continuar la línea que desemboca en el homo sapiens sapiens, la cantidad de votos que eligen a un hombre para ser líder, la cantidad de bombas que se tienen disponibles para que un imperio prevalezca. Toda esta digresión absolutamente pertinente, “arco de lunático violín” que el ciclista ha tensado en el ovillo de neuronas que se revuelve en su cerebro, intenta explicar ¿lo que significa esta fecha o la manifestación empírica del fenómeno popular que provoca?, mientras él trata de pedalear entre coches de gente, coches de policía, ambulancias, camiones de bomberos, gente que abandona el mirador después de comprobar que sigue habiendo luz en la bóveda celeste, sin reparar ya en que es artificial y el fondo es negro, y aquí ahora el tráfico es caótico y todo se mezcla, como en Marruecos, como en la India, cómo en Nápoles, lo que demuestra que en el caos es posible el respeto, y, contrariamente, en el orden, la iniquidad. El respeto dentro del caos, que consiste en dejar que pase quién primero inicia el movimiento de avance. El daño dentro del orden, que supone el castigo de quien ha osado incumplir las prescripciones del código de circulación. Su experiencia de ciclista por el mundo le ha enseñando que, en numerosas ocasiones, el caos es superior al orden, en la gestión del tráfico callejero y en muchas cosas más. El ciclista, que ya ha logrado salir del hormiguero entrópico de seres semovientes y está recuperando energía con una hamburguesa a buen precio y con sabor aceptable en la esquina de Lexington con la calle noventaitantos, siente que “el caos febril de la modorra” que le ha provocado el esfuerzo de recorrer la mitad del perímetro de Manhattan, está generando una metáfora excesiva para explicar el movimiento de masas que ha provocado el Independence Day, y, en consecuencia, apura su jarra de cerveza, cierra su pequeño Moleskine, se sube a la bicicleta y se encamina a la calle 117 para allí, en su apartamento situado en el brownstone 266, durmiendo, recuperar la energía que necesita para afrontar un nuevo día.
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La calle 125. El ciclista percibe esta calle como el punto neurálgico de Harlem, el equivalente, salvando las distancias, a Oxford Street en Londres o a la 5ª Avenida en su tramo de Midtowm, es decir, la arteria comercial que bulle frenética en un ir y venir de gente que persigue su objeto deseado al mejor precio posible o, simplemente, formar parte como una célula más del organismo vivo que son estas calles llenas de establecimientos variados. Solo que, en Harlem, este tópico del paisaje urbano, este ágora lineal y mercantil, tiene más carácter, más singularidad, los que le otorga la comunidad afro, casi exclusiva en la calle 125, que aporta más música, más desparpajo en el diseño del outfit, te puedes cruzar con cabellos de todos los colores, peinados con las formas más insospechadas, una barba negra y rizada que alberga un enorme peine blanco clavado en su madeja sedosa, ropa con el estilo más personal y disparatado, como en Camden Town, pero con el giro racial que el ciclista ya ha comentado.
La calle 125 lleva el nombre más emblemático de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos, se llama también Boulevard Martin Luther King Jr. La conquista de los derechos civiles está muy presente en la toponimia de Harlem: Frederick Douglass Avenue, las oficinas del ayuntamiento están situadas en un enorme edificio que lleva el nombre de otro de los héroes que dedicaron el concurso de sus esfuerzos a esta lucha, Adam Clayton Powell Jr, el Malcom X boulevard, también llamado Lenox Avenue. La conquista se nota en el nombre de las calles, no en el nivel económico del barrio.
A pocos metros del Teatro Apollo, un rapero suelta su speech, su rítmico discurso, acogido con gran satisfacción por el corro de gente que lo escucha. El teatro Apollo es uno de los legendarios templos de la música en Harlem. El otro está en el extremo oeste de la calle 125, el mítico Cottom Club. El ciclista lamenta no haber podido frecuentar estos dos lugares sagrados de la historia del jazz en la época en que podía escucharse en ellos la música y las voces de Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Count Basie, Ella Fitzgerald, Louis Armstrong o Billie Holiday, pero se conforma con lo que va a hacer al día siguiente.
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Jazz de barrio en Harlem. Al día siguiente, con el sol ya oculto, con la noche envolviendo el barrio de Harlem y la isla de Manhattan, vencidas ya las glorias pasadas del sol que alumbraba estos lares y de los dioses del jazz que iluminaban los escenarios del Cotton Club y del Teatro Apollo, el ciclista se conforma, y no le cuesta conformarse, pues su idiosincrasia bascula del lado del pasar haciendo caminos sobre la mar y de la discreción, se integra mejor en la bruma de lo insignificante que en el ruido y esplendor de los petardos y la pirotecnia, se conforma, decía, con un concierto pequeño, familiar, anónimo en un local pequeño y familiar que se llama Patrick’s Place y está en el West de la calle 151. Es un concierto muy discreto, con un cuarteto que se anunciaba como quinteto, pero el pianista no está presente, hay piano pero no pianista, compuesto por músicos entrados en años, salvo el bajista de rasgos asiáticos. La cantante canta con la desidia de quien lleva haciendo lo mismo semana tras semana desde hace años, en el mismo sitio y con el mismo perfil de público, con el gesto adusto y seguro de quien se sabe dueña de su dignidad vocal y con una silueta que recuerda a Nina Simone. Lanza parlamentos que hacen reír al público. El ciclista está contento con su elección, pero le espera lo mejor de la noche: como el espectáculo se completa con la sesión de micrófono abierto, tras la pausa del falso quinteto, se anima un tipo que al ciclista se le antojas una mezcla de Vittorio Gassman y jugador de béisbol con la altura de un jockey que, enfundando camisa roja en torso y pantalón con raya, empieza a cantar con la sonrisa de quien ha sido toda su vida simpático y la timidez de quien no sabe si va a estar a la altura. Lo está, hace sus pinitos vocales al final de la canción y se retira agradeciento humildemente los aplausos del público contento y generoso. El siguiente turno es para una asiática, pequeña, nerviosa y simpática, que ejecuta su actuación con gracia, simpatía y buena técnica y se retira agradeciendo más humildemente, porque los asiáticos suelen manifestar la humildad en los gestos con más evidencia, los aplausos del público disfrutón y generoso. Y llega el broche final del turno de los espontáneos: un afroamericano (el ciclista se cuestiona siempre el acierto de esta denominación) entona con sentido el legendario Caravan de Duke Ellington y se retira recibiendo humildemente los aplausos del público satisfecho. El ciclista también se retira, contento y satisfecho de la generosidad con que el destino le ha regalado una noche de discreto y anónimo placer, brillando bajo el cielo de Harlem en el desierto de Manhattan.
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El apaleamiento del indigente en Saint Nicholas Avenue. El ciclista se encuentra en la esquina de Saint Nicholas Avenue con Frederic Douglass Boulevard. Busca un sustantivo correspondiente al adjetivo atónito para nombrar la sensación que experimenta. No lo encuentra, no sabe si es por déficit de vocabulario suyo, si porque no existe la palabra por pobreza del lenguaje o porque la sensación que le produce lo que ve es tan extrema que ninguna palabra podría describirla. Lo que ve es un corrillo de seis o siete personas, la mayoría adolescentes, pero no todos, que cosienten y se diría que asienten al hecho de que una de ellas, un varón de menos de veinte años apalee sin compasíón a un indigente que yace en la acera rodeado de cartones y basura. Le propina patadas en la cabeza, profiere insultos y le arrea con enorme saña azotes con algo que al ciclista le parece una acha cincha de caballo. El ciclista se dispone a inervenir para intentar acabar linchamiento, pero dos jóvenes que hay a su lado y le adivinan las intenciones intentan disuadirlo advirtiéndole del peligro de meterse en el asunto, y, mientras piensa si seguir el criterio de la precaución u optar por la acción humanitaria que le dicta su conciencia, sin saber en cuál de los dos lados está la sensatez, otro transeúnte se le adelanta y pone fin a la agresión homicida, sometiéndose a la ira del autor de la barbarie. This is not America? Chalalalalá.
La NY Public Library. Al ciclista le pareció cuando llegó a Harlem que se encontraba a gusto entre la comunidad afro, por no representar el éxito, el triunfo, el sueño americano, ese concepto de otra época que seguía causando estragos. También se sintió cómodo en la NY Public Library de la calle 100, por ser también un concepto de otra época, como el papel, el libro y los recitales poéticos. Se sintió cómodo porque la barrera del libro, elemento cultural decididamente disuasorio para las nuevas generaciones, filtraba el tipo de gente que visitaba el lugar: ancianos que todavía leían el periódico de rotativa, señoras de incierta vida que iban allí a dormitar, individuos de dudoso equilibrio mental (al lado de la biblioteca había un centro de atención psiquiátrica), a los que el recinto les proporcionaba el clima adecuado para mantener el silencio y la concentración en quién sabe qué cosas, madres de economía modesta que llevaban a sus hijos, todavía en edad de desplazarse en cochecito, a la planta de arriba. Definitivamente, el mundo del ciclista, el ámbito en que respiraba con más facilidad, era el ámbito del anonimato, de la intrahistoria, incluso del fracaso como sensación reconfortante. Odiaba la persecución del éxito y el concepto de eficacia. A sabiendas de que, si manifestara esta idea en público, sería rechazado por el ochenta por ciento de la humanidad, pensaba que ambas cosas, el éxito y la sublimación de la eficacia, eran los causantes de la mayor parte de los males que se desplegaban por la faz de la tierra.
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José Luis Martín

