El afán de conocimiento: estudios y estudiantes. Imagen y valoración del saber y la formación del individuo en las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX. La «Novela de Bolsillo» – Gloria Jimeno Castro
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El afán de conocimiento: estudios y estudiantes. Imagen y valoración del saber y la formación del individuo en las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX. La Novela de Bolsillo
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El afán de conocimiento: estudios y estudiantes. Imagen y valoración del saber y la formación del individuo en las colecciones de novela breve de inicios del siglo XX. La Novela de Bolsillo
La importancia de la educación y la formación humanística e integral de los jóvenes siempre ha sido una preocupación sustantiva, tanto para la sociedad, como para las familias, que a través del estudio, anhelaban el ascenso social y el prestigio para sus hijos. Dichos deseos de una vida mejor han sido siempre presentados en la literatura, como reflejo de una realidad de España, donde el analfabetismo, las desigualdades sociales y el poder de los caciques dificultaban tales aspiraciones en los pueblos y entornos provincianos hasta bien entrado el siglo XX.
En la literatura finisecular abundan las novelas y relatos, en que se abordan estas aspiraciones sociales, unidas a las problemáticas de carácter regeneracionista del retraso cultural y científico de España con respecto a Europa. Una buena muestra de esta problemática se registra en colecciones de novela breve como La Novela de Bolsillo.
La intención didáctica que también caracteriza a esta colección determina la presencia del tema de la necesidad de adquirir una cultura, de formarse a través del estudio, encarnando tales ideas, fundamentalmente, en la figura del estudiante universitario provinciano1, y lo que es menos habitual, en la de la mujer universitaria, aunque eso sí, en estos relatos, curiosamente, se trata siempre de mujeres universitarias extranjeras, y no españolas. Pues es lo cierto que, pese a todo, y a esos atisbos aparentes de cierta modernidad en el pensamiento de estos escritores con respecto al papel de la mujer en la sociedad, a la postre, parece que los autores no se comprometen a afrontar este asunto desde la perspectiva española, a aprobar abiertamente que las mujeres tuvieran acceso a la educación universitaria en las mismas condiciones que los hombres.
No es ocioso recordar, que en nuestro país, solo a partir del 8 de marzo de 1910 la mujer fue libre para matricularse en estudios superiores y poder cursar carreras universitarias en aulas dominadas por una mayoría abrumadora de hombres, que recelaban de la presencia de mujeres en sus aulas2.
No falta tampoco en La Novela de Bolsillo un enfoque de dicho asunto, centrado en la figura de los maestros.
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1. El universitario provinciano
Luis de Castro muestra a los lectores de La Novela de Bolsillo en Modistas y estudiantes (n.º 39) que el estudio y el esfuerzo siempre reciben su justa recompensa. Y para defender esta idea, el escritor se vale de su personaje Pedro Arlanza, un joven perteneciente a una importante familia, arruinada de modo injusto. Pese a tal contratiempo, el joven con buen juicio emplea el parvo legado que salvó de la bancarrota en costearse los estudios de Derecho en la Universidad Central de Madrid.
Obtenida con tesón su licenciatura, Pedro ha de opositar a juez, pero ya se le habían agotado los ahorros, por tal motivo ha de desempeñar trabajos mal retribuidos para sobrevivir. Se privaba más de un día de comer, incluso, para evitar gastos, pasó más de una noche al raso, sus ingresos no le llegaban para pagar una pensión. En cambio, siempre sabía hallar un rato para estudiar, leía, no cedía al desaliento para tener un medio con el que ganarse la vida.
Gracias a sus sacrificios y a su afán de saber, Pedro se convierte en juez; y entonces se detiene a meditar. Se mira al espejo, ve reflejada en él su imagen de hombre elegante e influyente, “ya no era el señorito fracasado, con el cuello de la camisa sucia y las botas rotas” (p. 55). Luego, “reaccionó […], se vio con su traje correcto, con su porvenir conquistado” (p. 61), y dio gracias a Dios por su apego al estudio, por su deseo de saber, así como por su empeño de labrarse un futuro con una carrera universitaria.
Del mismo asunto trata Andrés González-Blanco3 en Europa tiembla… (n.º 35), aunque aquí, concretamente, nos presenta a estudiantes provincianos, hijos de grandes terratenientes con enormes fortunas, que les permitían cursar estudios universitarios, no solo en Madrid, sino también en el extranjero. El autor expresa, de este modo, cuán loable resultaba que muchos jóvenes españoles cruzasen las fronteras para ponerse al tanto de las nuevas corrientes de pensamiento. Este es el caso de uno de los personajes que centra la atención del relato, Ramón Artaburu, que emplea la suculenta asignación familiar en recorrer las universidades más prestigiosas de Europa, con la intención de instruirse en las últimas corrientes filosóficas. Ramón pensaba que era un privilegiado por la oportunidad que su familia le brindó, sintiéndose por ello en la obligación de poner al servicio de los demás todos sus saberes. Declaraba “trabajar solo por la cultura, la suprema y última ratio de Europa; venía a europeizar a España, comenzando por europeizar el rincón cántabro donde nació” (p. 23).
El deseo de los universitarios de crecer intelectualmente gracias al estudio, así como el propósito de recibir formación en el extranjero para conocer los nuevos avances de la ciencia y de este modo contribuir al progreso de su nación, se refleja también en el relato de Agustín Rodríguez Bonnat, Tanguinópolis (n.º 6). Su protagonista, el estudiante madrileño Gabino Orduña, una vez concluida su carrera de Químicas en Madrid, ahorra, no sin sacrificios, un pequeño capital para poder realizar unos cursos en la Sorbona, impartidos por los grandes especialistas en la materia, fruto de las arduas investigaciones y del trabajo en equipo, y que podían repercutir favorablemente en la humanidad:
Casi con ideales de avaro, había ido reuniendo unos centenares de pesetas para poder realizar aquel viaje […] No era mucho el tiempo que Orduña podría disfrutar de semejante dicha, pero tenía la convicción de que sabría aprovecharlo bien, estudiándolo deprisa, recorriéndolo todo, analizándolo todo, dándose un buen baño de ciencia, que luego habría de servirle de mucho cuando regresara a Madrid y comenzase a desarrollar cuanto había visto y oído (p. 9).
Su compañero de la universidad, Paco Núñez, vinculado como él a la mediana burguesía y sin demasiados recursos económicos, gracias a que se había convertido en un prominente experto en Química obtiene “una pensioncita de la Junta de Ampliación de Estudios” (p. 8), que le facilita instalarse en la capital del Sena. Se le encomienda la misión de conocer cuáles eran los métodos de investigación puestos en práctica en los laboratorios de la Sorbona, y una vez conocidos, poder retornar a España y fundar estudios en esta disciplina a imagen y semejanza de los allí recibidos.
Es preciso que hagamos aquí un inciso para darnos cuenta cabal de cómo en estos dos últimos relatos anotados, sus autores, además de hablar de ese noble anhelo de conocimiento, apuntan al paso un asunto de vivo debate en la época: la necesidad perentoria de que España progresase en las disciplinas científicas.
Desde comienzos del siglo XX se realizaban auténticos esfuerzos para impulsar la investigación, para que aquellos planes educativos que desde años atrás se discutían con empeño salieran, por fin, de su crisálida algodonosa, y se transformasen en un hecho palpable, se pusieran realmente en marcha.
Para que dicho anhelo prosperase se creó la Junta para Ampliación de Estudios, que becó a los estudiantes españoles más brillantes y capacitados de la época4; por tal motivo, algunos de los colaboradores de la colección, al tanto de la función desempeñada por esta institución, no pasan por alto esta iniciativa celebrando su fundación y su labor.
Pablo Cases, en La alegre juventud (n.º 21), presenta la vida que bulle alrededor de “la calle Ancha de San Bernardo”, donde “los estudiantes de las facultades que se cursan en la Universidad Central, forman corrillos esperando el momento de entrar en sus clases” (p. 5). Subraya el esfuerzo de los padres de estudiantes universitarios provincianos, que invertían todo su patrimonio en la educación de sus vástagos en la universidad de la capital de España, y que habían, además, de enviarles mensualidades para pagar la pensión y su forma de vida en Madrid. Asimismo, alaba el tesón de universitarios como Enrique, que dedicaba horas y horas al estudio de la carrera de Derecho, y por las tardes realizaba prácticas en un bufete para prosperar y pagar con creces a sus padres la inversión realizada con el pago de las matrículas.
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2. Las mujeres universitarias
En Lord Byron (n.º 55) Juan Héctor Picabia apuesta también por remarcar este motivo en sus páginas, con la peculiaridad de que presenta a una mujer universitaria, Olga, que decía sentir una gran sed de conocimiento, un deseo de saber todo de la ciencia médica para ayudar a la humanidad, para salvar vidas, sobre todo, la de los ciudadanos más pobres de su Rusia natal. Pese a ser inmensamente rica, deseaba estudiar la carrera de Medicina, formarse para sentirse útil y mejorar el mundo en la medida de lo posible:
Olga estaba tocada del mal del siglo. La caridad y la filantropía inflamaban su pecho. Quería volver a Rusia para ejercer entre las clases populares, degradadas por la miseria y por la ignorancia, un apostolado redentor (p. 46).
Parecido es el caso que nos ofrece Joaquín Dicenta en El pasaporte amarillo, relato con el que, además, se defiende el derecho de la mujer a tener acceso a la Universidad del mismo modo que los hombres. Débora, joven judía originaria de Rusia, decía sentir“hambre de aprender” (p. 12), deseos de cursar la carrera de Medicina para auxiliar a quienes padecen, y para obtener por ella misma, sin depender de nadie, una remuneración con la que ayudar al sostén económico de su familia.
Para la protagonista, la vida no tenía sentido sin el conocimiento; por este motivo, ella, que como el resto de mujeres judías tenía terminante prohibido viajar sola por Rusia, así como instalarse sin su familia en una ciudad universitaria, llevada por su afán de conocimiento llega, incluso, a valerse del pasaporte amarillo para lograr la consecución de su fin. Este pasaporte era el que identificaba a las prostitutas, el documento en virtud del cual a estas les era lícito trasladarse por el país, y que muchas jóvenes judías adquirían como medio para poder conseguir su objetivo de ser universitarias, pese a las consecuencias perniciosas que podían perseguirlas si sus conocidos descubrían esta argucia legal5.
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3. Los maestros y los profesores
Rafael Cansinos Assens, quien precisamente, apuntara el tema de las modistillas y los estudiantes al estudiar la literatura contemporánea6, en La encantadora (n.º 73) desarrolla tal motivo pero, esta vez, a través de un maestro y no de un estudiante.
El protagonista de este relato es un erudito profesor, cuyas ansias de saber jamás se saciaban, ya que parecía tener la convicción de que toda una vida no era suficiente para poseer todo el saber acumulado desde la antigüedad, y al cual no quería renunciar.
El pedagogo no se reservaba su caudal de conocimiento para su propio beneficio, sino que lo transmitía a sus discípulos; empleaba su cultura para formar a generaciones y generaciones de hijos de obreros, con el meritorio empeño de erradicar el analfabetismo en España; por este motivo “había enseñado la geografía y los palotes en las escuelas de arrabal, de una desnudez sórdida y denegrida, a niños que apedreaban los faroles” (p. 9).
El tema del afán de conocimiento también está presente en La Verdad (n.º 54) de Bernardo Morales San Martín, aunque se le da otro enfoque, el autor apunta en otra dirección: la preponderancia de la vida sobre la ciencia. El apego de don Julián Quirós de los Ríos a los libros y al estudio no conocía límites. El sabio profesor escrutaba el sentido del existir en los estudios que versaban sobre la Historia y la Filosofía en antiguos infolios olvidados al pasar de los siglos; vivía por y para el estudio, hasta el punto de olvidarse de lo principal, de vivir y luchar por la felicidad.
Tras ser premiados sus ímprobos esfuerzos y sus doctos conocimientos con el Premio Nobel de Historia, es abandonado por su esposa, quien se mostraba cansada del desdén del humanista, que solamente se preocupaba de sus libros, y parecía más interesado en las antiguas reinas de Egipto. Es entonces cuando el erudito anciano descubre que “aquella Verdad tan anhelada no era la Ciencia ni la Gloria” (p. 66), sino que lo verdaderamente importante era amar y ser amado, vivir y perpetuarse a través de los hijos; conocimientos que no se aprenden en los libros, sino con la experiencia que dan los años.
Como corolario a lo reflejado y analizado en estas páginas, deberíamos reflexionar sobre el valor de esta información mostrada por autores españoles de inicios del siglo XX, y contrastarlo con lo observado en la sociedad española del siglo XXI.
En una sociedad como la del siglo XXI, en que se ha dejado de valorar el papel y la autoridad de maestros y profesores; en que las inteligencia artificial, las pantallas y las redes sociales son los máximos referentes de los jóvenes, y que constituyen para ellos el máximo exponente y el acceso a algo que creen que es saber y conocimiento, bueno es recordar, al hilo de lo que acabamos de analizar, que nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros bisabuelos y tatarabuelos se sacrificaron en otra época, en la misma España, para que sus hijos y descendientes tuvieran estudios, un porvenir, la carrera que ellos siempre soñaron.
Esfuerzo, constancia, trabajo, memoria, lectura y escritura son valores ya menospreciados, y esa cultura del esfuerzo, de tardes, noches, y fines de semana entregados al estudio, no podemos dejar de subrayar que nos han forjado, a ellos debemos nuestros títulos, nuestra autoestima, nuestro prestigio, nuestro sustento…
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La literatura, las historias anónimas de miles de españoles están llenas de experiencias, que prueban que el esfuerzo, el sacrificio personal, han sido herramientas para alcanzar nuestras metas, una constante, un valor inapelable en nuestro país. Los padres, los abuelos y bisabuelos nos transmitieron sus experiencias, su sabiduría y su ejemplo de vida, y fue lo único que años ha necesitamos para creer en nosotros, para llenar de orgullo a los nuestros, al lograr nuestros títulos universitarios.
Las páginas literarias, las novelas son también documentos que reflejan la sociedad de una España que existió, que busca también dialogar con los ciudadanos y lectores del siglo XXI, enseñarnos cuáles son los valores e ideas que siempre han pervivido, la importancia imperecedera concedida a la sabiduría y experiencia de nuestros mayores, por ende, no dejemos de leer y bucear por el mar de ideas y reflexiones, que nos brindan los escritores de una España llena de historia y vivencias, de las que siempre aprender y tomar nota.
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Gloria Jimeno Castro
Doctora en Lengua Española y sus Literaturas
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Notas al texto
[1] No podemos olvidar que Rafael Cansinos Assens, de una de cuyas obras tratamos, precisamente, en este apartado, al hablar de colaboradores de nuestra colección como Andrés González-Blanco o Emiliano Ramírez Ángel, que tratan de este tema, los presenta como autores relacionados con la escuela literaria “madrileñista” que recrean en sus páginas “el Madrid de las modistillas y de los estudiantes no nacidos en la Corte, que se aman bajo las acacias de la Moncloa con ingenuidades provincianas” (La nueva literatura (1898-1900-1916). Las escuelas literarias, ed. cit., pp. 165-167).
[2] Véase Consuelo Flecha García y Ángeles Galino Carrillo, Las primeras universitarias en España, 1872-1910,Madrid, Narcea, 1996.
[3] Andrés González-Blanco ya se ocupó de la vida estudiantil de los universitarios provincianos, aunque de forma más intrascendente que en este relato de La Novela de Bolsillo,en su narración de 1911 Doña Violante, subtitulada Novela de la vida pícara y estudiantil, y en Matilde Rey. Novela de chulas madrileñas y estudiantes provincianos (véase José María Martínez Cachero, Andrés González-Blanco: una vida para la literatura, Oviedo, Diputación de Asturias/Instituto de Estudios Asturianos, 1963, p. 158).
[4] Sobre la JAE, véase:
-Francisco A. González Redondo: “La Junta para Ampliación de Estudios y la edad de plata de la ciencia española”, en Madrid y la Ciencia. Un paseo a través de la historia (III).Primera mitad del siglo XX (1900 – 1950): Ciclo de conferencias, Universidad Complutense, 2020.
– José Manuel Sánchez Ron (ed. Lit.), Antonio Lafuente García (ed. Lit.), Ana Romero (ed. Lit.), Leticia Sánchez de Andrés (ed. Lit.): El laboratorio de España. La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas 1907-1939.Publicaciones de la Residencia de Estudiantes. 2007
[5] Tal y como acabamos de comprobar, curiosamente en La Novela de Bolsillo, si bien se habla de mujeres universitarias, estas son extranjeras, concretamente, rusas. Tengamos en cuenta, que en esta época el número de universitarias en España era escaso. Rosa María Capel (El trabajo y la educación de la mujer (1900-1936), Madrid., Ministerio de Cultura. 1982) apunta que en el curso 1909-1910 había en España 21 mujeres matriculadas en la Universidad, frente a 15.275 hombres, y que diez años después, en el curso 1919-1920, el número de universitarias ascendió a 345, frente a 21.275 hombres.
[6] Rafael Cansinos Assens, La nueva literatura (1898-1900-1916). Las escuelas literarias, ed. cit., pp. 165-167.
Para más información sobre este asunto presente en la colección La Novela de Bolsillo, consúltese mi tesis Gloria Jimeno Castro: La Novela de Bolsillo (1914-1916). Una colección literaria de transición. Leída en la Universidad Complutense de Madrid en 2020.

