Una pintura de Timantes ¿Ingenio o perfidia? – Frederick A. de Armas
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Una pintura de Timantes ¿Ingenio o perfidia?
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Una pintura de Timantes ¿Ingenio o perfidia?
Allí se escondía, en las llanuras, entre el manso Vesubio y el mar juguetón, preservado por las cenizas del volcán y en un sitio que los arqueólogos de entonces, durante el frenesí de sus excavaciones, llamaron erróneamente la Casa del Poeta Trágico. El perrito en frente de la casa es lo que atrae a los turistas. La pintura se la llevaron al museo Arqueológico Nacional de Nápoles.[i]
De entre las muchas pinturas de la antigüedad, hay una que viene muy al caso hoy día. Esta pintura trata de un elemento histórico-legendario que ya se narraba repetidamente antes de que el pintor imaginara su dibujo, pero fue el cuadro que transformó el evento en algo nuevo, significativo; algo que encubría verdades, algo que nos delataba. De tales acusaciones, intentaremos desviarnos, pero no del todo.
Nos interesa esa historia de un humilde pintor que vivió en la Grecia antigua, en Sción, muy cerca del golfo de Corinto. Los fértiles plantíos que la rodeaba exigían muestras de color. Y así Timantes, discípulo de Parrasio, confeccionó sus colores, perfeccionó sus dibujos. Aunque adquirió gran fama, sobre todo con la manera en que resolvía situaciones pictóricas con su ingenio, sus obras poco a poco, pasando de dueño a dueño, fueron perdiendo el color, fueron perdiendo el primor. Su madera fue carcomida, y en un futuro su tela fue deshilada. Ya en la Roma de Nerón, solo se contaban historias de sus historias. Aun así, los artistas de Pompeya se atrevían a volver a los temas de Timantes. En una de esas casas preservadas hasta hoy, se podía hasta hace poco admirar el famoso Sacrificio de Ifigenia.[ii] Era la pintura más admirada de Timantes, reverenciada por los retóricos romanos. Es Plinio, en su Historia Natural (libro xxxv) quien hace toda una écfrasis, o sea, una descripción escrita del lienzo:
Hay un cuadro suyo, muy alabado por los oradores, de Ifigenia de pie, esperando la muerte junto al altar; pues habiendo pintado a todos tristes, y sobre todo a su tío, y habiendo plasmado a la perfección la viva imagen de la tristeza, cubrió el rostro del propio padre, porque no era capaz de expresar sus rasgos convenientemente.[iii]
Y como es bien sabido, esos retóricos, Cicerón y Quintiliano, reconstruían el lienzo utilizando sus saberes. Pensaban haber resuelto el rompecabezas. En el centro de la obra imaginaban el altar, sitio infame donde dos hombres conducían a la dulce y sufrida princesa Ifigenia. El cuchillo sonriente, con dedos de muerte, la esperaban. Dos otros hombres rodeaban a esta víctima, que iba a ser sacrificada, ya sea por los caprichos de los dioses o de los seres humanos. De esa pintura se hicieron a través de los siglos muchos juicios. Fue Juan Boscán el primero en describirla en lengua castellana.[iv] En su poema titulado Capitulo, Boscán inserta una écfrasis, claramente una descripción de la pintura de Timantes: “Entre otras, hubo desto una pintura” (v. 340).[v] Comienza con lo que debería de ser el centro de la obra, la joven que va a ser sacrificada, y utiliza su dolor para comentar sobre el mismo acto: “Pintó primero, en este sacrificio, | la muerte y el dolor desta doncella | y más la fealdad del maleficio” (vv. 343-345). O sea, se distancia de un acto pagano. Y es que, como veremos, la fealdad del maleficio esconde mucho de lo que nos concierne. Y tal maleficio ya no puede calificarse de pagano. Hay otras palabras que no utilizaremos.
Regresemos a la pintura. Contemos. Son cuatro los hombres del lienzo. El número cuatro, según Pitágoras, significa el cosmos, los cuatro elementos, los cuatro humores, las cuatro estaciones, los cuatro vientos. Es el numero primordial que representa la raíz de todas las cosas. Es un concepto que, junto con la tetractis, llegó a fascinar a Carl Jung en tiempos modernos; y que en el renacimiento aparece, por ejemplo, en La escuela de Atenas de Rafael. La cuaternidad anima el espíritu del cosmos que se materializa a través de la mujer como había dicho Aristóteles – sentencia que hasta los labradores de Fuenteovejuna repetían.[vi]
Leyendo a los retóricos, imaginando a los pitagóricos, los espectadores se olvidaban de Ifigenia, la materia sufriente. Miraban solamente a los cuatro hombres, que parecían afligidos cada uno más que el otro. Hay quienes piensan que el cuadro es detalladamente equilibrado, que la persona a la derecha del espectador no es el sacerdote Calcas, sino Clitemnestra, madre de Ifigenia.[vii] También piensan que son soldados los que llevan a Ifigenia al altar. Tal interpretación rompería con la descripción de Plinio y de los retóricos. Quedémonos con estos. El primero el insano sacerdote y profeta Calcas tiene la mano en la boca, como si estuviese sorprendido de su propio poder y de lo que va a hacer. Al menos otros pintores renacentistas así lo identificaban. Se preserva, por ejemplo, una estampa atribuida a Marcantonio Raimondi (1480-ca. 1534) sobre el Sacrificio de Ifigenia donde todo es fuego, estruendo. El sacerdote Calcas, lee de un libro sostenido por un cupidillo al que apunta con la mano izquierda, mientras que con la derecha derrama libaciones de vino antes del sacrificio. Su vestimenta recuerda la del sacerdote del fresco de Pompeya.
Tras él, en el fresco de Pompeya, parece que encontramos a Menelao. Eso sí, se ve más triste que Calcas. Quizás teme encontrarse en Troya con su esposa Elena que se fugó con Paris. ¿La quiere maltratar? ¿la quiere volver a amar? ¿solo quiere venganza? Menelao mira a Calcas buscando en sus facciones la certeza de la profecía. Pero todo lo que ve es su asombro a lo que está por ocurrir. Junto a Menelao, separado por la sufriente princesa, está Ulises, igualmente triste. Mira al rey de Micenas y líder de los Aqueos, el cual esconde su faz. O sea que, en una esquina, Agamenón, padre de Ifigenia, debería mostrar tal grado de emoción que el pintor no pudiese dibujarlo. El ingenioso Timantes, comprendiendo que la imaginación de los que miran pueden crear para cada uno de ellos una imagen más terrible que la suya, mucho más memorable de lo que él puede dibujar, lo cubre con un velo o manto.
Recalquemos. Los retóricos pensaban que el cuadro representaba las cuatro modalidades del dolor, comenzando con el leve sufrimiento de Calcas a la demoledora angustia de Agamenón, padre de Ifigenia. La pintura se recordaba por el acto ingenioso de representar lo inefable, lo que es imposible de representar, a través de un velo. No importa lo que sintiera Ifigenia; no importa que era ella la sacrificada no importa que cuatro hombres que tanto la querían eran cómplices de su muerte. Lo que importaba era la retórica del dolor, del dolor masculino.
Pero esta descripción solo comienza a desvelar el sentido de la obra; solo comienza a mostrar los desaciertos de Timantes, que con una burlona pincelada se olvida de Ifigenia. Hay que recordar la prehistoria de este evento. Agamenón, jefe de la expedición griega a Troya estaba listo para zarpar con todas sus tropas a esa ciudad que iba a destruir, pero no había manera de escapar Áulide, poblado portuario en el estrecho de Euripo, frente a la isla de Eubea. Los vientos o se enfurecen o se silencian. En tierra, los soldados se enferman de una extraña plaga. Parece que se van a rebelar contra su propio capitán Agamenón, ya que este no parece ser el elegido por los dioses. Desesperado, Agamenón va en busca del gran sacerdote pidiéndole que le ayude en momento tan desastroso. Calcas, tras consultar a las fuerzas mayores, le explica al general que ha ofendido a la diosa Diana ya que ha ido a cazar un ciervo en un bosque dedicado a ella. Ya sea Calcas, ya sea la misma diosa, ya sean las mentiras del campamento, todos claman por un sacrificio. No podemos asegurar que tal decreto proviene del maligno sacerdote, pero sabemos de su boca que pide la muerte de la hija de Agamenón.
Tiene que morir su hija su hija más querida. Agamenón da vueltas y revueltas por el campamento se arranca los cabellos grita como maniático. No sabe qué hacer. En el típico dilema entre el amor a la mujer y el honor masculino triunfa el segundo. Ella tiene que morir. Si no, el gran general pierde su prestigio y no alcanza la fama que le traería un triunfo en la guerra en Troya – y hasta la destrucción de la ciudad. Porque sabe que ganará. Porque sabe que, aunque mueran miles de sus soldados y miles de los troyanos, lo que importa es el triunfo. El triunfo implica rescatar a la esposa de Menelao, la famosa Elena, la más bella de las mujeres. El triunfo implica gozar y destrozar la gran ciudad de Troya y llevarse sus mujeres como esclavas. ¿Quién se atreve a afirmar que este no es un gran propósito? Y desde entonces toda guerra tiene un gran propósito un propósito épico, que disculpa la muerte de millones. Mientras mayor la destrucción, más imponente el triunfo; mientras mayor la destrucción más la sorpresa y el temor.[viii] Es como una gran tragedia en el teatro que nos deja mudos y sin réplica. Tienen que ser los dioses que esto han ordenado.
Pero queda otro secreto inscrito en la pintura. Cicerón y Quintiliano hablan del dolor de los cuatro hombres, pero ¿cómo sabemos que su mayor emoción es el dolor? Puede que lo dibujen en los ojos puede que lo encierren tras un velo. Pero el secreto del cuadro es que nunca sabemos lo que esconde el corazón humano; nunca sabemos lo que esconde el corazón de Agamenón. ¿Por qué presencia velado la muerte de su hija? ¿Esconde su cara porque siente dolor o porque siente vergüenza? ¿O es que esconde su secreto? ¿Quiere ser el mayor poeta trágico del mundo, imponiendo su visión ante todos? Quiere ser el noble conquistador. Mata a su hija para así poder matar a miles de guerreros inocentes. ¿O esconde algo más? ¿Una conspiración de hombres que trepan las paredes para alcanzar una gloria pesarosa? No lo sabemos. Tal vez su corazón es puro, es puramente heroico, sin mancha de ambición y de poder.
No importa. El cuadro nos ha engañado con su propia cuaternidad. ¿Es que Timantes nos miente, o es que su genio es tal que “un comprend toujours plus de ce qui est peint”? (p. 63).[ix] Primero nos hace olvidar a Ifigenia la verdadera víctima que es también símbolo de la futura destrucción de una ciudad enemiga. Segundo nos hace olvidar los verdaderos sentimientos de Agamenón entreteniéndonos con un retórico velo. Tercero nos hace olvidar los posibles designios de Calcas, el nefando sacerdote que urde complots en templos y palacios. Y cuarto, nos hace olvidar tras la honra, la fama y la gloria, el horror de la guerra, que allí yacen que los miles de muertos que van a servir de monumento a la pira que alimenta la ambición de Agamenón. Esa pira cuya llama se vuelve a observar en Troya, incrementa el sacrificio. Ifigenia es sacrificada por una onza de sangre, oro, uranio o petróleo.
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Frederick A. de Armas
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Notas al texto
[i]https://es.wikipedia.org/wiki/Casa_del_Poeta_Tr%C3%A1gico#/media/Archivo:MANNapoli_9112_Sacrifice_Iphigenia_painting.jpg
[ii] El fresco no concuerda totalmente con la descripción de Plinio. En la pintura, Ifigenia es llevada hacia el altar, reclinada sobre unas telas. Plinio afirma que Ifigenia está “de pie, esperando la muerte junto al altar.”
[iii] Se trata aquí del libro 35.71 de la Historia Natural. Lo cito de: Plinio. Textos de Historia del Arte. Edición de Esperanza Torrego. Madrid: A. Machado Libros, 2001, p. 96.
[iv] Frederick A. de Armas, “Un pintor clásico en la poesía del Siglo de Oro: Timantes en Boscán, Garcilaso, Lope de Vega y Argensola,” Serenísima palabra: Actas del X Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro (Venecia, 14-18 de Julio 2014), eds. Ana Bognolo et al., Biblioteca de Rassegna Iberistica 5. Venezia: Edizione Ca’Foscari, 2017, pp. 49-67.
[v] Jun Boscán, Obra completa. Edición de Carlos Clavería. Madrid: Cátedra, 1999.
[vi] Flores, el alcahuete del vicioso comendador, tergiversa la famosa frase diciendo: “y el filósofo lo dice: / que apetecen a los hombres como la forma desea / la materia” (vv. 1090-93). Sobre la mujer como materia en Lope ver a Peter N. Dunn, “’Materia la mujer, el hombre forma’: Notes on the development of a Lopean topos,” en el Homenaje a William L. Fichter. Madrid: Castalia, 1971: 189-200.
[vii] Carole Raddato, “The Sacrifice of Iphigenia,” World History Encyclopedia (13 de mayo, 2015). https://www.worldhistory.org/image/3853/the-sacrifice-of-iphigenia/
[viii] James Paul Wade, Jr. y Harlan K. Ullman, Shock and Awe: Achieving Rapid Dominance. National Defence University, 1996.
[ix] Palabras que Plinio recalcadas por Giovanni Lombardo en “Timanthe et l’art de peindre,” en Le mythe de l’art Antique, editado por Emmanuelle Hénin y Valérie Naas. Paris: CNRS Editions, 2018, pp. 59-69.

