«Cuentos desobedientes seguidos de malabarismos», de Josefina Martos Peregrín – Una reseña de Sebastián Gámez Millán

«Cuentos desobedientes seguidos de malabarismos», de Josefina Martos Peregrín – Una reseña de Sebastián Gámez Millán

Overview

Cuentos desobedientes seguidos de malabarismos, de Josefina Martos Peregrín [Reseña]

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Cuentos desobedientes seguidos de malabarismos, de Josefina Martos Peregrín

Permítanme comenzar citando al prestigioso y polémico crítico norteamericano, Harold Bloom, para esbozar una breve genealogía del cuento a partir del siglo XX con sus principales líneas: “El cuento moderno, en tanto que permanece en la órbita de Chéjov, es impresionista; esto es tan cierto respecto del James Joyce de Dublineses como de Hemingway o de Flannery O`Connor. Percepción y sensación, centros de la estética de Walter Pater, lo son también del cuento impresionista, incluidas en este rubro las mejores piezas cortas de Thomas Mann y de Henry James. Algo muy diferente representaron para el arte moderno del relato las fantasmagorías de Franz Kafka, precursor principal de Jorge Luis Borges, de quien puede decirse que reemplazó a Chéjov como influencia mayor en la cuentística de la segunda mitad del siglo XX. Hoy los cuentos tienden a ser chejovianos o borgianos; sólo en raras ocasiones son ambas cosas” [1].

Estos 49 cuentos de Josefina Martos Peregrín son desobedientes hasta en ello: si bien son más borgianos que chejovianos, podemos encontrar huellas de ambas corrientes, con inclinación hacia los precursores del autor de Ficciones (Horacio Quiroga, Cortázar, Juan José Arreola, Monterroso…). Las dos citas que elige a modo de entrada ofrecen claves de cómo concibe los cuentos: “Todo lo que tiene alas está fuera del alcance de las leyes” (Joseph Joubert); “El cuento… tan secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario” (Julio Cortázar).

La metáfora de las “alas” podemos comprenderla como la inspiración de la poesía, que todo lo pone patas arriba y que a veces sobreviene durante el trabajo y la búsqueda como un mágico encuentro. En la “introducción” la autora insiste en que “a la hora de escribir no hay leyes”. Y que se guía “por la imaginación, el afán crítico y el oído musical, más el instinto entrenado de la búsqueda de la belleza. No acepto más reglas que las del juego”. El parentesco entre la poesía y el cuento están muy presente en este conjunto: por un lado, por la brevedad, que a veces roza el microrrelato, la intensidad, la condensación… Por otro, por los hallazgos y por la expresividad del lenguaje, que en ocasiones parece motivado por ese oído musical que encuentra aliteraciones en la búsqueda de la palabra (“fulgores fingidos”, p. 149). Significativamente, acostumbran a concluir con un giro inesperado y sorprendente, similar al epifonema.

¿Qué tienen en común estos cuentos desobedientes, incluyendo los “aventurismos” y “rescates”? El juego, la ironía, el humor y el amor por la lengua, apreciable en la naturalidad de su estilo, que no es simplicidad, sino la difícil sencillez a la que aspira lo clásico en cada época. Curiosamente, el libro ofrece testimonio y crítica de nuestros confusos y desorientados tiempos. Por ejemplo, contra lo políticamente correcto, que restringe sin fundamento nuestra libertad y capacidad de acción, arremete con su sonrisa irónica en “De ratones y niños” –guiño de la novela de John Steinbeck–: “No sé por qué no me presento a un concurso literario infantil, abundan y, para una escritora avezada como yo, no puede resultar tan difícil escribir un cuento para niños; perdón, para niños y niñas” p. 35.

Asimismo, en “Sueños de caperucita” o “Libertad de expresión”: “En casa, cuando era pequeña, había asuntos que daban miedo, tan sólo el mencionarlos podía costarte el tipo, o incluso la vida. (…) Fue duro; por eso, cuando conseguimos la libertad, con ayuda de un oportuno sorbo de muerte, me sentí feliz, al fin podría hacer y expresar lo que pensara (…) Y así, rápidamente, del mutismo y la prohibición pasamos a vivir en un espacio atiborrado de voces, multiplicadas por los medios de comunicación; abrumados por oleadas de ruido creciente hasta alcanzar este hoy en que sobrevivimos como podemos al estrépito de la sobreinformación (…) Y funciona, ya lo creo que funciona: reina la barahúnda, la confusión, falta el silencio imprescindible para reflexionar, nos agitamos en un torbellino, absorbida nuestra voz en el zumbido de la colmena, nos creemos libres, y puede que incluso lo seamos, pero se ha vuelto demasiado penoso escuchar… Y resulta imposible pensar” pp. 145-146.

Otros cuentos giran en torno a la sombra, la identidad (“Trueque”), muchos sobre el amor y su consiguiente desamor (“Cita a ciegas”). Uno de mis preferidos es “La asamblea de los animales”, acerca de nuestra (in)humanidad, en la estela de la fábulas. La segunda parte del libro, “Malabarismos”, se estructura en otras dos, “Aventurismos” y “Rescates”, compuestos respectivamente de 14 y 16 textos. En todos se aprecian esas características antes mencionadas: juego, ironía, humor y amor por la lengua, que es un cuidado por la expresión y, en consecuencia, una ética.

Si, de acuerdo con la célebre proposición del Tractatus de Wittgenstein, “Los límites del lenguaje son los límites del mundo”, a tenor de cómo se (des)cuida el uso de la lengua en este vertiginoso mundo de clic, tiktok y de la tiranía de la inmediatez, ya no en los mensajes de las llamadas redes sociales, sino incluso en informativos y en la prensa de papel, se diría que asistimos a un empobrecimiento de nuestro mundo a la vez que se multiplican las imágenes. Como acto de resistencia y debida desobediencia, Josefina Martos Peregrín se rebela con estos malabarismos, tan ricos en arqueología lingüística y léxico como en neologismos. Es sorprendente cómo, sin ser plenamente consciente del significado de muchos de estos términos, nos alcanza la risa, como si tuviera lugar una comprensión preconsciente. ¿Será esta la que nos despierta a buscar las palabras?  He aquí “El deseo” a modo de muestra:

“Eufrasio, el butifarrero, a la cincuentona teutónica que recién había enviudado, persuasivo le dijo:
-Vuestra volumetría en desnudación quisiera.
Ella, irresoluta pero sin ruborizarse:
-Lengüilargo sois.
-Y presunciosa vos.
-Y vos demasiado barbilüengo.
-Sea, pero ¿copularéis conmigo?
-Lunaciones habrá y se verá…
-¿Así me torturaréis?
-Andá a hacer abluciones, que ya me estáis aburriendo!
-Culihermosa, si con vos no interactúo, pulverizado me veo”.

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Sebastián Gámez Millán

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Nota al texto

[1] Bloom, H., Cómo leer y por qué, trad. Marcelo Cohen, Barcelona, Anagrama, 2000, p. 58.

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Nota

Josefina Martos Peregrín. Cuentos desobedientes seguidos de malabarismos. Entorno Gráfico Ediciones, Atarfe [Granada] 2025. ISBN: 978-84-1869- 48-5.

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