«De Exilio», de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – III [Texto del «De Exilio» – I]

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De Exilio, de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – III [Texto del «De Exilio» – I]

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Vista aérea de Arlés, con el río Ródano atravesando la ciudad hacia el sur y la Torre del Reloj del Hôtel de Ville en primer término.

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De Exilio, de Favorino de Arlés – Traducción [por vez primera al español] a cargo de Santiago Blanco del Olmo / Edición crítica de Santiago Blanco del Olmo & José Miguel García Ruiz – III [Texto del «De Exilio» – I]

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De Exilio

I          (primeras tres líneas casi en su totalidad perdidas) (Líneas 4, 5, 6 y 7) Sin duda ojalá yo mismo, que exhorto a hacer tales cosas y que estoy también convencido de ellas (…) las llevaré a cabo; me encuentro en una situación tal, que soporto más fácilmente los presentes acontecimientos.(Hasta la línea 23 el resto está casi ilegible). ¿Ni Empédocles (1), ni Heracles (2), ni Mucio (3), el general de los romanos, se habían agregado a las opiniones de éstos? Pues Empédocles era alabado por su virtud, Heracles por su inmortalidad, y Mucio por su valentía. Otros también, tal vez por otras razones, hubieran despreciado el exilio, pues Diógenes de Sínope (4), Crates de Tebas (5), Crisipo de Solos (6), Dión de Prusa (7) y el etrusco Musonio (8) lo despreciaron, pero no ciertamente por aborrecimiento de sus propias patrias ni por odio a sus ciudadanos, sino porque aceptaban todos los reveses presentes como consustanciales al hecho de ser hombres. Y para no extenderme más presentando como distintas las causas de infortunios semejantes, en breve discurso, pero esfuerzo grande, ha de distinguirse en qué se diferencia el animoso del intemperante. Cualquiera que, deseoso de virtud, reflexiona sobre tales cosas, si es capaz de considerar con antelación, ése es también el más felizmente dotado para aconsejar a otro, no sólo de palabra, sino exhortándole así mismo con su cotidiano ejemplo, convirtiendo sus palabras en maestras de las obras y mostrando obras consecuentes con sus palabras. En calidad de valiosa adquisición estará consagrado este escrito para cualquiera otra persona que, habiendo tropezado con igual fortuna, no sea capaz de proporcionarse a sí mismo estos ejemplos; para que no piensen algunos, así como los más insensatos de los ciudadanos particulares, que las desgracias de los hombres de tiempos pasados o 

II         las del presente sean un alivio de sus propios males y tornen más llevaderos los afanes cotidianos del hombre merced a los errores ajenos, sino antes al contrario, que contemplando las citadas desgracias se las apropien, aquéllas precisamente que varones de antaño, que fueron merecedores de elogio y que padecieron males parejos, discutieron e hicieron en relación con esto. Pues si Alcibiades (1), Temístocles (2) y Coriolano (3), habiéndose sentido dolidos por causa de la patria, conspiraban contra la patria, no tenemos que admitirlo ni imitarlo; o si ya otro cualquiera acarreó por su parte exilio o muerte de manera cobarde o por locura. Debemos admirar aquellas palabras y parar mientes en el consuelo que aquel Sócrates (4) dijo a la sazón en la cárcel y que llevó a cabo; siéndole posible salvarse gracias a sus amigos, y censurar a quienes le habían condenado, confiando en que la divinidad manda sobre la ciudad y en que nada que agrade a la divinidad puede ser injusto, nada les reprochó a aquéllos, sino que murió con buen ánimo en la idea de que había que obedecer a la divinidad. El mismo Sócrates, siempre imitando a la vida, pensaba que los actores trágicos obedecían al dramaturgo cada vez que eran constreñidos al papel que a éste le pareciera bien, y así algunas veces actuaban haciendo de rey Agamenón (5), de Télefo (6) mendigo, de Tideo (7) en fuga o de Filoctetes (8) rengueante, a veces también de Edipo (9) ciego. Eran en un principio, pongo por caso, legisladores, ahora son sirvientes de la casa del legislador, eso sí, instruidos para beneficio del teatro en la voz y en la indumentaria y sin rastro de asombro por el hecho de que poco ha fueran moradores del palacio real de Micenas y hubiesen heredado el cetro de Pélope (10) de sus antepasados, se hubieran apoderado del Vellocino de oro y reinaran sobre todo el Peloponeso. En el mismo teatro y el mismo día mendigan envueltos en andrajos por ajenas puertas sin tener en consideración que “Fue Edipo en un principio hombre feliz, pero que después se convirtió en el más desgraciado de los mortales”(a). Y es que saben, creo yo, que ninguna de estas cosas es suya en propiedad, ni los reinos, ni la riqueza, ni “los alcázares de Aleo, el abundante en oro”(b), ni el linaje de Tántalo (11) o de Lábdaco (12), ni el hambre o el destierro, sino que son del mito y del poeta. Es preciso que ellos interpreten cada vez destinos diversos hasta que la obra se acaba. Nosotros nos indignamos en el teatro de la vida obedeciendo al dios, poeta de todo este mundo, si alguna vez nos ordena representar ya el papel de príncipes, ya el de exiliados, a veces de nuevo el papel de ricos, pero otras el de pobres.

III       Y estando entre los poderosos y dominadores, juzgaremos que somos famosos, afortunados y felices, considerando ciertamente el momento presente; en los reveses empero y los destierros, desdichados, privados de todo, pero no de nuestra manera de ser; juzgaremos así mismo haber cambiado de ropaje y máscara, pero siendo los mismos por dentro, como cuerpecitos a los que hemos alzado desde la infancia a la altura de césares y príncipes, mudando todo tipo de vestiduras durante las representaciones.

Pues tampoco en los festivales los que representan sobre las tablas a los Enómaos (1) y Pandiones (2) vencen en realidad; y los que representan a prófugos e indigentes, si es que ponen mejor en escena a los desgraciados que aquéllos primeros a los bienaventurados, de manera que llegan a ser tremendos, son ciertamente alabados, mas no por ello se alivian de sus desgracias.

Mejor podrías cumplir con tu cometido en la vida si siempre sobrellevaras los reveses que te vayan sucediendo con no menor molestia que los éxitos, volviendo los ojos hacia los más sabios de entre los antiguos hombres, que no adquirieron menor gloria de sus desgracias que de su ventura. Y así fue como Diógenes, a quien he mencionado antes, que no era apreciado en su casa ni siquiera como un buen funcionario de la ceca, una vez exiliado en su nueva residencia, se convirtió en el más famoso de los de Sínope (3), del Ponto, e incluso de toda la tierra, y eso viviendo con hambre y en el destierro, privado de todo.

Así también Heracles era considerado en su casa hombre e hijo de Anfitrión (4), pero después de que Euristeo (5) lo echara fuera, combatía con todo tipo de fieras, tenía trato con todo tipo de hombres y soportaba con su cuerpo los más graves dolores. Fue en ese momento cuando consideraron que era hijo de Zeus (6) y adquirió una gloria inmortal. También Odiseo (7), sobre quien compone Homero (8) la mitad de su obra poética en la idea de que fue un hombre que llegó a ser sabio, mientras reinaba en Ítaca, sobre los cefalenios y en las islas de alrededor, con Penélope (9) y con su hacienda intacta, no parecía ser más poderoso que cualquier otro isleño, e incluso adquirió fama de cobardía entre los aqueos pues se mostró remiso a participar con ellos en la expedición a Troya. Y es más, tampoco en aquella acción de guerra fue considerado bueno en lo relativo a lo militar; pero fue entonces cuando ciertamente se mostró como un hombre superior en virtud, cuando sufrió naufragios, fue dilacerado por el hambre,

IV      perdió a sus compañeros, se recostó sobre tristes y feos andrajos, buscó pasar inadvertido y se sometió a la ley de una sola mujer. ¿Qué fenicio de rauda nave o comerciante feacio con vigor tiene tanta fuerza de espíritu como Odiseo en el naufragio? ¿Qué hombre sibarita (1), jonio o siciliota de mesa rebosante en viandas de todo tipo se regocija tanto como aquél en el hambre? ¿Quién fue tan poderoso como él en multitud de amigos y en pujanza, aun habiendo perdido a sus compañeros? ¿Quién se impuso de tal manera sobre sus enemigos en poder y dominación como aquél, aun siendo mendigo en su propia casa? ¿Quién fue tan buen consejero de otro como lo fue para consigo mismo en relación con otros asuntos, pero también en cuanto a esto:

  “Sufre, corazón, también antes sufriste cosas más terribles”(a)

(Ilegible hasta la línea 27). Por eso mismo a los atletas que entran en el estadio los amigos y familiares, aparte de motivarlos de otras maneras, les recalcan además esto especialmente: que  los sobrenombres que se les otorga en Pisa son los del gran Zeus, a los que tanto esfuerzo, tanto tiempo y tanto sudor han dedicado, acordándose de los cuales es preciso luchar, para que no hayan sido gastados en vano.

En el momento presente me figuro que yo mismo me estoy prescribiendo a mí mismo, como otro cualquiera a un tercero, y estoy recordando que esas desgracias y los cambios de fortuna por los que desde niño ejercitabas tu alma y te entrenabas, están aquí al acecho, con el aprendizaje de las viejas obras y palabras conducentes a la virtud, con la compañía de los hombres dignos de mención de entre los nuestros, con el itinerario a través de la mayor parte de Grecia y del extranjero, con la vista y con el oído, con la memoria de cuanto ha sucedido en todo país y a causa de cada país, y que contribuye a un tal oficio de virtud.

Y he aquí pues que se echa encima el plazo señalado, no “el día décimo sexto de cada cincuenta lunas” (b) a decir de Píndaro (2), sino el de Pélope o el de cierto Dáctilo ideo (3), establecido por ley para todos no por un hombre, sino por un dios

V       y por el tiempo. En la hora allí dispuesta es preciso que yo, despojado de mis vestiduras, me apreste a luchar sin retroceder. Además magníficos adversarios, muchos y conocidos, conservan su fuerza merced al concurso de antiguas fatigas. Y no se los puede desdeñar, sino que por el contrario hay que intentar superarlos con inteligencia, así como a todas las glorias humanas y los deseos, impulsos, afanes y apetitos, que nos echan encima el lastre de todos los demás fracasos y que quieren ahora tornar el propio exilio en algo más incómodo. No está fuera de lugar en el momento presente pasarles revista y algo así como proscribirlos nominalmente por medio de un bando.

La primera es la de la patria, de la que dicen que se encuentra entre las cosas más queridas; segunda es el cariño sólido entre parientes y amigos y la convivencia familiar; tercera sería verosímilmente ésa que parece a la mayoría cosa no desdeñable: el disfrute de la riqueza, del oro y de la propiedad privada. Cerca de ésta, que muchos simulan desdeñar, pero que de hecho desean, el apetito de honores y de renombre en el país y, compañero de éste, la huida de la mala reputación o ignominia que se forja en el pueblo. Y por encima de todas ellas, como si las inspeccionara, la mayor y la más dulce, la muy deseada libertad, no sólo de confianza, sino también de pasto independiente.

Todas estas en verdad se oponen al alma del que sufre y quieren humillarla, derribarla y echarle la zancadilla, atando tormentos de sofocante angustia y aferrándose a ella de una en una y todas a la vez. En efecto no quieren echársela a suertes entre ellas según la norma de las competiciones, sino que alzándose todas juntas contra un alma sola, conspiran contra ella; y esa numerosa multitud de espectadores se reúne con ellas mientras aplaude desde arriba y las anima, donde se echa de ver que son compañeras y amigas de parejas costumbres. Mas no es en absoluto necesario que quien se encuentra consternado ceda ante el empeño y el estrépito de aquéllos, pues no tiene lugar la representación sobre el tablado ni en el templo de Dioniso (1),

VI      donde el que sabe cómo presentar llorando o riendo a la mayoría y se sube sobre su empeño, se lleva la victoria, sino en el de Heracles, en el estadio de la virtud, donde la competición se basa en obras, no en palabras, y donde despreciando el aplauso, el silbido, las alabanzas, las burlas y todo este tipo de alharaca, hay que mantenerse firme poniendo las esperanzas sólo en uno mismo con el alma desnuda, bajo el sol brillante, sobre el árido polvo.

Ciertamente son grandes las recompensas de felicidad que se nos ofrecen, si ni siquiera con estas cosas nos inquietamos. Y voy a convocar en primer lugar al deseo de la patria, pues bien sé que éste se nos atavía de muchas y nobilísimas vestiduras, proyectando como modelo el terruño y la gleba, donde nuestros antepasados desde el tiempo más antiguo irrumpían por los pastos; más tarde se establecieron como naturales de allí y a la postre se convirtieron en autóctonos, y “no sólo los altares de los dioses, sino también los gimnasios en que me crié y la fuente de Dirce de los que injustamente fui expulsado; vivo en ciudad extranjera y de los ojos me brota una fuente de copiosas lágrimas”(a). Esto dice el Polinices (1) de Eurípides a su madre. Pero, ¡oh Polinices! A ti dirigiré ahora mis palabras, a quien se concede amar la propia patria y vivir en ella sin pena, fuerza le es quedarse y socorrerla y nunca renunciar a ella voluntariamente. Y no está bien que quien ha sido expulsado y perseguido, como dice tu paisano Píndaro, “con justicia o sin justicia”(b), llore en el regazo de su madre como los niños, ni tampoco que, a escondidas y amedrentado, se allegue dentro de las murallas “de suerte que tenga la mano provista de espada, a través de la ciudad”(c), ni marche con un ejército contra la patria, que tú mismo dices que es lo más querido para los mortales, ni se enfrente en duelo a su hermano por los altares, el agua y los gimnasios, sino que aguante ante la necesidad y se adapte con buen semblante a las condiciones presentes.

Pues también en Argos (2) hay altares a los dioses y, lo que es lo más sagrado de los altares, los mismos dioses, y la naturaleza de los dioses, y la providencia y el mismo Heracles heredado de los antepasados para los argivos; hermosos son también los gimnasios de allí y el agua de Lerna (3) otrosí, si la bebes como hombre libre, en nada te parecerá inferior a la de Tebas; si la bebes afligido, te parecerá amarga, de modo que a ti, exiliado,

VII    tampoco te parecerá suficiente el agua del Coaspes (1) que te acompaña. Pues aunque se dice que Argos es muy seca, ¿por qué bastaba ciertamente para dar de beber a todos los argivos sedientos hasta el día de hoy y sin embargo no basta para un solo desterrado tebano? Y en relación con los dioses es absolutamente así como hay que pensar, que a un hombre malvado e injusto no lo van a escuchar en ningún sitio, ya sea que los rece en la patria, ya sea, en la medida de lo posible, lo más cerca del cielo, ya en Troya, donde, más que en ninguna otra ocasión, como dice Homero, departieron los dioses con los hombres; pues también fue allí donde Atenea (2) hizo retroceder a Ayante (3), y a las troyanas que le estaban suplicando “rechazó Palas Atenea”(a), dice Homero; también dice en relación con otro: “lo abandonó Febo Apolo (4)”(b); al sabio Polícrates (5) la Fortuna lo entregó traicioneramente. (Debemos pensar sin embargo) que a un varón bueno y piadoso los dioses lo escucharán si… éste los invoca donde Apolo hablaba, o si lo invoca donde Palas hablaba a Odiseo, o si en el banquete de los Escópadas (6) como el poeta Simónides (7), o si desde el Hades, donde dicen que los celestes prestaron atención a Protesilao (8) que los invocaba, o si en el mar – y esto es lo más importante- rezara navegando sobre una estera como Odiseo sobre la balsa o Arión de Metimna (9) llevado sobre un delfín. Y a Arión un solo pez lo salvó, mas para Ayante ni siquiera la roca fue seguro vehículo. Pues si conviniéramos en que Atenea es solo para los atenienses, Hera (10) para los argivos, Zeus para los eleos y otro dios cualquiera para cada ciudad, habría “muchas ciudades”, según Homero, “que estarían privadas”(c) no de copero, sino de un dios. Pues cuando ni siquiera un banquete puede organizarse sin copero, ¿acaso una ciudad o país, o todo un pueblo, podrían sobrevivir sin un dios? Que es precisamente lo que a mí me parece que indicó expresamente Amón (11), quien respondió en oráculo a los afiteos de Tracia que lo habían consultado, que no enviaran a nadie a Libia (12) a interrogarlo, sino que allí en Tracia se informaran en la idea de que los atendería allí; y los atendió. “Pues va y viene sin parar por el dorso de la ola del mar  y sobre la tierra y los prados de bellas hojas (…) el agua, Zeus el que cuida de todas las cosas.”(d)

VIII   en relación con los muertos, si alguien supone que no existen, lo siguiente para ese alguien será pensar que no están en ninguna parte. Pero si, informado por los discursos de Platón (1) y de Homero, considera que las almas son inmortales, entonces es justo para él creer en Homero, quien dice que a Odiseo, que excavaba un hoyo en el país de los cimerios (2), y éste no profundo, y que sacrificaba ovejas, se le presentaban allí mismo todos los muertos como si hubieran sido enterrados junto a aquel hoyo, no sólo su madre, que había muerto en Ítaca, sino también Aquileo (3), sepultado en Troya, y Elpénor (4) que todavía no había sido sepultado, y Ayante, que no prestó atención ni a sus sentimientos ni a su raza, y además Tiro (5), la hija de Salmoneo, y Cloris (6), la de Anfión (7), y muchas otras mujeres que no sabemos ni dónde ni cómo murieron. Por otro lado, los atenienses concedieron mucha importancia al hecho de ser enterrados en casa; esto lo conjeturo no sólo a partir del cementerio, sino también del hecho de que habiendo desterrado a Teseo (8), estando vivo, de la patria, lo volvieron a traer muerto desde Esciros (9) cuatrocientos años después, pues no era piadoso morir o enterrar en la isla; ellos enterraban a Cécrope (10) en la Acrópolis y a las hijas de Erecteo (11) casi en la misma Políade (12). Me río yo del ave egipcia, del Fénix, que tras estar ausente de la patria durante muchas generaciones, vuelve por un solo día a morir en Egipto, como si el resto de la tierra no fuera suficiente para enterrar una sola ave. A Encélado y Tifón (13) una breve parte de Sicilia les bastó.

También yo amo a mi patria, no inferior a ninguna otra, y nunca la hubiera abandonado voluntariamente; parando mientes en ello, encuentro que ésta no es otra cosa sino el lugar donde moraron nuestros antepasados o permanecieron un tiempo; que no sea el lugar en el que nosotros mismos nacimos, está claro por lo siguiente: muchos que han nacido en otra parte, consideran que es su patria otra diferente. Y si esto es la patria, la región donde vivían nuestros antepasados, ¿por qué no, siguiendo el mismo modo de pensar, habríamos de amar ésta en la que vivimos ahora? (a)

IX      Pues resulta mucho más próximo para cada uno el sitio en el que se vive que aquél en el que vivieron sus antepasados; y a mis descendientes el mismo motivo, y mucho más fundamentado, los lleva a considerar como patria suya esta mi obligada morada (…) acogió al desterrado. Esto es lo que dice Alceo (1), varón lesbio, en torno a la patria, lleno de ternura hacia los suyos.

Como quiera que sea, si haces remontar siempre tu estirpe y la de toda tu patria a los antiguos, los encontrarías tal vez habiendo emigrado, ya como los eginetas (2) en Tirea (3), o habiéndose ido a establecer por otra parte, como los jonios, los eolios y todo el linaje dorio. Por otra parte también a los griegos expulsados de su hogar en exilio al país de los bárbaros, como los argivos en Anfiloquía (4) y los arcadios bajo el mando de Dárdano (5)  a Frigia, y los eretrios (6) de Eubea en Susa (7) de Persia; así como también bárbaros en tierra de griegos, como los tracios de Eumolpo (8) en el Ática, los fenicios y árabes que acompañaban a Cadmo (9) en Tebas de Beocia. De manera que si pasas revista a tales cosas en la historia más antigua, encontrarás que todos y en todas partes son extranjeros y exiliados (…) la mayor (…) las ciudades (…) llegó a ser (…) y (…). Si algunos pocos autóctonos, creyendo que lo son, se jactan por ello, ésos son en efecto unos fanfarrones. Pues fue propio de los ratones y de otros animales más simples la generación espontánea, pero para un hombre no es bueno no nacer de un hombre. Mas a su vez, si por esta razón se sienten identificados con la tierra de una manera más familiar (los hombres autóctonos) que todos los demás, no es necesario sin embargo que, como emergido de un agujero, ame con predilección tan sólo aquella parte que le ha tocado en suerte, antes bien que habite toda la tierra en calidad de madre y nodriza de todos.

  “Un solo día mostró que nosotros somos de padre y madre una sola raza.” (a)

  “Un solo dios dio a los hombres una parte común de sol.” (b)

  Se conservan cambios referentes a la lengua en que cada uno haya sido criado. Y ciertamente el dios dio a conocer el mar a los animales marinos como su patria, distribuyó allá el cielo a las aves, la tierra a quienes son terrestres por naturaleza después de haberle puesto debajo seguro sostén, cubriéndola con el cielo y amurallándola con el océano. Las aves y los peces, por su parte, conservan el lote asignado que les ha sido entregado por Zeus, y también todos los animales terrestres. Los hombres se han repartido la tierra por codicia, haciendo trozos menudos del regalo del dios y repartiéndoselo mutuamente, separando así Asia, Europa y Libia mediante ríos, las tierras limítrofes con fronteras, los pertenecientes a una misma raza con murallas, los de un mismo clan con casas, los coinquilinos con puertas; ya incluso separan a los que viven en un mismo habitáculo con bargueños y arcas. De aquí vienen las guerras, los asedios, las destrucciones de casas y las devastaciones de quienes hacen incursiones militares contra la tierra vecina, a veces incluso en una misma región, entre quienes se han movilizado en defensa de Erecteo y quienes lo han hecho en la de Eumolpo. En otras ocasiones se han dividido en tres partidos: los habitantes de la costa que siguen a Megacles (11), hijo de Alcmeón, los de la llanura

X        que van con Licurgo (1), el de Aristolaídes, y los de la montaña, con Pisístrato (2) el de Hipias. Por no hablar de las facciones enfrentadas en el mismo país, los de la ciudad contra los de File (3). ¡Cuántos otros sucesos dividieron y oprimieron todo el linaje jónico, dorio y pelasgo, además de otros muchos pueblos griegos y bárbaros! Las diferencias de Etéocles en relación con Polinices y los hijos de Heracles y, por Zeus, de otros hermanos que se repartían no la tiranía, sino una sola casa.

Las grullas hacen gala de sentimientos más elevados que nosotros, pues cuando se marchan de Tracia hacia Egipto, ni a Tracia la consideran patria, ni a Egipto destierro; esto es para ellas una simple mudanza hacia un lugar, moradas de invierno y de verano. Lo de los pigmeos era en efecto una ingeniosa leyenda; pero también a ellas el invierno las expulsa de Tracia, como a nosotros la Fortuna a cada uno a un sitio distinto. Un ave no disputa ni con los pigmeos ni con otra ave por un trozo de cielo, como tampoco un pez trama asechanzas contra un pez por una playa o por un escollo, sino que donde quiera del mar en donde pasa su vida, piensa que habita en su propia patria. Pero cierto es que no voy a suprimir la virtud de los hombres que tal cosa aborrecieron.

Pues bien, los atenienses no sólo renunciaron al Ática, sino que, tras haber dejado atrás la tierra, embarcaron en las naves prefiriendo la libertad a las murallas y las piedras. Pensaban por cierto que allí tendrían de todo si luchaban bellamente con valentía. Los foceos, no sintiéndose complacidos con la tierra que habitaban, después de haber arrojado al mar masas de hierro enrojecido al fuego, juraron que no regresarían a casa hasta que las dichas masas de hierro reflotaran. Y todavía hoy habitan Marsella los foceos, lejos de sus casas, tras haberse ido a vivir junto al mar Tirreno. Las amazonas se consideraron hijas de Ares (4) porque, habiendo abandonado el río Termodonte (5), recorrieron toda la tierra en busca de un hogar; y a pesar de ello las amazonas, que son mujeres, los escitas y los saurómatas (6), a causa del saqueo y del bandidaje, no echan de menos una ciudad. ¿Y no sería acaso justo que nosotros, por no vivir de una manera desgraciada o deplorable, no digo, por Zeus, que odiemos a la patria, pues esto es impío incluso decirlo, sino que no echáramos sobre el alma necias pesadumbres por desear cosas intempestivas, y que convirtiéramos el recuerdo de la patria en causa de alegría más que de tristeza? Hay también algunos que consideran que no sólo el exilio es el último de los males, sino también la permanencia fuera de la patria. Por amor al terruño ellos se convierten a sí mismos en exiliados por voluntad propia en sus propias patrias,

XI     no constreñidos por la necesidad. “Loco es todo aquel hombre que piensa que el dios honra con bienes solamente a aquella ciudad en la que vive. Pues existen, existen otras ciudades fatales de las que alguien se preocupa, ya sea Zeus, ya sea la brillante Atenea.” (a) Pues a mí, para quien incluso antes del obligado exilio la mayor parte de mi vida se ha consumido en intercambios con hombres de otros lenguajes por muchas partes de la tierra y del mar, “no me es querido el trabajo ni los quehaceres domésticos, que crían hermosos niños, sino que siempre me pluguieron las naves, las guerras, los venablos bien pulidos y las saetas.” (b) No es el momento para lamentarse por la actual lejanía del hogar para quien se halla más allá del deseo de la patria. “Sé por experiencia propia que fui criado extranjero” (c), como el Teseo de Sófocles, “y hombre que arrostré muchísimos peligros sobre mi persona en tierra extraña.” ¿Acaso entonces, cuando mis padres vivían y estaba todavía viva mi hermana, a quien yo quería más que todas las cosas, no hacía ningún caso de los seres queridos en la patria, porque a mí, que era joven, me tocaron en suerte viajes por la brillantez de mi rango? “Y ahora que”, ciertamente, “ya soy grande, y que escuchando la palabra de los demás,  me entero de las cosas” (d), ahora que ellos han muerto y yo, sin embargo, permanezco en el extranjero con el resto de la hacienda, ¿tendré acaso menos ánimo cuando de forma rigurosa ha sobrevenido poco después el asunto del exilio? ¿O estaré acaso aún más orgulloso de aquellas cosas pasadas, porque comandaba sobre otros, que de las cosas presentes, si es que habiendo podido domeñarme a mí mismo, que es en verdad el mayor de los dominios, llego a estar por encima de las desgracias? Pues el dios ha concedido muchas veces no sólo mandos, sino también honores a aquellos hombres que no eran dignos de nada, considerando que no había concedido gran cosa, sino que, además de otras cosas, susceptibles de ser suprimidos como las riquezas. Pero un entendimiento que sea capaz de no ensoberbecerse en los gobiernos ni humillarse en la tribulación no se lo dio a muchos, ni, una vez dado, lo quitó nunca a quienes lo habían recibido.

Si a mí algunos de los naturales del país me consideran extranjero y hostil, yo sin embargo a ellos los conceptúo como conciudadanos, y a esta tierra, mi patria de obra y de palabra; pues el dios es el mejor hostelero, él que me hospedó donde y como a él le plugo, mucho más que Capis (1), Ilo (2), Alejandro (3) o si acaso cualquier otro que

XII     habiendo delimitado una magra porción de tierra con sus murallas, le haya dado su nombre. Y considero que un hombre bien dispuesto resulta mucho más allegado a la ciudad y particularmente a cada uno, que otro que, vanagloriándose de la tribu, del clan o del parentesco, se muestra no obstante a sí mismo extraño en sus obras. Pues no son las leyes ni tampoco el tributo del extranjero afincado en el país lo que hace ciudadanos o extranjeros, sino la intención. Y yo mismo poniendo mi confianza en ella, me inscribo en esta ciudad no con letras, sino con afecto y poniendo a Zeus patrio, siendo él mismo protector de la hospitalidad y de la amistad, como patrono, y al lar común de dioses y hombres presentándolo como madre, mesa hospitalaria mucho más venerable para cada uno que la particular, siempre que uno se arrime a ella piadosamente. (Fragmento corrompido) ¿Pues no fue acaso la misma mesa hospitalaria la que no sólo a Príamo(1) (…) huésped de Aquileo (…) su hermano muy enemigo (…) de tal festín?

En relación con los naturales del país, que sea esto no el azaroso “collar y muestras de reconocimiento”(a), sino que ojalá se tornara en algo más grande y más profundo. El tiempo que avanza iguala las costumbres de todos, entre tanto es preciso que, puesto que son hombres, acojan al pariente con afecto y al extranjero con agasajo.  Pues tal es la naturaleza de los perros, que antes de conocer si ha dado con algún otro perro benigno o peligroso, al primer tropiezo se muestran agresivos con el nuevo. Precisamente por eso hace Homero que los griegos que se encuentran con forasteros inesperadamente, en primer lugar les inviten a un banquete, y ya después de la cena les preguntan quiénes son y de dónde son, para que las averiguaciones, si en algo los contrariasen, no empecieran la alegría del recibimiento.

  El deseo de los amigos íntimos y de los parientes, que depende del amor a la patria, es la segunda lucha que a aquél se le presenta: los orígenes y las comunes crianzas desde la infancia, el haber ido juntos a la escuela y el tiempo pasado en los gimnasios entre gentes de iguales costumbres, las agradables conversaciones de quintos y compañeros que son como esos encantos y atractivos que se cobran el apego del alma. Yo creo que en relación con ésta (segunda lucha) necesitará menos esfuerzo y sudor. En verdad que el recuerdo de la patria, conformado por cosas inmuebles e inanimadas, no era capaz de rellenar el vacío de mi permanencia

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Santiago Blanco del Olmo

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