El Hombre y la Bestia – Isabel Guerra Narbona

El Hombre y la Bestia – Isabel Guerra Narbona

El Hombre y la Bestia

 

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La musa de Neruda

 

I

Hecho con las manos de los hombres

Cuba es una islita perdida y sin “rumbo” en el gran océano de la Historia. En este sentido, podemos considerarla uno de los lugares más distinto a Occidente, pues su mundo todavía no ha sido “modernizado” por el capitalismo, como ha ocurrido en casi todo el globo terrestre, y, sobre todo, porque su resistencia ante éste, su eterno enemigo, la hace especialmente revolucionaria, aun sin contar con armas de combate, aun desde su propia agonía y pobreza.

Para un turista occidental, Cuba es más que distinta, es extraña, misteriosa. Cuando caminamos por primera vez por sus apaciguadas calles parece que estuviéramos perdidos en medio de un gran espacio lúdico, con otras reglas de juego a las que normalmente estamos acostumbrados a encontrarnos en nuestra vida cotidiana y occidental. Todo lo que vemos y sentimos a nuestro alrededor nos es más que ajeno, como si nos encontráramos de repente en una época del pasado en la que aun la tecnología y la estética que hoy conocemos no ha impuesto su criterio, su dominio, o, lo que es lo mismo, el egoísmo de su razón.

En la Habana, las calles tienen otra imagen y otra luz: las humildes casitas con sus fachadas tan tristes como grises, y otros edificios públicos que les acompañan, y que presumen de una belleza primitiva y sencilla, casi olvidada, teñida a veces de colores alegres y vivos como el amarillo, el azul o el rosa, no están decorados por los grandes carteles publicitarios, ni por las potentes luces de los escaparates y establecimientos comerciales que, como sabemos, son las que invaden nuestro espacio público e impiden que se vean las estrellas por la noche. Por eso, en Cuba éstas son más grandes y brillantes que en cualquier otro lugar del mundo.

En sus grandes plazas, abundan las palmeras y los árboles, y, a sus alrededores, los niños distraen sus tardes jugando incansablemente al fútbol con una pequeña y desgastada pelota que apenas puede rodar por el suelo. Se escuchan gritos y disputas, siempre hay jaleo en forma de fiesta, nadie quiere perder en ese encuentro tan significativo. Hasta parece que se jugaran la propia vida. Ahora bien, esa simple imagen se queda fácilmente grabada en nuestra retina, y su fuerza evocadora es tan poderosa, que termina por arrastrarnos a aquella época de nuestra vida en la que gastábamos nuestra energía corriendo de un lado a otro, llenando la plaza de risas y, a veces, de llantos, cuando tropezábamos con algún pequeño obstáculo que se interponía entre nosotros mismos y la meta. Pero allí nos vemos de nuevo, en un tiempo que ya no está, que ha muerto junto a la plaza pequeña del pueblo, que ahora es un gran centro comercial en donde cientos de personas corren también todos los días de un sitio a otro en busca del mejor artículo que pueda calmar el ansia de estar vivo, y en donde el obstáculo no es ya una cosa con la que tropezamos de repente al correr, sino que es alguien, tal vez un desconocido impertinente, al que debo enfrentarme, y ser más rápido que él, para que no se lleve lo que he visto ante mis ojos, porque sólo queda uno y lo quiero para mí.

En Cuba, el tiempo pasado “malvive” todavía en el presente. Está preso en un espacio cuyas fronteras son mucho más duras que el mismo acero con el que se blindan las cajas fuertes de los bancos. Es imposible escapar. Cuba te atrapa enteramente y te aleja de tal manera del resto del mundo que pareciera que esa parte haya dejado de existir. En su perpetua condena, se encuentra como en disputa con el tiempo presente, que es el que, en realidad, se ahoga y muere, porque no soporta vivir entre viejos fantasmas. Pero ese tiempo cubano, donde se mezcla el pasado y el presente, parece haberse quedado estancado, inmóvil, con respecto al tiempo sobrecogedor que vivimos en Occidente, siempre tan escurridizo, y que avanza a pasos agigantados como si tuviera terror a algo que le persigue y que le pisa los talones.

 

II

 

En Cuba se vive una lucha a muerte entre dos fuerzas contrarias: una que pretende instaurar un “nuevo tiempo”, el tiempo moderno, y otra que se resiste a ello, y que prefiere quedarse eternamente en un tiempo sin futuro. De esa lucha emerge el pueblo, que se encuentra atrapado entre su trágica pobreza y la promesa de una era de libertad sin igual: la que vivimos en Occidente. Pero esta “nueva era” tiene un precio muy alto que el pueblo cubano no está dispuesto a pagar todavía. Si al fin decide rendirse, y se entrega a los que le desprecian, a sus enemigos, todo habrá terminado, y ese tiempo cerrado e inmóvil en el que vive escondido se abrirá y dejará entrar a la “Bestia”, que irá derribando uno por uno todos los tabiques que sostienen ese viejo y nostálgico mundo de misterios y fantasmas, hasta destruir lo más ético, bello y sagrado que conserva, y que su dolorosa pobreza dibuja cada mañana con un halo de esperanza: su “rostro humano”.

Esa Bestia es realmente el dios de Occidente, de nuestro mundo, y creador del tiempo moderno, que no se contenta ni conforma con lo que tiene bajo su poder, pues siempre busca nuevas “almas” a las que engullir en un sólo acto que pueda saciar, al fin, su particular hambre. Pero ese hambre atroz nunca se detiene, jamás logra saciarse completamente, porque siempre hay “un alguien” en esta vida al que pueda tragarse de un solo bocado para ser digerido en su estómago de oro, y ser transformado, más tarde, en uno de sus fieles adoradores. Nosotros, las mujeres y los hombres occidentales, hemos nacido precisamente de ese “hambre”. Él nos ha parido, y, ciertamente, por eso, a este mundo hemos venido hambrientos de ese “oro”, rostro insólito de nuestro sumo creador, al que vemos reflejado en todas partes, y que nos obsesiona tanto como el hecho de estar vivos.

Hace tiempo existió un sabio que describió muy bien a la Bestia, y que nos explicó su esencia fetichista, su naturaleza corruptible y degradante. Apenas nadie le hizo caso, salvo Cuba, que prefirió alejarse del influjo de esa Bestia, de la que dicen que vino al mundo para redimirnos. Lo que sí es cierto es que todos y cada uno llevamos marcada en nuestra frente la señal de la Bestia, que indica que somos objetos de su propiedad, que hemos nacido de su carne divina. Pero realmente, el hombre occidental tiene una peculiaridad que le hace francamente ingenuo más que inocente: no ha descubierto todavía esa extraña marca en su frente, no sabe que la lleva incorporada consigo mismo, y que la pasea por cualquier lugar del mundo donde se dirija. Es la señal más evidente de que pertenecemos a la Bestia, de que ella nos posee y nos manipula como si fuéramos meras marionetas de trapo. Tal vez, lo que conocemos por libertad individual o moderna haya surgido como efecto negativo del vacío que deja el hecho de ignorar que en verdad somos producto y creación de esa Bestia. Ese enorme y desolador vacío, abismo irracional que vive alojado en lo más profundo de nuestra conciencia, lo vivimos cada día como ausencia de; ausencia que identificamos erróneamente con la creencia insolente o prepotente de que no hay nada lo suficientemente fuerte que nos ponga obstáculos en nuestro imperioso camino para conseguir aquello que ansiamos lograr; y así vamos por el mundo, con el autoconvencimiento de que somos los reyes de la creación. Evidentemente, esta falsa creencia ha sido, sin duda, la responsable de que hayamos creído que somos verdaderamente libres para elegir o construir nuestro destino, y, sobre todo, que no dependamos de nadie ni de nada para serlo. Pero, en el fondo, nuestro destino está ya más que escrito en las mismas etiquetas que envuelven las cosas que nos hacen “libres”. Porque, querámoslo o no, esta libertad moderna, que decimos asumir con tanta madurez y sensatez, no parte de nosotros mismos, como un estado de humildad que nace de nuestro interior, y que nos proyecta a un horizonte abierto a múltiples posibilidades que nos hagan crecer siempre en armonía con la naturaleza, con la vida y con el mismo ser humano, sino que, por el contrario, se trata de un atributo que sólo poseen las cosas que construimos desde nuestra particular soledad y, siempre, con el propio dinero, que nos deslumbra hasta hipnotizarnos y hacer que perdamos por completo la cabeza y la voluntad. De hecho, la libertad del ciudadano occidental se reduce a un coche, un móvil, un yate, un bolso, un perfume o unos hermosos y caros zapatos de piel de cocodrilo o de serpiente, y tendrá más libertad cuantos más objetos consiga apropiarse desde su horizonte individual de expansión ilimitada. Siempre es algo, un objeto con un determinado valor (económico). Con la dignidad ocurre algo parecido. En nuestro mundo moderno, en nuestra jaula de oro, el ser humano no tiene dignidad sino valor, al igual que cualquiera de los diversos objetos que existen, o expresado de otra manera, tener valor económico es para el occidental tener dignidad. Es, por tanto, una dignidad también cosificada, como pasada por las manos voraces de la Bestia, nuestro amo y señor, con lo cual no es nuestra, no ha nacido de nosotros mismos.

 

III

 

Al principio de los tiempos, nosotros, las mujeres y los hombres que hoy habitamos dentro de las fronteras del mundo moderno, cuando no éramos siquiera occidentales, vivíamos libres en comunidad, y era ésta la que, en cierto modo, nos guiaba en nuestros quehaceres cotidianos. En ella celebrábamos la fiesta de la vida para dignificarla; en ella la vida celebraba su fiesta para dignificarnos. Pero, llegó el día en que un puñado de hombres salieron de su territorio y se encontraron con unas tierras extrañas que nunca antes habían conocido ni oído hablar. Al permanecer cierto tiempo en éstas, descubrieron unas piedras muy llamativas que relucían tanto como el sol. Cegados por su reluciente y sorprendente belleza, decidieron arrancarlas de la tierra y transportarlas a su lejana comunidad, para que todos los suyos pudieran beneficiarse de su inigualable esplendor. Así que comenzaron a extraerlas de una manera casi enfermiza, pero como había demasiadas, optaron por esclavizar a los habitantes de aquel lugar inhóspito, a los que bautizaron con el nombre de salvajes, porque caminaban descalzos y semidesnudos, y porque, además, su atrasada e inmadura razón no había podido descubrir la realidad casi divina de aquellas piedras. Al principio, las mujeres la lucían en sus cuellos, muñecas y dedos, y los hombres se hicieron ostentosos brazaletes e, incluso, se las incrustaban en la boca cuando les faltaba algún diente. La verdad es que no hubo nadie en aquella comunidad que no se dejara seducir por su brillo tan especial, y que no perdiera la cabeza por poseer y lucir alguna de éstas en su cuerpo. Por eso, durante muchos años, fueron acumulando toneladas y toneladas de ellas, con la pretenciosa idea de construir grandes y ostentosos palacios por toda su comunidad. Sin embargo, aunque no lo asumían, ese brillo terminó por apoderarse de todos ellos de manera trágica. Llegó el día en que la comunidad se diluyó en manos del poder de aquel brillo tan colosal, que emergía de forma extraña de aquellas piedras. A fin de cuentas, nadie se había percatado de que aquel brillo reluciente era en verdad el alma de una Bestia que no tenía ni corazón ni piedad. No obstante, pese a su descomunal poder, nadie de aquellos habitantes la logró ver, porque ese maravilloso brillo había cegado por completo la razón de la vista. Lo único que seguramente percibían era un resplandeciente brillo que, al llevarlo consigo mismos, les convertía en seres más poderosos que la naturaleza. Pero, curiosamente, nadie se percató de que lo que en realidad llevaban encima era a la misma Bestia, y que todo lo que fabricaban con aquellas piedras especiales lo estaban haciendo con la propia alma de ese ser maligno que ya estaba conquistando cada espacio, y, por eso, cada lugar tenía su extraño olor. Lo cierto fue que cuando apareció la Bestia y se instaló en nuestro horizonte, ésta no sólo manipuló nuestra esencia comunitaria hasta el punto de destruir nuestro rostro humano y dejarnos, en su lugar, una misteriosa señal, sino que también destruyó nuestro mundo, creando un nuevo espacio en donde el sentido de cada cosa venía impuesto por su caprichoso poder. No obstante, esta nueva mujer y este nuevo hombre, los occidentales, vivían pensando que ellos eran los dueños de aquel nuevo mundo y de todas las cosas que se estaban construyendo. Esto era verdad, pues todo lo que allí se había construido lo habían hecho aquellas manos de carne y hueso, sin embargo, nada de aquello les pertenecía realmente, puesto que todo lo que allí se construía fue gracias a que una fuerza descomunal manipuló sus voluntades, convirtiéndoles realmente en esclavos.

Fue, precisamente, el habernos quedado sin rostro, lo que finalmente hizo de nosotros una cosa igual a las cosas que habíamos construido con el brillo de aquellas hermosas piedras que un día descubrimos en tierras lejanas. En cualquier caso, nos quedamos sin esencia. Y no tener rostro significaba haber perdido nuestra particularidad humana, nuestra identidad sagrada: la solidaridad primigenia con la que vinimos por primera vez a la vida. Sin ella, la fiesta se torna un juego absurdo y sin alegría, y la vida un mero hecho de estar vivo gracias al oxígeno.

La marca significa que pertenecemos a alguien, que no somos nuestros, o lo que es mucho peor, que no tenemos alma humana. De todos modos, no hay duda de que ésta es la razón por la que tampoco sabemos muy bien cuál sea nuestra esencia genuina, porque vivimos dormidos, ausentes. Sin embargo, este desconocimiento de qué somos realmente y por qué somos, nos obsesiona de tal manera que continuamente vamos buscando nuestro ser en la propia esencia de las cosas. Queremos robarles su naturaleza para poder construir nuestra propia identidad. Es, por eso, que pretendemos poseerlo todo de forma compulsiva, como si, en el fondo, el acto mismo de tenerlas bajo control nos diera el pleno derecho de construir nuestra identidad, en el sentido de que el que posee un objeto se apodera de su esencia, lo domina, y, al hacerlo, se convierte en un ser que es dueño de una parte del mundo, que es el más libre de todos. Dicho de otro modo, nos convertimos en alguien en el mismo acto de poseer. Esa es, precisamente, la esencia de la existencia del hombre occidental y el fundamento del mundo en el que se mueve y del que no puede salir. De hecho, él no es nada si no logra poseer ciertas cosas, aunque pueda ocurrir también que después se deshaga de ellas. Pero existe un importante detalle que este avaricioso hombre no ha sido capaz de descubrir: en el mismo acto por el cual él llega a poseer las cosas, la Bestia le está poseyendo a él mismo. Este hecho sólo puede significar una cosa: lo que conocemos por libertad (poseer las cosas que queremos para autoafirmarnos en el mundo y existir) no es más que el instrumento por el cual la Bestia logra dominarnos o manipularnos a sus anchas.

Nos movemos por el mundo con la actitud desafiante de poseer todo lo que vemos en nuestro camino. Poseemos una casa igual que una lámpara, poseemos una flor igual que una piedra, y ésta la poseemos de la misma manera que el verdugo posee la vida del preso antes de su serena ejecución. Pareciera que todo nos pertenece, que todo está hecho a nuestra medida y según los caprichos de nuestra voluntad. Y así, de esta manera, el occidental explora otros mundos y señala con su dedo todo lo nuevo que se encuentra, y, acto seguido, le pone un nombre, esto es, lo cosifica, muchas veces hasta la humillación o la total absurdez. Ciertamente, todas nuestras relaciones se basan en el acto de poseer, sin embargo, habrá que pensar hasta qué punto este ejercicio de exagerada autoafirmación de existencia no sea más que un sucio engaño, pues, realmente, poseemos el reloj, pero no el tiempo; poseemos todos los seres naturales que conocemos, pero no poseemos la Vida; incluso, si se nos permite, podemos poseer el mismo sentido universal de la Historia, pero no poseemos el futuro, porque éste, como hemos dicho antes, se encuentra ya escrito en las etiquetas de las cosas que nos hacen libres, de las cosas o mercancías, o como se las quiera llamar a este conjunto de objetos a los que nos enfrentamos diariamente y a los que le debemos nuestro sentido como “humanos”. Realmente, el ser humano occidental se empeña en creer que poseyendo todas estas cosas puede ser dueño legítimo del tiempo, de la vida, del futuro y de la Verdad, y con esta confiada actitud trabaja, escribe, piensa, ama, viaja, baila, canta, se alimenta, descansa, mata, dar a luz, hace todo esto y muchas más actividades, pero en todas ellas, ignora la idea de que él mismo es también una cosa más del mundo, como son los muebles del salón, las farolas que alumbran las calles o la camisa que se pone para trabajar cada día, pues él, igualmente, tiene ya quién le posea, quien se adueñe de su miserable esencia. La verdad es que el hombre occidental no sabe que tiene amo, porque todas las mañanas, al levantarse, se siente dueño de todo lo que ve a su alrededor. Una grave ilusión o espejismo que le ha impedido construir un progreso verdaderamente digno, basado en otro tipo de relaciones diferentes al mero hecho de poseer de forma obsesiva y compulsiva todo lo que hasta ahora se le enfrenta a su instinto de avaricia. Es, por eso, que tristemente sólo le pertenece la oscura marca que lleva cosida en su frente y la soledad tan mezquina que le da cobijo y le alienta en cada momento de su pobre existencia.

En nuestro mundo no existe la quietud, o al menos, no debería. Nos movemos continuamente poseyendo las cosas que dan sentido “humano” a nuestro mundo inhumano, porque verdaderamente si nos quedáramos quietos, o si decidiéramos no movernos nunca más detrás de ellas, nos alcanzaría la miseria, la temida pobreza de la incertidumbre que nos aguarda en cualquier rincón donde paremos, y que es mucho peor y duele más que la misma muerte y su blanca nada. Por eso, todo el mundo corre, corre de un lado para otro, corre el niño, corre el joven, corre también el anciano y su bastón, y todos ellos corren un día, y corren otro, siempre con prisas, como si tuvieran la completa certeza de que algo importante se les fuera para siempre de sí mismos, se les escapara de las manos y echara a volar lejos. Así que corren con delirio, sin saber exactamente por qué lo hacen, parecieran miles de átomos saltando de un lado a otro y chocando, una y otra vez, contra las paredes infranqueables del recipiente donde se encuentran encerrados.

 

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Isabel Guerra Narbona

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